Iglesia y Sociedad

La libertad de ofender

9 Ene , 2015  

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Saïd y Chérif Kouachi han sido detenidos en una población del norte de Francia, acusados de ser los perpetradores de uno de los atentados más estremecedores de los últimos tiempos: extremistas islámicos entraron a las oficinas de la redacción del semanario Charlie Hebdo en París y desataron una ráfaga de balas de fusiles AK47 asesinando a diez caricaturistas y a dos policías. Doce víctimas de una acción extremista, injustificada e injustificable.

El 20 de septiembre de 2012 la revista había publicado una serie de caricaturas sobre el profeta Mahoma. Las caricaturas estaban relacionadas con las protestas que se habían suscitado en varios países de mayoría musulmana a raíz de la exhibición de una película norteamericana titulada “La inocencia de los musulmanes” que, en opinión de algunos practicantes de dicha religión, ofendía gravemente la figura del profeta. Ya en el año 2005 había ocurrido algo semejante en Dinamarca, con la publicación de caricaturas sobre el profeta en la revista Jyllands-Posten.

Ahora, dos años después de la publicación de las caricaturas en el Charlie Hebdo, los fundamentalistas islámicos cometieron el atentado que ha enlutado a 12 familias y ha conmocionado al mundo entero. La policía francesa, sin necesidad de hacer fiscalías especiales, ha realizado una pronta investigación y ha detenido ya a algunos presuntos responsables que, confiamos, serán enjuiciados de acuerdo a la ley y serán sancionados en caso de ser encontrados culpables. Ya quisiéramos esa prontitud y esa confianza social en la actuación de la policía en cualquiera de las muchas masacres que han ocurrido en nuestro país en los últimos años.

Pero vayamos al punto. El horrendo asesinato de los caricaturistas ha puesto de nuevo a debate la libertad de expresión y sus límites. Se trata de una discusión compleja porque toca las fibras sensibles de una fe religiosa. Hace algunos años hubo un fenómeno parecido en nuestro país, aunque sin las consecuencias criminales de París. Se presentó una exposición de artes visuales en un museo. Uno de los cuadros hacía mofa de la Virgen de Guadalupe, a la que, sin mal no recuerdo, se le representaba con un balón de fútbol en el lugar de su rostro. Hubo grupos que amenazaron con irrumpir en la exhibición para destruir los cuadros.

Otro ángulo de la discusión, aunque no tenga ribetes religiosos, es la pretensión de ciertas izquierdas de poner límites a la libertad de expresión en razón de una política anti discriminatoria. Es lo que recientemente ha ocurrido en Uruguay, donde el Instituto Nacional de los Derechos Humanos de ese país ha hecho recomendaciones al Poder Legislativo para que “el nuevo Código Penal cumpla con las recomendaciones dirigidas a Uruguay por órganos de control de cumplimiento de las normas del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, en especial en cuanto a incorporar en el nuevo Código Penal disposiciones que tipifiquen como delito la difusión de teorías de superioridad o inferioridad racial y se prohíban las organizaciones que promuevan la discriminación racial e inciten a ella, así como la participación en sus actividades»

A propósito de esta recomendación Marcelo Marchese, un analista uruguayo, ha dicho con extraordinaria lucidez lo siguiente: El lector podría pensar que estas recomendaciones hacen muy bien pues impiden que cualquier energúmeno salga a insultar a los negros, a los judíos, a los enanos y a los homosexuales. El problema es que por este camino corremos el riesgo de, con argumentos bastante dudosos, tachar a cualquiera de energúmeno. Cuando se razona que lo mejor, para que nadie se ofenda, es prohibir a los energúmenos expresarse, se termina auspiciando que a la postre nadie se exprese, así nadie termina ofendido y todos quedamos contentos. Tal idea, la de convertirnos en unos idiotas que no nos expresemos, tiene indudablemente grandes ventajas, por ejemplo, no habría quién salga humillado u ofendido, ahora, tiene un pequeño e insignificante inconveniente, el cual es constituirse en un atentado a la libertad.

Aunque las dos aristas a las que me he referido, la religiosa y la del pensamiento políticamente correcto, son distintas, apuntan a la misma raíz: ¿debe la libertad de expresión defenderse como un bien en sí, como un derecho humano irrestricto, aunque a veces se convierta en derecho a blasfemar o derecho a burlarse de las personas? ¿O debemos, en cambio, tipificar como delito cualquier expresión que resulte ofensiva, especialmente las dirigidas a las minorías y basadas en estereotipos discriminatorios, y establecer sanciones en contra de los ofensores?

