Iglesia y Sociedad

El salmo 69 y el miedo a la libertad

18 Jul , 2012  

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El salmo 69 es un salmo en el que el autor se rebela ante su suerte: “Oh Dios, sálvame, porque me llegan las aguas hasta el cuello”. Es la oración, sí, de una persona desesperada. Alrededor suyo no hay más que sufrimientos: “me estoy hundiendo en profundos lodazales y no tengo ya dónde apoyar el pie”. Los enemigos se le multiplican: “son más numerosos que los cabellos de mi cabeza las personas que me odian sin motivo”.

Y pensamos, por eso, que la Palabra de Dios está dirigida solamente a personas que están en este tipo de situaciones. Creemos que si no estamos en el fondo de un abismo, no tenemos necesidad de Dios. Dios se ha convertido, para quienes piensan de esta manera, es una especie de terapia de urgencia, de milagroso remedio, de shock emotivo que saca a la gente de lo hondo de un pozo sin fondo.

Pero ¿qué pasa con los cristianos comunes y corrientes? ¿Qué pasa con los que no han estado sumidos en grandes degeneraciones ni están atrapados por la esclavitud de los vicios? ¿Es la palabra de este salmo también para este tipo de personas?

Es curioso que Jesucristo, siendo la inocencia plena, se hubiera aplicado a sí mismo algunas palabras de este salmo. En el versículo 10 el salmista dice: “el celo de tu casa me ha devorado”, la misma frase que el evangelio repetirá cuando Jesús expulse a los mercaderes del templo. Más adelante, en el versículo 22 el salmista afirma: “Echaron hiel en mi comida, para mi sed me dieron vinagre de bebida”, palabra que se actualiza en el sufrimiento de Jesús en la cruz.

Y es que la Palabra de Dios no es nunca estéril. Baja a la tierra de nuestros corazones como rocío y fecunda nuestras vidas para que demos frutos de buenas obras. Todas las personas, sanos o viciosos, justos o pecadores, pueden entonar las palabras de este salmo porque todos, de una manera o de otra, participamos en distintas dimensiones del misterio del sufrimiento humano. En algún momento de nuestra vida todos hemos sentido que nos ahogábamos, que la vida no tenía sentido para nosotros, que no hallábamos el camino de salida.

Yo quisiera hoy comentar uno de los fangos en los que puede anclarse la vida, particularmente de los jóvenes. No me referiré a las drogas o al libertinaje sexual, ni al alcoholismo o la violencia callejera. Me referiré a un fango más sutil, pero más perverso, al que tienen que enfrentarse incluso los jóvenes bien portados. Se trata del miedo a la libertad. Deseamos ser libres, anhelamos independizarnos y llevar las riendas de nuestra propia vida. Pero al mismo tiempo le tenemos miedo a la libertad. Nos pasa lo mismo que le pasaba al pueblo de Israel que, sacado de la esclavitud de Egipto y apretado por el hambre, prefería retornar a la esclavitud con tal de tener unas cuantas cebollas seguras para llevarse a la boca al final de la jornada. La libertad implica aprender a vivir en la inseguridad, porque tenemos que tomar nuestras grandes decisiones sin que haya la protectora voz de una autoridad que nos diga de antemano qué está bien y qué está mal, y esta inseguridad nos da miedo.

El miedo a la libertad puede tomar también otras máscaras, como la de creer que verdadera libertad es hacer siempre lo que a uno le dé la gana, sin importar si con nuestras acciones dañamos o lastimamos a otras personas. Se trata de una libertad sin compromisos, vivida sin ninguna otra referencia que uno mismo, cerrada egoístamente en el propio placer.

Y, sin embargo, con todos sus riesgos, no hay camino más apasionante que el de la libertad. Ya lo decía san Pablo: “para ser libres nos liberó Cristo”. Pero preferimos muchas veces la esclavitud. Estamos hambrientos de seguridades, y por eso recurrimos a adivinos, a horóscopos, a gente que nos anuncie el futuro o nos lea la mano. No está la maldad de esas acciones en la simple credulidad supersticiosa ni en la posible intervención del Maligno en nuestras vidas. La verdadera maldad de esas acciones estriba en que son una manifestación de nuestro miedo a ser libres, a decidir por nosotros mismos, a usar nuestra cabeza, a programar y planear nuestro propio futuro, a concebir la vida como una construcción inacabada que cada uno tiene que continuar. Queremos crecer, llegar a ser plenamente adultos, pero preferimos poner nuestros destinos en manos de otras personas y no hacemos más que continuar siendo perpetuamente niños.

La Biblia tiene testimonios de hasta dónde Dios promueve y respeta la libertad de las personas. No quiso Dios hacernos autómatas ni títeres de un destino escrito de antemano, sino constructores de nuestras propias vidas. Por eso Dios llama, nunca obliga; invita, nunca impone. Dios conoce el secreto para inclinar nuestros corazones a Él sin violentarnos, de atraernos a Él sin forzarnos. Dios se presenta por eso como un seductor: nos enamora, nos convence, nos hace propuestas, pero ha renunciado a obligarnos a nada, ni siquiera nos obliga a amarlo.

