Iglesia y Sociedad

VENGANZAS PERSONALES

1 Ago , 1994  

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Cuando la revolución nicaragüense cumplió 10 años, hubo una gran concentración en la plaza principal de Managua. Muchos artistas de todo el continente fueron a felicitar a los nicaragüenses con cantos y poesías, que es la manera como acostumbran hablar los habitantes de ese pequeño país, llamado alguna vez por el obispo poeta, Monseñor Casaldáliga, «la niña de la honda». Pues bien, fue en esa plaza repleta de gentes y de sueños, en donde por vez primera se cantó una hermosa canción que reflejaba, a diez años de la victoria, el temple resistente de tantos hombres y mujeres que habían visto morir a sus mejores hijos e hijas a manos de la guardia asesina, y que abrigaban una particular percepción de la venganza.
«Venganza personal» era el título de aquella canción que se ha vuelto, al paso de los años y de los fracasos, de los reinicios y de las luchas contra gigantes, en símbolo de la generosidad de un pueblo y en ejemplo de respuesta cristiana a los problemas. No resisto la tentación de transcribir algunos de los más hermosos versos de la canción de la que hablamos: «Mi venganza personal será el derecho de tus hijos a la escuela y a las flores / mi venganza personal será entregarte este canto florecido sin temores / Mi venganza personal será mostrarte la verdad que hay en los ojos de mi pueblo: / implacable en el combate siempre ha sido el más firme y generoso en la victoria./ Mi venganza personal será decirte: / ‘buenos días’ sin mendigos en las calles / cuando en vez de encarcelarte te proponga que sacudas la tristeza de tus ojos / cuando vos, aplicador de la tortura ya no puedas levantar ni la mirada / mi venganza personal será entregarte estas manos que una vez vos maltrataste / sin lograr que abandonaran la ternura. / Y es que el pueblo fue el que más te odió / cuando el canto era el lenguaje de violencia / pero el pueblo hoy, bajo de su piel / rojo y negro tiene erguido el corazón».
He pensado mucho en esta canción en los últimos días, en estos aciagos tiempos de la patria nuestra. Las amenazas parecen crecer mientras más se acerca el tiempo de las elecciones. La multiplicación de las intimidaciones y de los atentados han hecho que yo también piense en una serie de «venganzas personales», a la manera de aquellos revolucionarios nicaragüenses, para poder proponerlas después de la victoria de los sueños.
Mi venganza personal será seguir en la lucha por la democracia, aunque las más oscuras fuerzas de la traición muevan los hilos de un trailer sin placas y pretendan arrollar, junto con un candidato, nuestro anhelo de alternancia democrática.
Mi venganza personal será abrir las puertas de mi comunidad y de mi corazón a aquellos que quisieron comprarme, a los que quisieron pasarme a las filas de los bien vestidos y decentes funcionarios de culto, a los que se compadecieron de mis alpargatas y de la austeridad de mi cuarto. Les abriré las puertas de mi comunidad y de mi corazón cuando la historia haya dictado su veredicto inapelable en favor de los más pequeños, y les enseñaré la generosidad de una pared desnuda y la hermosura de un pie bronceado por el sol y por la tierra.
Mi venganza personal será ofrecer un curso de defensa de los derechos humanos a quienes allanaron la casa de los jesuitas en Guerrero y ofrecerles mi ayuda para que nunca vean atropellado su derecho a reunirse pacíficamente y a opinar de manera diversa a las autoridades en turno. El Obispo de Guerrero recibirá también de mi parte el apoyo solidario que le negó a sus hermanos en la fe y en el ministerio.
Mi venganza personal será mostrar la frente limpia y la sonrisa amplia a la anónima voz que amenazó de muerte a mi amigo sacerdote en un teléfono que vomitaba sangre, y decirle que ya no habrá razón para que tenga miedo, porque mi amigo y yo defenderemos su vida con la fuerza de la ley y del derecho.
Mi venganza personal será no abandonar nunca esta trinchera en favor de la justicia y de la libertad para todos, de la pluralidad y de la igualdad ante la ley. Ofreceré mi mano amiga a quienes, desde el poder, hubieran querido quemar las mías, y mis escritos y mis palabras lanzadas a los vientos, y mis folletos y mis comunicaciones. Daré un órgano de comunicación a quienes quisieron colocarme una mordaza e imploraré una bendición para aquellos enemigos de la memoria que me maldijeron cuando tomé la pluma para no permitir que el dolor de la herida se olvidara.
«Cuando vos, aplicador de la tortura, ya no puedas levantar ni la mirada / mi venganza personal será entregarte estas manos que una vez vos maltrataste, sin lograr que abandonaran la ternura»

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