Iglesia y Sociedad

¿DE QUE SE RIE…?

9 Ago , 1993  

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1. Se llama Calixto y su educación formal no llegará nunca más allá de la secundaria. Tiene una brillante inteligencia, habilidad para las lenguas (no sólo habla maya y castellano, sino que ya construye frases en inglés), y una sonrisa que nunca desaparece de sus labios. Su padre era henequenero y la liquidación se les acabó más pronto de lo que pensaban. Ya no acompaña a su papá a cortar pencas, porque ya no les resulta cultivar henequén. En la casa no hay medios para que pueda realizar su sueño de estudiar turismo, así que tendrá que irse de la hacienda hasta Can Cun para trabajar de peón de albañil. Cuando me lo cuenta, la sonrisa no se apaga, aunque los ojos le brillen.
2. Felipe quiere casarse, pero todavía no logra juntar lo suficiente. Sólo el padrecito, en la iglesia de su pueblo, va a cobrarle 300 nuevos pesos y -como están las cosas- eso es mucho dinero. No entiende por qué una Misa cuesta tanto. El me lo comenta con ingenuidad y a mí se me cae la cara de vergüenza.

Podría mencionar decenas de casos parecidos: Calixto y Felipe son solamente dos gotas de agua en un mar de problemas económicos por los que pasa el campesino. A este mar de problemas contribuye una sociedad hecha a la medida de los poderosos, diseñada para producir pobres y reproducir esquemas de dominación, y contribuye también una iglesia que olvida sus raíces, que coloca las alcancías antes que la conciencia, que se aleja de aquellos en quienes debiera encontrar su razón de ser: los pobres.
La mención de estos casos se debe a algunos comentarios que el autor de esta columna ha recibido últimamente, especialmente de algunos hermanos presbíteros. Con sincera preocupación me han señalado que mis artículos son poco optimistas, que tienen miedo de que el contacto con la realidad me amargue el alma, que notan en mis escritos cierto resentimiento.
Yo les contesto que es solamente gracias al optimismo irremediable de la gente sencilla y a su terca persistencia, a esa tenacidad que los ha mantenido vivos a pesar de todo durante 500 años, es que se puede sobrevivir en el campo yucateco. Que algo deben haberme contagiado para que yo continúe, en esta sociedad y en esta iglesia, tratando de aportar lo que puedo en la transformación de las cosas, a veces desde la serenidad de espíritu y a veces -es cierto- desde la rabia.
Esto me recuerda una hermosa canción cuya letra inventó el poeta Mario Benedetti en una circunstancia muy particular: al abrir un día el periódico se encontró la fotografía del dictador en turno riendo a mandíbula batiente. Conocedor Benedetti del sufrimiento cotidiano de las gentes de su país, sintió esa risa como una bofetada, y se ensañó contra el dictador componiéndole una canción llena de belleza e ironía, en la que -después de enumerar algunas de las atrocidades que ocurrían en su patria- le preguntaba al dictador: «Señor Ministro… ¿de qué se ríe?»
Benedetti compuso también hermosos poemas de amor y desamor. Describió con hermosas palabras el crepúsculo y le cantó al milagro de la vida en pareja. Pero no dejó por ello de pasmarnos con la fiera ternura del poema Hombre preso que mira a su hijo: «Todas estas llagas, hinchazones y heridas / que tus ojos redondos miran hipnotizados / son durísimos golpes, son botas en la cara, / demasiado dolor para que te lo oculte, / demasiado suplicio para que se me borre». Le agradecemos mucho a Mario Benedetti sus poemas de amor, pero le agradecemos más que no haya escrito solamente dulces poemas de amor.
No soy un pesimista. Todos los días encuentro en mi contacto con la gente razones para creer y esperar. Pero no puedo cerrar los ojos y construirme un mundo de fantasía: eso no es optimismo, sino simple evasión culpable de la realidad. Porque en nuestro estado y en nuestra iglesia, muchas, muchas cosas de qué reírse, no me parece que haya. Digo yo.

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