Iglesia y Sociedad

Pedazo de pasado

12 Jul , 2009  

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La rasposa voz parecía reverberar en el ambiente cuando Humberto apagó la radio. “Cry, baby, cry” era la canción de Janis Joplin que más le gustaba. Sentía un poco de enojo por haber tenido que apagar la radio sin terminar de escucharla, pero la mirada fija de su madre, de pie frente a él con los brazos cruzados en actitud amenazante, terminó por convencerlo. Ya suficientes problemas tenía para que, además, tuviera a su mamá encima todo el día, criticando su pelo largo, sus lecturas inconvenientes, sus pantalones de mezclilla, ‘es que se paran solos, chamaco, por favor, ya cámbiate’…

Él no tenía la culpa: era justo un hijo de su tiempo. A sus trece años, amaba escuchar “Purple Haze” en la estremecedora guitarra de Jimmy Hendrix, y aunque entendía bastante poco inglés para sus trece años, porque ‘de nada sirven esos pinches cursos de inglés que se toman en las secundarias, sobre todo si te los da esa vieja de la peluca ridícula que me tocó por maestra’, Humberto se pasaba todo el día prendido a la consola que su papá comprara cerca de dos años antes: mueble pesado, de cuatro elegantes y largas patas, con capacidad hasta para cuatro discos de vinil en espera, de madera prensada pero cubierto de un brillante material que la madre pulía con un aceite especial. Pero Humberto no tenía dinero para comprar discos, y su viejo compraba solamente música de tríos… ¡qué hueva! En cambio la radio… hasta parecía tener un sonido especial en un mueble tan elegante.

La madre soltó la frase de sopetón: ‘el padre Lázaro vino a visitarte’. Humberto no preguntó más: apagó el radio y salió corriendo para el comedor, donde el sacerdote ya esperaba. Era un cura amigo de la familia. Humberto lo veía en la iglesia todos los domingos, cuando, obligado por su mamá, iba a misa de ocho de la mañana. El curita no le era antipático, se esforzaba por parecer moderno y utilizar el lenguaje de la onda, pero Humberto no entendía por qué estaba ahora en su casa. Le pareció demasiado ceremonioso cuando, sentado frente a él, el curita le clavó los ojos, ‘tu mamá dice que andas diciendo muchas babosadas… eso no me preocupa, todos los chavos de tu edad dicen babosadas… pero, ¿es cierto que le dijiste que quieres andar desnudo en tu casa y que quieres que ella también se desnude?’

Humberto casi no pudo aguantarse la risa. Un cura desesperado por la desnudez… ¿pues no Adán y Eva andaban desnudos? No tardó en tranquilizar al padrecito explicándole que todo se debía a un artículo de Carlos Baca, de la revista “México Canta”, los hippies, ya se sabía, se deslizaban de la música rock hacia las filosofías orientales… Sí, Humberto recordaba haber comentado alguna vez el asunto con su mamá. No pensó que fuera a tomarlo tan en serio.

Le aseguró al curita que no se iba a desnudar, que las locuras sobre la energía solar y la bondad de caminar bajo la lluvia sin correr para guarecerse, o el asunto que tanto le preocupaba, eso de andar desnudos, ‘justo como nuestros primeros padres en el paraíso’ (el padrecito no pudo dejar de sonreír ante la insolente ironía de Humberto), no iban en absoluto en contra de su fe católica: ‘sigo siendo la misma persona que hasta hace algunos años le ayudaba en la Misa como acólito, padre, ya no chingue y deje de hacerle caso a las neurosis de mi mamá…’

El padre Lázaro se echó una carcajada y le dio a Humberto dos palmadas en el hombro. El tiempo de la despedida pareció interminable. La radio esperaba y el programa estaba a punto de comenzar. La madre le ofreció café con galletitas al padre y Humberto tuvo que aguantarse ahí parado mientras, disimuladamente, le echaba un ojo al reloj de la pared. ‘Si este chingao cura no se va, no alcanzaré el programa de concurso entre The Beatles y Creedence’. Humberto siempre le iba a los Beatles, ‘cuestión de fidelidad a los genios de Liverpool’, pero secretamente se derretía cuando escuchaba “Born on the Bayou” de Creedence.

Sólo se perdió la primera canción del programa. Aunque en toda la cuadra no había teléfono más que en la tienda de la esquina, lo que hacía casi imposible que participara directamente en el concurso, Humberto gozaba cada llamada a favor de los Beatles como si la hubiera hecho él mismo. En el viento se respiraban aires de libertad. Todo parecía ser posible, hasta construir una ciudad en la que estuviera prohibido llevar ropa. Humberto se pasaba buena porte del día pegado a la consola escuchando música en sus programas de radio favoritos… ¿qué otra cosa podía ser más importante para un chavo de trece años en octubre de 1971?

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