Es curioso que el hijo pródigo de la parábola no se ponga de pie para regresar a casa de su Padre, sino hasta que, en medio del hedor del chiquero, recuerda la perfumada alcoba que dejó en la casa de su padre. En medio de un hambre que le hace desear comer las bellotas con las que se alimentan los cerdos, recuerda que hasta los más humildes trabajadores de la casa de su padre tienen pan de sobra. Hay un momento en el que el ejercicio de la libertad parece concentrarse, y ese momento puede ser propiciado por una situación extrema, como la del agua que el salmista siente llegar hasta su cuello.

El Padre de la parábola parece no intervenir, mantenerse a distancia, pero la actitud con la que recibe al hijo que regresa nos muestra dónde reside su alegría: en que el hijo, libremente, haya decidido volver. La parábola es fiel ejemplo de cómo vencer el miedo a la libertad puede conducirnos, es más, es la única posibilidad de encontrar el camino de retorno a la casa del Padre.

Por eso el salmo 69 no se queda en el lamento estéril, sino que lo convierte en oración suplicante. Para enfrentar el desafío de la libertad, de esa libertad conciente y responsable para la que nos ha liberado Cristo, es necesario, paradójicamente, pedir el auxilio divino. La actitud del cristiano, para vivir libre ante todas las esclavitudes del mundo, requiere una fuerza sobrehumana que solamente podemos encontrar en Dios. Para ser verdaderamente libres, tenemos que entregarle a Dios nuestra libertad y él nos la devolverá renovada. No dejará de ser siempre un desafío, un reto, un riesgo, pero podremos vivirla desde la perspectiva de Dios y de los valores del evangelio. Entonces, sólo entonces, podremos llamarla libertad cristiana.

Hay que aprender a pedirle a Dios el don de vivir en libertad. Pedirle que nos libere del miedo a la libertad. Que nuestra libertad no se convierta, como dice san Pablo, en un pretexto para satisfacer nuestras apetencias (Gal 5,3), sino en una oportunidad de construir un mundo más digno y habitable para todos y todas. Ya lo decía el mismo apóstol de los gentiles: Todo está permitido, pero no todo es conveniente (1Cor 19,23). Libertad es, también, capacidad de optar siempre por lo mejor.

Pero esto no es un límite a nuestra libertad, sino una manera de ejercerla de mejor manera. Un muchacho es libre, por ejemplo, de llevarse con otras personas, de salir con varias de ellas, de divertirse en compañía de diferentes personas, pero cuando ese muchacho se enamora de alguien, entonces no quiere estar más que con esa persona, nadie tiene que ordenárselo: ha optado por una de ellas, y si ese amor es correspondido y las dos libertades se encuentran, la responsabilidad aumenta porque el amor no es un freno para la libertad, sino su planificación. En realidad, somos libres para poder amar más y mejor.

El salmo 69 termina, por eso, en un estallido de alabanza. “Celebraré con cantos el nombre de Dios y lo alabaré en acción de gracias”. La libertad, don y desafío, la construcción de la libertad y su vivencia, es quizá el reto más importante para los jóvenes. Aprender a ser libres, para amar plenamente.

Me gusta esta oración que ahora les com,parto para pedir la gracia de la libertad:

“Padre bueno, que nos amas con tierno amor maternal,
que nos has regalado el don de la libertad para que vivamos plenamente
y para que construyamos un mundo a tu medida, a la medida del amor y la justicia,
míranos aquí, sumidos en el fango del miedo a la libertad.
Señor, libéranos tú,
haznos verdaderamente libres.
Que nada ni nadie nos ate más que tu amor,
que no seamos esclavos de nada ni nadie fuera de ti, Dios de libertad,
que nunca usemos nuestra libertad para dañar a otras personas,
que nunca confundamos la libertad con el libertinaje.
Haz que nuestro único objetivo sea amar,
amar en libertad y en plenitud,
amarte a ti, Señor, y amar a nuestros hermanos y hermanas.
Que no le tengamos miedo a la inseguridad
porque tú eres, Señor, la roca en que nos apoyamos.
No queremos, Señor, más certeza que tú,
que tu presencia amiga,
que tu llamada invitándome a seguirte.
Que no tengamos, Señor, más patria ni más refugio que tu corazón.
Arranca de nosotros el miedo a ser libres,
para que podamos servirte plenamente.
Que tu Hijo Jesucristo, paladín de la verdadera libertad,
nos conceda vivir libres hasta la hora de nuestra muerte.
Amén.

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2 Responses

  1. Marcelo Euan dice:

    Yo solo quisiera hacer el enfasis que la libertadad del pueblo judio y de nosotros radica principalmente en confiar en Dios, sin confianza no hay libertad, si no podemos confiar en Dios nunca seremos libres, aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas, pues es tonto confiar en uno mismo es fracaso seguro, de echo eso nos lleva generalmente a caer en el «pozo cenagozo» y luego terminamos traumados y no queremes probar la libertad de confiar en Dios.

  2. asi es erich fromm habla de esto en su libro el miedo a la libertad..lo leyo?

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