Iglesia y Sociedad

María Magdalena: apóstol de apóstoles

15 Jul , 2021  

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Con María Magdalena ocurre una cosa muy curiosa: ya desde sus representaciones más antiguas aparece ante nosotros como la prostituta arrepentida y convertida, modelo de cambio de vida y de penitencia. Sin embargo, esta imagen tiene muy poco qué ver con lo que los evangelios nos dicen de esta mujer que tan importante resulta para la historia de la iglesia primitiva. Vamos a acercarnos a los textos que nos hablan de María Magdalena y a intentar deshacer el equívoco histórico que sobre su persona se ha ceñido.

La liberada de siete demonios

Lucas es el evangelista que nos presenta por primera vez a María Magdalena. En 8,1-3 la menciona entre las mujeres que acompañaban a Jesús en sus viajes misioneros y lo sostenían económicamente con sus propios bienes. Cuando menciona a María Magdalena el autor la identifica como aquella “de la cual habían salido siete demonios” (Lc 8,2). Es seguramente de este texto de Lucas que algún escritor posterior tomó el dato para referirlo en el final artificial con el que termina actualmente el evangelio de Marcos: “Habiendo resucitado temprano por la mañana del primer día de la semana, se le apareció primero a María Magdalena, de la cual habían echado siete demonios” (Mc 16,9).

¿Cómo hay que interpretar esta expulsión de siete demonios? Cuando Jesús libera a personas poseídas por espíritus inmundos quiere, en todos los casos, manifestar que el poder de Dios vence sobre los poderes del mal y que Él, Jesús, viene a inaugurar el Reino de Dios con estas solemnes proclamaciones de derrota del mal. Quienes gustan de desentrañar qué enfermedad se esconde detrás de las distintas posesiones diabólicas narradas en el evangelio, sugieren que detrás de la mayoría de estas posesiones se encuentra alguna de las dolencias que actualmente clasificamos como enfermedades mentales. En varios casos puede apreciarse, por ejemplo, los síntomas de la epilepsia. Hay quienes, por otra parte, insisten en la posibilidad cierta de que espíritus malignos puedan posesionarse de las personas.

Cualquiera que sea la posición que se adopte, lo cierto es que las intervenciones de Jesús tienen que ver con un estado de opresión experimentado por las víctimas. No hay en los evangelios alusión alguna a que los curados de posesión hubieran hecho algo para merecer tal posesión. Los endemoniados son víctimas, no pecadores. Este es el sentido fundamental de la afirmación de que a María Magdalena le habían expulsado siete demonios: María es alguien que experimentó en su vida el poder liberador de Jesucristo. El número siete, que en lenguaje bíblico significa plenitud, puede querer señalar, sea la grandeza de la opresión que sufría la mujer, o el estado de plenitud de salud corporal y espiritual al que fue devuelta por la acción de Jesús. La curación dejó a María Magdalena totalmente sana e integrada a la sociedad.

En efecto, una de las consecuencias más dolorosas de las enfermedades mentales o estados de posesión demoníaca en Israel, era que la persona quedaba totalmente aislada de su entorno vital. El relato de la liberación del endemoniado geraseno es muy aleccionador en este campo. El muchacho es descrito en Mc 5, 1-20 como ‘viviendo entre los sepulcros’, es decir en el lugar de los muertos a donde los judíos piadosos no se acercaban para no quedar impuros. Después de la expulsión del demonio, el pasaje nos presenta al muchacho ‘sentado, vestido y en su sano juicio’. El endemoniado no tenía voz propia: a la pregunta de Jesús ‘¿cómo te llamas?’, el endemoniado no responde, responde el demonio: ‘Me llamo Legión, porque somos muchos’. Al final del relato el muchacho aparece conversando amigablemente con Jesús. La acción poderosa de Jesús no consistió simplemente en la expulsión del espíritu o la curación de la enfermedad, sino en la restauración de la convivencia fraterna, en la reinserción de alguien que estaba excluido o marginado. Esa realidad también debemos suponerla en el caso de María Magdalena.

