Iglesia y Sociedad

Los 50 años del Concilio Vaticano II

15 Ene , 2013  

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Con el Año de la Fe la iglesia católica tiene la intención de conmemorar los 50 años de la inauguración del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962.

Gran acontecimiento el del Vaticano II. En una etapa crucial de la historia reciente, marcada por un profundo cambio de época, la iglesia se planteó con honestidad y humildad la necesidad de entrar en un proceso de renovación que le permitiera ponerse al día (aggiornamento, se le llamó en italiano) y dar, desde una vuelta a las raíces mismas del evangelio, respuestas nuevas a las nuevas circunstancias por las que atravesaba el planeta.

Anunciado desde el 25 de enero de 1959 por el Papa Juan XXIII, el Concilio se convertiría en un crisol en el que confluirían las diversas tendencias eclesiales. Bajo los reclamos de una apertura ecuménica, de una vuelta a los orígenes, de una nueva valoración de la Biblia y una nueva expresión de la fe cristiana en una liturgia renovada, más de 2,000 padres conciliares, venidos de todas las latitudes del planeta, se reunieron en prolongadas sesiones de cerca de tres meses, durante cuatro años seguidos (1962-1965), hasta dar a luz y votar mayoritariamente los 16 documentos que constituyen el legado final de un esfuerzo de renovación que todavía sigue alimentando a muchas comunidades eclesiales.

La lectura de los textos conciliares, a 50 años de distancia, podría decepcionar a algunos. Hay un espíritu extremadamente positivo en la consideración de los cambios por los que el mundo estaba pasando. Muy en la línea de los años sesentas, una mayoría de los Padres conciliares compartía una visión casi idílica del progreso. Las tendencias conservadoras, que también tuvieron su espacio en el Concilio, aferradas a esquemas inoperantes y caducos de expresión y transmisión de la fe, veían –en el otro extremo interpretativo– los cambios sociales no como oportunidades de renovación, sino como muestras del poder demoníaco en el mundo. Entre estas dos opciones hermenéuticas fueron construyéndose los consensos fundamentales que después quedaron plasmados en los documentos aprobados.

Afortunadamente, los vientos de renovación le hicieron espacio al Espíritu y los documentos conciliares, fruto de arduas discusiones y exhaustivas revisiones, terminaron por imponer un nuevo clima que muy pronto tuvo impactos dentro y fuera de la iglesia. La vitalidad de la iglesia latinoamericana postconciliar, por poner solo un ejemplo paradigmático, sería inconcebible sin esos 16 mesurados documentos que crearon un espíritu de apertura que permitió grandes cambios. Y lo mismos puede decirse de los otros continentes.

El mundo no ha dejado de caminar desde entonces. Los retos de nuestros tiempos se antojan de mayores dimensiones que aquellos de la época conciliar. El derrumbe de los sistemas autoritarios, la idolatría de la economía, el deterioro del ecosistema, la crisis de la democracia formal, el consumo como medida de la felicidad, el escándalo de las desigualdades, convierten estas épocas en un momento de crisis que necesitaría otro esfuerzo eclesial de iguales magnitudes. Hay, de hecho, tendencias eclesiales que propugnan por un nuevo Concilio o que enfatizan la dimensión conciliarista que debería privar en una iglesia que, muy pronto, parece haber regresado a sus esquemas autoritarios preconciliares. La ciencia, por su parte, nos ha enfrentado con sus prodigiosos adelantos a un nuevo panorama que cimbra algunas de las tradiciones mantenidas como eternas e inamovibles y que se resquebrajan sin pedirnos permiso.

Celebro que el Año de la Fe signifique una nueva lectura (relectura, a pesar de que el término sea hoy teológicamente incorrecto) de los textos conciliares. Aunque detrás de la recomendación de “volver a la letra del Concilio” me parece vislumbrar un conservadurismo que quiere poner barreras al espíritu renovador que del Concilio emergió, creo sinceramente que aun la simple letra del Concilio conserva una fuerza que puede seguir siendo ocasión de revisión sincera de nuestras prácticas eclesiales.

Creo firmemente que el Concilio significó una primavera del Espíritu para la iglesia. No soy ciego: sé perfectamente que después de los primeros quince años postconciliares el espíritu de renovación ha encontrado obstáculos mayores, algunos –lamentablemente– provenientes de las más altas instancias de gobierno eclesiástico. Por eso me alegra que volvamos a los documentos del Concilio, que regresemos a estudiar y recordar la manera como los documentos se gestaron, las corrientes que se enfrentaron, la discusión sobre los esquemas previos de los documentos, los avances y los pactos, las votaciones mayoritarias y minoritarias, porque solamente así regresaremos a la precaria condición, que precisa de humildad y sabiduría, con que se lograron los consensos fundamentales en aquella época y encontraremos luces para construir los que ahora necesitamos.

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2 Responses

  1. Melanie Ojeda Dix dice:

    es bien largo eso

  2. Raúl Ibáñez Martínez dice:

    El espíritu del «Concilio Vaticano ll» pervive en el recuerdo y la fe de muchos cristianos viejos a pesar de los pesares de la Cúpula Eclesial, que no dejarón de más que un bello recuerdo y el cambio que se hizo del ordo missae.
    ¿ Para cuando el Concilio Vaticano lll? que acabe con el perverso ordo capitalista en el que viven instalados los pastores de borregos, que en su rebaño ya no quedan ovejas.

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