Iglesia y Sociedad

Termina la primera sesión del Sínodo

10 Nov , 2023  

Les comparto en esta entrega el artículo del vaticanista Christopher Lamb, aparecido en The Tablet, el semanario católico inglés (la cita completa al final de la versión inglesa)

EL DOCUMENTO CONCLUSIVO de la primera de las dos sesiones finales del proceso sinodal, apunta a un sacudón fuerte dentro de la iglesia. Entre las propuestas se incluye una expansión del rol de las mujeres en el ministerio, un involucramiento de los laicos y laicas en las decisiones que se toman, una renovación a fondo del sistema que rige en los seminarios y una revisión del Código de Derecho Canónico. Sobre la restauración del diaconado a las mujeres el sínodo acordó que es un asunto que requiere un mayor discernimiento y se pidió que las conclusiones de las comisiones papales que han trabajado el tema sean presentadas en la asamblea conclusiva de octubre de 2024.

Nunca se esperó que esta sesión del sínodo, de octubre de 2023, diera respuesta definitiva a los más discutidos tópicos que se discuten en la iglesia ni tampoco que hiciera propuestas dramáticas. Fue solamente el primer capítulo de un sínodo de dos, que dio inicio a nivel local desde hace dos años. “Hoy no vemos el fruto final de este proceso, pero muy claramente, podemos mirar el horizonte que se abre ante nosotros”, dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa conclusiva de la asamblea, celebrada en la Basílica de san Pedro.

Pero la gran sorpresa del sínodo no se encuentra en los textos que se enfocan en asuntos particulares, sino en la muy extendida aceptación de los modos de discusión y discernimiento que fueron adoptados por primera vez en una reunión sinodal. Esta forma radicalmente diferente de organizar las conversaciones permitió una escucha atenta y orante entre los pequeños grupos de cardenales, obispos, sacerdotes y laicos y laicas, sentados todos en mesas redondas. Todos los 350 participantes del sínodo tuvieron la oportunidad de hablar, cada uno con la misma cantidad de tiempo. El proceso condujo a una visión sin precedentes: cardenales de la curia romana sentados en una mesa redonda con mujeres de Asia y Latinoamérica. “Fue una manera de nivelar a los participantes”, mencionó un delegado.

Los agoreros de desastres, que nos advirtieron de una conspiración para echar abajo la doctrina de la iglesia y que habían profetizado un cisma o la llegada a una polarización irreconciliable, estuvieron equivocados. Cada parágrafo del documento de síntesis final fue votado y recibió cuando menos la votación aprobatoria de al menos dos terceras partes de los participantes. Muchos obispos que tenían opiniones divergentes o que estaban de manera abierta en contra del sínodo, fueron vencidos por este nuevo proceso.

Todas las denominaciones cristianas han estado experimentando hondas divisiones en las recientes décadas, particularmente en relación con el reconocimiento de las relaciones entre personas del mismo sexo. Lo que es notable dentro de la iglesia católica respecto a este tema es cómo –tanto más, tanto menos– el proceso sinodal ha sido una especie de contención que trae, por una parte desacuerdos y –al mismo tiempo– construyendo comunión. Hay, es cierto, una tensión considerable frente a este tema, pero esta contención está dando buenos resultados en cuanto que apoya una conversación más inclusiva con la autoridad del Papa.

“El verdadero milagro es el acuerdo notablemente mayoritario de que la sinodalidad es la manera de proceder que debe seguir la iglesia”, me dio el Cardenal Michael Czerny cuando caminábamos junto a la Guardia Suiza para entrar a la Basílica de san Pedro para la Misa de clausura del domingo pasado. El cardenal, un jesuita que es director de la oficina de la Santa Sede para el desarrollo integral y que ha trabajado en África, América Central y Norte América. “Entrar al sínodo fue como caminar dentro de un laboratorio”, me comentó. “Estábamos probando algo y no estaba claro si iba a funcionar. Pero los resultados son alentadores. No puede ya ser definido como una moda o un asunto de este papado. Sinodalidad, una manera de ser, un estilo de caminar juntos, es lo que el Señor espera de la iglesia en este tercer milenio.