Pero, curiosamente, en el relato del geraseno, Jesús no permite al recién liberado que se haga su acompañante (Mc 5,18-20). María Magdalena, en cambio, es descrita como encabezando un grupo de mujeres que acompañaban a Jesús mientras él iba predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios (Lc 8,1-3). Las otras mujeres, nos refiere el texto de Lucas, también habían sido curadas de diversas enfermedades, es decir, eran beneficiarias de la acción salvadora de Jesús. Es el trato igualitario que Jesús les ofrece, el don que Él les ofrece, la posibilidad concreta de participación en la construcción del Reino, lo que las convierte en auténticas discípulas.

María Magdalena, verdadera discípula y apóstol

Pero sin duda los textos que más exaltan el papel de María Magdalena son aquellos pasajes en que aparece acompañando a Jesús en su muerte, cuando todos los discípulos varones lo han abandonado (Mt 27,55-56; Mc 15,40-41; Jn 19,25-26), y el privilegio que recibe de ser la primera en ver a Jesús resucitado (Mt 28,1-10; Mc 16,9-11; Lc 24,10-11; Jn 20,14-18).

Todos los evangelios son unánimes en decir que María Magdalena fue ‘enviada’ a anunciar a sus hermanos la resurrección de Cristo, sea que la orden la reciba de los ángeles que están sentados a la puerta del sepulcro (Mt 28,1-8 y par.), o del mismo Resucitado (Jn 20,17-18). Y ya sabemos que el verbo griego que significa ‘enviar’ es, precisamente ‘apostelo’, de donde viene la palabra apóstol. Esta palabra aparece como una expresión técnica de la misión apostólica. Siempre se usa cuando Jesús envía a sus apóstoles (Jn 4,38; 17,18). Así que puede decirse con toda legitimidad que Jesús le confía a María Magdalena una misión apostólica. Cualquier diccionario de teología bíblica puede dar testimonio de que el enviado se convierte en representante de quien lo envía y que tiene plenos poderes para tratar en nombre de otro. Esto que se dice del grupo de los Doce, debe decirse también de María Magdalena.

Por si esto no fuera suficiente, otros elementos nos permiten situar mejor la condición de María Magdalena como discípula y apóstol. Magdalena es nombrada en el grupo de mujeres que ‘servían’ a Jesús. Pues bien, Jesús mismo, en Mt 20,26-28, se define a sí mismo diciendo: “El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate de muchos”. Es notable que los evangelios no mencionen nunca que algún discípulo varón ‘sirviera’ a Jesús.

Además, en su conversación con el Resucitado, a quien confunde en un principio con el jardinero del cementerio, Magdalena termina reconociendo a Jesús cuando éste menciona su nombre (Jn 20,16). La teología del último evangelista parece hacer alusión al texto de Jn 10,3-5 en el que Jesús, hablando de sus discípulos, los compara con ovejas a quienes el pastor conoce ‘y llama por su nombre’. No en balde, al escuchar su nombre y reconocer a Jesús, María clama ‘Rabbuni’, que quiere decir Maestro y que es una expresión técnica en el lenguaje del discipulado. María es, pues, auténtica discípula y apóstol. No nos extraña, por eso, encontrar que algunos de los escritores cristianos más antiguos como Ireneo, Orígenes y san Juan Crisóstomo no tengan ninguna reticencia en llamar a María Magdalena ‘apostola apostolorum’, es decir, la apóstol de los apóstoles.

María Magdalena, la esposa del huerto

El texto del Cantar de los Cantares ha ejercido una enorme influencia en la construcción de algunos textos del Nuevo Testamento. En el caso de la escena en que María Magdalena se encuentra con Jesús Resucitado (Jn 20,11-17), la relación con Cant 3,1-4 parece jugar un papel importante.

En el texto del Cantar la novia busca al esposo en la cama y no lo encuentra, lo busca por las calles y plazas y no lo encuentra, al fin, después de que lo encuentran los guardias, ella también lo encuentra y se abraza a él y no lo suelta hasta que lo lleva a la casa de su madre. María Magdalena va a representar una escena semejante. Según Mt 28,1-10 las mujeres, entre ellas la primera es María Magdalena, buscan a Jesús en el sepulcro y no lo encuentran. Jesús, más tarde, les saldrá al encuentro y ellas se abrazarán a sus pies.

