Iglesia y Sociedad

LA RAÍZ DE MI ESPERANZA

6 Dic , 1993  

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En solamente una semana hemos vivido en el Estado situaciones sorpresivas y decepcionantes. Muchas cosas han dejado a los yucatecos en un estado de consternación pocas veces visto: la frustrante experiencia de los comicios pasados, la posibilidad cierta de un enfrentamiento violento entre las principales partes en contienda, la renuncia de la titular del Poder Ejecutivo, las posteriores explicaciones que no explicaron nada, el manejo de los principios éticos y las lealtades a todos, menos al pueblo, la dolorosa constatación de la corrupción de todos los partidos y del pueblo mismo y tantas cosas más que nos han sumido en un anonadamiento sin parangón… y, al final, la pregunta del inicio: ¿qué está pasando en Yucatán?
Como un túnel sin salida, la avalancha de los acontecimientos nos coloca en el riesgo de perder el último y más preciado de los tesoros: la esperanza. ¿Con qué cara podremos mañana invitar de nuevo a la gente a votar? ¿Cómo no recordar los reproches que dirigimos a los que promovían el abstencionismo conciente y dejar de reconocer que les asistía, al menos, parte de razón? ¿Cómo devolver el ánimo perdido a esa enorme cantidad de ciudadanos que, sin el desahogo de los gritos en la plaza pública, tienen que morderse su rabia y llorar su impotencia?
Preparando una junta del Movimiento Familiar Cristiano, releí un texto evangélico que me hizo retornar a las raíces de la esperanza. Se trata del pasaje de San Juan en el que Jesucristo comparece ante Pilato. Me asombré al redescubrir a un hombre indefenso, semidesnudo y azotado, acusado públicamente y humillado, pero de pie, con la frente en alto, retando con su majestad de pobre al representante del máximo poder imperial de la época, armado solamente de la verdad y del anuncio de un Reino diferente a los de este mundo: Jesús, sangrientamente gallardo. Y del otro lado al poderoso, enfundado en sus trajes elegantes y en la investidura de su autoridad, pero temblando, temblando de miedo ante la presencia del subversivo de Nazaret: Pilato, poderosamente frágil.
En la escena se dibujan dos maneras de concebir la vida y la historia: el poder frente al no-poder. El resultado es paradójico: el indefenso que se planta como alternativa al poder ejercido como dominación porque no tiene nada que perder, y el poderoso que tiembla frente a la acusación personal y quemante de un hombre débil, pero que no tiene precio, que no está en venta.
Este texto, leído a la luz de los más recientes acontecimientos de nuestro Estado, me ha reabierto la puerta a la esperanza. Y me ha hecho comprender la equivocación que encierra pensar que la democracia se construye en el tiempo de las campañas electorales, o que el respeto a los derechos humanos se logra con el simple castigo de algún culpable que permanecía impune. No, la tarea es más larga y la empresa de mayores dimensiones. Se trata de transformarnos en personas nuevas, de trabajar callada y pacientemente por la abolición de la cultura de opresión y muerte, de asumir que el no-poder es el único horizonte que producirá el cambio cualitativo; se trata de acompañar al pueblo en el proceso de recuperación de su identidad y de su dignidad, de prestar nuestra humilde ayuda para que todos, un día, pudiendo abusar no lo hagamos, porque amamos a los débiles; habiendo recibido mayores conocimientos los pongamos al servicio de los otros, porque los apreciamos como personas; habiéndonos ganado el don de la autoridad hagamos de ella un servicio a los hermanos.
Y todas estas cosas del Reino, en las que estoy dispuesto a empeñar mi vida, mis capacidades, mi pasión y hasta mi muerte, no se agotan, ni siquiera se cumplen cabalmente, en la lucha por el poder. La tarea de construír un ser humano y una sociedad nuevos, realizada a la manera de Jesús, es decir, al lado y a partir de los más pequeños, de los indefensos y despreciados, de quienes, hasta hoy, venden su voto por hambre y su dignidad por un kilo de carne, al lado de los pobres sin eufemismos ni mistificaciones, esa tarea, digo, es mucho más grande que la trágica comedia de enredos a que ha conducido el reciente fraude electoral. La raíz de mi esperanza y de mi lucha está más allá y no puede ser derrotada en las urnas del voto no respetado. La raíz de mi esperanza está en Jesús, el indefenso de Galilea.

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