LA INCLUSIÓN DE LAS MUJERES. El número de mujeres votantes es equiparable al número de cardenales votantes. Este fue un fenómeno que nos movió el tapete. La presencia de personas laicas llevó a una cierta crítica implacable hacia el Sínodo – incluso la de algunos obispos que hablaron en el aula Pablo VI– sobre el estatus de autoridad del sínodo y si podría seguir siendo llamado sínodo “de obispos”. De acuerdo con el reporte final, hay quienes quisieran reservar todavía la membresía únicamente a los obispos y es acuerdo común que “los criterios con los que los que no son obispos son convocados a la asamblea” aún deben ser discutidos y clarificados. Dado el particular papel de los obispos como maestros y sucesores de los apóstoles, hay quienes proponen que la “asamblea eclesial” de obispos y laicos debería realizarse por separado de la “asamblea episcopal” para concluir los procesos de discernimiento.

El Sínodo permanece como un cuerpo consultivo y ha sido así desde que el Papa Pablo VI lo instituyó durante la sesión final del Concilio Vaticano II. El Papa tiene la última palabra. Los obispos no trabajan aislados y el éxito de la asamblea mostró que su discernimiento fue ayudado por la presencia de presbíteros y de personas laicas, así como de hermanos obispos de otras latitudes. El proceso es un desarrollo de la institución establecida por Pablo VI pero, como bien señaló un teólogo australiano, Ormond Rush, en una palabra que fue muy bien recibida por la asamblea debido a que citó extensamente a Joseph Ratzinger, la tradición es dinámica y no estática, legalista o a histórica. Una fuente cercana lo apuntó de esta manera: “los progresistas asumieron el formato del proceso, mientras que los conservadores se han reservado el contenido”.

El documento final no usó el término “católicos LGBT” (como sí había hecho el documento de trabajo) a pesar del cambio generado en la aproximación pastoral que Francisco ha hecho al tema en la década pasada. “Pienso que muchos católicos LGBT estarán decepcionados de que no fueron ni siquiera mencionados en el documento de síntesis final”, dijo el padre James Martin SJ, el sacerdote jesuita que tiene un ministerio de alta visibilización en la iglesia y que acompaña a gays católicos. “El documento, tal como fue hecho público, no refleja el hecho de que el tópico de la participación de las personas LGBT en la iglesia apareció repetidamente, sea en las discusiones de las mesas redondas, como en las sesiones plenarias, y provocó opiniones profundamente divergentes. Sin embargo, Martin dijo que el sínodo fue “una gran gracia” y que “todavía no ha terminado”.

Aunque los gays y lesbianas no fueron expresamente mencionados, el documento de síntesis da muy buena cuenta de que las “categorías antropológicas” de la iglesia, en lo que toca a la sexualidad y la identidad, no han tomado adecuadamente en cuenta la experiencia humana y el avance de las ciencias en este tema. Esta sola admisión es significativa, porque puede conducir a una re imaginación de fondo de la enseñanza de la iglesia católica sobre la sexualidad. Cómo fue tratada la cuestión LGBT en la asamblea refleja también que ya no estamos en una visión dominada solamente por Europa y el occidente, sino que sur y oriente van tomando cada vez mayor importancia, haciendo una iglesia multi polar. Fue también interesante ver en esta asamblea a los obispos africanos promover “un discernimiento teológico y pastoral” en la cuestión de la poligamia, incluyendo cómo debería acompañarse pastoralmente a las personas que están en uniones polígamas.

Las discusiones sobre el servicio ministerial a los católicos que han contraído nupcias con personas de su mismo sexo fueron muy tensas por momentos. En un momento determinado, los delegados escucharon la poderosa historia de una mujer polaca que se quitó la vida porque se dio cuenta que era bisexual y no se sintió recibida dentro de la iglesia. También hubo una fuente que me comentó acerca de un alto dignatario de la iglesia católica oriental, que rehusó sentarse en la misma mesa en la que estaba el Padre Martin.

