Iglesia y Sociedad

La despedida del padre Estrella

26 Oct , 2012  

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Daniel Landgrave, in memoriam

Anita recibió la noticia con angustia: el padre Estrella, a cuyo servicio había estado en la iglesia de Tecoh, estaba enfermo, muy enfermo. A una edad tan avanzada, y teniendo solamente una hermana carnal, Anita se ofreció enseguida para acompañar al padre en su enfermedad y auxiliar a la hermana, también ya de edad mayor, en su cuidado.

Es así que Anita abordaba muy temprano en la mañana el autobús hacia Mérida. Ya en la terminal, caminaba hasta el paradero de donde saldría el autobús que la llevaría a la clínica en la que el padre estaba internado. Al llegar, saludaba a la hermana que, después de haber pasado la noche al lado del enfermo, se retiraba para descansar. A veces era al revés, es decir, la que pasaba la noche con el padre era Anita, que era sustituida por la hermana carnal del padre al llegar la mañana.

Anita era soltera. Eso le daba mucha libertad en la distribución de sus tiempos. Vivía cerca del centro de Tecoh, y en su casa vivía también su hermana Augusta con su esposo. Si a Anita le tocaba el turno de día, Augusta la despedía al subirse el autobús, cuando apenas amanecía. Si, en cambio, le tocaba el turno nocturno, entonces Augusta la acompañaba hasta Mérida por la tarde y se regresaba en el último autobús, después de dejar a Anita en la clínica. Eran dos hermanas muy unidas.

Esto es lo que sucedió la madrugada en que el padre Estrella murió. A Anita le había tocado hacer el turno nocturno. Llegó a la clínica a las 7 de la noche y despidió a la hermana del padre, que había pasado con él el día completo. Junto a la cama del padre había un sillón muy cómodo en el que podía pasarse con más o menos confort las horas de acompañamiento. Anita estuvo conversando con el padre Estrella y lo sintió más débil que de costumbre. No obstante, cuando llegó la cena, el padre se tomó todos sus alimentos. Cerca de las nueve de la noche, mientras el padre ya dormía, Anita sacó su misal y empezó a leer las lecturas de la misa del día siguiente. Fue ganándole el sueño, hasta que se quedó dormida.

Cerca de las cuatro de la mañana, Anita escuchó al padre que la llamaba: “Anita, Anita, ¿estás despierta?”. Anita se desperezó extrañada de que el padre la llamara a esa hora. El padre Estrella era hombre de buen sueño, que una vez que se dormía no despertaba sino hasta la mañana siguiente. Anita le contestó: “Aquí estoy, padre, aquí a su lado”. Entonces el padre le dijo: “Vamos a rezar un rosario” y comenzaron la oración como de costumbre: el padre decía una parte del avemaría y Anita le contestaba.

Llegados al cuarto misterio Anita notó que el padre ya no le contestaba. Temerosa de que algo le hubiera pasado, se acercó a la cama para ver cómo estaba el padre, antes de llamar a la enfermera. Notó entonces que el padre Estrella se había quedado dormido, aunque le llamó la atención que sus ojos no estuvieran completamente cerrados, sino sólo como adormilados. Checó que estuviera respirando bien y que el suero siguiera su curso normal hasta llegar a sus venas. Decidió entonces no llamar a la enfermera y, a los pocos minutos, el sueño le había ganado también a ella.

Una media hora más tarde, pasadas las cuatro y media, Anita despertó sobresaltada al escuchar la voz del padre: “Anita, Anita, ya te quedaste dormida y no terminamos el rosario”. Anita despertó y el rezo continuó. La luz pronto señaló que ya estaba amaneciendo y la hermana del padre no tardó en llegar. A las seis de la mañana, Anita ya estaba en el autobús que la conduciría a Tecoh.