El humor, la crítica, el sarcasmo, se basan regularmente en la mofa sobre los defectos, las discapacidades o las características que hacen singular a un grupo humano. Es justamente la burla la que motiva la carcajada. Pueden pasar cien personas sobre el escenario en una representación, pero la risa estalla inevitable cuando una de ellas tropieza y se cae. El humor es así: se pueden contar por miles los chistes sobre borrachos, mujeres, judíos, homosexuales, negros, yucatecos o campechanos, polacos o gallegos. Algunos de esos chistes pueden resultar ofensivos, vulgares y de mal gusto. El problema es si debemos prohibir que esos chistes sean dichos en público y llevar a la cárcel a quienes los cuenten.

Una caricatura sobre la Virgen de Guadalupe o sobre el profeta Mahoma pueden resultar ofensivas, hasta blasfemas… pero ¿deben ser catalogadas como delito? La igualdad de género y la dignidad de las personas homosexuales son importantísimas, pero ¿debe por eso prohibirse los chistes sobre mujeres y gays?

Yo pienso que los prejuicios deben combatirse. Pienso que un Estado laico y democrático debe ofrecer elementos para que tales prejuicios desaparezcan. Pienso también, sin embargo, que la prohibición de la expresión del pensamiento no es una manera legítima ni efectiva para lograr la desaparición de los prejuicios. El humor no suele ser políticamente correcto y es un arma de subversión desde el tiempo en el que existían los bufones en las cortes reales. La libertad de expresión debe ser salvaguardada aun a riesgo de que se convierta en libertad para blasfemar u ofender. Si aceptáramos alguna limitación en esta materia ¿quién sería el limitador? ¿bajo qué parámetros limitaría? Limitar la libertad de expresión ha sido siempre una puerta abierta al pensamiento único, y con él se abre paso el autoritarismo. Y el autoritarismo termina por construir inquisiciones. Y las inquisiciones, cualquiera que sea su signo, son instrumentos de muerte, no de vida.

La promoción del pensamiento único supone que las personas son estúpidas y necesitan ser reguladas en lo que piensan y creen. Es la tentación de todas las religiones e ideologías. Se olvidan de que el libre juego de las ideas es la única manera que existe para que las personas podamos sopesarlas, ponerlas a prueba y tomar nuestras decisiones. Por eso la respuesta de los caricaturistas de todo el mundo me parece impecable: hacer más y más cartones satíricos. Prueba de que las balas, vengan de cualquier religión o ideología, no logran matar la libertad de pensamiento y de expresión.

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One Response

  1. Julián Dzul Nah dice:

    «En caso de que algún contenido o artículo de este sitio ofenda o de alguna manera afecte a una persona u organización en específico, estamos en toda la disposición de eliminarlo del sitio.» Esta es parte del aviso legal que el diario satírico virtual «El Deforma» —tan genial y tan famoso— tiene en su página.
    Así lo hicieron hace algunos meses cuando, al calor del evento Ayotzinapa, publicaron una nota en la que bromeaban sobre las desapariciones de los normalistas (bastante divertida, por cierto; yo la disfruté). Algún adherente a la causa señaló que «no debían hacer burla de ello». El Deforma bajó la información y ofreció disculpas.
    Lo ocurrido en las instalaciones de Charlie Hebdo desató toda serie de reflexiones en torno a la libertad de expresión. Puso nuevamente el tema sobre la mesa. Y el tema es más polémico aún en cuanto hay un asunto religioso de por medio. Incluso buscando un «sano equilibrio» en la diversidad y relatividad cultural e ideológica, calificar qué es una acción extremista y cuáles son los límites de la libertad —en particular, aquella de expresarse— se torna difícil, surgiendo las posturas más dispares en debate. Yo mismo señalé en mi cuenta de Feisbuc que ojalá y muchos se indignaran igual si algún día explotasen las instalaciones editoriales de «La Atalaya» y «¡Despertad!».
    ¿Cuáles son los límites de la expresión? Por querer limitarla se forjan autoritarismos que forjan inquisiciones, dice la columna. Y vaya que un tribunal inquisidor le cortó la cabeza al payaso Platanito cuando lanzó alguna vez un chiste sobre las víctimas de la guardería ABC.
    Me parece que una de las múltiples facetas no sólo del humorismo, sino de la expresión en general, es aquella que pone en evidencia las contradicciones de aquello de lo que se mofa o habla. Y vaya que hay muchas. Conozco gente que abanderando la libertad de expresión, promueven los periodismos audaces jactándose de «alimentar el espíritu crítico», ¡pero cuidadito y alguien ponga en duda la palabra de Aristegui! Tildarían de hereje a quien se oponga a sus noticias.

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