Iglesia y Sociedad,Pascua

Pregón Pascual 2016

28 Mar , 2016  

Pueblos-que-resucitan

Hoy quiero hablarles desde la esperanza. Me llena el corazón un gozo enorme brotado de un sepulcro que no tiene cadáver. Extiendo sobre la mesa de trabajo la tabla multicolor de las equivalencias. Busco luces allá y acullá. Hoy quiero ser anunciador de luz.

 

La resurrección de Jesús es quicio, vértice en el que confluyen los pequeños triunfos; como las velas de la Noche Santa, que repiten el milagro de la luz pero en pequeño, camino hacia la Luz que no se extingue, la que no deja ningún rincón del corazón insatisfecho.

 

Obedezco la sugerencia del autor de La miseria de la filosofía y me callo y afino mis oídos para escuchar cómo crece la hierba. No es menor la sorpresa: aquí y allá, para quien tiene el ojo del alma a flor de piel, aparecen destellos, tibios inicios, proyectos de futuro, plenitud a medio hacer.

 

La vida, no la tuya o la mía, sino la Vida (Sabines dixit), simplemente acontece, se asoma tímida por los resquicios, por las grietas que van desmoronando el edificio de la iniquidad largamente construido. A veces parecen solamente rasgaduras de pintura, rayones que agonizan en el concreto firme. A veces el golpe es mayor y un orificio hecho a cincel y martillo puede mostrar que tras de la pantalla de hormigón hay solamente huecos, vacíos que se ocultan. Pero hay estampidas que cada tanto conmueven los mismos cimientos y anuncian la fragilidad del rascacielos construido sobre arena.

 

Hoy les invito a estrenar ojos limpios. Les pido que iluminen el camino con la luz que emerge de las llagas gloriosas del Resucitado. No es una perspectiva falsamente optimista: es la oportunidad que la Pascua nos regala para no morir sumidos en la desesperanza. Desde la luz de Cristo, las pequeñas luces adquieren su dimensión revolucionaria, lo mismo que en la noche de la Vigilia de Pascua, que de un solo cirio se desprende una multitud de luces que convierten a las compañías de luz en accesorios superfluos.

 

La vida, la verdadera Vida, va encontrando su senda entre los vericuetos de la historia. Como siguiendo un darwiniano decreto, la Vida va en busca de más vida, siempre y sin descanso. La vida quiere prolongarse, quiere extender sus brazos y su estela, presiente que el futuro está asegurado y empuja con ahínco encendiendo velas por doquier. Basta saber seguirla para asombrarse de su potencialidad. Basta mantener la pupila insomne para ver cómo realiza su obra de fulgor inmarcesible. Les pondré dos ejemplos.

 

La maquinaria de la muerte ha decretado la desaparición de la agricultura tal como la conocemos. Compañías hambrientas de dinero han convertido la alimentación en un negocio de altos dividendos. Escudados en un discurso de adelanto científico y de combate al hambre, quieren ser dueños de las semillas y que nadie, en ninguna parte, tenga la libertad de cultivar su propia comida. Tienen muchos nombres: Monsanto, Syngenta… pero un solo objetivo: que la alimentación sea un producto que se compra y se vende y no un derecho de personas y de pueblos. Pues bien, un puñado de mujeres y hombres mayas le han plantado cara al nuevo colonialismo de la alimentación transgénica. La batalla ha sido dura. La guerra aún no se gana. Pero en los ch’enes campechanos, cual volador que rasga el cielo oscuro, las agricultoras y apicultores mayas, han derrotado al Goliat de las transnacionales y han detenido su tarea de muerte. Su entereza nos señala el rumbo inequívoco de las próximas batallas. ¿No es un anuncio de luz? ¿No es un relámpago que cruza todo el cielo?

