Iglesia y Sociedad

Verdad y reconciliación

23 Oct , 2015  

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Alex Boraine es uno de los más interesantes políticos sudafricanos que participara en la Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR) de Sudáfrica. Contribuyó, en los años noventa del siglo pasado, junto con Mandela, Tutu y muchos más, a desmantelar el sistema de segregación racial conocido como Apartheid.

Boraine, hoy un hombre de más de 80 años, nos ha dejado hasta el momento tres libros que son cruciales, no sólo para entender el proceso por el que ha pasado aquella nación africana, sino para plantear algunas de las más relevantes cuestiones en torno a la relación entre verdad y justicia, verdad y reconciliación, siempre a la búsqueda de soluciones inclusivas en un país multirracial. Los libros a que me refiero son A Country Unmasked, publicado en el año 2000; A Life in Transition que vio la luz en 2008 y, más recientemente, en 2014, What’s Gone Wrong? On the Brink of a Failed State.

En su primer libro, con mucho el recuento más apasionante y desde dentro de los trabajos de la CVR sudafricana, Borain incluye un artículo titulado “Reconciliación ¿a qué costo? Los logros de la Comisión de Verdad y Reconciliación”. Abunda en su texto (que puede conseguirse en español en www.cdh.uchile.cl/media/publicaciones/pdf/18/47.pdf) sobre la necesidad de comprender mejor la naturaleza de la reconciliación en una nación, basada, sí, en la verdad, pero que no se limita a recordar las historias del pasado, sino a iniciar un proceso de sanación que permita a las distintas partes del conflicto, construir personal y socialmente un nuevo marco de relaciones que pueda hacer brotar la justicia y ayude a cicatrizar las heridas.

Traigo a colación este artículo de Borain porque me parece que nos enfrentamos hoy en México a una crisis de derechos humanos sin precedente. Vivimos en un país donde las desapariciones son un fenómeno cotidiano y donde la corrupción se ventila públicamente sin que sea rozada, ni con el pétalo de una rosa, diría el clásico, la impunidad de que gozan sus perpetradores. Un país en el que la desaparición de 43 estudiantes, con toda la indignación social que ha causado, no es sino un botón de muestra de cientos de miles de víctimas que esperan justicia, como bien nos ha recordado en estos días Javier Sicilia. Un país con los peores índices de desigualdad y atravesado por prácticas discriminatorias en todos los niveles, en el que los migrantes centroamericanos encuentran no solo la muerte de sus sueños, sino la muerte física por secuestro o asesinato. En fin, un país al borde de la barbarie. Y todo este panorama, que causa tanto sufrimiento, sobre todo a las personas más pobres, no parece interesar a las y los políticos que, en sus discursos y acciones, atienden solamente a sus prebendas y privilegios.

Dice Borain que la obra de Karl Jaspers nos puede ayudar a entender el potencial que tiene para una nación, y no sólo para los individuos, el reconciliarse. Jaspers, en sus conferencias y escritos, discute el tema de la culpa de los alemanes luego de la Segunda Guerra Mundial. En un notable ensayo, hace una diferenciación entre la culpa criminal, la culpa política, la culpa moral y la culpa metafísica. Borain define cada una de ellas señalando que la culpa criminal es asignada por una corte cuando a una persona se le encuentra culpable de violar la ley. La culpa política, por su parte, tiene que ver con los actos de los políticos, en particular aquellos responsables por las decisiones que llevaron a la violación de derechos humanos, así como los empleados públicos y otros que promovieron y apoyaron esas políticas. La culpa moral es un concepto más amplio que incluye acciones criminales, políticas y militares así como la “indiferencia y la pasividad”. Quienes aceptan la responsabilidad moral están arrepentidos y se hacen responsables por las consecuencias de sus acciones o la falta de ellas: “es una sensación de intranquilidad que contradice el “silencio agresivo” de aquellos que en su “auto-aislamiento orgulloso” se niegan a admitir culpabilidad de cualquier índole”. La culpa metafísica, finalmente, es un problema entre el individuo y su Dios.

Martin Niemöller fue enviado a un campo de concentración por su oposición a Hitler. Es famoso por aquel poema, equivocadamente atribuido a Bertolt Brech:

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

Con todo, y a pesar de haber sido víctima él mismo del nazismo, no solamente habló de los crímenes de los nazis, sino de la culpa moral de toda la nación, incluyéndose a sí mismo y a las iglesias cristianas: “Nosotros hemos permitido que todas estas cosas pasen sin protestar en contra de estos crímenes y sin apoyar a sus víctimas”. En otra parte escribe, “No podemos culpar solamente a los nazis. Ellos encontrarán sus acusadores y jueces. Debemos culparnos a nosotros mismos y sacar conclusiones lógicas”.

Niemöller subrayó así la culpa moral, que apunta a la responsabilidad que todos pudimos haber tenido en las atrocidades del pasado. Yo voy a atender más en estas líneas a la culpa política: la responsabilidad y el reconocimiento de la culpa deben venir no sólo de aquellos que cometieron los actos criminales, sino también de los líderes políticos del momento.

Borain menciona en el artículo en cuestión que hay muchos ejemplos de líderes que se han disculpado por las violaciones a los derechos humanos, aún cuando no estuvieron directamente involucrados en ellas. Willy Brandt, el Canciller de Alemania Occidental, firmó en 1970 un tratado que entregaba 40.000 millas cuadradas de territorio alemán a Polonia y se disculpó, en una escena memorable, de rodillas y en silencio frente al Memorial de Guerra de Varsovia, ante los polacos que habían sufrido amargamente como resultado de las políticas nazis de la generación anterior. Otros ejemplos que ofrece Borain es el de Richard von Weizsacker, un ex presidente; Helmut Kohl, otro Canciller, todos ellos de Alemania y, en otro contexto, Gerald Ford, que ofreció disculpas a los americano-japoneses por la evacuación y tratos inhumanos que recibieron después del ataque japonés a Pearl Harbor. Finalmente, menciona también a Juan Pablo II, que en marzo 2000, pidió perdón por los errores de la Iglesia Católica Romana en los últimos 2000 años.

Con estos testimonios, Borain quiere ilustrar el hecho que, si bien no se puede hablar de la reconciliación nacional como un movimiento de masas, cuando los líderes de una nación están listos y con voluntad de confesarse, de buscar perdón, de hacerse responsables por sus acciones, no solamente lo hacen por ellos, sino por toda la nación también. Todos estos líderes que Borain cita en su artículo no podrían ser acusados de la comisión directa de tales delitos. Sin embargo, al lamentarse públicamente por los crímenes del pasado, no buscaron la exculpación haciendo caer la carga de tales delitos solamente en sus predecesores, sino que al hacerse responsables por los hechos, realizaron un acto que favoreció el avance de los procesos de reconciliación.

No ha habido, delante de la catástrofe humanitaria de los últimos años en México, ningún reconocimiento de parte de autoridad alguna de su responsabilidad frente a los miles de desaparecidos, desplazados y víctimas de ninguna especie. A eso se referían los zapatistas en aquella célebre declaración del 18 de enero de 1994 “¿De qué nos van a perdonar?”. A eso alude también el movimiento creciente que exige la renuncia de Peña Nieto o el enjuiciamiento de Felipe Calderón frente a la impunidad de las masacres recientes. Que el gobierno reconozca que ha hecho mal, muy mal las cosas, no las soluciona inmediatamente, pero pone un peldaño en el camino hacia la transformación del país y la reconciliación de todos los pueblos que en él habitamos.

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