Pero, sin duda, el pasaje más explícito es el de Jn 20,11-17. María Magdalena, aislada de las otras mujeres, parece repetir el personaje de la esposa del Cantar de los Cantares. Busca al amado en el sepulcro y no lo encuentra (20,1-2). Le salen al encuentro dos ángeles que le extraen una confesión. Ellos preguntan: ‘¿por qué lloras, mujer?’, a lo que ella contesta: “porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (20,11-13). Después tropieza con quien ella cree que es el jardinero y le pide que se lo entregue. Entonces reconoce al Maestro y lo abraza sin querer soltarlo. Es el Maestro quien tiene que pedirle a ella que lo suelte, porque debe irse a la casa del Padre (20,14.17).

María Magdalena parece jugar, además, otro papel además del de la esposa enamorada del Cantar de los Cantares. Es posible que la palabra con que Jesús se dirige a ella, ‘mujer’, esté revelando un papel superpuesto: el de la Eva de una nueva creación. Es el primer día después de la resurrección, inicio de un mundo nuevo. Jesús y Magdalena se encuentran en un jardín, son una pareja como la del Génesis. Jesús nombra a María Magdalena y ella lo reconoce y lo abraza. Tantos ecos del relato del Génesis podrían no ser casuales. Aunque no podamos tener la certeza de que estas referencias deban atribuirse al autor del evangelio.

Toda esta riqueza de expresiones simbólicas que rodean al personaje de María Magdalena la convirtieron en alguien de mucha importancia en la reflexión cristiana antigua. Por eso encontramos comentarios de los Santos Padres que mencionan este pasaje llenándolo de alusiones al Cantar de los Cantares y al libro del Génesis. Citaré, solo a manera de ejemplo, al más antiguo de los comentaristas cristianos del Cantar de los Cantares, san Hipólito (+ 235):

“Así se cumplió lo dicho: encontré al amor de mi alma… El Redentor contestó: María. Ella dijo Rabbuni, que significa Señor mío. Encontré al amor de mi alma y no lo soltaré. Después de abrazarse a sus pies no lo suelta, y él dice: no me sujetes, que todavía no he subido al Padre. Pero ella lo agarraba diciendo: no te soltaré hasta que te meta en mi corazón; no te soltaré hasta meterte en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en su vientre. Como el amor de Cristo lo siente ella en el cuerpo, no lo suelta. Dichosa mujer que se abrazó a sus pies para poder volar por el aire… Por eso dijo María: No te dejo volar arriba. Sube al Padre a presentarle el nuevo sacrificio. Ofrece como sacrificio a la Eva que no se extravió, sino que se agarró apasionadamente con la mano al árbol de la vida…”

Entonces, ¿no era prostituta?

¿Qué pasó entonces, que la imagen más popular de María Magdalena es la de una prostituta convertida? ¿Por qué no se exalta su papel de discípula y apóstol y, en cambio sí, la imagen de una pecadora arrepentida? Creo que hay más de una razón para explicar que quien fuera en el evangelio modelo de apóstol se convirtiera en paradigma de penitencia.

La primera razón es tan antigua como los mismos evangelios. El hecho de que María Magdalena, curada y convertida en un ser humano de dignidad completa, se convirtiera en seguidora y servidora de Jesús, que lo acompañara en sus correrías y que haya sido citada por los cuatro evangelistas como la primera testigo de la resurrección y la que recibió el mandato apostólico de anunciar a los otros discípulos que Jesús estaba vivo, no es más que una prueba clara del papel privilegiado de liderazgo que María Magdalena debió jugar en la iglesia primitiva. Hay quien sostiene que Magdalena habría sido la apóstol encargada de la comunidad de Galilea, a donde los discípulos se habrían dirigido después de la resurrección, según el mandato de Jesús. Esa sería la razón, según esta teoría, de que la vitalidad de la iglesia de Cafarnaúm, comprobada por los hallazgos arqueológicos modernos que maravillaron al mundo a finales del siglo pasado, no aparezca registrada en el libro de los Hechos de los Apóstoles ni en ninguna otra parte del Nuevo Testamento.

