Iglesia y Sociedad

Roberto Luis Russell S.S. In memoriam.

21 Jun , 2010  

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1. Tenía yo 12 años. Invitado por el P. Jorge Villanueva venía asistiendo desde hacía varios meses a los Domingos Bíblicos que tenían lugar en la Casa de la Cristiandad. Era un domingo de marzo de 1971. Habiendo pasado ya por los salones de Iniciación Bíblica, Reino de Dios y otros más, entré por primera vez al salón más grande del local. En la puerta había un letrero que señalaba: “Liturgia”. Adentro, un hombre de inconfundible acento gringo. Quedé impactado con su explicación de los textos de la misa dominical y aquellas frases, atrevidas para la época, que aseguraban que “el evangelio de Lucas no había sido escrito por Lucas, sino que era una obra comunitaria”.
Más tarde, mientras me enfilaba en la procesión para la Misa, lo miré a lo lejos, sentado en la sede. Cuando mi párroco, el P. Jorge, se acercó a saludarlo, el P. Russell se puso de pie para darle un abrazo. El hombre de acento gringo tenía un cuerpo de gigante. En mi estupor de niño estaba lejos aún de saber que tenía el alma todavía más grande.

2. Con 15 años cumplidos, podía yo irme sólo en autobús a donde quisiera. Me inscribí en el Colegio Bíblico Apostólico que, fundado por el P. Russell, funcionaba en la iglesia de la Sagrada Familia, en Cupules con la 62. Debido a mi temprana edad era yo tratado por todos como mascota de un equipo futbolero. Recorrí todos los cursos del colegio: Introducción a la Biblia, Reino de Dios, Profetas… En algunas ocasiones, el P. Russel hacía su aparición en el salón donde un agente laico (que casi siempre era laica) nos enseñaba. Con su presencia afinaba lo que se convirtió después en la característica de su movimiento bíblico: la íntima unión del estudio bíblico con la oración y el conocimiento de los grandes maestros de la vida espiritual. Su espiritualidad, sin embargo, era de una gran sobriedad. En tiempos en que los primeros soplos pentecostales comenzaban a sentirse dentro de la iglesia católica, una señora comentó en presencia del P. Russell, que había tenido una moción espiritual y que había escuchado, en el momento en que el sacerdote partía la hostia consagrada en la Misa, el quebrarse de los huesos de Jesús. El P. Russell escuchó con atención y sin decir una palabra dio la palabra a la siguiente persona que quería intervenir en el diálogo. Más tarde, le pregunté por qué no había hecho ningún comentario a la reflexión de aquella hermana. Con prudencia, me dijo solamente: “Bueno… no hay que exagerar”. Era 1973.

3. En 1980 el Padre Russel cumplió 25 años de ordenación sacerdotal. Yo estaba terminando el segundo año de teología en el seminario de Yucatán. Invitados por el Colegio Bíblico, tocó al coro del seminario preparar los cantos de su misa de aniversario. La misa habría de celebrarse el 4 de junio en la iglesia de la Sagrada Familia, todavía sede del Colegio. Preparábamos un canto especial que habíamos aprendido en la reciente III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla y que estaba dedicado a la Virgen de Guadalupe, uno de los grandes amores del P. Russell. Un día el P. Russell interrumpió nuestro ensayo para saludarnos. Después de darme algunas instrucciones en cuanto director del coro, lo vi caminar hacia Maruja, su incondicional colaboradora y organizadora de las fiestas de aniversario. No pude evitar escuchar un fragmento de su conversación. Maruja le explicaba al padre cuál sería el orden del festejo posterior a la Misa. El Padre Russell, después de escuchar con atención, le dijo: “Por favor, que nadie vaya a dar discursos en los que se me alabe. No saben ustedes lo devastadores que son para mí. Ustedes sólo ven las apariencias, pero mi amado Jesús y yo sabemos lo que hay de veras en mi interior… Sin alabanzas, por favor, que no saben ustedes cuánto me duelen…”.