A pesar de que el documento síntesis dejó de lado los tópicos en los que no fue posible encontrar un consenso por el momento, incluye potencialmente propuestas significativas. Una de ellas tiene que ver con el sistema de entrenamiento de los futuros sacerdotes en los seminarios, que debería, según la asamblea, ponerse bajo “una severa revisión” a la luz de las dimensiones misionera y sinodal de la iglesia. Hay un llamado a que laicos y ordenados sean formados juntos y también hay un acuerdo de incluir mucho más a las mujeres en los sistemas de seminarios. Quedó sugerido que los candidatos para los ministerios ordenados tengan la experiencia de vivir en el seno de una comunidad cristiana antes de entrar en el seminario y que las casas de formación no deberían crear “un ambiente artificial, separado de la vida ordinaria de los fieles”

En cuestión de rendición de cuentas, se sugiere que los obispos se sometan a revisiones de desempeño sobre cómo ejercitan su autoridad y cómo administran las finanzas, y que “presbíteros y diáconos” se sometan a una auditoría periódica sobre cómo llevan adelante sus funciones. También existe la propuesta de considerar la “re inserción en los servicios pastorales de sacerdotes que han dejado el ministerio”, aunque se dice que se decidiría caso por caso, y también se afirma que habrá “consideración posterior” sobre la ordenación de varones casados.

¿CÓMO SERÍA UNA IGLESIA MÁS SINODAL, respecto de las leyes y estructuras de la iglesia?, es algo que tendrá que profundizarse. El sínodo propuso construir una “comisión intercontinental especial de expertos teólogos y canonistas”, que sea establecida para trabajar en las propuestas que habrán de conversarse en la sesión dl sínodo del próximo año. El documento de síntesis también propone la institución de consejos pastorales, que incluyan a clero y agentes no ordenados, y que sean obligatorios a nivel parroquial y diocesano. Mientras el sínodo ha sido una experiencia transformadora para cientos de obispos, sacerdotes y laicos participantes, el signo real de su éxito será cuando el espíritu de la sinodalidad se dé también en las parroquias, diócesis y conferencias episcopales nacionales. En tanto muchas iglesias locales han seguido la iniciativa del sínodo, la gran mayoría lo ha simplemente ignorado. La mayor parte de los votos de “no” se emitieron en relación con el tema de la ordenación de las mujeres como diáconos, lo mismo que la moción llamando a una “ulterior profundización” sobre el celibato obligatorio para los sacerdotes recibió un número abundante de “no”.

El sínodo tuvo lugar mientras estallaba la guerra entre Israel y Hamás y Rusia continuaba con su guerra contra Ucrania. Más tarde, este mismo mes, los líderes mundiales se reunirán en Dubai para la última asamblea del COP, que tiene que enfocarse en la crisis climática (Francisco está invitado a unirse a esta reunión). Es dentro de este contexto de guerra, conflicto y fragilidad, que la iglesia tiene que llevar adelante su misión. Mientras el sínodo concluía, Francisco dijo que la iglesia debe poner a Dios y el servicio antes que sus agendas propias. “Esta es la iglesia que estamos llamando a soñar: una iglesia que es la sirvienta de todos, la servidora de los últimos de nuestros hermanos y hermanas”, dijo. Una iglesia que nunca pide un certificado de “buena conducta”, siho que simplemente da la bienvenida, acoge, sirve, ama, perdona. Una iglesia con las puertas abiertas, que es un refugio de misericordia”.

La segunda, y conclusiva sesión del sínodo de la sinodalidad será en el Vaticano dentro de 11 meses. Será vital para la realización del “sueño” de Francisco que el trabajo continúe hasta que la experiencia creada por esta primera sesión se consolide. Pero una iglesia más sinodal y misionera está surgiendo ya.