 

En Chablekal la luz toma otro rumbo. En vuelco inesperado, el ejido ha dejado de percibirse como el instrumento de defensa que fue y ha terminado por convertirse en el continuador del despojo territorial. Los ejidatarios han vendido, trescientos en un pueblo de más de cinco mil, más del 80% del territorio de la población. Somos los dueños, proclaman, porque una revolución que hiede a pasado irrecuperable así lo ha decretado. Pero se han levantado hombres y mujeres, ancianas y niños, para decirles basta. La Unión de Pobladores y Pobladoras se ha erguido desafiante: ¿quiénes son ustedes para vender lo que es de todas y todos? ¿Dónde construirán sus casas nuestras hijas e hijos? ¡Paren ya de vender, que la tierra es del pueblo, no del ejido! Y la luz se desparrama, se comunica por intersticios insospechados, por vasos comunicantes y, bajo la tierra, encuentra vetas dónde reproducirse. Y vienen Kanxoc y Halachó, san Antonio Yaxché y Kimbilá, y como chispas regadas en el cañaveral el fuego prende y hace a las personas y a los pueblos espacios de dignidad y de resistencia. Ramalazos de luz que resplandecen apuntando en la vía correcta.

 

Los ejemplos podrían multiplicarse. Pero esto es un pregón de pascua, no un informe del estado de la resistencia del pueblo maya. Sirva solo de atisbo, de humilde dedo apuntando a la luna. Por eso se lo anuncio hoy, en la noche de las noches, a quien quiera escucharlo. Desde las entrañas del abismo ha emergido victoriosa la Vida, no la tuya ni la mía, la Vida. Ya nada podrá callarla ni apagarla. Nada podrá impedir que su luz nos entre hasta los huesos, alumbre nuestros recónditos anhelos, haga retumbar en nuestros adentros las palabras sagradas: dignidad, libertad, justicia. Que otros apaguen la luz: a nosotros nos toca encenderla. Este es el más grande deber, quizás el único, que brota del sepulcro vacío en esta noche: hacer un mundo a la medida del amor, un mundo donde todas y todos, nos solo las personas, sino las especies, vivamos reconciliados y felices.

 

¡Felices pascuas de resurrección!

Iglesia y Sociedad,Pascua

La resurrección, fuente de esperanza

13 Abr , 2009  

La resurrección es un hecho meta histórico. No puede ser clasificado en el mismo tenor en el que ponderamos los otros acontecimientos de la vida de Jesús. En realidad, nadie vio la resurrección. Cuando hacia fines del siglo II, en Siria, aparece el evangelio apócrifo de Pedro narrando cómo Cristo resucita delante de los guardias romanos y los ancianos judíos, las comunidades cristianas (que son las que están al origen del Nuevo Testamento y no viceversa) lo rechazan y no lo reconocen como canónico. El sentido común de los cristianos y cristianas más antiguos no aceptó una manera tan contundente de hablar de la resurrección de Jesús.

Incluso literariamente hablando, los textos de los evangelios que hablan de la resurrección de Jesús rompen la unidad narrativa que puede percibirse en el conjunto de los tres primeros evangelios. Una lectura atenta de los textos manifestará inmediatamente al lector/a avezado/a numerosas divergencias: el número de las mujeres, el número de los ángeles, los motivos por los que las mujeres fueron al sepulcro, el horario de la visita, las palabras del ángel, la reacción de las mujeres ante el sepulcro vacío, etc.

Un dato, sin embargo, es común en todos los textos: el sepulcro está vacío. Pero aun este hecho es ambiguo: no solamente no provocó la fe (a excepción del relato del cuarto evangelio, que merece tratamiento aparte), sino que originó más bien miedo, espanto, temor. El texto de Marcos (16,8), por ejemplo, sostiene que las mujeres “salieron huyendo del sepulcro, porque estaban temblando, asustadas. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo”. María Magdalena interpreta inicialmente el sepulcro vacío como si hubiera sido un robo (Jn 20,1.13-15) y algunos discípulos lo reducen a “locuras de mujeres” (Lc 24,11). Así pues, el sepulcro vacío es solamente un signo ambiguo, que puede ser interpretado, y de hecho lo fue como señalan los mismos evangelios, de diferentes maneras.

