Iglesia y Sociedad

Mi último suspiro

23 Nov , 2009  

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A veces compro libros que encuentro por casualidad en la librería y que, sin serme absolutamente necesarios o útiles, me interesan. Al llegar a casa los coloco en un librero especial que contiene libros que esperan ser leídos. Algunos de ellos, estoy seguro, dormirán el sueño de los justos por toda la eternidad, sin ser abiertos nunca por mí. Otros, en cambio, se salvan de la ignominia de morir con las páginas vírgenes cuando los tomo ante alguna situación en la que sé que contaré con tiempo suficiente para avanzar en la lectura. Eso ocurre sobre todo cuando salgo de viaje y, entre aviones y/o centrales de autobuses, uno puede matar la espera con un buen libro.

Siempre me han gustado las biografías. Y cada vez descubro que me gustan más. Son aleccionadoras y conceden esa sabiduría que da el conocimiento de la historia. Cada historia personal esconde el registro de su tiempo y su circunstancia. Además, las biografías suelen ser baratas, lo que es una ventaja adicional para quienes somos adictos a la compra de libros y lo somos sin remedio. Claro que hay biografías buenas y malas, pero eso puede decirse de cualquier género literario. Para mi gusto, solamente hay algo mejor que una buena biografía: una buena autobiografía.

Hay autobiografías que son solamente pretexto para la complacencia del autor. Suelen estar cargadas de justificaciones que ningún lector se toma en serio y terminan por ser aburridas. Y como es difícil ser juez de la propia causa, casi todas las autobiografías desbarrancan por este despeñadero. De repente, sin embargo, uno se encuentra con textos límpidos, relatos que, escritos en primera persona, funcionan como verdaderos espejos y desnudan el alma del autor permitiéndonos a los lectores y lectoras otear sus mismas entrañas. Para que una autobiografía tenga este efecto en el lector, es imprescindible que el autor sea absolutamente honesto.

Un garbanzo de este peso me encontré al llevarme, en mis recientes salidas, la autobiografía de Luis Buñuel (BUÑUEL Luis, Mi Último Suspiro, Ed. Plaza y Janés, Barcelona 2001). Agudo, directo, sin concesiones, el cineasta español y universal hilvana recuerdos sueltos, fruto de largas conversaciones con Jean Claude Carriere. Dice Buñuel en su advertencia inicial: ‘Yo no soy hombre de pluma…’, y agradece a Carriere haberle ayudado a escribir el libro. Y uno no sabe si agradecerlo a uno o a otro, pero la prosa que se desgrana desde las primeras páginas es nítida y, cosa que ocurre poco con las biografías, te atrapa desde el inicio para no soltarte más.

Partiendo de su Calanda natal, en el bajo Aragón, Luis Buñuel recorre todas las etapas de su vida fascinante, los trabajos que tuvo que desempeñar para vivir, sus afinidades ideológicas y artísticas. En su relato fulgura una España que se ha ido para no volver. Inaugurador del siglo XX (nació en el 1900), la autobiografía de Buñuel es el retrato de un siglo lleno de contradicciones, feroz y desalmado si lo vemos desde cierto ángulo, subyugante y misterioso desde otros.

No es sólo la biografía de un hombre de su tiempo, es también el recuento vital de un artista de indiscutible calidad, pero sobre todo de alguien que vivió rodeado de algunos de los hombres y mujeres que, como él mismo, marcaron de manera definitiva el siglo en que vivieron. Por las páginas de “Mi último suspiro” se pasean Salvador Dalí, Miguel de Unamuno, José Bergamín, Rafael Alberti y muchos otros artistas españoles fundamentales. Mención especial merece Federico García Lorca, acaso el amigo más nombrado en el conjunto de estas páginas. Ya en su época parisina, Buñuel convoca en su libro a André Breton, Max Ernst, Paul Éluard, Benjamin Péret, amigos suyos que lo iniciaron en el surrealismo, ideología a la que se mantendría fiel por muchos años.

Una a una desfilan también sus películas, su estancia en Hollywood y su arraigo final en México. Con mirada introspectiva, en una especie de íntimo soliloquio al que el lector acude como voyeur silencioso, Buñuel recuerda sus amores y desamores, su papel en la guerra española al servicio de la república, confiesa su pasión por los sueños y sustenta su peculiar ateísmo. Siempre con una honestidad envidiable y con un guiño autocrítico y lleno de humor.

No sé hace cuánto tiempo que la autobiografía de Buñuel me esperaba en el librero. Es una edición de 2001, así que bien puede haber reposado ahí meses o años enteros. Estoy muy contento de que mis recientes periplos me hayan dado oportunidad de leerlo. El último capítulo, en el que Buñuel enfrenta la visión ya cercana de la muerte, es especialmente sobrecogedor. Vaya este párrafo para que prueben un poco a qué me refiero:

“Sin ilusión sobre la muerte, a veces me interrogo, no obstante, por las formas que puede adoptar. Me digo a veces que una muerte repentina es admirable, como la de mi amigo Max Aub, que murió mientras jugaba a cartas. Pero, de ordinario, mis preferencias se dirigen a una muerte más lenta, más esperada, permitiendo saludar por última vez a toda la vida que hemos conocido. Desde hace varios años, cada vez que abandono un lugar que conozco bien, donde he vivido y trabajado, que ha formado parte de mí mismo, como París, Madrid, Toledo, El Paular, San José Purúa, me detengo un instante para decir adiós a ese lugar. Me dirijo a él y digo, por ejemplo: ‘Adiós San José. Aquí conocí momentos felices. Sin ti, mi vida hubiera sido diferente. Ahora me voy, no te volveré a ver, tú continuarás sin mí, te digo adiós’. Digo adiós a todo, a las montañas, a la fuente, a los árboles y a las ranas… Así es como quisiera morir, sabiendo que esta vez no volveré… En realidad, me da igual dónde morir. Pero que no sea en un traslado. Para mí la muerte atroz es la que sobreviene en una habitación de hotel, en medio de maletas abiertas y de papeles desordenados…”

¡Ay! Quisiera recordar y escribir como Buñuel…

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4 Responses

  1. Bartolomé Tuz Mut dice:

    EMuy querido hermano P. Raúl, he leído algunos de tus recientes artículos en internet. Especialmente el último acerca del calentamiento global. Gracias por la alerta. Da mucho qué pensar. Te saludo cordialmente y te envío un abrazo de Navidad y Año Nuevo con todos mis mejores deseos. scribe tu comentario aqui

  2. rogelio dice:

    NO CUALQUIERA ESCRIBE DE TAL FORMA QUE ENVUELVA DE MANERA ENCANTADORA AL LECTOR. CON TODO RESPETO, ADMIRACIÓN Y CARIÑO, YA SABOREO EL SIMPLE HECHO DE IMAGINAR QUE ALGUN DIA LEERE SU AUTOBIOGRAFIA ¿VERDAD?
    UN ABRAZO¡

  3. Es tan viejo ese gran libro, que llevo casi 8 meses buscándolo para hacerlo parte de mi biblioteca personal, después de ver las películas de Buñuel y leer este libro (del cual solo he leído fragmentos) yo me quede con un Buñuel que no es fácil de entender, como muchos de los genios que han habitado en este mundo.

    Y al final creo que ningún hombre es fácil de entender.

  4. ANGELICA ARANDA dice:

    UNA VEZ MAS, NOS INSPIRAS PARA INICIAR LA BREGA SEMANAL

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