Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

Cuento de Navidad 2015

25 Dic , 2015  

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“¡Pinches jotos, además de pervertidos son consumistas de a madres! El capitalismo ya les encontró el bajo… ya son ‘trendis’ los hijos de la chingada”. Es Mariano el que piensa en voz alta mientras se asoma tras las cortinas de su ventana para acechar a los nuevos vecinos que adornan el porch de su casa con motivos navideños.

Mariano está casado con Josefa desde hace siete años. Trabaja en una empresa de seguros y, aunque no puede quejarse porque vive mucho mejor ahora que en el hogar de su infancia, suspira cada vez que algún conocido compra algún nuevo aparato que él no puede conseguir. Su argot sobre el capitalismo “que es voraz como una hidra de mil cabezas” le viene de su esposa Josefa que, egresada de la UNAM, ha ido modificando con paciencia algunas de las ideas más recalcitrantes que Mariano había recibido en su proceso educativo. Gracias a ella, Mariano ha podido cuestionar las verdades absolutas e intocables que había recibido en la facultad de economía: que el mercado soluciona todas las cosas, que los desajustes económicos son solamente un detalle nimio de una maquinaria esencialmente buena, que los empresarios son las personas más sacrificadas de México, que el gobierno es siempre y en todas partes un pésimo administrador, etc.

Donde la puerca torció el rabo era en el asunto de la diversidad sexual. Ni toda la habilidad de Josefa había logrado que Mariano se desprendiera del modelo heterosexista excluyente. Para él las cosas eran en blanco y negro: o te gustaban las personas del sexo opuesto o eras un desviado sin salvación. Así que la llegada de sus nuevos vecinos no le había causado ni tantita gracia.

Mariano y Josefa vivían en uno de esos nuevos fraccionamientos residenciales que se han venido construyendo en la periferia norte de Mérida en los últimos años. De origen humilde ambos, él de la colonia Serapio Rendón, ella de la colonia Bojórquez, vivieron algunos años después de casarse en la colonia Sambulá, hasta que una vida de disciplina y ahorro gestionada por Josefa que era un prodigio de orden financiero, les permitió comprarse esa casita en un fraccionamiento de Conkal, una zona de clase media con pronóstico de mejoramiento en su plusvalía. “No será el Country Club, solía bromear Mariano, pero tiene flecha para que no entre cualquiera”.

Cuando Josefa oyó el ex abrupto de Mariano se acercó a la ventana. Alcanzó a ver a uno de sus vecinos que terminaba de colocar la corona navideña en la parte superior de la puerta de entrada. Franklin y Pedro, que así se llamaban los vecinos, habían llegado al fraccionamiento hacía unos meses. “Ya deja de enojarte y mira cómo trabajan juntos… ya quisiera yo que un día trabajaras junto conmigo en las cosas de la casa”, le espetó Josefa. Mariano cerró la cortina y la tomó sorpresivamente por la cintura para plantarle en la cara un beso. “Pero ninguno de esos jotos puede hacerte gozar como yo lo hago”, le susurró al oído. Josefa le revolvió el pelo: “¡Cuándo se te quitará lo homofóbico! Se me hace que lo que tienes es puritita envidia”.

Además de ser homosexuales, Franklin y Pedro estaban casados. Sí, legalmente casados. Y no lo habían hecho en la Ciudad de México, sino aquí mismito, en la tierra del faisán y del venado. Franklin y Pedro era una de las parejas que habían interpuesto un amparo ante la justicia federal y que, después de trámites y papeleos, habían recibido del juez una orden que obligaba al Registro Civil a respetar su derecho a contraer matrimonio. En una ocasión dieron una entrevista en la televisión que Mariano miró con disgusto. Aquella tarde estaba frente a la televisión abrazando a Josefa. Cuando ellos terminaron de hablar ante las cámaras, él enmudeció ante el comentario de su esposa: “¿viste cómo se miraban? Esos dos hombres están enamorados…” Mariano se guardó ese comentario en el corazón. Ni él ni Mariana sabían que iban a tener a Franklin y Pedro de vecinos apenas unas semanas después.

Franklin y Pedro eran, además, huaches. Uno no sabe si a Mariano le caían mal más por ser huaches que por ser maricones. El caso es que a duras penas les contestaba el saludo, aunque ya llevaban varios meses de verse todos los días cuando salían por las mañanas para el trabajo. “Huaches y hípsters… –vociferó Mariano ante Josefa un día que los vio salir de sombrerito hacia el concierto de Zoe– lo que me faltaba”.

Leydi tocó la puerta de la casa de Mariano y Josefa en una mañana soleada. Venía a ofrecer sus servicios. “Le dejo la casa limpiecita, de veras”, dijo Leydi ante la mirada inquisitiva de Josefa. Leydi comenzó a trabajar ese día. Con eso llenaba su semana. De lunes a viernes se la pasaba en el fraccionamiento. Un día en cada casa. Mariano y Josefa la veían tres de esos días: el miércoles, porque Leydi arreglaba la casa de ellos ese día, los lunes, que le tocaba limpiar la casa de enfrente, la de Franklin y Pedro, y los viernes, que limpiaba la casa de un matrimonio muy católico que vivía hacia el final de la calle. Los otros dos días Leydi andaba en otras calles del fraccionamiento.

