Iglesia y Sociedad

Tercera estación: Roma

30 Sep , 2014  

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Nunca me había puesto a pensar por qué Roma es conocida como la ciudad “eterna”. Ahora entiendo que es, quizá, porque todo permanece igual, como estancado, como detenido en el tiempo. Roma siempre llena de turistas, Roma con un tráfico caótico que haría enloquecer al más diestro de los automovilistas, Roma con sus adolescentes encantadoramente fachosos y ruidosos, Roma con sus gatos, Roma con sus imperdibles basílicas, con su algarabía cotidiana. Roma, suavemente asentada a las orillas del río Tíber, Roma llena de curas y monjas, plena de luz por los cuatro costados. Roma, siempre la misma y siempre renovada, con sus viejos edificios recientemente restaurados y sus servicios públicos, como siempre, dejando mucho qué desear, Roma con sus inesperadas huelgas laborales y sus manifestaciones contra el exterminio de los kurdos (si se es de izquierda) o a favor de un mayor control migratorio (si se es de derecha), con sus carteles de propaganda siempre innovadores –“No queremos morir de hospitalidad” reza el xenofóbico cartel contra la inmigración africana– y con su deliciosa e inimitable cocina casera.

Y en medio de todo este conjunto, emerge El Vaticano, la basílica de san Pedro y su milagro arquitectónico, el Estado más singular que haya existido sobre el orbe terráqueo. La figura del Papa Francisco, que tanta esperanza ha despertado en todas las iglesias locales, es también aquí, en su iglesia diocesana, amado y valorado. Un Papa, a decir de un amigo italiano no creyente al que he reencontrado después de muchos años, que constituye “un parteaguas en la iglesia”.

El viaje a Roma es siempre una peregrinación. Como a la Meca se dirigen los musulmanes, así millones de católicos se desplazan cada año a visitar la tumba de san Pedro. Todas las lenguas pueden escucharse cuando uno camina sobre la Vía de la Conciliación, la hermosa avenida que culmina en la miguelangelesca Plaza de san Pedro. La visita a las cuatro basílicas es obligada: san Pedro, para escuchar el miércoles la catequesis de Francisco o rezar con él el Ángelus al mediodía del domingo, subir a la cúpula o hacer cada quien su personal devoción (como, en mi caso, rezar ante la tumba del Papa Pablo VI y musitar, deteniéndome de corazón en cada palabra, el texto del credo niceno-constantinopolitano mientras se yace de rodillas ante el sepulcro de san Pedro); después san Juan de Letrán, la catedral del Papa, Santa María la Mayor y, finalmente, la más distante, la hermosa basílica de san Pablo fuera de las murallas.

En el camino entre una y otra piadosa visita, los lugares imperdibles: la iglesia de san Pedro en cadenas, para admirar una vez más la escultura del Moisés de Miguel Ángel y decirle otra vez: “¡habla!”; la iglesia de santa María de la Victoria para solazarse en la contemplación de santa Teresa en el momento justo de su iluminación, cuando un ángel le traspasa el corazón con una lanza de fuego y la deja transida de gozo; el Coliseo, actualmente en restauración, donde puede todavía sentirse el aroma de la sangre de los mártires… y tantos otros lugares turísticos –el Pantheon, la fuente de Trevi, la Plaza de España– pretexto perfecto para entrenarse en el novedoso arte de las “selfies”, hoy tan en boga.

En mi caso, Roma ha sido también el lugar de entrañables encuentro: algunas familias que he vuelto a ver después de muchos años (Tavano, Vecchio, Capogna…), la casa general de la congregación de Jesús María, a la que me une un afecto singular y agradecido, el encuentro con algunos de los seminaristas y sacerdotes yucatecos que ahora estudian en Roma, la visita a mi antigua Alma Máter, el Pontificio Instituto Bíblico y la renovación de mi pertenencia a la Asociación de ex Alumnos… todos ellos reencuentros que me han sacudido la memoria y removido las entrañas.

Y, luego, la otra Roma, no tan invisible como para no notarla: la Roma de la falta de civilidad y el desorden en la recolección de basura (aunque en Mérida no estamos mucho mejor), la Roma que es un gigantesco estacionamiento público para miles de diminutos automóviles que se apiñan sobre las aceras y/o los pasos peatonales, la Roma del uso de los medios públicos de transporte siempre a la defensa en contra de los potenciales carteristas, la Roma de –en estos tiempos de crisis agónica del capitalismo occidental– los pordioseros que se multiplican en las calles.

Roma, la eterna, la católica, la politizada, la turística, la del Papa, la de las amistades que no reconocen de tiempo ni distancias. No he puesto todavía el pie en la escalerilla del avión y ya quiero regresar.

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One Response

  1. Luis Reyes Ceja dice:

    Sólo mi padrino podría reescribir Roma de esa manera, la Roma de nuestros años de estudiantes, la Roma de nuestras veladas bohemias, la Roma de nuestros spaghettis acompañados de vino tinto, la Roma de nuestro despertar a la verdadera vida. Gracias

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