Son las apariciones de Jesús las que destruyen la ambigüedad del sepulcro vacío. Las apariciones, fenómenos que se conceden sólo a testigos escogidos, son las que dan origen a la exclamación apostólica: “Verdaderamente ha resucitado”. Y aunque los relatos de las apariciones parecen responder a dos esquemas distintos (el esquema que muestra a Jesús como una presencia carnal, que come, que camina con los discípulos, que se deja tocar y dialoga con ellos y aquel otro esquema que muestra a Jesús ya no ligado al espacio y al tiempo, sino que aparece y desparece, atraviesa paredes, y se muestra tan distinto, que incluso gente que lo acompañó durante años termina confundiéndolo con un viandante, un jardinero o un pescador), son la experiencia definitiva en la que se basa la posterior fe de las iglesias primitivas.

No obstante la precariedad de estos datos, la resurrección es, desde el origen del cristianismo, una afirmación fundamental. Y lo es, porque es a su luz que alcanzamos a comprender el misterio de la vida y muerte de Jesús. La afirmación apostólica de que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos es una forma de reivindicar la vida de Jesús, su proyecto de mundo, su predicación y, sobre todo, su muerte humillante. Teólogos, tanto de la iglesia católica como de las iglesias reformadas, coinciden en sostener que sólo en la resurrección se revela el significado total de la cruz.

Quisiera abordar brevemente el sentido de la resurrección siguiendo las pistas de los teólogos de la liberación. Jesús de Nazaret aparece anunciando la irrupción del ‘Reino de Dios’ (Mc 1,15). Bajo esta expresión teológica, encontrada 122 veces en los evangelios, se anuncia una transformación total y estructural del mundo. No se trata solamente de algo interior o espiritual, algo que venga de arriba, o que tuviera que esperarse fuera de este mundo o sólo después de la muerte. En su sentido pleno y total, el Reino de Dios es la expresión de la utopía que se esconde en cada corazón humano: la de un mundo en el que el mal, la injusticia, el pecado son liquidados, con todas sus consecuencias, del ser humano, de las estructuras sociales, del cosmos entero.

Tal categoría, el ‘Reino de Dios’, no puede ser aplicada solamente a una zona determinada de la persona humana, como es su alma, o a los bienes espirituales, y ni siquiera a la iglesia. Ya lo decía Leonardo Boff, “el Reino de Dios abarca toda la realidad humana y cósmica que debe ser transfigurada y liberada de todo signo de alienación. Si el mundo sigue como está, no puede ser patria del Reino de Dios”. Y un elemento insoslayable de esta realidad es la aniquilación de la muerte.

La resurrección es la realización del Reino en la persona de Jesús. Así lo entendió el teólogo del siglo III, Orígenes, cuando afirmó que Cristo era la “autobasileia” de Dios, es decir, que el Reino de Dios se había realizado en su persona. En el Señor resucitado fueron vencidos la muerte, el mal, el odio, todas las alienaciones que nos impiden ser plenamente humanos, a imagen de Dios. Quedan realizadas en el Señor resucitado todas las potencialidades que Dios ha puesto en la existencia humana. Es por eso que un escritor del siglo III llegó a afirmar que, cuando Dios dijo “hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza”, estaba pensando en Jesús resucitado.

El Señor resucitado convierte la utopía en ‘topía’. La vida plena, la superación de todas las alienaciones, la victoria definitiva sobre el mal, la injusticia y la muerte, han acontecido ya en una persona: Jesús de Nazaret, el crucificado que ha sido resucitado por el Padre. Dios no ha quedado indiferente ante los crímenes y los lastres de la historia. Los despojados y crucificados de la historia tienen, en la resurrección de Jesús, una fuente inagotable de esperanza. La lucha por la justicia, por el amor, por la transformación del mundo, aunque aparentemente fracase en el proceso histórico, es una apuesta destinada a la victoria. Al final triunfará.

