Iglesia y Sociedad

Espectro 43

4 Oct , 2011  

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No sé si puedas escucharme. Dicen que los fantasmas susurramos, pero eso es solamente a los oídos de los que no han muerto. Según nosotros, hablamos con la misma fuerza y claridad que cuando estábamos de ese lado de la realidad. Pero tengo la impresión de que el cliché elaborado por el cine y por los modernos medios electrónicos ha terminado por dar resultado y convertirse en el paradigma de lo real, al punto que ahora que te estoy hablando siento que estoy “whispereando”, como dicen mis nietos.

Sí, Elodia, claro que conozco a mis nietos. La Soledad es la que más me gusta: única niña y traviesa como su abuela. Espero que el nombre no sea destino, porque de solos tú y yo nos bastamos y sobramos. No creas, amor, que no he sido testigo del esfuerzo que realizaste para sacar adelante a nuestros hijos. Hubieras podido enamorarte de otro hombre y rehacer la familia a una nueva medida, pero decidiste dedicarte solamente a ellos, ocho y diez años al momento de mi muerte, y ¿sabes? Te lo agradezco. Es grande la estupidez de los que opinan que los muertos no sufrimos de celos.

Y aunque he visto crecer a nuestros hijos y conozco ya por sus nombres a los nietos, los recuerdos, esos que permanecen sin que uno pueda esconderse de ellos, son aquellos que rodearon el momento de mi muerte. Ya sé que te fastidio cada año con esta conversación, pero cada vez que llega esta fecha no puedo sino repasar, detalle por detalle, la trágica decisión de irme a vender el atole y los tamales a la Plaza de las Tres Culturas.

Sí… ya sé que nadie podía imaginarse lo que pasaría. También sé que en los mítines de días anteriores nos había ido tan bien que pudimos comprar los útiles escolares y uniformes de los escuincles sin necesidad de ningún préstamo de emergencia, y eso por primera vez en los doce años que llevábamos casados. Así que hubiera sido una estupidez, si de cálculos humanos se tratase, si no hubiera yo aprovechado la oportunidad del que se anunciaba como el mitin de más nutrida participación en ese utópico relajo que era la huelga estudiantil.

¿Qué las cosas hubieran podido ser distintas? Claro. Pero uno no tiene una bola mágica para leer el futuro. Todo mundo sabía que el dientón no se iba a tentar la mano para poner orden cuando los muchachos del Consejo le hubiesen llegado a la coronilla, pero ¿cómo imaginar que sería a puro balazo?

Llegué, como seguramente recuerdas, bien temprano para ganar un buen lugar. Colocarme cercano a la iglesia de san Francisco me pareció una buena estrategia, porque si los participantes del mitin no agotaban la mercancía, siempre podría vender los tamales a las afueras del templo cuando terminara la novena que, con motivo de la fiesta de san Francisco que estaba ya cercana, juntaba a tantos católicos todas las noches.

La verdad es que el mitin fue muy parecido a las anteriores concentraciones a las que había convocado el Consejo de Huelga. Discursos contra el gobierno, las reiteradas exigencias de mítines anteriores; desaparición del cuerpo de granaderos, libertad a los presos políticos, abolición del delito de disolución social… lo único novedoso fue el número de participantes. Una novedad muy conveniente para nosotros, que esperábamos sacar el mayor provecho con nuestra venta. Sólo por eso le pagué a un muchacho para que fuera a llamarte por teléfono, te lo juro, y te avisara que necesitaba tu presencia. De lo contario, habría yo llegado a la casa como todas las noches: cansado y solo. Pero hubiera sido imposible vender, cuidar la caja, servir el atole, con tanta gente que se iba amontonando, si no hubieras llegado para ayudarme. Quizá sea eso lo que no ha permitido que yo termine de morirme.

