Iglesia y Sociedad

Un disco, un libro, una comunidad

14 Jun , 2010  

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El agorero de desastres, profeta de desventuras, descansa hoy. Entre las noticias salpicadas de sangre con que se llenan los periódicos y la evasión que se viste de patriota cursilería y patea balones en canchas africanas, quiero compartir hoy, con los pacientes lectores y lectoras que decidan despegarse de las pantallas futboleras para echar un vistazo a esta columna, tres experiencias que hicieron que esta semana no me pareciera, como tantas otras, una semana perdida. Tres regalos en una misma semana.

Silvio Rodríguez Domínguez

Soy silviófilo. Lo saben quienes me conocen. He rehecho al menos en cuatro ocasiones la colección completa de los discos oficiales del cantautor y cuento también con grabaciones no comerciales de algunas de sus presentaciones juveniles, incluyendo una grabación inencontrable que gentilmente me regalara el maestro Pedro Carlos Herrera, director de la Orquesta Típica Yucalpetén, también él silviófilo y serratiano, y que contiene ese raro ejemplar danzonesco llamado ‘Imaginada’, que alguna vez Angélica Balado interpretara en el Peón Contreras en un homenaje al compositor cubano. Mi compulsión por poseer todo el registro de las canciones de Silvio Rodríguez ha resistido robos, préstamos sin retorno (que no es lo mismo, pero es igual), descuidos, extravíos…

Por fin tengo entre mis manos su disco más reciente. Se llama “Segunda Cita”, en una obvia referencia a su disco anterior “Cita con los ángeles”, del que lo separa solamente la edición de su disco doble “Érase que se era”, una especie de reanimación de antiguas canciones suyas que no habían pasado nunca de la guitarra al disco. Puede decirse entonces que “Segunda Cita” representa la continuación de una referencia simbólica a los ángeles, quizá por última ocasión, a juzgar por la frase de la canción que da nombre al disco: ‘Quisiera dar vuelta a la rueda / que para en lo mismo; / un simple mortal que se juega / abismo y abismo. / Y, antes de darle al perchero / mis alas de atrezo, / quisiera dejar como fuero / certeza y progreso’.

Salvo dos canciones (‘Demasiado’ y ‘Bendita’), las piezas contenidas en este disco son recientes, la mayor parte de ellas escritas en 2008. Como es su costumbre, Silvio eleva el ejercicio de la política al lenguaje erótico y poético. En la canción ‘Sea, Señora’ habla con autocrítica sobre el proceso revolucionario y sus actuales condicionamientos. La petición le sale del alma: “a desencanto, opóngase deseo. / Superen la erre de revolución. / Restauren lo decrépito que veo”, y como haciendo un guiño a sus feroces críticos, el compositor cubano señala: “Las fronteras son alas sin coraje. Quiero que conste de una vez aquí. / Cuando las alas se vuelven herrajes / es hora de volver a hacer el viaje / a la semilla de José Martí”.

Amado y odiado, Silvio Rodríguez es hasta hoy referencia ineludible de la música cubana. Convencido de que su juventud es cosa del pasado (y las fotografías del cuadernillo que acompañan al disco se nos aporrean en los ojos como testimonio incontestable), algo de la sensatez que sólo da el paso del tiempo tienen algunas canciones de este disco. Bien lo señala en la canción ‘Trovador antiguo’ cuando dice: “Ahora soy de la memoria, / ahora pertenezco al viento; / otro dirá en su momento / si fui más pena que gloria. / Lo que fue nuevo, es historia…”. ¿No suena, acaso, un poco, a nuestro José Emilio Pacheco?

José Emilio Pacheco

El pensamiento vuela al segundo regalo que la semana que acaba de pasar dejó en mis manos. Poeta del derrumbe, de la fugacidad del tiempo, insomne vigía de nuestra propia destrucción, José Emilio Pacheco ha cumplido ya setenta años. Esta columna lo celebró el 29 de junio de 2009 cuando, a propósito del centenario de Darwin, transcribí aquí tres poemas de Pacheco que hacían relación al autor de la teoría de la evolución. Pues bien, en ocasión de sus setenta años, Ediciones Era y el Colegio Nacional han publicado “Como la lluvia”, el más reciente libro del poeta.