Releo lo que he escrito hasta aquí. Lamento haber escogido el camino de la teología para mi tradicional escrito pascual. Gracias a la diligencia cibernética de mi amigo Luis Peniche puede revisarse ahora, en la sección “descargas” de este mismo sitio, mis reflexiones pascuales de los últimos años. Cualquiera de ellas es mejor que las líneas que anteceden. No cabe duda que el lenguaje descriptivo palidece ante el lenguaje lírico. Sí, sí, ya sé… debí haber escrito un poema o inventado una canción. No hay mediación más acertada para hablar de la resurrección que el lenguaje simbólico. Lástima que los tiempos poéticos han pasado para mí y la inspiración no suele aparecer cuando la busco. De todas maneras, con la pobreza de la prosa explicativa, deseo a todos los lectores y lectoras de esta columna, una muy feliz pascua de resurrección.

Colofón: Eduardo Galeano pisó tierras mayas. Tras de sí dejó la estela de sabia ironía que corresponde a un cronista lúcido de la historia pasada y reciente. Fue una grata oportunidad tenerlo al alcance de la mano y escuchar su palabra. Vaya un cálido agradecimiento a Olga Moguel y Atilano Ceballos, organizadores de la inolvidable visita.

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Pregón pascual 2008: el vendaval

24 Mar , 2008  

Como el viento impetuoso descrito por Álvarez Rendón en la más reciente de sus deliciosas crónicas, la resurrección me despeina hoy los cabellos, me revuelve las ideas, me acaricia las utopías, reverdece mi esperanza. La resurrección es la mejor noticia que he recibido en mi vida, y eso que voy que vuelo para los cincuenta. No hay definición que la explique, no hay texto que la contenga, no hay muerte que la resista. La resurrección es vino nuevo que no cabe en vasijas viejas y ¡ay! nuestro mundo a veces no es más que eso: una vasija antigua y destartalada.

La resurrección es un acto supremo de reivindicación. Dios resucitó a Jesús para mostrar que el proyecto que el maestro de Nazaret nos ofrecía era un proyecto divino, o lo que es lo mismo, conforme al original querer de Dios. Se equivocaron quienes lo torturaron y lo condenaron a la muerte de cruz. La causa de Jesús: la sociedad fraterna, la equidad entre todos los seres humanos, la convivencia basada en el respeto a las diferencias, revela un proyecto de ser humano y de sociedad en perfecta comunión: todas las personas dignas, libres, fraternas. Ese proyecto de Dios, y ésta es la revelación mayor del acontecimiento de la resurrección, no está condenado al fracaso ni es su destino la oscuridad de una tumba fría y oscura. Dios sacó a Jesús de la tumba para demostrar que la muerte no tendrá la última palabra, aunque desate sus fuerzas de caos y de destrucción. La última palabra, óiganme bien, la tiene la vida.

Por eso hoy más que nunca renuevo mi pregón de pascua. Lo pronuncio pensando en este país, que ya desde hace algunas décadas se nos viene deshaciendo entre las manos. Lo quisiera pronunciar, para que todos los escucharan, desde lo más alto de nuestra loma del sur, acaso desde Becanchén o Juntochac. Quiero que este canto vuele y llegue a todos los rincones, así de grande es mi alegría y de fuerte mi convencimiento. Yo te anuncio, adolorido país, que ha llegado el momento de tu libertad más plena.

Desde la oquedad más profunda de los cenotes mayas ya se escucha venir el viento de la libre determinación de los pueblos, de la equidad deseada y anunciada en las antiguas escrituras mayas. No será de las curules de los poderosos que vendrá la anhelada lluvia que regará la identidad de los hombres y mujeres mayas. Sus leyes no son más que vino agrio y descompuesto. La resurrección, en cambio, se gesta en las ocultas corrientes de cada gesto y cada lucha que conquista mayor autonomía, en Chactún y Kimbilá, en Maní y Chablekal, en Cisteil y Xocén. Florecerá, se los aseguro, más temprano que tarde, una tierra en la que ser maya no será ya sinónimo de desprecio y humillación, sino timbre de dignidad y gloria.