No había bajado el último escalón de la escalerilla del autobús cuando Anita miró el rostro de su hermana Augusta. “Vamos rápido a la casa para que te bañes. Hoy sí que no vas a descansar. Me acaban de avisar por teléfono que el padre Estrella acaba de fallecer”. Anita corrió a la casa a arreglarse y muy pronto estaba ya en el autobús de vuelta para Mérida. Tenía una mezcla de sentimientos. Aun cuando el dolor no dejaba de atenazarle el alma, por el cariño tan hondo que sentía por el padre, reconocía que la muerte había llegado a él como un descanso largamente esperado.

Pasaron los funerales. Cuando se cumplieron los ocho días, Augusta llamó aparte a Anita. Apretaba los labios para no llorar cuando le contó a Anita lo sucedido. “No te lo había dicho, para no darte más preocupaciones, pero ahora, en el ochovario del padre, quiero confesártelo. Aquella mañana que recibí el aviso de la muerte del padre, mientras tú venías de camino hacia Tecoh después de pasar con él la noche, nos sucedió algo que ahora quiero decirte. Estaba yo acostada en mi hamaca y, como sabes, enfrente está la hamaca de mi esposo. Detrás del cancel de madera estaba el cuarto que siempre le reservábamos al padre cuando venía a visitarnos. De repente, era ya muy noche, cuando desperté sobresaltada. Detrás del cancel se oían ruidos. Me levanté para mover la hamaca de mi marido y avisarle que se escuchaban ruidos del otro lado del cancel. Para mi sorpresa, mi marido, que ya estaba despierto, me dijo en voz baja: ‘siéntate en tu hamaca, Augusta, y reza. Hace rato que estoy escuchando los ruidos y ya sé qué es: es el padre Estrella que vino a recoger el polvo de sus pies. Siéntate y escucha mientras rezas’. Entonces me asomé detrás del cancel y no vi a nadie. Regresé al cuarto, me senté en la hamaca y pude oír con claridad: las chancletas del padre se arrastraban sobre el piso, algunos cajones se abrían y hasta la mecedora en la que solía sentarse por las tardes se mecía como sosteniendo el grueso cuerpo del padre. ¡Ay Anita! Me dio tanto miedo… Parecía que era una de esas tardes que el padre pasaba en nuestra casa…”

“¿A qué hora pasó eso?” preguntó Anita con ansiedad. “Estoy segura que eran como las cuatro de la mañana, porque vi el reloj…” contestó Augusta. Anita cayó entonces en la cuenta. Fue cuando el padre dejó de contestar el rosario. “Duró como media hora ¿verdad?”. “Así es –contestó Augusta– ¿cómo lo sabes?”. Anita sonrió y prefirió no contarle que a esa misma hora el padre había suspendido el rezo del rosario para continuarlo media hora después. “Se fue a visitar mi casa y a despedirse”, pensó Anita enternecida. Desde entonces, cada Día de Difuntos, hay una lámpara en casa de Anita Medina para recordar al querido padre Estrella.

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3 Responses

  1. Branabe Rodriguez Pool dice:

    Todos llegaremos alguna ves al mismo inicio de este nuevo camino para el cual nos hemos preparado toda la vida, por eso debemos estar tranquilos y confiados porque no sabemos ni el dia ni la hora, darle gracias a Dios por cada nuevo dia y especial por este nuevo año 2013 que comienza. Gracias Señor en tus manos encomiendo mi espiritu. Felicidades a atodos, Que Dios los Bendiga.

  2. Orar por los feles difuntos. Relato muy conmovedor, que me recuerda, ¡cuantos! hermanos difuntos tengo.

  3. Conmovedora historia que hace a uno recordar el afecto y compañerismo del P. Langrave desde su vida de fe que nos compartió, y más aún, ya muy próximos a celebrar "Los fieles Difuntos". Cuando estas realidad se encuentran, no podemos negar decirle al Señor, "Gracias, Señor porque nos has permitido tener, conocer y compartir la fe con el P. Landgrave y por todos los hermanos que se nos han anticipado, permítenos reencontrarnos en tu Gloria para alabarte eternamente. Amén".

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