Iglesia y Sociedad

¿Pecadoras o Víctimas? Pastoral y Trabajo Sexual

23 Abr , 2013  

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Servidoras del sexo… ¿una opción?

“Y era un pajarillo de blancas alas, / de balcón en balcón, de rama en rama / vendedora de amor, ofrecedora, / para el mejor postor, de su tonada”. Así decía la canción que hace muchos años hiciera popular el cantautor Napoleón y que trataba uno de los temas más populares en la canción popular mexicana: las prostitutas. Desde aquella mujer de quien habla la canción “Mujer de Cabaret”, hasta el travesti engañador de “Gavilán o Paloma”, los y las trabajadoras del sexo han formado siempre parte del imaginario mexicano.

¿Puede alguien, haciendo uso de su libre albedrío, dedicarse por propia voluntad al oficio de vender placer? Es posible. Rius comentaba (aunque después de la caída del muro de Berlín casi todos dejaron de creerle) que en su viaje a Rusia, en los mejores tiempos de la Unión Soviética y su planificación central, se había encontrado con trabajadoras sexuales en el hotel donde se hospedó y que él podía atestiguar que tenían lo suficiente para llevar una vida digna. Así que, según Rius, ellas eran trabajadoras sexuales así, por simple gusto.

Pero, sin duda, en nuestro ambiente esos son casos rarísimos. Regularmente las trabajadoras sexuales son víctimas desde todos los ángulos: víctimas de la pobreza, del régimen patriarcal, del machismo, de la corrupción, de la violencia… hasta del amor. Víctimas porque, muchas veces, no tuvieron otra oportunidad en la vida. Víctimas porque tienen bocas que mantener, porque tienen que comprar la protección de los agentes del orden, porque entregaron el corazón a un hombre que después se dedicó a explotarlas. Víctimas porque saben que la sociedad no tiene para ellas más que desprecios.

Aprendiendo humanidad

Mi madre tenía una tienda de esquina, en aquellos dorados tiempos en que los supermercados eran contados y en las zonas populares todo mundo se abastecía de lo que necesitaba en el estanquillo más cercano. Tenía mi madre, además, un curioso sistema de crédito: los vecinos podían pedir en la tienda lo que quisieran, siempre que el fin de semana saldaran su cuenta puntualmente. Lo de puntualmente, como se imaginarán, era la batalla continua de mi madre, mujer de corazón misericordioso. Pues bien, a cuadra y media de la casa vivía Doña Melba. Yo la conocía porque pasaba frente a su casa todos los días para ir a la escuela. Doña Melba trabajaba en la zona de tolerancia que, en aquellas épocas, estaba situada en la calle 66 sur. Tenía una hija, enferma de una rara enfermedad cuyo nombre me estremecía: síndrome exoftálmico. Doña Melba, como todas las vecinas, compraba en la tienda de mi mamá. Yo miraba y saludaba a doña Melba todos los días y me parecía siempre delgada, pálida y ojerosa. Ha de ser porque la veía cuando ella salía de compras, antes de las siete de la mañana. Un día que no tuve clases mi madre me levantó temprano para que la ayudara en la tienda. A las 7.15 vi entrar a Doña Melba que iba a comprar el desayuno para ella y su hija: medio litro de leche y algunas galletas. Cuando terminó le dijo con voz apenas audible a mi madre: “Doña Soco, me lo apunta en mi cuenta, por favor…” Mi madre le contestó: “claro que sí, doña Melba, que pase un buen día y le da un beso a su hijita”.

Cuando vi que mi madre no apuntó nada en su libreta de deudores, le pregunté qué pasaba. Mi madre solamente dijo: “Doña Melba tiene un trabajo muy duro y no le alcanza para la enfermedad de su hija, así que hemos hecho un pacto sin palabras: ella lleva la mercancía y yo le anoto su deuda en una cuenta imaginaria. Así, su pago semanal es también imaginario. Cuando inicia la semana, comenzamos de nuevo”. “Pero… ¿y el dinero?”, pregunté yo. “Ah, eso es lo menos importante… ya crecerás y sabrás quién es doña Melba y todos los sacrificios que hace para sostener a su hijita…” Nunca mi madre me pareció tan enorme.

