Iglesia y Sociedad

LOS CRISTIANOS Y EL NEOLIBERALISMO

15 Nov , 1993  

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Muchos países de América Latina están pasando por el mismo proceso que se lleva a cabo en Méjico: el proceso, llamado eufemísticamente, de «modernización». Quienes todos los días escuchamos la radio o leemos la prensa, nos hemos acostumbrado a los titulares que proclaman la recuperación económica, la salida de la crisis, el despunte de las finanzas nacionales. Por momentos, llegamos hasta a creer que sólo es cuestión de tiempo para que el bienestar llegue a las mesas de los más pobres, y la mejoría económica se refleje en la canasta básica real a la que tiene acceso el ciudadano común y corriente.
Pero todo ese teatro bien armado se cae cuando nos enteramos que, en una reciente investigación de la UNAM, se ha descubierto que 33 familias poseen más del 27% del producto interno bruto, lo que quiere decir, en palabras menos complicadas, que menos de 40 familias acaparan más de la cuarta parte de la riqueza nacional. Y esto en un país de más de 80 millones de habitantes.
Esta tendencia a la concentración de la riqueza se ha producido en el actual sexenio. No nos engañemos: modernización ha significado entre nosotros favorecer la acumulación de la riqueza en pocas manos. Esto, y no otra cosa, han producido los seis años de gobierno que están por expirar.
Muy graves son los desafíos que esperan al próximo presidente de la república. Desde hace mucho tiempo, en El Salvador, se habla de la concentración de la propiedad de la tierra en manos de doce familias. Esta concentración dio lugar a una guerra civil de más de 11 años, que ha arrojado un saldo de más de 70 000 muertos. Esta violencia no ha terminado: mañana se cumplen 4 años del artero asesinato de 6 sacerdotes jesuitas y dos empleadas domésticas de la Universidad Centroamericana «Simeón Cañas» en San Salvador, y todavía nos siguen llegando noticias de la actividad de los escuadrones de la muerte. Ojalá en Méjico, aprendamos la lección de toda la violencia que puede desatarse por la imposición de un programa económico que estrangula las posibilidades de vida digna de la población.
No cabe duda que tienen razón los cristianos del Ecuador, agrupados en el Comité Nacional Permanente Mons. Leonidas Proaño, cuando afirman: «Consideramos que el neoliberalismo es la implementación extrema del capitalismo transnacional: el mundo entero convertido en un mercado al servicio del capital: el gran capital convertido en dios, frío y calculador, devorador de viudas y huérfanos…
«El neoliberalismo es marginación creciente de las grandes mayorías que sobramos. Para el pueblo, hay prohibición de vivir dignamente; para los niños, hay negación de ser atendidos por la red comunitaria; para los ancianos, recorte de prestaciones en la seguridad social; para los trabajadores, sueldos de hambre y despidos masivos… y por otro lado incremento de sueldos millonarios para los gobernantes.
«El neoliberalismo es una idolatría de muerte que genera muerte, es pecado social que genera pecado social. De ninguna manera podemos resignarnos a su ética de lobos; por eso optamos por sobrevivir dentro de este sistema como en el exilio, en estado de profecía permanente, denunciando los abusos y anunciando la liberación, con el claro compromiso de NO ACOMODARNOS A ESTE MUNDO por amor a la libertad y a la vida. Asumimos así la proclamación de María, mujer de Dios y del pueblo, en la necesidad de «colmar de pan a los hambrientos y a los ricos despedir vacíos…»
Un manifiesto ecuatoriano, pero una realidad continental. La carta podría haber sido firmada por cristianos de Méjico, y no resultaría desfasada de la realidad.
Muy graves desafíos tendrá que enfrentar el próximo presidente de la república: revertir la dinámica de concentración de la riqueza para distribuirla más equitativamente y abrir las puertas a la democracia tantas veces esperada, son solamente algunas de las citas ineludibles del futuro mandatario. No sé quién pueda ser la persona que dé la talla para una empresa de este tamaño. Lo que sí sé, es que el partido de Estado tiene que ponerse a reflexionar, muy, muy seriamente, en que por primera vez, en 1994, hay la posibilidad real de que la presidencia de la república no sea ganada necesariamente por su candidato.

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