4. En octubre de 2008 se celebró en la ciudad de Roma el Sínodo de Obispos dedicado a la palabra de Dios. En septiembre de ese mismo año fui a visitar al P. Russell, ya bastante delicado de salud. El objetivo de mi visita era doble: entregarle un ejemplar del más reciente de mis libros sobre las Cartas Católicas, y pedirle su bendición para mi viaje a Roma, a donde había sido yo invitado a unas labores de asesoría en ocasión del Sínodo. No ignoraba el padre mis dificultades más recientes con las autoridades eclesiásticas y se encargaba de recordarme siempre que él prefería irse al infierno con Pedro que al cielo sin él. El día de mi visita, el Padre estaba de muy buen talante. Agobiado por la enfermedad se dio tiempo de recibirme. Me entregó un paquete con materiales del Colegio Bíblico y de las congregaciones que había fundado para que yo hiciera el favor de entregarlos en la Santa Sede. Me comentó con alegría que el superior de los padres sulpicianos, congregación a las que él perteneció durante toda su vida, había sido invitado a participar en el Sínodo. Me auguró un buen viaje y me deseó éxito en el trabajo que iba yo a realizar en Roma y del que conversamos ampliamente. A la despedida le pedí su bendición. Cuando le besé la mano estaba lejos de saber que sería la última vez que mis ojos lo verían con vida.

5. Hace dos semanas llamé por teléfono al Padre Russell. Quería felicitarlo por su 55º aniversario sacerdotal pero temía que, dado su estado de salud, mi visita fuera inconveniente. El P. Melchor, su fiel discípulo y cuidador, y Maruja, estaban al lado de su cama. Me comunicaron por teléfono con él. Apenas tomó el auricular me saludó diciendo “Que Jesús sea amado por todos los corazones”, frase con la que, estoy seguro, debe haberse despedido de este mundo en su viaje a la casa del Padre. Conversamos algunos minutos. Me pidió mi bendición. Maruja cerró la llamada expresándome el gusto que el Padre Russell sentía cada vez que yo lo llamaba o lo visitaba. El devotamente agradecido por su amistad y su presencia en mi vida soy, desde luego, yo.

6. Es jueves 17 de junio de 2010. Estoy en la Escuela de Agricultura Ecológica “U Yits Ka’an” en Maní. Representantes de las distintas sub-sedes, de la dirección de la escuela y de las instituciones que participan en el proyecto, nos reunimos para hacer la evaluación semestral y analizar las fortalezas y debilidades de nuestro proyecto. En medio de esta fructífera reunión, recibo una noticia que me golpea: el deceso del Padre Roberto Russell S.S. Hay personas que han marcado mi vida desde la infancia. El Padre Russel fue una de ellas. El Padre Russel fue, sin duda, un hombre carismático en el recto sentido de la palabra. Habiendo llegado para ser profesor del seminario de Yucatán, terminó siendo animador del movimiento bíblico más amplio que haya registrado la iglesia católica yucateca en todos sus años de existencia. Eso es, para mí, ser un hombre carismático: descubrir una necesidad del pueblo y aplicar toda la energía y la creatividad disponibles para, impulsado por la fuerza del Espíritu, inventar soluciones creativas a los problemas que se descubren.

7. He escrito estas líneas profundamente conmovido. Junto con las y los miembros de los institutos religiosos que fundó, los integrantes de los colegios bíblicos por él fundados y dispersos por la geografía nacional e internacional, con los innumerables lectores y lectoras de la revista “Biblia y Vida Litúrgica” que durante tantos años dirigió, lamento profundamente su partida. El Padre Russell fue, sin duda, un hombre tocado por Dios, un místico. Ahora goza en plenitud de aquel estado que, como entre sombras, alcanzó a vislumbrar en este mundo. Su innovador trabajo apostólico y su espíritu contemplativo, son dones que la iglesia católica yucateca no debería olvidar nunca.