Les dejo aquí el texto original en inglés.

THE DOCUMENT released at the conclusion of the first of the two-part climax to the Synod process points toward a profound shake-up of the Church. Its proposals include an expanded role for women in ministry, making lay involvement in decision-making mandatory, an overhaul of the seminary system, and a revision of the Church’s Code of Canon Law. On women deacons, the Synod agreed that this issue needs more discernment and asked that the findings of previous papal commissions on the issue be presented to the concluding assembly in October 2024.

It was never expected that this October’s synod would hone in on the most contested topics in the Church and make dramatic proposals. This was the first round of a synod double-header, which began at the local level two years ago. “Today, we do not see the full fruit of this process, but with farsightedness, we look to the horizon opening up before us,” Pope Francis said in his homily at the Mass in St Peter’s Basilica concluding the assembly.

The breakthrough achieved by the Synod was not to be found in the texts focusing on particular issues, but in the widespread acceptance of the ways of discussing and discerning that were adopted at this Synod for the first time. The radically different approach encouraged attentive and prayerful listening among small groups of cardinals, bishops, priests and lay people seated around tables. All 350 or so members of the Synod were able to speak, each of them being allotted the same time. The process led to the unprecedented sight of cardinals from the Roman Curia sitting at round tables with women from Asia and Latin America. “It was a levelling of the participants,” one delegate said.

The prophets of doom who had warned of a conspiracy to overturn church doctrine and had predicted a schism, or a descent into irreconcilable polarisation, were proved wrong. Each paragraph of the final “synthesis document” was voted on in turn, and all received the approval of at least a two-thirds majority. Several bishops who had voiced concerns or had been openly sceptical of the Synod were won over by the new process.

Every Christian denomination has been experiencing deep divisions in recent decades, particularly over the recognition of same-sex relationships. What is remarkable about the way this issue is being discussed in the Catholic Church is how – so far, at least – the sinodal process has established a container that is both holding disagreements and – at the same time – building communion. There is considerable tension, but the container is succeeding in balancing a more inclusive conversation with the authority of the papacy.

“The real miracle is the overwhelming agreement that synodality is the way of proceeding in the Church,” the Canadian Cardinal Michael Czerny told me as we walked together past the Swiss Guards and up to the side entrance of St Peter’s Basilica for the closing Mass last Sunday. The cardinal, a Jesuit, is the leader of the Holy See’s office for integral human development and has worked in Africa, Central America and North America.

“Going into the Synod was like walking into a laboratory,” he said. “We were testing some- thing, and it wasn’t clear if it was going to work. But the test results are encouraging. This can no longer be dismissed as a fashion or a fad. Synodality – a way, a style of walking together – is what the Lord expects of the Church in the third millennium.”

THE INCLUSION OF WOMEN – there were close to as many women present as voting delegates as there were cardinals – was also groundbreaking. The presence of lay people led to relentless questioning from critics of the Synod – and sometimes from bishops speaking in the Paul VI Hall – of the status and authority of the Synod, and whether it could still be called a “Synod of Bishops”. According to the final report, some still want to reserve membership of the Synod to bishops, and it was acknowledged that the “criteria by which non-bishop members are called to the assembly” should be clarified. Given the particular role bishops have as teachers and successors to the Apostles, some proposed that the “ecclesial assembly” of bishops and lay people should be followed by a separate “episcopal assembly” to conclude the process of discernment.

The Synod remains a consultative body, as it has been since Pope Paul VI set it up during the final session of the Second Vatican Council. The Pope has the final say. Bishops do not operate in isolation, and the success of the assembly showed that their discernment is helped by the presence of priests and lay people, as well as fellow bishops. The process is a development from the structure established by Paul VI but, as the Australian theologian Ormond Rush pointed out in a well-received address, in which he quoted extensively from Joseph Ratzinger, tradition is dynamic rather than static, legalistic and ahistorical. One source close to the proceedings put it this way: “The progressives got the process, and the conservatives got the content.”