En efecto, para la mentalidad patriarcal vigente debió haber sido muy difícil reconocer el lugar privilegiado que la revelación evangélica primitiva concedió a María Magdalena. Una cultura que centraba todas las cosas positivas y todo el poder en los varones, debió haber recibido como un desafío inaudito el hecho de que una mujer hubiera sido la primera testigo del sepulcro vacío, de la resurrección y la primera enviada del resucitado. No nos explicamos de otra manera que, a pesar de tantos testimonios unánimes de los cuatro evangelios, san Pablo, en su lista de personas a quienes Jesús resucitado se apareció, no coloque a María Magdalena ni a ninguna mujer (1Cor 15,3-8). Algunos de los evangelios apócrifos nos dan testimonio del conflicto tan grave que esta realidad provocó en la iglesia primitiva. Entre los textos encontrados en Nag Hammadi en 1945 se halla un evangelio apócrifo de los primeros siglos, conocido como el Evangelio de María Magdalena, que expone esta escena. Después de que María explica a los apóstoles algunas cosas que no están conservadas por escrito, Pedro pregunta cómo puede Dios haberle confiado a María cosas que no les había dicho a ellos. ‘¿Qué os parece, hermanos? ¿Acaso el Señor, preguntado sobre estas cuestiones, hablaría a una mujer de forma oculta y en secreto, para que todos lo escuchásemos? ¿La presentaría, quizá, como más digna que nosotros?’ El pasaje continúa con la intervención de Leví: ‘Si el Señor la juzgó digna, ¿quién eres tú para despreciarla? Necesitamos revestirnos del hombre nuevo para aceptar que el Señor le haya revelado cosas que no nos dijo a nosotros’.

Una segunda razón puede ser la confusión que se creó entre tres mujeres distintas de las que nos hablan los evangelios. Por un lado está María Magdalena (Lc 8,2), descrita ampliamente en todos los textos a los que nos hemos acercado en este artículo. Por otro lado está la anónima pecadora perdonada de la que nos habla Lc 7,36-50 y que, muy probablemente era prostituta. Por último, está María de Betania, la hermana de Marta y de Lázaro, que derrama a los pies de Jesús aceite perfumado como adelanto de su sepultura (Jn 12,1-10).

La confusión de estas tres mujeres se remonta hasta san Agustín, en el siglo V, pero queda fija en la memoria popular cristiana a partir de unas famosas homilías pronunciadas por el Papa Gregorio Magno alrededor del año 600. En estas homilías quedan asociadas, como si fueran un mismo y solo personaje, la pecadora arrepentida, María de Betania y María Magdalena. La tradición ortodoxa griega es la que conservó la nítida distinción entre estas tres mujeres. Lo cierto es que esta confusión, producto de la ignorancia o de la mala fe, deformó la imagen de María Magdalena hasta convertirla en la manera como hasta hace poco tiempo la veíamos: una pecadora convertida cuyo mensaje principal es el arrepentimiento al que deben aspirar los pecadores. Nada de la mujer apóstol, de la valiente testigo de la muerte y resurrección de Cristo. Confusión, hay que decirlo con claridad, bastante conveniente para quienes querían seguir manteniendo a las mujeres fuera del ámbito de las decisiones en la iglesia.

Hoy, cada vez más, la imagen de María Magdalena vuelve a recuperar su auténtica dimensión, aunque las imágenes que de la santa vemos en las iglesias de nuestros pueblos nos la muestren con un frasco de perfume fino en su mano derecha y una corona de espinas en su frente en señal de penitencia. Los esfuerzos seculares por minimizar el destacado papel apostólico de María Magdalena van quedando atrás gracias a muchas mujeres, teólogas y estudiosas de la Biblia, que aplicando una hermenéutica feminista, han rescatado la más genuina tradición de esta apóstol de los apóstoles.

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One Response

  1. Patricia carrillo dice:

    Gracias por tan maravilloso articulo , permitame manifestarle mi admiracion padre Raul, gracias

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