Iglesia y Sociedad

Carta a un amigo con cáncer

23 Nov , 2012  

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(Divagaciones sobre la salud y la enfermedad)

Gracia y Paz a ti, queridísimo amigo, de parte de Dios, fuente de toda salud y de Jesús de Nazaret, el que sobrellevó sobre sí nuestras enfermedades y en quien nuestras heridas encuentran plena sanación.

He recibido tu carta, siempre llena de cariñoso afecto. En ella miro como en un espejo la generosidad de tu corazón. Te agradezco tus buenos deseos por mi recuperación y, con los pies bien puestos en la tierra, digiero los excesos verbales de tu afecto por mí.

Y sí, mi queridísimo amigo, hay experiencias que nos sitúan al límite. La vida es como una sorpresa permanente, y su otro lado, aparentemente oscuro como el de la luna, es la muerte. Quizá nunca se comprenda esto en su completa dimensión más que cuando uno se ve obligado a mirar a la muerte de cerca, a enfrentarla cara a cara, a acostumbrarse a tenerla de compañera, como dijera Silvio: “¿Qué decirle a la muerte, tantas veces llamada a mi lado que al cabo se ha vuelto mi hermana?”. Me imagino que el poeta cubano habrá escuchado alguna vez que Francisco, el pobre de Asís, la llamaba justamente “hermana muerte”.

Es curioso todo lo que la cercanía de la muerte puede hacer por nosotros. Osho, mi sabio indio de cabecera, señalaba en uno de sus discursos: “No pienso que tengamos que librarnos de la muerte, ni siquiera que tengamos que triunfar sobre ella… Lo que necesitamos es conocerla, porque el mismo hecho de conocerla se convierte en la victoria… el hecho de conocer de cerca la muerte hace que ésta se disuelva; entonces, de pronto, por primera vez, nos conectamos con la vida”.

Me he enterado, amigo del alma, que la vida te ha puesto de frente a la muerte posible. La misma muerte que, sabemos bien, ha estado siempre al final del horizonte, pero que, de repente, se hace presente aquí, se coloca a nuestro lado. Una de las pocas virtudes de la enfermedad es hacernos conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra finitud.

A veces tengo una confusión de sentimientos en mi interior: quisiera, por una parte, que la vida te hubiera ahorrado esta experiencia, y que como esos ancianos que asemejan robles, hubieras llegado a los noventa años sabiendo de la enfermedad solamente porque le ocurre al de enfrente. Ser de esos robustos viejos que de dolencias solamente conocen el catarro.

Pero por otro lado, desde mi propia experiencia, no quiero dejar de compartirte todo el bien que me ha hecho a mí la cercanía de la muerte. La enfermedad ha sido para mí la ocasión de probar mi docilidad y mi obediencia, y ya sabes la falta que me hacen esas características. Enfrentado a una enfermedad que desconocía, no me quedaba más remedio que confiarme en la mano de los médicos. Tuve suerte, debo reconocerlo, porque estuve rodeado de médicos valiosos y profundamente humanos. Una vez que reconocí mi fragilidad y mi dependencia, me puse conscientemente en sus manos. Quizá por eso tengo fama de buen paciente: con los médicos –y esto te arrancará seguramente una carcajada– soy todo lo obediente que no he podido ser con mis autoridades religiosas.

La cercanía de la muerte me ha dado también una nueva perspectiva de valoración de todas las cosas. He aprendido a saborear en plenitud los olores y sabores de cada comida, disfrutar con fruición de la música que me gusta, valorar el gesto de generosidad de un amigo y la ternura que se esconde detrás del regaño de una amiga, contar las arrugas del rostro de mi madre, volverme oteador de atardeceres… Tenía razón el maestro de Nazaret cuando, en la parábola del hombre insensato, reclamaba: “¡Tonto! Hoy por la noche vas a morir… ¿de qué te servirá todo lo que acumulaste?”.

El justo aprecio del tiempo, la renovada pasión que siento por lo que hago, los deseos irrefrenables de beberme hasta las heces cada segundo de felicidad, no serían posibles, al menos no con la intensidad que experimento, si no hubiera sido por la oportunidad que la enfermedad me dio de estar en los zapatos del hombre insensato de la parábola.