Colofón: Todo huele a muerte en estos días. No es solamente el Padre Russell, son también Saramago y Monsiváis. Me asombra cuánta orfandad puede acumularse en el corazón…

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5 Responses

  1. Jorge A Hernandez dice:

    Invitado por mi hermana que era monja, llegue a Merida sin conocer a nadie y me dirigi a este maravilloso lugar donde, sin recordar la invitacion que el P Russell me habia hecho junto con mi hermana en el D.F., me recibio con carino y me permitio vivir entre sus misioneros, dejandome ser parte de ellos por un tiempo (3 meses) hasta que, yo acostumbrado a la vida mundana, no aguante mas y me fui despidiendome de el con un abrazo. Recordar ese tiempo en ese lugar es en verdad fascinante, Dios bendiga siempre a este gran ser humano

  2. Angel José dice:

    Como muchos conocí al Padre Russell y crecí literalmente con el conocimiento de la Biblia que el propagó en Mérida porque desde los 9 o 10 años asistía al Colegio Biblico y a los «Domingos Bíblicos»… Lo recuerdo con nostalgia y amor.
    El Buen Padre Russell es ahora presencia que en su ausencia se hace luz, deja un hondo vacío, pero tambien una gran herencia: No hay que dejar que su obra y sus enseñanzas se extingan con su vida terrena, la Palabra de Dios es viva y debe seguir llegando a todos los rincones como el nos enseñó a hacer, que el buen pastor descanse de sus fatigas y sus discipulos todos, a continuar su labor hasta que volvamos a encontrarnos en el Reino del Padre de las misericordias.
    Padre y Maestro:¡Gracias, muchas gracias!

  3. luis luna cetina dice:

    Triste pero hermoso tributo. Qué consuelo saber, en este mar de escándalos eclesiásticos, que tenemos sacerdotes como el P. Russell y al P. Raúl… y que podemos admirarlos, leerlos y aprender de ellos. Hombres tocados por Dios, como Monsiváis y Saramago. Renace mi entusiasmo por la raza humana… en la tristeza, vuelvo a sentir la alegría de ser hombre

  4. juan francisco rangel dice:

    Comparto el comentario del Padre Lugo, yo conocí al P. Russel desde mi infancia en el DF, donde también fundo el CBA, mis papas y yo asistiamos a los cursos y retiros, desde entonces fue siempre un ejemplo de amistad, santidad y espiritualidad, lo queriamos mucho, y es verdad, su frase «Que Jesús sea amado por todos los corazones», quedara marcada en mi corazón, un saludo a Maruja, el Padre Melchor y la Congregación. Mi oración y recuerdo por un gran ser humano, un hommbre que ha trascendido y ahora, como el grano de trigo, ha dado fruto.

  5. Karena Arjona Tamayo dice:

    Cuando acudí al hermoso y sentido entierro que sus hijos e hijas espirituales le hicieron al Padre Russell, estos nos dieron la oportunidad de despedirnos de él, timidamente le tome las manos y a ese cuerpo ya frío, le agradecí haber compartido con él momentos muy felices de la infancia, así como el habernos acompañado en familia a vivir el amor por la eucaristia y por la palabras de Dios.
    Sin embargo, pasada la impresión de la noticia de su muerte, al anochecer recordé que el Padre Russell, me acompaño en momentos verdaderamente dificiles de mi vida adulta, con gran solidaridad y cariño.
    Y como me pasó con la muerte de mi abuela, comprendí que hay personas en su vida dan tanto amor, de un modo tan bonito, natural e incondicional, que hasta que los perdemos, percibimos esa grandeza de su alma y su corazón. Y doy gracias a Dios de haberle conocido en la niñez y haber contado con él en mi vida adulta. De modo tal que la imagen de la fotografía en blanco y negro de mi primera comunión, donde sonreímos ambos, será para mi el recuerdo de ese hombre bueno, del Padre bueno, que hoy nos podrá seguir acompañanos con amor desde el cielo. Gracias Padre Russell.

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