Viento de resurrección es también el que, en forma de torbellino arrollador, cruza de Colima a Veracruz y de Nuevo León a Guerrero. Lo soplan infinidad de mujeres levantadas en pie de testimonio. Construyen, como hormigas laboriosas, una nación en la que los varones nos veamos al fin liberados de nuestras enfermedades: de la ceguera del poder, de la parálisis del dinero, del demonio de la violencia. Una nación donde algún día podamos todos, varones y mujeres, sentarnos a compartir el pan de la igualdad en la misma mesa. Como tormenta de mil nombres, el viento de la equidad de género ha desnudado al rey: varón misógino, enano afectivo, cartera corrompida, puño derrotado.

Viento de vida nueva, huracán de resurrección, se cuela entre las viejas estructuras de un sistema en estado de putrefacción. Ha habido ya demasiada cruz. No habrá resurrección sin el desmantelamiento del lucro hecho sistema, de la explotación hecha ortodoxia económica, de la discriminación convertida en bando de buen gobierno. Hay viento de resurrección soplando en cada movimiento antisistémico, en el mundo otro que nace de las montañas del sureste mexicano, en cada esfuerzo organizativo que destierra al patrón, al dueño del capital, a la autoridad unipersonal e incontestable.

Finalmente, pero no al último, hay aires de resurrección en el abierto arcoiris de las diversidades, en cada pequeña conquista que permite a todas las personas vivir en plenitud, sin tener que avergonzarse de lo que son y de lo que creen: del color de su piel, de la lengua que hablan, de la orientación sexual que poseen, de su origen étnico, de la religión que profesan… Ya llega el día, y se acerca cada vez con mayor celeridad, en que no habrá ya discriminación ni discriminados.

El viento de la resurrección me ha despeinado el alma. No hay en ella cupo más que para la esperanza.

24 de marzo. Pascua de san Romero de América

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Pregón de pascua 2007

9 Abr , 2007  

9 de abril de 2007

Raúl H. Lugo Rodríguez

Hoy es día de fiesta. Día de recordar cuál es la medida con la que hemos sido cortados para siempre. Día de dignidad a toda prueba, de futuro hecho hoy, de algarabía. Vengo a anunciarles hoy con nuevos bríos que la resurrección es nuestro límite, horizonte esencial y siempre abierto, que no merece menos nuestra humana dignidad porque la última, la definitiva palabra que Dios ha pronunciado sobre nosotros ha sido vida, vida plena y abundante.

Atrás quedó la muerte, atrás las amenazas de los señores del dinero y de la guerra. Ha sido decretada la derrota de todos los invasores y sus Guantánamos de odio. El lucro y la venganza han sido declaradas basuras de la historia. Hoy huele a libertad definitiva, como huele el azahar en noches tibias, como huele la brisa en las mañanas frescas.

El sepulcro del que ayer colgaba de una cruz ha estallado de gloria. Una vida como la de Jesús, así de intensa en su entrega generosa, así de valiente frente a las amenazas de los poderosos, así de libre y plena en su relación con Dios, ha merecido la reivindicación final. Aunque el poder hecho religión, el sanedrín, lo condenó a muerte cruenta, Jesús ha resucitado y ha sido constituido la medida final, el ser humano perfecto, o lo que es lo mismo, pleno, en madurez total, completo y acabado. Él es nuestro destino.

La resurrección es hoy para nosotros, es cierto, solamente una promesa. No por desidia de Aquél que sacara a Jesús de su sepulcro, sino por la nuestra, la de aquellos que llevando indignamente el nombre de cristianos ya no nos indignamos frente a la pobreza y sus niños desnutridos, sino que la llamamos simplemente “efecto de la globalización”. La resurrección seguirá siendo promesa de lejanísima realización, mientras la justicia se resuelva en mazmorras de tortura y miedo y nosotros no digamos nada, mientras se criminalice la protesta y nosotros permanezcamos callados, mientras el mundo sea convertido en un gran mercado, sin lugar para la justicia y la gratuidad, y nosotros nos mantengamos impasibles, fríos, muertos de la peor muerte que es el miedo.

