Iglesia y Sociedad

¿Una iglesia que escucha?

7 Dic , 2022  

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Poco a poco me he ido haciendo fan de la revista católica británica The Tablet. Es una revista que recoge muchas voces y que mantiene al día a sus lectores/as sobre muchas discusiones que se dan al interno de la iglesia católica en Gran Bretaña y en el mundo. Y como, gracias al llamado del Papa Francisco a vivir la sinodalidad, hemos crecido en la conciencia de la importancia de escucharnos los unos a los otros, me ha parecido relevante este artículo aparecido en una edición de julio pasado (la revista es quincenal). Quiero compartirlo en la columna porque me parece que ya va siendo hora de que abandonemos una idea que ha resultado perniciosa: que en la iglesia hay dos categorías de personas: unas que mandan (que siempre son ‘unos’) y otras que obedecen.

Quien escribe el artículo es Anne Boot, una adulta mayor (nació en 1946) y escritora de libros para niños y niñas (ha publicado ya 23). Las editoriales suelen presentarla de la siguiente manera:

Anne Booth siempre ha querido ser escritora infantil, pero en el camino para convertirse en ello ha trabajado en muchos lugares. Vive en Kent, en un bonito pueblo con su marido y sus cuatro hijos y con el abuelo de los niños al otro lado de la carretera. Tienen dos gallinas, Poppy y Anastasia, y dos perros, Timmy y Ben. A Anne le encanta el té y una vez ganó un premio Blue Peter por escribir un poema sobre dos ratones en un cubo de arroz. Sin embargo, no tiene ningún ratón.

Ya con esta descripción le nace a uno las ganas de leer su obra. Lo que no suelen comentar las editoriales es que Anne Booth creció como una católica ferviente (aunque uno termina imaginándoselo cuando se entera que, hace apenas cuatro meses, publicó su primera novela escrita para adultos titulada “Pequeños Milagros”, que trata de tres religiosas que se sacan la lotería) y se ha mantenido en la fe católica a lo largo de su vida.

Ahora que la pandemia va declinando y las autoridades religiosas vuelven a llamar a la feligresía a retornar a los templos a celebrar su fe comunitariamente, la escritora conoció el llamado de los obispos católicos ingleses y escribió este artículo para The Tablet, convirtiendo la llamada a volver físicamente al templo en una alegoría de lo que significa tener o no tener palabra en la iglesia.

Ojalá que la convulsión que ha causado el llamado del Papa Francisco a caminar en sinodalidad termine escuchando voces sabias como la de Anne Boot. Sin más preámbulos, les dejo con el artículo. Como en otras ocasiones que he traducido algún artículo del inglés, les dejo inmediatamente después, para quienes manejan ese idioma, el texto original, dado que no soy traductor de oficio y, con toda seguridad, mi traducción será inexacta.

Después del encierro estoy tratando de regresar a Misa… pero no estoy segura de que me quieran a mí tal como soy

Anne Booth

Amo el hogar católico de mi infancia. Mis padres irlandeses colgaban cuadros de santos junto a las fotos de la familia. Imágenes de Nuestra Señora, de san Patricio, santa Bernardita y el padre Pío estaban en la repisa de la chimenea, en la consola y encima de la TV. Íbamos a Misa, a bendiciones, al viacrucis y a la confesión cada vez que había oportunidad, y viajábamos a Lourdes y a Walsingham y Knock en peregrinación. Yo le rezaba a mi ángel de la guarda cada mañana y cada noche, hacía el ofrecimiento de los trabajos del día por las mañanas y cada noche rezábamos todos juntos el rosario. Pedíamos por los vivos, pero también por los que habían muerto y esperaban nuestra ayuda mientras aguardaban en el purgatorio. Todos nosotros, vivos y muertos, éramos una familia católica.

Me fui a la universidad en 1983, cuando tenía 18 años. Llevé conmigo una botella de agua de Lourdes, una fuente de agua bendita, mi crucifijo y el libro Oraciones para la mañana y la tarde que pedí de regalo en mi cumpleaños 16, y un casete con cantos gregorianos. Estudié Literatura en la Universidad y conocí a muchas personas, en los libros y fuera de ellos, que no eran católicos, o que no observaban las normas que yo cuidadosamente seguía, y descubrí que de todas maneras los amaba a todos ellos y aprendí de ellos grandes cosas.

