Iglesia y Sociedad

Urnas embrujadas

9 Jun , 2015  

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El proceso electoral está en su última etapa. Si a las campañas y su propaganda nos atuviéramos, casi todo el país respondería de manera unánime: ¡Gracias a Dios! El hartazgo de la gente de a pie debido a la sobreexposición de la partidocracia en carteles, espectaculares, lonas, papelería, gorras, camisetas, vasos, plumas, tazas y, por si fuera poco, en los medios de comunicación social, ha sido un común denominador. El dinero público que en eso se invierte rinde magros resultados, salvo, claro, el enriquecimiento de los dueños de los medios.

Pienso que hay buenas y malas noticias en el proceso que está concluyendo. La primera mala noticia es que está todavía lejana la fecha en que el proceso electoral alcance aquella sublime descripción de Ángeles Mastretta: “Acudir a unas elecciones pacíficas, votar por quien mejor nos parezca y ser capaces de creer que ganó el que gane, no puede ser eternamente un imposible. Sin embargo, cuántas veces tal simpleza ha cruzado por nosotros como una fantasía que de seguro colinda con la magia”.

No sé cuántos años más nos lleve superar la oferta de regalos a mansalva, las hordas partidistas presionando a los votantes fuera de las casillas, la desconfianza en los funcionarios electorales (‘segurito que ya los compraron’), la adhesión partidista vista como seguro contra el empleo… Y eso para no hablar de los obstáculos mayores: la imposición partidista de consejeros electorales a nivel local y nacional, la impunidad del ‘partido’ verde… en fin, los agobios de esta forma de democracia tan nuestra y tan necesitada de reconstrucción.

Otra mala noticia, sin duda, es la presencia de elementos de violencia en la jornada electoral. No me refiero solamente a las amenazas del crimen organizado que, según parece, quita y pone candidatos de todos los partidos a su gusto. Me refiero, al menos en Yucatán, a la aparición de fenómenos de violencia que, en Temax, han dejado dos personas muertas y casas incendiadas. Puede ser que el encono político sea llevado hasta extremos de linden con la amenaza de violencia; ya había sucedido… pero ¿personas portando pistolas de 9 milímetros y disparándolas contra sus adversarios políticos? Ese me parece un dato nuevo y grave, al menos en Yucatán.

Cualquier discusión sobre las elecciones no puede dejar de notar el desamparo en el que se encuentran muchos ciudadanos y ciudadanas en algunas regiones del país: expuestos a elegir entre delincuentes y corruptos. Ninguna elección así merece el nombre de democrática. Y tiene razón el centro de derechos humanos guerrerense ‘Tlachinollan’ al advertir que no puede esperarse gran cosa de unas elecciones realizadas en medio de una guerra. Y algunas regiones del país están en guerra.

Un rasgo positivo, no obstante, es la copiosa votación que todavía se recibe en las urnas. Como empeñados en darle una oportunidad a la democracia, miles de ciudadanos y ciudadanas van a votar a pesar de todos estos pesares enlistados arriba. La democracia, esa señora tan mencionada en los últimos meses, parece no servirles de gran cosa: los políticos se sirven solamente a sí mismos, responden solamente a las órdenes de sus amos, venden el país a pedazos, convierten todo el proceso electoral –comenzando por la constitución de los órganos electorales ‘ciudadanos’– en un singular mercado… y las personas siguen haciendo filas para votar. Acaso sea el signo de su aferramiento a encontrar una salida pacífica a sus agobios, su terco deseo de conjurar la violencia, su seguro de vida contra el caos… pero resulta que la democracia electoral ya no parece capaz de garantizar ni siquiera eso. De cualquier manera, no soy de los que piensan que votar sea una equivocación y celebro como cosa positiva que haya tantos votantes (y votantas, que al menos en mi casilla, eran abrumadora mayoría) y que, a pesar de las presiones, haya personas que sin recibir pago alguno cuiden el actuar de los funcionarios y resguarden la casilla mientras hacen el conteo final. Hay entre estas personas historias de heroica resistencia y gracias a su empeño han quedado conjurados decenas de tramposos a quienes se les ha frustrado su numerito.

Otra buena noticia, desde mi perspectiva, es la creciente cantidad de votantes que deciden nulificar su voto. No porque éste sea un medio de conseguir nada, sino como una simple manifestación de protesta. No existe la obligación de votar por el ‘menos peor’. No sé mucho de estrategias, pero me parece que la dignidad del voto nulo no es menor a la dignidad del voto útil. Cuestión de elecciones. A pesar de todas las discusiones abiertas sobre la conveniencia o no de anular el voto, concedo que no termina de despejarse en todos la cuestión de si el voto nulo no habría podido ser mejor utilizado. Pero si algún día encontráramos la manera de que la votación nulificada tuviera un significado pragmático en los resultados, ese día, estoy seguro, los anulistas podrían impedir el triunfo de uno que otro desvergonzado de esos que compiten impunemente.

Y finalmente, Kumamoto y El Bronco, dos sorpresas de distinto calibre, pero ambas botones de muestra de por dónde podría caminar la superación del factor más desencantador de la democracia mexicana: su secuestro a manos de los partidos políticos. Podrá Kumamoto ser un ‘yo soy 123’ en el poder y El Bronco un ex priísta converso gracias a su tragedia familiar, pero ambos, sin juzgar ahora sus virtudes o defectos personales, que conozco muy poco, son signo de que –como nos enseñan los mexicanos que cruzan la frontera norte– siempre es posible encontrarle un hueco al muro, en este caso, al muro del dominio de los partidos que ha sofocado los alientos de todas las recientes reformas electorales.

Las y los zapatistas, expertos en el trato con el poder porque lo han sufrido en carne propia, redujeron las elecciones a su legítima dimensión cuando aconsejaron: voten o no voten, no dejen de organizarse. Por el momento, las elecciones no son otra cosa que la disputa del botín entre los de arriba. Sean del color que sean, ellos están arriba, y para continuar ahí obedecen a los que de veras mandan, a los que están todavía más arriba y no sujetan su poder a urna ninguna. Pero abajo hay vida fuera y más allá de las elecciones. Y algún día, la vida que crece desde abajo, terminará por darle otro significado al voto, a la urna, a la participación; el significado que las y los zapatistas han sellado con su sangre y se proponen hacer realidad en las Juntas de Buen Gobierno: “Aquí el pueblo manda y el gobierno obedece”. Nunca se ha dicho algo tan alto de la democracia.

Ah. Se me olvidaba. El título. Dice un medio de comunicación de esos de paga, que hubo brujería en Suma de Hidalgo antes de la votación. Que en la puerta del Tendejón ‘La Flor’, frente a la clínica del IMSS, apareció un vaso con flores amarillas y tierra colorada. No sé qué augurios trataría de convocar ese sortilegio o qué pediría a cambio de esa ofrenda el demandante. Pero el ingenioso comentario que la nota provocó en el whatsapp sería de carcajada si no fuera porque apunta a nuestra tragedia nacional: “No sé cómo clasificar esto en la compra, coacción y brujería del voto. Pero es verídico, son urnas embrujadas: votas por cualquier candidato y te gobiernan monstruos”.

Así que a organizarnos y a resistir. Que para eso no se necesitan tiempos electorales.

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