Cuando en el año 1300, inspirado en una antigua tradición bíblica descrita en Levítico 25, el Papa Bonifacio VIII convocó el primer jubileo de la iglesia católica, no se imaginó la trascendencia de su llamado. A partir de entonces, cada 50 años y, desde 1475 cada 25, se celebra en la iglesia católica este llamado a alegrarnos con la llegada del año jubilar y a peregrinar para mostrar nuestro deseo de conversión y nuestra participación gozosa en la familia de las hijas e hijos de Dios.
Una de las sorpresas del pontificado de Francisco fue su apertura a las realidades eclesiales marginales. Su insistencia en la iglesia como una comunidad “en salida” lo llevó a escuchar con corazón de pastor muchas voces que, hasta antes de él, habían permanecido en el silencio. No porque no expresaran su fe y se negaran a dejar oír sus clamores, sino porque no había en la iglesia aún madurez para escucharlos. Con el llamado a la sinodalidad, Francisco abrió esa puerta invisible que se colocaba como barrera para que las personas de la diversidad sexo-genérica recuperaran su lugar en la iglesia.
La presencia de los católicos LGBT+ en la iglesia no es una novedad. Y no me refiero solamente a grandes personajes, sino a una realidad que permea todas nuestras comunidades cristianas. Me ha admirado la confidencia de una joven lesbiana que es catequista de su parroquia. Se ríe cuando me comenta que el sacerdote que preside la comunidad no sabe cómo referirse a su situación cuando habla en público. Y es que la catequista no exhibe, pero no reniega de su condición homosexual. “Usted ya verá cómo se lo explica a la gente. Yo no tengo nada que explicar: soy católica, he sido llamada por Dios a formar parte de su familia en el bautismo y ahora me he comprometido, también por llamado divino, a servir en la catequesis. La iglesia ha sido mi casa desde mi infancia y no voy a abandonarla. Creo que eso no necesita de más explicaciones. Es asunto de fe”.
Pero, no obstante la presencia infaltable de alguna persona homosexual en los servicios católicos comunitarios, la mayoría de los fieles sigue negando la posibilidad de que una persona que pertenece a la diversidad sexo-genérica pueda, al mismo tiempo, profesar y vivir su fe cristiana.
Por eso yo digo que el milagro más grande del pontificado del Papa Francisco fue, no sólo sus palabras, sino sus gestos de misericordia, de empatía con las realidades periféricas. Lo que el Papa Francisco tuvo la fortuna de regalar a la iglesia fue una nueva mirada a dichas realidades. Una mirada fresca, acorde con los avances que el ser humano va logrando en la comprensión de sí mismo y mirando, como hizo Jesús con la anciana de la limosna, todo lo que se escondía tras la permanencia pertinaz de quienes, siendo rechazados doctrinal y prácticamente, decidían permanecer firmes en su fe y tratar de armonizar su vida con el Evangelio.
Por eso, este 6 de septiembre, la oficina de la Santa Sede incluye la “Peregrinación de la Tienda de Jonatán y otras asociaciones” en el programa de peregrinaciones jubilares. La Tienda de Jonatán es, en Italia, el grupo más conocido de católicos de la diversidad sexo-genérica, con presencia en muchas parroquias. Por eso se considera el 6 de septiembre como el día de la peregrinación de los católicos LGBT+, sus familias, sus acompañantes ministeriales y sus aliados.
Esta novedad tiene un hondo significado. En la iglesia, todos somos peregrinos, todos pecadores, todos necesitados de la gracia divina. La misión de la iglesia es dar al mundo un testimonio de comunidad reconciliada, constructora de paz, en la que cada miembro tiene dones que compartir y necesidades en las cuales ser auxiliado por otros. La decisión de mantener la peregrinación jubilar de la Tienda de Jonatán en el calendario oficial del Vaticano, aun después de la muerte del Papa Francisco, es una muestra de los nuevos tiempos que soplan. Vamos llegando a comprender poco a poco que la iglesia no es una casa que pueda ser secuestrada por “los buenos”, sino una comunidad fraterna donde todos tenemos un lugar en la mesa. Todos y todas, miembros de una sola familia.
En preparación para la peregrinación jubilar del 6 de septiembre, el Obispo Francesco Savino, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana, que celebrará la Misa en la Iglesia del Jesús, en Roma, de donde partirá la peregrinación hacia la Basílica de San Pedro para atravesar la Puerta Santa, ha declarado: “La Eucaristía… es un vientre que acoge, no una cerca que rechaza; es una casa con las puertas siempre abiertas, donde la piedra angular es el amor incondicional. Es en el encuentro de los rostros y en el compartir del pan que la Iglesia encuentra su vocación original: no ser una fortaleza para unos pocos, sino un refugio para todos, capaz de habitar las periferias del alma y de la historia. Por eso, este momento no es solo una celebración litúrgica: es un acto profético, un signo que anuncia al mundo que en el Reino de Dios no hay ‘huéspedes’ ni ‘anfitriones’. Solo hay hijos e hijas, convocados a la misma mesa, transformados por el único amor que salva.”
Para unirse a la peregrinación jubilar en Roma, el grupo de católicos y católicas de la diversidad sexo genérica que se reúne en la Rectoría de Nuestra Señora de la Candelaria y lleva por nombre “Puerta Abierta”, realizará una peregrinación al recinto de la Santa Iglesia Catedral de Mérida. La cita es en la puerta oriente del Pasaje de la Revolución (calle 58), para desde ahí recorrer el Pasaje y llegar al atrio de la Catedral, atravesar la puerta y participar de la Eucaristía. Será el sábado 6 de septiembre. Estén pendientes de los avisos que nos compartan nuestros hermanos de Puerta Abierta (puerta abierta MID, en Facebook). Están invitados todos y todas, especialmente familiares y agentes pastorales que acompañan el caminar de las comunidades.
No es excesivo decir que hemos llegado a un momento clave en nuestra vida de iglesia. Así lo señala en su declaración el vicepresidente de los obispos italianos: «No se trata, por tanto, de ‘acoger’ a alguien en la casa del Señor, sino de reconocer que todos ya son habitantes plenos. La Eucaristía, centro de esta celebración, se convierte así no en el premio reservado a unos pocos, sino en el pan de comunión que reconstituyó a la familia humana dispersa. En este signo se encuentra la profecía de una Iglesia que vive no para conservar un templo, sino para ser un templo vivo: donde cada piedra es un rostro, cada columna es una historia y cada puerta está abierta al abrazo infinito de Dios… Este evento, en su esencia más profunda, es como una campana que resuena en el silencio ensordecedor de las exclusiones: una señal clara, fuerte e irreversible que nos recuerda que el Evangelio no es un manifiesto para unos pocos elegidos, sino una carta de amor dirigida a toda la familia humana… Si la Iglesia no acoge a estos hijos, no es la Iglesia del Evangelio».