Iglesia y Sociedad

ARTESANA DEL CANTO AMERICANO

2 Ago , 1993  

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Era la noche del lunes 26 de julio, y veníamos listos todos para un Moncada de canciones. El lugar era el Teatro Peón Contreras. Una reunión de amigos, un homenaje. Leve como una pluma, delgada como un lirio, subió las escaleras del teatro como si flotara, con el blanco vestido que afilaba su figura y uno de esos rebozos yucatecos jamás portados con tanto garbo.
Voz de futuro sobre el escenario, entristecido canto de los indios, mujer hecha de luces: Amparo Ochoa. ¿A dónde va cuando cierra los ojos, cuando la tibia gota de sudor perla su frente, cuando su mano poderosa señala al infinito con el dedo?
¿De qué silencios nutre su canción?
«Habrá canción mientras un pueblo no se resigne a las cadenas, mientras la risa de los niños no tenga abrigo y pan seguro…», cantaba en 1983 en la plaza de Managua, en Nicaragua. La revolución nicaragüense necesitaba de la solidaridad de los artistas americanos: Méjico estaba presente en la voz de Amparo Ochoa. Y cuando fue Chile, o El Salvador, o Guatemala… siempre estuvo presente la flor de Sinaloa, la voz quebrada al viento, la amiga de las causas grandes.
Desde hace muchos años que su voz acaricia nuestras risas, nuestras ganas de ser, nuestros fracasos, nuestro 68 maloliente, nuestro fraude de julio, nuestro llanto… Y su canción siempre nos ha encendido la lámpara del sueño; y respira en las notas de su música la asfixiada utopía del enojo y la rabia del pueblo.
Tuvimos la fortuna, hace muy poco tiempo, de que su voz acompañara el esfuerzo de una organización local que trabaja por el respeto a los derechos humanos. En el foro «Reflexiones y Experiencias», realizado en el Salón EQUIDAD de la parroquia de Fátima en septiembre del año pasado, Amparo Ochoa cerró el ciclo de conferencias y discusiones con su voz de pájaro sin rejas, voz de pueblo pobre, voz que canta a los débiles.
Amparo de la patria sin fronteras, madrecita de las noches mejicanas, luchadora tenaz que desenvaina su espada de dos filos, artesana del canto americano. Su voz resucitó en nuestros adentros muchas enmohecidas primaveras y las palabras volvieron a tener significado: libertad sonó otra vez fresca y lozana, justicia sin mentiras, paz sin ambigüedades.
Es una suerte haber estado el lunes pasado en el Peón Contreras, con Oscar Chávez y Jorge Buenfil, con Maricarmen Pérez y Ligia Cámara, con el dueto Combinación y Emilio Rosado. Fue una fortuna habernos encontrado en el teatro con amigos de otros tiempos, de trabajos distintos y sueños parecidos. Quizá lo que sobró, lo único ajeno, lo que vale la pena echar al saco del olvido, fueron las palabras de protocolo, la cortesía sin comunión de sueños. Todo lo demás se escribió para siempre en el afecto: «Miedo de amar» interpretada soberbiamente por Oscar Chávez y Jorge Buenfil, la lámpara del teatro rindiendo su homenaje de luces, el público de pie en un aplauso prolongado a la homenajeada y, sobre todo, la grácil figura de Amparo Ochoa, su palabra sincera y su voz rompiendo el aire: «Sol redondo y colorao, como una rueda de cobre…»

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