Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

QUIERO VIVIR UN AÑO MÁS

3 Ene , 1994  

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No sé si sea una oscilación patológica, pero no puedo dejar de reconocer que hay fechas y acontecimientos que me hacen pasar con bastante rapidez del pesimismo y la tristeza, a un optimismo irremediable. La temporada navideña, no sé por qué extrañas razones, me llena siempre de nostalgia: recuerdo a las personas a quienes la muerte me ha arrebatado y siento sus ausencias que no dejan de doler aunque pasen los años; recuerdo a los vivos que quisiera que estuvieran junto mí y que la distancia me arrebata irremediablemente; finalmente, cargo sobre los hombros la silenciosa y lacerante realidad de tantos hermanos y hermanas a quienes la sociedad -y la manera como ésta está organizada- no permite que pasen una navidad feliz. De manera que las fiestas navideñas siempre tienen para mí un cierto sabor de insatisfacción, de nostalgia inevitable, de alegría incompleta y, por esto mismo, agridulce.
El Año Nuevo, en cambio, representa para mí un ejercicio de higiene mental. Es tiempo de esperanza y de acción de gracias. Por eso, en este 1994 que inicia, quisiera dejar pública constancia de las cosas por las que creo que vale la pena vivir un año más.
Quiero vivir un año más porque 1993 me proporcionó la experiencia de la enfermedad y, con ella, la conciencia clara de que no tenemos la vida comprada, de que el tiempo se nos escapa de las manos sin sentirlo, y de que -como dice la canción- no podemos permitir que «la reseca muerte nos encuentre / vacíos y solos, sin haber hecho lo suficiente».
Quiero vivir un año más porque tengo aún que pagar una gran deuda de cariño y afecto a mi familia, a mis amigos y a todos los que en este año que termina estuvieron cerca de mí y me ofrecieron su alegría cuando yo estaba triste, su apoyo cuando yo estaba desanimado, su palabra de afectuosa advertencia cuando estuve a punto de equivocarme y su comprensión cuando, en efecto, me equivoqué.
Quiero vivir un año más porque trabajo en Tecoh, y allá el pueblo me ha enseñado a sobrevivir sin perder la alegría y la ternura; porque muchas personas del pueblo han dejado sus rostros y sus nombres, sus personas y sus sentimientos, grabados a sangre y fuego en mi alma; porque con ellos he aprendido a creer en Dios mejor y más fuertemente y a esperar contra toda esperanza; porque me han enriquecido con sus raíces indígenas y me han enseñado a amar la dulce lengua de los mayas; porque me han adoptado como hermano de camino y han soportado con inagotable paciencia mis incongruencias, animándome con cariño a superarlas.
Quiero vivir un año más porque el trabajo de defensa y promoción de los derechos humanos es un camino largo que he comenzado a transitar en la más hermosa de las compañías; porque todavía quedan muchas personas para quienes la dignidad es más importante y valiosa que un plato de lentejas, aunque éstas sean de oro de 24 quilates; porque todavía quedan gritos que no se escuchan, manos que no se aprietan con fuerza a otras manos, sueños que no se cumplen.
Quiero, en fín, vivir un año más porque, a pesar de mis desvaríos, no he podido arrancar de mis huesos el fuego del evangelio; porque no he terminado aún de luchar por que mi servicio a la comunidad no se convierta en un aburrido y degradante ejercicio burocrático; porque mantengo todavía las ganas de gastarme y desgastarme por merecer el nombre de cristiano.
Quiero vivir un año más porque Dios no ofrece oportunidades de balde y yo quiero aprovechar la que ahora me brinda.

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