Porque la raíz de nuestra esperanza no es ningún “ismo” que se haya puesto de moda. La raíz de nuestra esperanza es Jesús de Nazaret, el muerto resucitado. Él no predicó ni leyes ni sistemas. Ni siquiera se predicó a sí mismo. Predicó el gobierno amoroso de Dios y puso las bases firmes para construirlo. No fue Jesús miembro de la aristocracia sacerdotal, ni escogió ser un violento revolucionario al estilo de los zelotas. No fue tampoco un devoto de normas moralistas ni se caracterizó por obedecer dictados de una tradición que marginaba a los débiles y a los incómodos. No fue un penitente y lo acusaron de comilón y borracho, amigo de prostitutas y gente de mal vivir.

Y, sin embargo, conoció a Dios más de cerca que el sumo sacerdote, fue más libre del mundo y sus dictados que cualquier asceta esclavo de ayunos y penitencias, fue más ético que los moralizadores fariseos y mucho, mucho más radical que los guerrilleros anti romanos de su época. Jesús de Nazaret rompió todos los moldes. Fue todo menos un conformista, un acomodado, un hombre del status quo. Anunció la presencia de Dios como una gracia, un regalo de amor dirigido a pobres y pecadores. Buscó siempre lo mejor para el ser humano, así le costara desafiar leyes y tradiciones, desafiar al templo y a sus ritos.

Jesús llevó el amor hasta su expresión máxima: la entrega de la propia vida. Amó y se relacionó con aquellos que el mundo llamaba pobres diablos, herejes y cismáticos, adúlteras y traidores, leprosos, niños y miserables. Amó a cada uno de manera distinta y les devolvió la dignidad arrebatada. El sanedrín y el gobernador romano decidieron eliminarlo, por rebelde a la ley de Moisés y a la ley del César, por rebelde a la opresión hecha poder político y religioso. Pero Dios no estuvo de acuerdo: aquél hombre que parecía dejado de la mano de Dios recibió una nueva vida, regalada para siempre, como reconocimiento a su manera de vivir y a su indomable rebeldía llevada al extremo de la aceptación de la muerte misma.

Eso les anuncio hoy, mi repetido y siempre nuevo pregón de pascua. En Jesús resucitado podemos encontrar una fuente inmarcesible de esperanza. De frente a la muerte y la derrota, a pesar de la soledad, la tristeza y del derecho corrompido, ha triunfado en Jesús la justicia suprema del amor. A la luz de este muerto resucitado, uncidos a su carro de victoria, podemos liberarnos de todos los poderes que nos deshumanizan. No es pequeño el reto al que nos enfrentamos ni sencilla la tarea que nos toca. Pero, les aseguro, del sepulcro vacío brota una alegría que nada ni nadie puede arrebatarnos. Lo demás, es lo de menos

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Pregón pascual 2006

17 Abr , 2006  

17 de Abril de 2006

Raúl H. Lugo Rodríguez

Hoy es quince de abril, ya son las once. Nunca la luna estuvo más radiante. Jamás su luz resplandeció en la noche con tal intensidad. Esta noche es noche que da día. Florida es esta pascua en primavera.

Ayer veíamos a un cordero triste, llevado brutalmente al matadero como un reo de muerte. Pero hoy la noche se viste de mañana. Abrimos nuestra risa y nuestro canto igual que un abanico. Si tenemos coraje, escucharemos cómo se mece en el viento una noticia, una ancestral noticia siempre nueva: la pascua es hoy victoria, Jesús es nuestra aurora amanecida en mitad de la noche, es su resurrección una promesa de vida nueva y de hermandad posible.

Pero la vida nueva no es asunto de futuros lejanos. He visto ya, con los ojos nublados por el llanto, dignos renacimientos. Algo distinto crece entre las sombras, igual que una semilla criolla entre transgénicos.

Frente a la canallada de los legisladores, que entregaron la patria a dos televisoras y vendieron su honra por un par de monedas, hay una radio oculta, marginal, clandestina, que toma su destino entre las manos y ocupa la frecuencia que una ley ilegítima le quita. Nunca la música tuvo notas tan claras ni las noticias fueron tan verdaderas. Cuando el pueblo despierta, no hay senado que valga. Crece la libertad como los hongos: eso es resurrección aquí y ahora.

