Iglesia y Sociedad

Una mañana en el IMSS

8 Ene , 2013  

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-No tengo sistema.
Las dos horas de averiguaciones terminan estrellándose contra la frase que me espeta la secretaria del consultorio nueve, que chupa con fruición una paleta de chupón. El caramelo es amarillo chillante y el plástico azul fosforescente.

Son las 11.30 de la mañana. Llegué a la clínica familiar que me corresponde, la de la calle 59, por los rumbos de Pacabtún, a las 9.15 de la mañana. El trámite se me antojaba sencillo: debo solicitar una cita con mi médico familiar. Es todo. No creo que me lleve mucho tiempo.

Después de estacionar el automóvil me dirijo presuroso al módulo que está en la entrada, cuyo letrero reza: módulo de orientación a los derechohabientes. Está vacío. Espero diez minutos y nadie aparece. Le pregunto a un muchacho que tiene gafete y me contesta que al rato viene la encargada. Pasan otros diez minutos y me doy por vencido. Ayuda a mi decisión de retirarme una misericordiosa señora que me dice que el módulo está siempre vacío, que es en vano que yo espere.

Así que me introduzco en los vericuetos del centro de atención médica. Descubro un letrero que señala “coordinación médica” y supongo que en ese lugar podrían darme alguna información. Hago la fila. Son solamente cinco personas y en el arco de unos quince minutos me toca el turno. La enfermera es muy amable: “no es éste el lugar”, me dice. “Tiene usted que ir al archivo y ahí solicitar que le digan cuál es su médico familiar para que le den el consultorio y vaya usted a agendar su cita”. Me señala que es en el segundo piso.

Me dirijo al elevador. Está echado a perder. Voy hacia las escaleras. Hago casi diez minutos en subir un piso porque, debido a la falta de elevador, varias personas ancianas y/o impedidas suben lentamente, casi impulsadas por sus acompañantes y por un encargado de seguridad privada que ha asumido que alguien tiene que hacer esa labor y se encarga de ayudar a estas personas a subir las escaleras.

Llegado al segundo piso busco un letrero que diga ‘archivo’. No lo encuentro. Doy varias vueltas por todo el piso buscándolo. El letrero no existe. Detengo a una joven que lleva gafete y le pregunto por el archivo. Se detiene en su carrera: “Si fuera animal, le picaba”, me dice sonriente. Me señala con la mano el sitio donde hay una larga cola, justo a unos metros. Sobre la ventanilla se encuentra un letrero: Servicios Técnicos. Me siento extrañamente reconfortado: no es tan sencillo, pienso para consolarme, deducir que bajo el nombre de Servicios Técnicos se encuentra el archivo.

Me pongo en la cola. Cuento a las personas que están delante de mí: son trece. Sin embargo, la fila se va moviendo con agilidad. Cuando han pasado ya 11 personas y solamente queda una delante de mí antes de llegar a la ventanilla, una señora pretende colarse. Distraído como soy, me doy cuenta de su maniobra solamente por los murmullos de desaprobación que escucho detrás de mí. Le pregunto a la señora qué hace al querer meterse delante de mí. En voz baja me contesta que ella vino ayer y no pudo hacer su trámite y que por eso pensó que podría ahorrarse la cola. Su permanencia en la fila se torna imposible cuando, desde atrás, las personas comienzan a gritarle que se ponga en la cola. Mientras la señora discute con los enfilados detrás de mí, la ventanilla queda libre y yo me deslizo sin hacer ruido.

Le pregunto al funcionario cómo le hago para tener una cita. Parece no entenderme. Me dice que para conseguir una cita no hace falta hacer esta cola, sino ir directamente al consultorio que me corresponde. Le respondo que eso es justamente lo que no sé: cuál consultorio me corresponde. Me pide mi carnet y se lo entrego. Enseguida consulta en la computadora y me dice que me corresponde el consultorio número 9 en horario matutino. Me indica que puedo ir inmediatamente a solicitar mi cita. Cuando me retiro para dirigirme a la ventanilla que sigue, todavía discute a gritos la señora que no logró colarse y se ha puesto ya, furiosa, al final de la cola.

Es entonces que llego a la ventanilla del consultorio número nueve, con la señorita que tiene la paleta de chupón: el caramelo amarillo chillante y el plástico azul fosforescente. Le pregunto cuándo puedo tener una cita. Su respuesta es, lo he dicho ya, “no tengo sistema”. Me siento desarmado. Después de hora y media de colas y trámites no sé bien qué debo contestar. Respiro hondo. Le pregunto qué es lo que corresponde entonces que yo haga. “Ya le dije que no tengo sistema”, me repite inconmovible. “De todas maneras, no hay citas en el mes de enero, tiene usted que esperarse hasta febrero”.

Intento entonces explicarle que tengo diagnóstico de cáncer. Que es necesario que el médico familiar me dé un pase para el especialista en oncología. Que supongo que en este tipo de enfermedades no se puede esperar tanto tiempo.

“Ah, bueno”, me contesta, “hubiera usted empezando por ahí. Entonces corresponde que haga usted lo que hace toda la gente”. ¿Y qué hace toda la gente?, le digo yo con un esfuerzo de cara compungida. “Venga usted a las 7.30 de la mañana, que es la hora en que comienzo a recoger los carnés de las personas que van a consultar ese día. Yo le tomo su carnet y usted me dice que no tiene cita, pero que solamente consultará porque necesita un pase a especialista. Yo le pongo en la lista y regresa usted a las 9.30, que es la hora en que llega el doctor. Cuando le toque su turno, pasa”. Le pregunto si no puedo quedarme ahora, dado que veo solamente a tres personas sentadas esperando y son todavía las 11.30. Me dice que no. Que a las 7.30 se recogieron los carnés de las personas sin cita, y que tendré que hacer ese proceso el día que yo decida consultar.

Salgo y me dirijo al coche. Descubro, incómodo, que estoy contento. No he tardado tanto y he resuelto en detalle lo que haré el día que quiera tener la cita. En un país en que un trámite mínimo puede llevarte siete u ocho horas, más la costumbre –si es en procuración o administración de justicia– de “aceitar” la máquina con sobornos, de esos que llamamos mordidas, haber tardado poco más de tres horas y sin ningún incidente realmente desagradable, me resulta una buena cosa. Hasta la empleada de la paleta chupón termina resultándome un espécimen simpático. Sentado ya tras el volante de mi automóvil me quedo pensando si no estaré ya quedando viejo.

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One Response

  1. Anónimo dice:

    Quizás no tenga tanta importancia, pero valga el dato para el futuro: Creo que la mejor manera para obtener cita en el IMSS es llamar al 01800 681 25 25.

    Saludos.

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