Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

BIENAVENTURANZAS NAVIDEÑAS

27 Dic , 1993  

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Hace unos días recibí una hermosísima felicitación de navidad. Junto a la fotografía de un niño indígena recién nacido, deslumbraba un texto del profeta Zacarías: «Todavía te queda algo que anunciar: Yo te aseguro -dice el Señor- que en mi pueblo habrá abundancia de todo» (Zac 1,17).
Ha sido éste un año cargado de pesares. Como los pastores de las cercanías de Belén, también nosotros hemos trabajado toda la noche y nos parece que no amaneciera nunca. Como ellos, recibimos de repente la visita de los ángeles y el anuncio del Dios que se hace niño indefenso. Y nos acercamos con sigilo a la cuna de la ternura para encontrar en ella a la esperanza recién nacida.
¡Cuánta falta nos hace la esperanza! ¡Qué secos son sin ella nuestros días y qué árido nuestro camino! No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes, pero hay noches en que he sentido el cansancio del mundo en mis espaldas, noches en que he apretado los dientes por la rabia y en las que he conocido la impotencia. Por eso me hace falta la esperanza, por eso quiero que el Dios débil del pesebre vuelva a nacer hoy y repita su anuncio de vida plena para todos.
La felicitación que recibí terminaba con un deseo navideño: «Hoy renovamos la esperanza, con la certeza de que Dios tiene la última y la única palabra: Jesús y su proyecto de Reino». Yo también quiero hoy renovar la esperanza. Creo que si los ángeles aparecieran súbitamente en Mérida volverían a proclamar bienaventurados a los hombres y mujeres de buena voluntad. Sus bienaventuranzas bien podrían ser las siguientes:

«Bienaventurados los que buscan la paz,
los que caminan en medio de la lluvia protestando,
los que llevan la frente siempre en alto,
los violentamente pacifistas: tercos para defender su dignidad.
Bienaventurados los que no se cansaron a medio camino,
los que en Umán lograron castigo para el culpable,
los que en Valladolid se organizaron,
los que en Catmís no cejan en sus luchas,
los maestros que aún gritan en la Plaza,
los que se duelen con el dolor de sus hermanos.
Bienaventurados los que luchan por la unidad,
los que no prohíben a sus hijos tener amigos indios,
los que por buscar mayor honestidad en la iglesia, en el estado y en el partido, son acusados de destruírlos,
lo que no confunden unidad con uniformidad
diálogo con discusión,
conflicto con división.
Bienaventurados los que defienden la amistad,
los que saben que una sola persona es una causa por la que vale morir,
los fuertes que ofrecen su hombro para el llanto ajeno,
los débiles que tienen lágrimas que compartir.
Bienaventurados los que no cierran su puerta a la esperanza,
los que, a pesar de todo, siguen firmes,
los que beben el cáliz de la rabia
y le guardan su espacio a la ternura,
los que apuestan todavía por el Reino
y desgastan su vida en realizarlo.

Estas y muchas más podrían ser las modernas bienaventuranzas navideñas, las variadas motivaciones de nuestra esperanza. A los ocho lectores de esta columna, si todavía están allí, les deseo fervientemente ser de estos bienaventurados, les anuncio de nuevo la esperanza.
Hace unos días recibí una hermosísima felicitación de navidad. Era de color verde.

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