Pronto Leydi se convirtió en parte del paisaje. Impecable en su trabajo, honrada a carta cabal, Leydi se ganó pronto la amistad de todos. Los sábados y domingos no iba al fraccionamiento porque viajaba a Tekal de Venegas, su pueblo natal, para encargarse de su mamá que estaba ya anciana y a quien sus otras hermanas cuidaban durante la semana. La sorpresa fue mayúscula cuando a Leydi le comenzó a crecer la panza. Nadie del rumbo le conocía ningún enamorado, así que el afortunado debería ser de Tekal de Venegas, pensaba la gente. Cuando Josefa se atrevió a preguntarle, Leydi bajó la mirada avergonzada y le confesó que habían abusado de ella. “¿No se ha fijado usted que los viernes ya no voy a casa de los Archundia? Me echaron de allá cuando les dije que su hijo, borracho, me había sometido con lujo de fuerza una tarde en que ellos no estaban y él había llegado de una parranda con sus amigos. ¡Ay doña Josefa, eran cuatro, qué iba yo a poder hacer contra ellos! Me dejaron toda amoratada. Pero ni mostrándole mis moretones convencí a sus papás de que no me echaran, que me dejaran seguir trabajando. No les pedí nada, no les reclamé la vileza de su hijo. Pero ellos, de puta no me bajaron. Así que me quedé sin un día de chamba cuando más lo necesitaba porque a mi mamá la tuvimos que ingresar en el Seguro…y ahora los costos del embarazo…”, dijo mientras la voz se le quebraba en un sollozo. Josefa la abrazó y lloró con ella.

“Lo único bueno –continuó Leydi entre sollozos– es que don Franklin me dijo que podía yo ir a su casa también los viernes. Ellos son tan limpios que cuando llego los lunes casi solo tengo que sacudir. Así que me di cuenta de que lo hacían solamente por ayudarme. Avergonzada lo rechacé, pero ellos insistieron e insistieron. Los viernes les hago la comida y a veces hasta me da pena, porque conforme ha ido avanzando mi embarazo parece que fueran ellos los que trabajaran para mí… son re buenos esos señores…” Josefa apretó a Leydi y le dijo que no se preocupara, que Mariano y ella se encargarían de los gastos del parto. Leydi abrió desmesuradamente los ojos: ¡Gracias, doña Josefa, gracias! Y siguió llorando, pero ahora de alivio.

Mariano le dijo a Josefa al día siguiente: “¿Y de dónde se supone que vamos a sacar ese dinero no planeado? Está bueno que Leydi sea buena gente, pero no somos sus papás para encargarnos de eso”. Josefa habló y habló, le contó de la solidaridad zapatista, del dolor de los papás de los 43, de las migrantes que dan a luz en albergues… nada parecía ablandar a Mariano. Josefa no tuvo más remedio y utilizó su última carta, una mentira piadosa que terminó por quebrar la resistencia de Mariano: “Los vecinos de enfrente le han dado trabajo a Leydi dos días a la semana en vez de uno solo por ayudarla… y Leydi me contó que si no podemos nosotros ayudarla con el parto que no nos preocupemos, que lo mismo nos lo agradece, porque Pedro le dijo que Franklin y él podrían hacerse cargo del gasto, sin ninguna otra intención más que ayudarla…”

“Se llamará Leonor Josefina”, dijo Leydi cuando Josefa le preguntó por el nombre de la niña muchas semanas después. “Don Franklin me dijo que a él le pusieron Franklin por un presidente de los Estados Unidos que su papá admiraba mucho… pero yo ni de loca le pongo a mi hija así, Franklina o Francolina… Así que cuando le pregunté si ese tal presidente era casado, me dijo que sí, que con una señora que se llamaba Eleonora. Así que decidí ponerle a la niña Leonor por don Franklin y Josefina por usted”. El corazón de Josefa se estremeció y las lágrimas le saltaron de los ojos. Recordó que justo ayer por la mañana, llorando, Mariano le había dado los resultados de los análisis de fertilidad que se había realizado. Después de siete años de casados sin poder embarazarse, ahora ya sabían por qué. Oligoastenospermia era la palabra con la que el análisis definía la causa de la esterilidad de Mariano. Pocos espermatozoides y débiles en su movilidad. La combinación perfecta para evitar un embarazo. Para Mariano había sido un golpe del que tardaría en recuperarse.

Cuando el parto se adelantó y coincidió con la nochebuena, Josefa y Mariano, Franklin y Pedro se encontraron en la sala de la T1 esperando noticias del parto. No hubo esa noche una pomposa cena de navidad: apenas unas hamburguesas que encontraron a las afueras del hospital, con el único ventero que trabajó en la nochebuena. Los cuatro se sentaron en torno a un arriate que está justo a la entrada de la sección de la consulta oncológica y tuvieron la mejor cena navideña de muchos años. Franklin y Mariano se enfrascaron en una larga conversación sobre Cortázar, una afición literaria común, mientras Pedro y Josefa conversaban del último concierto de Café Tacuba, cuando Rubén Albarrán (que quién sabe cómo se llamaría en aquel concierto) levantó el puño en memoria de los 43…

Cuando el médico les avisó que el parto había tenido final feliz, que Leydi estaba perfectamente y que en un rato podrían conocer a la niña, los cuatro se abrazaron emocionados. Había nacido una nueva familia.

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2 Responses

  1. Bellisima historia de Navidad padre Raúl mil felicidades!!! Escribe súper bien!!!.. saludos…. su sobrina Angie de Oaxaca

  2. Herrmoso hasta las lágrimas… se nota la acción de Dios… Gracias Raúl

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