Iglesia y Sociedad

Una experiencia Kerouac

21 Oct , 2019  

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Era 1974. Debe haber sido en julio o agosto. Estaba yo en la preparatoria. No sé de quién fue la idea, pero el viaje se armó rápidamente. Se trataba de que tres amigos, Renán, Alvar y un servidor, fuéramos a pasar el día a Sisal, donde el abuelo de Renán tenía una casa y donde ellos dos, aficionados a la pesca, querían enseñarme a disfrutar del mar, a mí, que apenas sabía nadar y a quien el mar no despertaba otra cosa más que miedo. Originalmente estaba invitado también Ricardo, pero era demasiado bien portado como para meterse a una aventura como la nuestra.

La ocurrencia final fue irnos desde la noche anterior, para aprovechar así todo el día desde muy temprano en la mañana. Un hermano de Alvar nos llevaría hasta el puerto, aunque más tarde supimos que el hermano de Alvar sólo podría llevarnos hasta Hunucmá. Eso no alteró en nada nuestra sed de aventura sino le dio un giro todavía más apasionante: haríamos que Amílcar, que así se llamaba el hermano de Alvar, nos dejara en el cabo del pueblo. De ahí, estábamos seguros, podríamos llegar a Sisal pidiendo botada (que en jerga moderna equivale a raid). Bastaba con esperar a que algún camión de redilas o alguna familia que fuera de vacaciones nos llevara hasta el centro del puerto. No hace falta más, decía Renán, la casa de mi abuelo está a pocas cuadras del centro.

En mi casa, desde luego, mis padres ignoraban esta última parte de la historia. La versión que me permitió salir de la casa fue que el hermano de Alvar nos llevaría hasta Sisal y se quedaría con nosotros. Era, desde luego, una media verdad. En efecto, el hermano de Alvar, pasó por mí, lo que tranquilizó a mis padres. Lo demás era lo de menos: yo tenía en ese entonces 16 años, y quién dice la verdad al pedir permiso cuando se tiene esa edad-.

Todo salió como lo habíamos planeado hasta Hunucmá. Amílcar nos dejó como a las nueve de la noche a las puertas de la clínica del Seguro Social, ya a la salida del pueblo, para que desde ahí pidiéramos botada. Los minutos pasaron entre bromas y planes inmediatos, qué haríamos al llegar, si habría hamacas para los tres o alguien tendría que dormir en el suelo, si había dónde comprar cervezas y si tendríamos alguna grabadora para escuchar música… y aunque los temas de conversación parecían no terminarse, pronto nos dimos cuenta de que no pasaría ningún vehículo al cual pedirle botada. Cuando llegó la medianoche la decisión estaba tomada: comenzaríamos a caminar hacia Sisal y, con un poco de suerte en el camino, algún carro pasaría y nos daría el aventón.

Nunca pasó  nadie. Caminamos, de 12 de la noche a 5 de la mañana, los casi 25 kilómetros de distancia que separan a Hunucmá de Sisal. Los pantalones de mezclilla acampanados (¿en qué momento dejamos que nos entrara el raid y los yins?) se arrastraban por el pavimento. Yo quería ser hippie. No estoy seguro de que Alvar y Renán lo quisieran también, pero lo de sexo, drogas y rocanrol no parecía despreciable a nadie de nuestra edad. Uno de los temas de conversación fue el programa Ruta 66 que alguna vez vi en mi niñez, cuando apenas estrenábamos televisor. Les comenté que en algún lugar había yo leído que dicho programa estaba inspirado en una novela de Jack Kerouac, para entonces ya legendario escritor de la generación Beat, los antecesores inmediatos de aquelos hippies que nosotros, sin confesarlo, aspirábamos a ser. Había yo buscado durante meses alguna versión al español de la novela On the Road pero no había dado con ella. Era todavía 1974. Faltaban aún 6 años para que Editorial Anagrama publicara la primera versión al español de la icónica novela de Kerouac. Muchos años después, hasta finales de los ochenta, pude leerla. Sentí nostalgia de no haberla leído a los 16 años, sino ya cerca de los treinta. La vorágine Beat habría dejado, acaso, una huella imborrable en aquel adolescente, con el nivel de impresión que me causó Demian, de Hermann Hesse, o la película “Carrera contra el destino”, (Vanishing Point, de Richard C. Sarafian, 1971), con un Barry Newman inolvidable. A los 30 años, la lectura fue ya bastante desangelada, aunque no dejó de remover fibras importantes.

Hubo momentos en que la caminata a Sisal se hizo interminable. Hasta el himno nacional cantamos cuando los temas de conversación se acabaron. Llegamos al puerto de Sisal cuando la luz del sol ya había salido. El resto de la historia no se las cuento: dormimos, fumamos, bebimos… una historia de jóvenes de los años setentas,  con todos los ingredientes incluidos. Nunca he tenido otra emulación local de On the Road en mis referencias personales. Mi biografía, con todo y lo bizarro de la época, nunca estará a la altura de la de Jack Kerouac, a quien ahora, releyendo On the Road (¡ah maravillas de internet! La novela inencontrable está ahora al alcance de un piquete de tecla en https://freeditorial.com›books›en-el-camino), recuerdo nostálgicamente a los cincuenta años de su fallecimiento. Un hombre, Kerouac, cuya novela mayor fue su vida. Difícilmente encontraremos en su obra algo que no sea autobiográfico. Su tragedia personal puede consultarse en wikipedia.

El 20 de octubre de 1969, un día como ayer hace cincuenta años, alrededor de las once de la mañana, Kerouac bebía güisqui y licor de Malta sentado en su silla favorita. Sintió ganas de ir al baño. Ya no pararon los vómitos de sangre hasta llegar al hospital. A pesar de transfusiones y cirugía, Kerouac fallecía a las 5:15 de la mañana siguiente, un 21 de octubre como hoy. La causa fue hemorragia interna causada por la cirrosis. Desde su entrada al hospital hasta su muerte, Kerouac no recuperó nunca la conciencia. Nunca pude averiguar si aquel católico devoto, que de niño, en 1928, a la edad de seis años, al rezar un rosario, escuchó la voz de Dios que le hablaba diciéndole que tenía un alma buena, pero que moriría en dolor y horror, recibió o no los últimos sacramentos. El excesivo consumo de alcohol durante largos años le cobró la factura. Su nombre hoy es recordado como el padre o rey de la generación Beat, cuyo representante más reconocido es, sin embargo, Allen Ginsberg. La influencia de Kerouac alcanzó en retrospectiva, no obstante, a aquellos tres amigos que encarnaron, durante un loco fin de semana, a la generación Beat en una vieja carretera yucateca en el año de 1974. Yo también tuve mi On the Road.

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