Mariela vivía ayer en las márgenes del miedo. En la colonia Sambulá su casa era hogar de violencia. Ayer dijo ya basta: nunca más un amor que justifique golpes, palabras que lastimen o desprecios que hieran. Puede mirar ahora sin vergüenza los ojos de su prole. Ya no renunciará a ser ella misma por temor a una herida. Crece la dignidad como flor nueva: eso es resurrección aquí y ahora.

Ramiro habita en la crujía Equis. La cárcel es su casa desde hace siete años. Mira pasar la droga, veneno tolerado y promovido, sabe cuándo se vende, dónde y en qué momentos. No hay en estas paredes, húmedas y agrietadas, atisbos de esperanza. La violencia carcome los sentidos. La ausencia de programas se comprende: la droga es gran negocio que llena los bolsillos y mantiene quietos a los rebeldes. Ramiro habla en pasado: “fui adicto, dice, hace ya casi un año que me mantengo limpio; lo he logrado solito, a despecho de guardias y custodios; me acordé cuando, afuera, iba a sesión de alcohólicos: solamente por hoy, y así ha pasado el tiempo”. Crece la gallardía en la mazmorra: eso es resurrección aquí y ahora.

Podría multiplicarles los ejemplos, pero temo aburrirles. Bastaría abrir los ojos y notar que la resurrección llega cantando como lluvia temprana, como un anticipado chubasco refrescante. Se llama resistencia y ojos limpios, dignidad y trabajo y mariposa. Tiene por nombre libertad y esperanza, democracia de abajo y a la izquierda, autonomía, hermandad, luz multiforme. Viene rompiendo muros de ignominia y echando abajo leyes fraudulentas, tanto en París como en las avenidas de cada ciudad gringa, en las calles de una colonia al sur de Mérida o en una celda oscura del Cereso.

Mucho más que en un cambio de gobierno, yo creo en la resurrección.

Iglesia y Sociedad,Pascua

RESURRECCIÓN

28 Mar , 2005  

28 de marzo de 2005

Raúl H. Lugo Rodríguez

Cuando tengamos un sueño en la mirada
y la esperanza aquí entre las dos cejas,
y no hayamos perdido aún el gusto
de pensar que mañana, que algún día
se podrá sonreír yendo al trabajo,
y tener una casa,
y calzar a los hijos con zapatos
que no sean regalados.

Cuando en nuestro deseo tenga un puesto
-un lugar por derecho-
la mesa en la que todos nos sentemos
a compartir el pan y la alegría,
donde el poder no sea de unos pocos
y donde decidamos
que existan hospitales para todos,
y escuelas para todos,
y empleos para todos…
donde no hallemos tiempo para amar la tristeza,
ni encontremos lugar para las lágrimas.

Cuando creamos juntos que es posible
construir la sociedad a esta medida,
entonces no tendremos ya más miedo
de pronunciar tu nombre.
Y podremos decir alegremente
Resurrección con R de Romance,
de Ruiseñor y de Radicalismo
de Rosa, de Remedio y Romería,
de Reconciliación y de Respuesta,
Reino de Dios y Rostros sonrientes
y -por qué no decirlo-
R de Roma.

(Y es que en la misma letra
está también el lado de lo opuesto
-y la Resurrección sabrá acabarlo-:
r de reformismo y risotada,
de robo y de rapiña,
r de ricachón y de ratero
y de rapacidad,
de rastreros, de rapto, de rivales
y -por qué no decirlo-
r de roma)

Y cuando decidamos que te asientes
en las orillas de nuestra existencia
habremos dado un paso, sólo uno,
en la insomne carrera de la historia.
“No habrá resurrección –escuché un día–
hasta que cada uno haya aprendido
a vivir para el otro”.

Y en esta iglesia en la que te quedaste
a mitad del camino,
en la iglesia del prolongado invierno,
en mi iglesia -ese cofre de misterio-
te harás presente un día.
Ojalá que la aurora nos encuentre
peleando de tu lado.
Ojalá no nos tome de sorpresa…