Iglesia y Sociedad

A la memoria de Kokino

28 Jun , 2011  

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Se llamaba Manuel Enrique Rodríguez Ruiz. Tenía 53 años. Era mi primo hermano. Ayer, pasada ya la medianoche, descansó. Su partida me ha hecho enfrentarme, una vez más, al misterio de la muerte, esa dolorosa realidad que puede contemplarse y asimilarse desde tantas ópticas distintas. Kokino, que así le llamábamos todos cariñosamente desde su infancia, tenía mi misma edad; quizá eso haga que su muerte tenga especiales resonancias en mi corazón.

La muerte, cualquier muerte, es siempre una experiencia desgarradora. Nos arrebata a gente que queremos y, por mucho que sea largamente esperada, nunca es oportuna. Aunque la perspectiva de fe nos otorga un horizonte de esperanza, el dolor de la separación física está siempre ahí, mordiéndonos el corazón. La vida y muerte de Kokino, sin embargo, me deja lecciones y sentimientos que hoy quiero compartir con ustedes, pacientes lectores y lectoras de esta columna semanal, en homenaje a su memoria y en gesto de solidaridad a su familia más cercana.

Aunque la muerte de Kokino pueda ser juzgada de prematura (ya dije que la muerte no es nunca oportuna) es el capítulo final de una vida intensamente vivida. Hace ya varios meses que Kokino y su familia recibieron la noticia de su enfermedad, sorpresiva y mortal. La recapitulación que la cercanía de la muerte le ofreció a Kokino deja indudables saldos positivos: una juventud vivida con todas sus aventuras, el momento –éste sí, siempre oportuno– de rectificación y enderezamiento de la vida, un matrimonio de 25 años, coronado con el fruto de un hijo amoroso, la pasión por el deporte, especialmente el automovilismo y sus variadas vertientes, el cariño permanente y reiterado de toda su familia, todo ello convierte los 53 años de Kokino en una vida espléndidamente vivida.

Los últimos, dolorosos meses de enfermedad y desgaste físico, no fueron de manera alguna tiempos de infelicidad. Todo lo contrario. Doy gracias a Dios por el regalo de ser presbítero y por la cercanía a las personas que este ministerio conlleva. Hace apenas unas semanas, en mi postrer visita a Kokino en la que le administré la Unción de los Enfermos, la particular característica de cercanía y confianza que crea el ministerio eclesial que desempeño, desnudó el alma de Kokino delante de mis ojos. Pude, en esa íntima conversación, atisbar la manera tan plena como estaba enfrentando el drama de su propio desgaste físico. Más allá de la crisis normal que conlleva la experiencia de la debilidad, Kokino supo apreciar la constante, incansable cercanía de las personas que lo querían: el cariño incondicional de sus padres, hermanos y sobrinos, la presencia amorosa de su esposa y su hijo, la amistad y la compañía solidaria de decenas de familiares y amigos.

Mientras Kokino descargaba su corazón en mis oídos, pensé cuánta razón tiene la comunidad católica en considerar a san José como el patrono de la buena muerte, dado que aunque no contamos con el registro de su muerte en los evangelios, una antiquísima tradición lo coloca muriendo rodeado de su esposa, la Virgen María, y su hijo querido, el Verbo hecho carne. Morir rodeado de tanto cariño es, sin duda, la mejor manera de morir. Y Kokino estaba infinitamente agradecido por ello.

Kokino decidió, en la lucidez que solamente da el enfrentamiento cara a cara con la muerte, dejar así este mundo: sin alargamientos vanos y dolorosos de la vida y rodeado de la gente a la que quería, en lugar de morir en la fría asepsia de un hospital. Una muerte digna y serena en medio de los difícilmente soportables dolores que acompañaron sus últimas jornadas. Su decisión libre, el respeto irrestricto de su familia a sus últimos deseos y la Providencia amorosa de Dios permitieron que Kokino tuviera la muerte de san José: en discreta serenidad y rodeado de atenciones y cariño.

No deja de haber sombras: el dolor inconmensurable de los padres que deben enfrentar la muerte de un hijo, una muerte siempre contra-natura porque el código de la especie reclama que sean los hijos quienes entierren a los padres; la experiencia de una muerte prematura, que impidió que Kokino pudiera ver a su hijo formando una familia, jugar y divertirse con sus nietos, seguir cuidando, innovando y manejando su carro deportivo, pasar más, muchos más deliciosos momentos de convivencia familiar… sombras que no pueden negarse y que nos deja el vacío de su ausencia. Pero estas sombras no empañan la certeza de la vida plena que nos promete nuestra fe y que Kokino se ha adelantado a disfrutar; la luminosidad de una vida intensa y plenamente vivida y el cariño del que se vio rodeada en todas sus etapas; la memoria siempre positiva que de Kokino conservaremos todos los que lo conocimos y lo quisimos.

Uno escoge la manera como vive, pero no puede decidir sobre la manera en que va a morir. La muerte de Kokino me parece una muerte digna y, si me jalan la lengua, envidiable. Ojalá que estas palabras puedan servir como ocasión de consuelo a su familia más cercana y a todos los que lo quisimos y compartimos con él momentos inolvidables. Descanse en paz.

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2 Responses

  1. ROSA ANGELICA ARANDA dice:

    HERMOSISIMAS PALABRAS…CDA LETRA CONFORTA Y ABRAZA

  2. Ricardo Pech George dice:

    Descanse en paz el Primo Kokino.

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