Como generosa matrioska, la obra nos ofrece en su interior cinco libros distintos entre sí: ‘Los personajes del drama’, poemas que retratan pequeñas, dramáticas historias. ‘Como si nada’, poemas breves, algunos brevísimos, cincelados en la tradición de los epigramas griegos o los haikús japoneses. ‘El mar no tiene dioses’, poemas disímbolos que, en ocasiones, se agrupan temáticamente. ‘Celebraciones y homenajes’, poemas hechos para celebrar a otros artistas entre los que destacan Safo, Rubén Darío, Francisco Toledo y Hugo Gutiérrez Vega. Y, finalmente, ‘Los días que no se nombran’, donde está de regreso el poeta con sus reflexiones sobre la caducidad, la enfermedad, el paso del tiempo, la muerte.

Quizá no haya mejor atisbo al contenido de este libro, como todos los de Pacheco, tan desgarradoramente humano, que la observación que hace del mundo de una pequeña con autismo y que retrata en el poema ‘El viento en los metales’. Se trata de una imagen que nos revela, a partir de una realidad concreta, el mapa de nuestra incapacidad de comunicarnos. Dice el poeta: “Poema del silencio su discurso, / Discurso del silencio su poema. / ¿Qué traduzco / si no tengo la clave?”.

San Antonio Chemax

Año con año, la comunidad de Xcanatún realiza una tradicional, surrealista peregrinación. Hombres y mujeres, niñas/os y ancianas/os, caminan hacia sus orígenes. Como en el cuento de Carpentier, hacen el viaje a la semilla. Sí, Xcanatún encuentra sus raíces en este pueblo abandonado, dejado atrás por el tiempo y el progreso, pero que entre sus ruinas esconde el misterio de su originalidad (¿o habría que decir ‘origenalidad’?).

Cada 13 de junio es transportada, desde Xcanatún hasta San Antonio Chemax, la imagen del santo nacido en Lisboa, pero más conocido en el mundo de habla hispana por el lugar en el que vivió y murió, la italiana ciudad de Padua. Cerca de tres kilómetros de romería que año con año recorren centenares de habitantes de Xcanatún y sus familiares. En el lugar, la misa y la novena en honor del santo. En las mentes y los corazones, el apego por la tierra, la fiesta de los orígenes, las raíces de la identidad. En este rito anual la comunidad se reencuentra consigo misma.

Uno se extraña de encontrar tanta calle pavimentada en el transcurso de la peregrinación. Pasto de ambiciones y corrupción, los campos que se extienden entre Xcanatún y Dzibichaltún están ya todos fraccionados, y de estos despojos ejidales han sacado provecho, dice la vox populi, connotados políticos panistas de la administración anterior. Huellas de desprecio por las tradiciones de las familias de los otrora ejidatarios aparecen a la vista de quien por allá cruce: muros grades que se extienden cercando propiedades, interrupción de antiguos caminos por la insolencia de quien, con el poder del dinero, convierte en privado lo que siempre fue público.

En medio de este ejemplo de depredador neoliberalismo, que para sorpresa de los analistas puede asumir colores patrios, azules, naranjas o amarillos sin mucha distinción, la tenacidad de un pueblo que conserva la memoria, que rehúsa olvidarse de sí mismo para perderse en una masa informe, que valora su pasado y expresa en simbolismos religiosos el amor por sus raíces, es, sin duda, una buena noticia. No dejo de agradecerle a Dios el honor de haber sido testigo de esta terca resistencia.

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2 Responses

  1. Mariana Cervantes dice:

    Este artículo me deja con los deseos y ansias de estar despierta para poder descubrir vida, camino, esperanza, júbilo, fe….en las cosas más sencillas y donde tal vez menos lo espere, y tener fuerzas para seguir luchando!!
    Te mando un gran abrazo!!!

  2. Ricardo Pech George dice:

    Yo tambien soy silviófilo. Jose Emilio Pacheco es filosofopoesía. Afortunados somos nosotros de poder ver con tus ojos los regalos de Dios. Mucha gente se lo pierde, me gustaria que enlazaras este blog directamente al Facebook u otras redes sociales, hace falta saber estas cosas en tiempos como este. Saludos.

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