Iglesia y Sociedad

Doña Tran, AMLO y el Tren Fonatur

1 Sep , 2020  

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La risa de doña Tránsita resuena como canto de chinchinbacal. Dice que en realidad su nombre es Tránsito, no Tránsita, pero que desde chica toda la familia la llama así, en femenino. Su abuela le contaba que su nombre lo agarraron de un libro viejo de oraciones que llamaba, a la Asunción de la Virgen María, Nuestra Señora del Tránsito. Que, según esto, el nombre viene de tradición vasca. Así que a doña Tránsita, que por un pelito y nacía el día de la Asunción (nació, en realidad el 16 de agosto) le pusieron ese nombre. Pero todos en el pueblo le dicen doña Tran. Y a ella le gusta.

Acaba de entrar a los 80 años, así que doña Tran conoce a Indignación prácticamente desde sus inicios. Su marido fue de los campesinos golpeados en la Plaza Grande cuando protestaban por el desmantelamiento del ejido. Eran los tiempos de la gobernadora Dulce María. Desde entonces nos conoció. Estaban bien ts’irises, nos dice, quién iba a decir que iban ustedes a tardar tanto en estos menjurjes políticos.

Cuando me avisaron que doña Tran quería verme, me imaginé cuál era la causa. Doña Tran votó por López Obrador y suele ver –no todos los días, porque a veces es muy fastidioso, me dice haciendo un mohín gracioso– las conferencias matutinas del presidente. Así que la mañanera del viernes 28 debe haberla dejado inquieta.

El fin de semana había sido, en efecto, muy agitado. En su conferencia de prensa, el presidente citó una nota de prensa en la que se acusaba a Indignación, junto con otras organizaciones de la sociedad civil que han acompañado a personas y pueblos que se oponen al tren turístico en el que AMLO está empeñado, de recibir dinero del extranjero dedicado expresamente a torpedear el proyecto estrella de su sexenio. Si doña Tran, asidua a las mañaneras, había escuchado eso, debía estar preocupada.

La risa de doña Tran cuando me recibió en su casa disipó mis temores. Ustedes tranquilos –me dijo– nosotros les conocemos. Dile a las muchachas que los mismos que votamos por el presidente sabemos también quiénes son ustedes y cuál es el trabajo que hacen. Así que no se angustien. Miren, el presidente escucha lo que quiere escuchar. Yo sigo pensando que es un hombre bueno, pero lo ganan a veces sus caprichos y sus pleitos. Porque es muy pleitista, eso ni quien se lo quite. ¡Si por eso lo elegimos, porque nunca dejó de pelearse con los ricos! Creo que lo que nadie le ha dicho –una sonrisa burlona se dibuja en su cara llena de arrugas– ni los de su partido, es que los únicos beneficiados con su tren de turistas serán los ricos con los que se peleó durante tanto tiempo.

Le cuento a doña Tran que durante el fin de semana recibimos una enorme cantidad de manifestaciones de afecto y solidaridad. Que no estamos angustiados. Que lo único que nos enoja es que el presidente y sus mañas hagan invisible la lucha de muchos pueblos. No solo los que no quieren el tren. También los pueblos que no quieren las megagranjas de cochinos, los milperos que no quieren los transgénicos, los campesinos que no quieren el glifosato, los pueblos que no quieren que otras personas vengan a decirles cómo deben vivir.

Me mira enternecida y suelta el nudo de la hamaca que pende sobre nuestras cabezas. Siéntate, me dice, quiero decirte algo. El presidente no sabe quiénes son ustedes. Perdónenlo. Lo que nosotros no le perdonamos a él es que piense que solo porque ustedes vienen a escucharnos y nos ayudan con los trámites de las leyes, es por eso que no queremos su tren o nos oponemos a sus proyectos de desarrollo. ¡Cómo si no tuviéramos cabeza propia para pensar! Con eso del desarrollo nos han chingado durante años. Ya es hora de que sepa, el presidente y toda su camarilla, que el desarrollo que nosotros queremos, nosotros lo tenemos que decidir.

Doña Tran se mece en su hamaca. ¿Te acuerdas de aquella lucha por los chamacos adolescentes que no tenían familia y a los que llevaban a la correccional que porque no tenían otro lado dónde llevarlos? Creo que fue allá por el 2001 o 2002… ¿te acuerdas cuántos años duró ese pleito que ustedes llevaron adelante? ¡Tardó como ocho años! Pero, al final, aquella señora Martel, que era el vivísimo demonio, salió derrotada. Ya también ahí les atacaba el gobierno. Pero nosotros, desde lejos, desde esta comisaría del sur, sabíamos que ustedes tenían la razón. Y terminaron ganando. Y lo mismo con don Ricardo Ucán. A veces ganan y a veces no, como con aquel señor de Oxkutzcab al que mataron los policías en la cárcel y que nunca se pudo aclarar… ¡Qué va a saber el presidente de lo que ustedes hacen si la única vez que sale con gente como nosotros es cuando le echan incienso los falsos j-menes en sus inauguraciones!

Comprendo, termina doña Tran, que los huaches estén preocupados por ustedes. Tienen razón en estarlo. Yo veo en la tele las cosas que pasan en Guerrero y en Morelos y me erizo de solo mirarlo. Si ustedes fueran de allá, esta acusación del presidente sería casi su sentencia de muerte. Por eso, sus amigos de afuera creen que aquí pueden ustedes estar en peligro. El presidente les tiró, he escuchado que digan, al foso de los leones. Pero no tengan miedo. Aquí no hay leones. Los que quieren poner la granja de cochinos en Homún tienen periódicos, pero no son matones. Además, dicen que son muy católicos, aunque yo lo dudo: en ese diario en el que les atacaron, siempre salen mujeres desnudas…

La carcajada de doña Tran estalla. Su resonancia termina por ahuyentar mis fantasmas. Me toma por los hombros y me dice: ¿Te acuerdas de aquel obispo de El Salvador, que ahora es santo, y al que tú le hacías la novena antes de que lo hicieran santo porque querías que lo conociéramos? Él dijo una vez: “con este pueblo, no cuesta trabajo ser pastor”. Bueno, pues dile a las muchachas y a los licenciados que aquí estamos nosotros, que si el presidente les sigue tirando miarda desde la televisión, que volteen a vernos a nosotros, que confiamos en ustedes. El presidente es buena gente, pero se pelea con los que no debe pelearse y no se pelea con los que sí debería… A ver qué nos dice mañana en su informe.

Cuando salí de la casa, el sol estaba ya poniéndose, en su fulgor rosáceo siempre inédito. Recordé la frase del poeta: ‘la sorpresa casi cotidiana del atardecer’. Cuando la brisa acarició mi rostro, la casa de doña Tran se perdía en el horizonte. El corazón me ardía.

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