La iglesia y el trabajo sexual

No es casual que el trabajo sexual sea conocido como el oficio más antiguo del mundo. Ya en los albores de la historia de Israel, la Biblia conserva con afecto la memoria de Rahab (Jos 2) porque ofreció un servicio invaluable a los espías hebreos y recibió de ellos respeto y reconocimiento a pesar de ser extranjera y pagana. El recuerdo de Rahab es tan fuerte que la Carta de Santiago, en el Nuevo Testamento, insiste en ponerla de ejemplo de quien fue salvada por la obra de misericordia que realizó (St 2,24-26).

Este mensaje veterotestamentario hubiera bastado para que los lectores comprendiéramos que el juicio de Dios sobre las trabajadoras sexuales atiende a cosas mucho más importantes que el ejercicio de su oficio. Pero, por si eso no hubiera sido suficiente, la revelación de Jesús termina por aclararnos el panorama, no solamente porque el Maestro de Nazaret afirma que “las prostitutas se nos adelantarán en el Reino de los Cielos” (Mt 21,31), sino porque el relato de san Lucas nos ha mostrado el incondicional amor de Jesús por estas mujeres en el hermoso pasaje en que Jesús afirma, frente a una pecadora pública: “sus numerosos pecados le quedan perdonados porque ha amado mucho” (Lc 7,47).

Evangelizar el mundo que rodea el trabajo sexual no es empresa fácil. Desde hace muchos años ha habido en la iglesia iniciativas de trabajo pastoral con quienes viven del servicio sexual, pero no siempre han sido comprendidas y apoyadas. Y es que este tipo de trabajo requiere una gran dosis de sensibilidad y capacidad de empatía. Nada más doloroso que recibir un juicio en vez de una acogida, una reprensión en vez de dos brazos incondicionalmente abiertos. En la iglesia tendríamos que aprender más de Jesús, de su misericordia a toda prueba, de su empatía con los débiles y marginados.

Trabajar con las servidoras sexuales en una sociedad machista significará, muchas veces, empujar para romper el círculo de la violencia, ofrecer oportunidades de trabajo digno y bien remunerado, denunciar la cadena de la corrupción que corroe las instituciones que, en lugar de velar por el orden público se hacen cómplices del abuso, señalar a los explotadores, pero también, y sobre todo, acoger con cariño a las víctimas, llorar junto con las trabajadoras sexuales y participar de sus dolores, alegrarse de sus triunfos y ofrecerles la certeza del amor que Dios les tiene, abriéndoles una puerta a la Trascendencia que pueda dar un sentido nuevo a sus vidas. Conozco a muchas personas que, movidas por su fe, hacen este trabajo callado e incomprendido. Ojalá fueran más quienes se empeñasen en la humanización del mundo y en la dignificación de las trabajadoras sexuales.

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5 Responses

  1. BUENA REFLEXION GRACIAS POR COMAPRTIR

  2. Gina Marrufo Corrales dice:

    Hermosa reflexión, lástima que no sea compartida por el clero en general sino por algunas personas en particular dentro del clero….

  3. Buenas reflexiones Jorge. saludos

  4. ¿Ucántas verdades hay en estas palabras! Con la falacia de que Dios odia al pecado pero ama al pecador, cuánta discriminación y falta de caridad hay en las iglesias. Ahora lo mismo se le puede aplicar a las comunidades LGBT que son vistas con muy poco amor por las iglesias, pero que también son hijos e hijas de Dios.

  5. Raúl Ibáñez Martínez dice:

    Las prostitutas os precederán en el Reino de los cielos». Porque joder, ¡joder!, lo que se dice JODER es hacer daño al prójimo.
    La doble moral social, demoniza a plena luz del día a las trabajadoras del sexo a las que los sodomitas mentales abrazan por la noche.
    ¿Que trabajador no se ha sentido sodomizado alguna vez en su vida?. Que se lo pregunten a los 6.200.000 parados, a los desahuciados de sus viviendas, a los robados por las cajas de ahorros con las preferentes, todo ello con las bendiciones de los democristianos del gobierno y el silencio cómplice del cooptador e inmatriculador presidente de la Conferencia Episcopal Española cardenal Rouco Varela al que repugna el olor a oveja por mucho que lo recomiende el buen Papa Francisco.

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