Fui a un montón de fiestas, pero no por ello dejé de ir a Misa y de decir mis oraciones, y pude escuchar a la muchacha que se había hecho un aborto, al muchacho que había intentado suicidarse cuando cayó en la cuenta de que solamente podía enamorarse de otro muchacho, a los amigos que convivían siendo de diferentes orígenes, que no creían en Dios o no entendían por qué la Misa era tan importante para mí y sin embargo me aceptaban como era. Encontré también cristianos de otras denominaciones y gentes que profesaban una fe distinta o que no tenían ninguna. Pude aprender mucho en un corto período de tiempo y maduré en mi fe.

Llegó el tiempo de regresar a casa después de la Universidad. Yo estaba verdaderamente emocionada de regresar a casa, con mi pelo largo y rizado, aretes colgando en mis oídos, mis suéteres anchos y mis botas Doc Marten, que era la manera como me vestía cuando iba todos los días a la Misa en la capellanía de la Universidad. Yo estaba ansiosa por regresar a la Misa diaria con mis padres, pero me quedé desconcertada porque ellos parecieron horrorizados por mi cambio de vestimenta.

Mis padres estaban preocupados por lo que pensarían de mí los parroquianos. Insistían en que me pusiera medias y zapatos de salón American Tan y que me pusiera falda, blusa y chaqueta como las de mi madre, para entrar a la Misa. Solo porque amo mucho a mis padres y no quería avergonzarlos, acepté de manera obediente y me cambié. Me sentí como un bicho raro en la Misa y sentía que se me miraba rara. Mi alegría, mi optimismo y mi confianza desaparecieron. Ya nunca más pude ser yo misma con mis amados padres y todos mis intentos para hablar con ellos acerca de todo lo que había yo aprendido de mis estudios y de todas las personas que conocí en mi tiempo de Universidad se fueron por el caño.

Muchos años después, ahora, después del encierro por la pandemia, los obispos han escrito una carta en la que me invitan a regresar a mi hogar, la iglesia. Estoy tratando de regresar a Misa, pero no estoy segura si de veras quieren a quien yo soy realmente o si siguen esperando aún que yo cambie mi manera de vestir.

Tengo 57 años. Se me ha dicho, no solamente que las mujeres no pueden ser sacerdotes, sino que yo, que soy una mujer adulta y madre de tres hijas y un hijo, no puedo nunca comentar acerca de si las mujeres pueden ser sacerdotes, a pesar de que he tenido la suerte de encontrarme con fabulosas mujeres anglicanas que son sacerdotes y que irradian la fe y el amor de Dios.

Como la mujer casada que soy, he tenido la experiencia de estar embarazada y de rechazar realizarme un aborto recomendado por razones médicas por causa de mi fe, y estoy muy agradecida con Dios de haber tomado esa decisión, pero no puedo hablar en la iglesia de cómo mi experiencia de vida me ha hecho convencerme de que es totalmente equivocado criminalizar a las mujeres cuya elección es distinta de la mía, ni tampoco puedo hablar del miedo que me produce que la extrema derecha esté secuestrando el debate sobre el aborto.

Estoy casada con un hombre y me siento bendecida por su amor, pero no puedo comentar que también reconozco el amor de Dios que existe en una pareja gay que conozco de cerca. Tengo cuatro hijos preciosos, los cuatro nacidos en el arco de tres años y un cuarto, pero no me siento bienvenida si quiero conversar sobre mis luchas con la planificación familiar o argumentar sobre un cambio en la posición que la iglesia tiene al respecto, o simplemente hablar honestamente sobre el matrimonio y sobre las relaciones sexuales en general.

Quisiera regresar a casa como lo que soy, una mujer adulta, libremente, volver a la iglesia a la que todavía amo. ¿Pero seré realmente bienvenida tal como soy?

Anne Booth ha publicado 23 libros para niños y niñas. Su primera novela para adultos titulada Pequeños Milagros, acerca de tres religiosas que se sacan la lotería, será publicada en agosto por la editorial Harvill Secker.

