Iglesia y Sociedad

Medellín: cuarenta años de horizonte utópico

29 Sep , 2008  

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¿Qué fue lo que convirtió a la asamblea episcopal de Medellín en un punto de referencia tal que todavía hoy, cuarenta años después, no deja de lanzar destellos sobre nuestra realidad eclesial? Para responder a esta cuestión, en varias partes del continente se realizan jornadas de reflexión sobre aquella reunión de 1968 que sería punto de partida para la renovación liberadora de la iglesia católica en América Latina.

José Comblin, el teólogo brasileño, ha escrito recientemente un artículo titulado “De Medellín a hoy”, en el que trata de explicar, desde su particular punto de vista, cuáles son las diferencias entre la experiencia eclesial de aquellos años y la actual. Aunque puede uno no estar del todo de acuerdo en la especie de diagnóstico comparativo que realiza, resulta interesante la contextualización que hace de la iglesia de la segunda mitad de la década de los sesentas. A ello vamos a referirnos.

Concebida para aplicar al continente latinoamericano la renovación conciliar, la asamblea episcopal de Medellín tiene que encuadrarse necesariamente en ese más amplio fenómeno de la iglesia católica, el Concilio Vaticano II, que fue un ejercicio de conversión para la mayor parte de los obispos del mundo. La iglesia se redescubrió en el concilio como “la sirvienta de la humanidad” y en base a algunas ideas clave (la concepción de la iglesia como ‘pueblo de Dios’, la importancia de la colegialidad episcopal, la trascendencia del papel de los laicos, etc.) elaboró todo un proyecto de renovación de largo aliento que redefinió las relaciones entre iglesia, mundo y reino de Dios.

Los obispos que participaron en Medellín venían con el recuerdo fresco de aquella gesta renovadora del Vaticano II. El sentimiento era que un nuevo tipo de iglesia estaba naciendo. De hecho, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) no era otra cosa que una de las maneras de poner en práctica la colegialidad episcopal. Hay, sin embargo, un dato, no de todos conocido y que subyace a la asamblea de Medellín, como experiencia previa: el Pacto de las Catacumbas. El 16 de noviembre de 1965, justo en el marco de la etapa final del concilio y apenas un mes antes de su clausura, 40 obispos firmaron un compromiso en la Catacumba de Santa Domitila. Con Dom Hélder Cámara a la cabeza, alma del pacto y después alma también de la asamblea de Medellín, los 40 obispos se comprometían a hacer vida la opción por los pobres, viviendo ellos mismos una vida pobre.

Cambiando el modelo episcopal de aquellas épocas, estos obispos contagiarían después a los participantes de la asamblea de Medellín. Ya no serían más príncipes, sino hermanos. La opción por el cambio de las estructuras que generan y mantienen la pobreza asumido por los obispos en Medellín, pronto fue percibió como un peligro por quienes detentaban el poder. Por eso no es extraño que la mayor parte de los obispos que participaron en el proceso de conversión a los pobres que tuvo como eje la asamblea de Medellín fueran después perseguidos y, algunos de ellos, hayan muerto de manera martirial.

Quizá el signo más famoso de persecución que se recuerde sea la aprehensión de 55 cristianos y cristianas, entre ellos 17 obispos, en la ciudad de Riobamba, Ecuador, mientras celebraban una reunión de reflexión pastoral, en agosto de 1976. La reunión fue allanada por agentes militares y suspendida. Los obispos visitantes fueron llevados detenidos a la policía, interrogados sobre sus planes subversivos y notificados que tenían que abandonar el país en 24 o 48 horas. Entre los obispos detenidos se encontraban don Sergio Méndez Arceo y el obispo de los indios, Monseñor Leonidas Proaño, que era el anfitrión. Entre los laicos, Adolfo Pérez Esquivel, quien sería años más tarde premio Nóbel de la paz. La señal de alarma se hizo sentir cuando fue público que en el allanamiento realizado por los militares, se había contado con la aquiescencia de la nunciatura y de los más influyentes prelados ecuatorianos.

Otro de los factores que han contribuido a hacer de Medellín un punto de referencia fundamental es que en esa asamblea se reconoció y legitimó la experiencia de las comunidades eclesiales de base. No hay que descuidar tampoco el acento que Medellín puso en el papel de los laicos, en cuanto transformadores de la realidad social. Para Medellín, “Lo típicamente laical está constituido por el compromiso en el mundo, entendido éste como marco de solidaridad humana, como trama de acontecimientos y hechos significativos, en una palabra como historia. El compromiso debe estar marcado en América latina por las circunstancias peculiares de su momento histórico presente, por un signo de liberación, de humanización y de desarrollo” (Movimientos de laicos, 9). De ahí que los obispos descalificaran a los movimientos laicales que “no han sabido ubicar debidamente su apostolado en el contexto de un compromiso histórico liberador” (Movimientos de laicos, 4), es decir, todos aquellos movimientos cuyas tareas estaban dirigidas, si no única, sí principalmente a fortalecer a la institución eclesiástica o a la promoción de las devociones privadas, descuidando el compromiso por la transformación del mundo.

El recuerdo de Medellín conserva mucho de subversivo, sobre todo en tiempos como los que vivimos desde hace treinta años, en que el desmantelamiento de Vaticano II parece orientar a la iglesia hacia formas preconciliares, también llamadas tridentinas. La gran vuelta al culto, los nuevos movimientos psicologistas y emocionales, el regreso a la gran disciplina –como la definía el teólogo Juan Bautista Libanio–, el retroceso a la concepción de la iglesia como una institución que vive para sí misma, el papel de los laicos como infantes llamados a escuchar y obedecer, son todos signos de que el espíritu de Medellín sigue siendo hoy más necesario que nunca.

Colofón: La semana pasada fueron detenidas en el estado de Yucatán 15 personas como sospechosas de estar involucradas con el crimen organizado. La base de la acusación: una denuncia anónima. Sus fotografías aparecieron, con leyendas acusatorias, en todos los medios comerciales de comunicación. Todos los medios, sin excepción. Resultaron ser simples trabajadores de una empresa avícola. La única acusación que pudo ser comprobada es que eran “fuereños”, lo cual, en este nuevo estado de excepción, pareciera ser un delito. ¿La presunción de inocencia establecida por nuestras leyes? Letra muerta. ¿La honra de quienes fueron públicamente denostados? Peccata minuta. ¿Disculpa pública en alguno de los medios que se proclaman guardianes de la verdad y la objetividad? Sueño guajiro. Mientras tanto, la batalla por la seguridad pública se pierde debido a las torpezas de un estado que no parece saber qué hacer ni a dónde ir.

Raúl Lugo Rodríguez

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2 Responses

  1. Fidel Aarón May Iuit dice:

    Gracias por tus comentarios Raúl …y que decir de los documentos de Puebla, Santo Domino, Aparecida… el mismo Vaticano II y, tantos que han salido, parece que sigen en letra muerta. No más letras y más acción!! No más asalariados, hoy necesitamos pastores!!

  2. Josefina I. Cervera Arce dice:

    Gracias por este escrito-recordatorio.
    Para muchos laicos, un mundo con tan serias dificultades convierte la búsqueda de la utilidad y el éxito en herramientas de sobrevivencia ¿cómo puede un laico ser radical en su seguimiento del evangelio y afanarse en ser funcional a la vez?
    ¿un padre ó madre de familia puede hacer una opción radical por su familia y por los pobres ó es tan sólo para los que pueden seguir un estilo de vida como el de los que viven en comunidades religiosas? ó ¿el concepto de pobres es muy amplio?

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