The final document did not use the term “LGBTQ Catholics” (as the working document had), despite the shift in pastoral approach the Pope has modelled over the past decade. “I would suspect that most LGBTQ Catholics will be disappointed that they are not even mentioned in the final synthesis,” Fr James Martin SJ, the Jesuit priest who has a high profile ministry to gay Catholics, said afterwards. “The document, as it turns out, does not reflect the fact that the topic of LGBTQ people came up repeatedly in both many table discussions and the plenary sessions, and provoked widely diverging views.” Nevertheless, he said that the Synod was a “great grace” and that it “hasn’t finished yet”.

While gay and lesbian Catholics were not expressly mentioned, the synthesis document acknowledged that the Church’s “anthropological categories” when it comes to sexuality and identity had not adequately taken into account human experience and the sciences.

That is a significant admission, and it opens the door to what could be a wide-ranging reimagining of Catholic teaching on sexuality. How the LGBTQ question was handled reflected a Church that is no longer dominated by Europe and the west, but one which is multi-polar and where the global south is growing in influence. We also saw this in the agreement that bishops in Africa should promote a “theological and pastoral discernment” on the question of polygamy, including how to accompany those in polygamous unions.

Discussions of the Church’s ministry to Catholics in same-sex relationships were at times tense. At one point, the delegates Heard the powerful story of a young woman from Poland who took her own life because she was bisexual and did not feel welcomed into the Church. Sources also told me that one high-ranking Eastern Catholic prelate refused to sit at the same table as Fr Martin.

Although the synthesis document steers away from topics where agreement wasn’t possible, it includes potentially significant proposals. One is that the system for the training of priests in seminaries should undergo a “thorough review” in light of the Church’s “missionary and synodal dimensions”. It calls for programmes where lay and ordained are formed together and a greater integration of women in the seminary system. It suggested candidates for ordained ministry need to experience living in a Christian community before entering a seminary and that formation houses should not create an “artificial environment, separate from the ordinary life of the faithful”.

On the question of accountability, it suggests that bishops undergo performance reviews to assess how they exercise authority and manage finances and that “priests and deacons” undergo a “regular audit” of how they are carrying out their role. There is also a proposal to consider the “re-insertion of priests who have left the ministry in pastoral services” on a case-by-case basis, and to give “further consideration” to the ordination of married men.

WHAT A MORE synodal church looks like regarding church law and structures still needs to be studied. The Synod proposed that an “intercontinental special commission of theological and canonical experts” be established to work on proposals ahead of next year’s assembly. The final document also called for pastoral councils, bodies including the non-ordained and the clergy, to be made obligatory at the parish and diocesan levels. While the Synod was a transformative experience for the several hundred bishops, priests and lay people involved, the real test of its success will be the extent to which synodality is taken up at parish, diocese and n ational level. While several local churches have followed the synodal initiative, plenty more have simply ignored it. The most “no” votes came for the paragraphs on female deacons, while the section calling for “further consideration” of mandatory celibacy for priests also received a substantial number of “no’s”

. The Synod took place against the backdrop of the unfolding war between Israel and Hamas and Russia’s continuing war in Ukraine. Later this month, world leaders Will gather in Dubai for the latest COP gathering to address the climate crisis (Francis is tipped to join them). It is within this context of war, conflict and fragility that the Church has to carry out its mission. As the Synod concluded, Francis said the Church must put God and service before personal agendas. “This is the Church we are called to ‘dream’: a Church that is the servant of all, the servant of the least of our brothers and sisters,” he said. “A Church that never demands an attestation of ‘good behaviour’, but welcomes, serves, loves, forgives; a Church with open doors that is a haven of mercy.”

The second and concluding session of the Synod on Synodality will be held in the Vatican in 11 months’ time. It will be vital for the realisation of Francis’ “dream” that the work continues and the momentum created by the first session is sustained. But the synodal and missionary Church is already emerging.

The Tablet, edición del 4 de noviembre de 2023, volumen 277, No. 9526


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