(Artículo tomado de la revista católica británica “The Tablet” en su edición quincenal del 16 de julio de 2022)

Texto original

After the lockdown I am trying to return to Mass but I am not sure they want the real me

I loved my childhood Catholic home. My Irish parents hung pictures of saints next to family photographs. Statues of Our Lady, St Patrick, St Bernadette and Padre Pio were on the mantelpiece and sideboard and on top of the TV. We went to Mass, Benediction, Stations of the Cross and Confession at every opportunity, and to Lourdes and Walsingham and Knock on pilgrimage. I prayed to my guardian angel morning and evening, the Morning Offering every morning, and every night we prayed the Rosary together. We prayed for the living, but also for anyone who had died and was hoping for support as they waited in Purgatory. We were all, living and dead, one Catholic family.

Off I went to university in 1983, aged 18. I took with me a bottle of Lourdes water, a holy water font, my crucifix and the Morning and Evening Prayer book I had asked for when I was 16, and a cassette of Gr egorian chant. I went to Mass every day. I studied English Literature, and met lots of people, in books and out of them, who were not Catholics, and who did not keep the rules I carefully adhered to, and I found that I loved them all the same and learnt a great deal from them. I went to lots of parties, but I also kept going to Mass and saying my prayers, and I listened, to the girl who had had an abortion, to the boy who had tried to commit suicide when he realised he could only fall in love with another boy, to the friends from very different backgrounds, who didn’t believe in God or see why the Mass was so important to me, yet still accepted me. I met other Christians, and people from other faiths and none. I learnt so much in such a short time and I grew in my faith.

And then I came home from university. I was so excited to be back home, with my long curly hair, my earrings dangling, my long jumpers and leggings and Doc Marten boots, the way I had dressed when I went to Mass every day at the chaplaincy. I expected to go to weekday Mass with my parents and was completely taken aback by how appalled they were at the change in my clothes. They were very worried at what the parishioners would think. They insisted I wore American Tan tights and court shoes and my mother’s skirt and blouse and jacket to Mass, and because I loved them, and did not want to worry them, I obediently changed. I felt like a freak at Mass, and I knew that I looked odd. My joy and optimism and new confidence disappeared. I could no longer be myself with my beloved parents anymore, and all my attempts to talk to them about what I had learnt from my studies or the people I had met when I was away went nowhere.

And now, after the lockdown, the bishops are asking me to come home. I’m trying to return to Mass, but I am not truly sure if they want the real me, and if I will be expected to change my clothes. I am 57, and I have been told not only that women can’t be priests, but that I, a grown woman, and mother of three daughters as well as a son, can’t even talk about women being priests, even though I have met amazing women Anglican priests who radiate faith and love of God.

As a married woman I have had the experience of being pregnant and refusing an abortion on medical grounds because of my faith, and being so grateful I made that choice, but I can’t talk about how my experience has also made me believe it is wrong to criminalise the women who choose otherwise, or my fear that the far Right are hijacking the abortion debate. I am married to a man and feel blessed by his love, but I also recognise that love from God in a married gay couple I know. I have four beautiful children, all born within three-and-a-quarter years, but I do not feel welcome to talk about my struggles with family planning or to argue for change, or to talk honestly about marriage and relationships in general. I want to come home as an adult, freely, to a Church I still love. But am I really welcome?

Esta entrada ha sido leída 1675veces


2 Responses

  1. Gracias padre por este compartir y su introducción a tema del Escuchar de la Iglesia. Recientemente vivimos en Monterrey la Asamblea Eclesial Diocesana en la Pastoral Familiar y si siento que faltó hacer más inclusiva y participativa la voz de toda la comunidad que fué encuestada para este fin de Escucha, ya que creo a mi parecer que resonó más la voz de los que estuvimos allí presentes y esto filtra la realidad y necesidades que los demás ven y vivien. Perón tenemos la Fé y la Esperanza que el mismo Espíritu Santo nos irá impulsando y unificando cada vez más en el camino que Jesús nos ha mostrado, nos ha revelado y lo ha vivido en plenitud. Gracias y que sigan las bendiciones sobre su vida y actuar, saludos.

  2. Nelia dice:

    Delicioso texto. La iglesia cambiará o cambiará. Es imposible sostener una falacia y una doble moral. No entiendo, insultan la inteligencia de muchos. Sus oropeles, sus negocios, sus propiedades, sus “tesoros”, los nombramientos y su jerarquía, su misoginia. Que tiene que ver todo eso con Jesús el crucificado??
    Raúl te mando un abrazo con todo mi corazón.

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