Iglesia y Sociedad

La guerra contra Francisco

11 Ago , 2019  

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El antes “Pontificio Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre matrimonio y familia”, surgido como resultado del Sínodo de la Familia convocado por Juan Pablo II y de la exhortación “Familiaris Consortio”, del mismo Papa, ha sido refundado por el Papa Francisco a partir de los resultados del Sínodo Extraordinario de Obispos sobre la Familia que tuvo lugar en 2014 y de la publicación de la Encíclica “Amoris Laetitia”, que recogió sus resultados. El nuevo nombre del centro de estudios es “Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las ciencias del matrimonio y la familia”. La refundación implica, desde luego, cambios en la currícula de estudios y una apertura al diálogo con los avances de las ciencias que tienen relación con el matrimonio y la familia.

Lo que en cualquier momento distinto de la historia eclesial habría sido visto como una adecuación académica para disponer a los egresados a enfrentar los nuevos retos que la realidad plantea, se ha convertido en una arena de disputa presentada, por algunos opositores al Papa Francisco, como la madre de todas las batallas.

Los dos extremos en conflicto están representados por dos posicionamientos públicos. El primero es el artículo (con su versión grabada en video) del P. Santiago Martín, fundador de los Franciscanos de María, una asociación internacional católica aprobada en 1988 y que cuenta con presbíteros, religiosos y laicos, que se refiere a los cambios ocurridos dentro del Instituto Juan Pablo II con lenguaje bélico, refiriéndose a ellos como muestra clara de la  “guerra civil” que asuela a la iglesia desde el Concilio Vaticano II. El artículo del P. Martín, sobre todo el vídeo que puede encontrarse en su canal de televisión por internet “Magnificat TV” (https://magnificat.tv/) ha tenido una gran resonancia. El artículo expresa su particular visión de los conflictos derivados de las reformas del Vaticano II y contiene afirmaciones sobre las medidas tomadas en los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI en contra de teólogos, que son discutibles, si no es que dolosamente omisas.

El lenguaje bélico, ya se sabe, no abona al diálogo ponderado. Cuando se piensa que uno está dentro de una guerra sin cuartel, el mundo se divide en buenos y malos, en fieles y traidores, sin matices. Para Martín, lo ocurrido en el Instituto Juan Pablo II es, dice citando a George Weigel, el biógrafo de Juan Pablo II, una purga realizada por representantes de la “nueva iglesia”, a quienes acusa de no ser cristianos y ni siquiera creyentes, en contra de los que leen el Vaticano II, afirma, desde la fidelidad a la Palabra y a la Tradición, a quienes termina calificando de “mártires” y “confesores”. Aunque se cuida mucho de no nombrar en ningún momento al Papa Francisco, es inevitable que el lector de su perorata contra la “nueva iglesia” identifique a Bergoglio entre aquellos a quienes Martín fustiga con el látigo de la ortodoxia

El otro extremo del espectro está representado por el artículo de José Manuel Vidal, en el portal Religión Digital (https://www.religiondigital.org/) titulado “Los rigoristas están que trinan y predican el catecismo de la ‘guerra eclesiástica’”. En el artículo señala que con la llegada de Juan Pablo II al papado, “los perdedores (del Concilio Vaticano II) iniciaron una etapa de reconquista, de involución y de congelación de los grandes temas conciliares”. Recuerda en su escrito a los más de 500 teólogos/as condenados en los dos papados anteriores, aunque menciona solamente a 19 de ellos, refutando así directamente a Santiago Martín y refiriéndose a su “peculiar memoria eclesiástica de los últimos años (de la que) han desaparecido los cientos de teólogos represaliados en sus diversas formas”.

Sin empacho de llamar por sus nombres a los conservadores que hoy se rasgan las vestiduras, Vidal se refiere al incidente del Instituto Juan Pablo II como “el desmontaje de uno de sus ‘nidos’ más potentes e influyentes: El Pontificio Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia. Uno de los centros de la involución eclesiástica, con ramificaciones en todo el mundo, incluida España, donde cuentan con el soporte, por ejemplo, del obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Plá, conocido por sus soflamas antigays”.

El 29 de julio pasado, el nuevo Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia ha publicado un comunicado en respuesta a esta polémica. Con serenidad, el comunicado aclara algunas de las inquietudes manifestadas a propósito de los cambios que han tenido lugar en el Instituto y confronta algunas de las falsedades difundidas en algunos medios y las razones del relevo de dos catedráticos del Instituto. Elegantemente, el comunicado de prensa termina con la siguiente leyenda: “Las precisiones aquí reportadas nacen de frente a una comunicación distorsionada, facciosa, quizá de mala fe, que frecuentemente no ha ni siquiera buscado verificar las noticias en sus fuentes. Agradecemos a todos aquellos periodistas que, incluso con legítimas posiciones críticas respecto de algunas de las decisiones tomadas, han querido transmitir con honestidad los cambios que se han realizado. La oficina de prensa esta siempre disponible para aclaraciones e informaciones”. Entiéndalo quien deba entenderlo.

El jueves pasado, el padre Martín volvió a la carga. En el marco de la celebración eucarística, al comentar el evangelio de Mateo en el que Jesús entrega a Pedro las llaves, afirma que no es fácil decidir cuándo Pedro piensa “según piensa Dios” y cuando lo hace pensando “según los hombres”. De nuevo, sin mencionar al Papa –bien se cuida– insinúa que el Papa (el actual, claro, no sus dos antecesores) puede estar traicionando la Palabra de Dios y la Tradición de la iglesia. La homilía del fundador de los Franciscanos de María adolece, cualquier escucha de mediana formación teológica puede notarlo, de una concepción arcaica de revelación que desconoce las aportaciones de la Dei Verbum, además de que, en su guerra santa, parece estar cada vez más cerca de llamar al cisma.

Ahora resulta que quienes ponderaban la obediencia absoluta al Papa como signo de catolicidad, se sienten con el derecho de señalar, desde el púlpito, a Francisco como traidor. ¡cosas veredes, Sancho!

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