Pero la verdad que con palabras y obras nos compartió el Verbo Encarnado sigue siendo decisiva. No es la enfermedad, por muchas enseñanzas que nos deje, la situación ideal para el ser humano. Hemos sido hechos para la vida plena, lo que implica una estable situación de salud. Por eso el Maestro curaba a los enfermos y sanaba todas las enfermedades que encontraba a su paso. Por eso insistió cuando el ciego contestó que veía a las personas “como árboles que caminan” y, de nuevo, terminó su proceso de curación hasta que éste recuperó totalmente la vista.

La enfermedad tiene muchas enseñanzas, pero quizá la más importante sea el aprecio por la salud. Cuando uno tiene la gracia de ser tocado por una enfermedad, de esas que las personas apenas si mencionan con miedo, y mantiene la tenacidad necesaria para cruzar por en medio de sus sufrimientos, como se atraviesa el fuego sin dejarse abrasar por él, entonces se puede mirar hacia atrás: los dolores quedan en el pasado, pero la pasión por la vida permanece.

¡Cómo quisiera estar junto a ti, mi querido amigo, para cobijar tu experiencia con un abrazo prolongado y cariñoso! ¡Bienvenido al club de los sobrevivientes!

Tengo muchos otros amigos y amigas que han sido diagnosticados de cáncer en diversas partes del cuerpo. Parece que fuera la enfermedad de moda. Algunos de estos amigos, entrañables todos, son no creyentes. Tienes una ventaja sobre ellos: tu fe profunda y tu sentido de Misterio. Habrá momentos duros, mi querido amigo, pero estoy seguro que conservarás esa mirada capaz de descubrir la presencia de Aquél que, sin dejar de ser el totalmente Otro, estará contigo en tu cama y dejará que Sus venas sean atravesadas por tus mismas agujas. Misterio hondo es éste al que te asomas.

He dicho muchas insensateces. No me las tomes a mal: son borbotones que saltan desde mi corazón, desordenados como todos los borbotones, producto del afecto gigante que te profeso.

Espero me mantengas informado de la evolución de tus padecimientos y que te sientas apoyado por mi cariño y por mi perseverante oración. A partir de hoy y más que nunca, tu nombre estará siempre en mis labios en la Eucaristía, con la asiduidad con la que pronuncio otros nombres, pero con una estimación infinitamente superior. Vos sos un guerrero, y la vida te presenta la oportunidad de dar una gloriosa batalla. Siénteme, por favor, siempre a tu lado.

Va un abrazo de esos que ‘desfacen entuertos’ y atraviesan con su afecto hasta las junturas y las médulas.

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2 Responses

  1. Fidel Aarón May Iuit dice:

    «A partir de hoy y más que nunca, tu nombre estará siempre en mis labios en la Eucaristía»

  2. Anónimo dice:

    No se trata sólo de que se haya acercado a personas con ideologías singulares. Se ha acercado con sus palabras a gente, como quien ahora escribe, que nunca ha sido cercana a la iglesia. Reducido es decir que sólo han sido sus palabras. Ha sido su ejemplo, su imagen, su postura, su coherencia, sus ideas, sus oídos, incluso cierta dulzura involuntaria que se expresa en cada ángulo de su rostro. Ha sido la confección entera de su persona la que nos ha hablado, o al menos que me ha hablado a mi. Ha dicho cosas sin decirlas que me han hecho sentir que no estoy del todo lejos del camino de Jesús. Aún si no cumplo con cierta normatividad eclesiástica. Basta con hacer el bien, y hacerlo siempre.

    Aquí estamos los anónimos incorpóreos para que se apoye en nosotros cuando guste. Cuando sienta que le falta ese impulso para continuar su tarea. Apóyese, aunque seamos un apoyo frágil, en quienes hemos usado su imagen como ejemplo. Que sepa que estamos ahí, que existimos. Apóyese y sienta que sentimos todos juntos. Que no está sólo. Que no está solo nunca. Ni siquiera cuando sólo existan cuatro paredes, porque lo que ha construido es mucho mayor como para ser limitado.

    Repito, ya para concluir, que se ha acercado a nosotros, a las personas. Muy cerca. Es un hecho que se ha acercado. Tanto, que lo siento como un amigo, como un amigo al que hablo de tu. Gracias, Raúl, por todo.

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