Si no fuera por aquellos dos cuates que se acercaron a comprar tamales y, para comerlos, se tuvieron que quitar un guante blanco de la mano izquierda, yo no me hubiera olido nada extraño en aquella tarde. Pero pude escuchar clarito cuando terminaron y cómo quedaron en verse a la entrada de los edificios en cuyo frente estaba colocado el templete. No podía yo saber que eran francotiradores, de esos que ahora son conocidos como del batallón Olimpia, pero creo que fue Diosito el que me hizo sospechar. Sólo por eso te dije que entraras a la iglesia y que pidieras el teléfono para llamar a la casa y preguntarle a doña Marina cómo estaban los niños. Ante tu mirada azorada, te convencí, a contrapelo de la clarísima necesidad que tenía de tu ayuda debido a la cantidad de gente que estaba comprando, diciéndote que tenía un presentimiento, y que no fuera a ser que los chamacos estuvieran inquietos o les hubiera pasado algo.

No sabes cómo le agradezco a Dios que se me haya ocurrido eso y, sobre todo, que tú me hubieras creído a pesar de lo bizarro del pretexto. Eso fue lo que te salvó la vida. Así ya no viste el helicóptero que soltó las bengalas, ni escuchaste el inicio de los disparos desde los edificios de la unidad habitacional, ni tuviste que esconderte tras el carrito de los tamales cuando los soldados comenzaron a disparar respondiendo a la agresión de los francotiradores de guante blanco.

Cuando la primera bala me alcanzó pensé en quedarme inmóvil, en hacerme pasar por muerto. Ya había algunas personas tiradas a mi alrededor, que me parecía que estaban muertas. Podría esconderme debajo de alguna de ellas. La segunda bala me convenció aún más de que esa era mi única salida. Así que me arrastré para meterme bajo el cuerpo de una señora, pero en lo que fingía la muerte, ésta me llegó despacito, fue entrando en mi cuerpo conforme la sangre salía de él. Cuando te vi venir, me extrañó sentirme sin ningún dolor y no fue sino hasta que vi que me abrazabas cuando me di cuenta de la incongruencia de estar viéndome a mí mismo, con el cuerpo fláccido entre tus brazos, mientras alrededor de mí todo era silencio, aunque mirara las bocas abiertas profiriendo gritos y la corredera hubiera convertido la Plaza en un caos.

Por eso cada dos de octubre vengo a visitarte. Me molesta tener que usar el tiempo de mi visita anual en contarte esto una y otra vez. A la mejor pensarás que no sé hablar más que de aquella tarde de sangre, pero como te digo, he visto crecer a mis nietos, te quiero más que nunca, y me alegra que mis hijos hayan estudiado en la UNAM y marchen cada año para recordarme. Cuando menos pudieron recuperar mi cuerpo. Habrías sufrido mucho más si mi cuerpo hubiera ido a terminar en una fosa común o, como comentan algunos de este lado, en el fondo del mar, arrojado desde una avioneta.

Así que, Elodia, tú puedes hacer tuyo el grito de “¡2 de octubre, no se olvida!”, aunque lo hagas por razones distintas de la mayoría. Mientras tanto yo estoy aquí, año tras año, viniendo a verte a ti en el rato que puedo escaparme de esta obligada visita a la Plaza de las Tres Culturas. Parece que la decisión de arriba es que sigamos viniendo todos los años, hasta que nuestra memoria desaparezca de todas las mentes. Así que, te lo encargo, cuéntale a mis nietos toda la historia, para que pueda venir el próximo año a visitarte…

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3 Responses

  1. RicardoPech George dice:

    Acabo de leer que la Iglesia Presbiteriana en Madison, Wisconsin ordenó ministro a un miembro declarado abiertamente homosexual.
    Sus primeras palabras fueron: «doy gracias por aquellos que no están de acuerdo con lo que estamos haciendo hoy y sin embargo saben que somos uno en Cristo Jesús»

  2. Anónimo dice:

    Lo disfruté, me hizo llorar y me llenó de más indignación!

  3. gerardo dice:

    Conmovedor, fascinante, increible!
    Gracias mil por escribir.

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