Iglesia y Sociedad

La Estrella de Julia

31 Ene , 2011  

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(Palabras pronunciadas en la presentación del libro “La Estrella de Julia”, de Johanna Justin-Jinich, en la Cineteca Nacional del Teatro Mérida, el 30 de enero de 2011)

La Estrella de Julia es un libro, al mismo tiempo que ingenuo, profundamente revelador. Digo que es ingenuo porque su premisa es simple: todo prejuicio que crea discriminación, está basado en un temor o miedo que concibe a las personas diferentes como una amenaza hacia la propia seguridad. Si uno logra superar ese temor inicial con el conocimiento y la convivencia, el prejuicio (que es solamente eso, pre-juicio, es decir un juicio adelantado y temerario) desaparecerá con seguridad. Es lo que hace la niña Julia al invitar a sus amiguitas de escuela a la sinagoga en un Shabat. Conocidas las hermosas tradiciones judías, habiendo comido en la misma mesa, las amiguitas de Julia pueden entender, y al entender comprenden, que si uno se atreve a acercarse a la persona diferente sin prejuicioos, termina por aceptarlo, y la historia puede culminar, como ocurre en el cuento “La Estrella de Julia”, en un canto a la convivencia igualitaria y sin discriminaciones.

Esta clave, así de ingenua, así de posible, es –sin embargo– insuficiente. Desafortunadamente, el prejuicio discriminatorio no se vence, al menos no del todo, con la pura convivencia humana. Seguramente Johanna Justin Jinich, la autora de este hermoso cuento, se dio cuenta más tarde de esto y, justamente por ello, por su preocupación por la suerte de las minorías y los prejuicios discriminatorios que se convierten en violaciones a los derechos humanos, particularmente en el caso de las mujeres, decidió inscribirse en un curso de género y estudios de sexualidad en la Universidad de Nueva York, donde conoció al victimario que habría de acabar con su vida. El 6 de mayo de 2009, el prejuicio discriminatorio acabaría por entrar a la cafetería de la Universidad Wesleyan, donde Johanna estudiaba y trabajaba, y detonaría su pistola asesinándola a quemarropa. Los policías encontraron más tarde, en el automóvil del victimario, una libreta donde había anotado: “It’s OK to kill Jews… Kill Johanna: she must die”.

Éste es la cuestión que hoy nos convoca en este espacio de convivencia. Ojalá la discriminación fuera solamente un asunto de declaraciones. O una simple discusión de principios morales. O un conflicto de visiones religiosas en pugna. Ojalá así fuera. Pero no es así. La discriminación mata. No solamente en un sentido figurado. Mata de veras. La discriminación secuestra, tortura y asesina.

El enfrentamiento del fenómeno de la discriminación, de todas las discriminaciones, pasa, pues, por un entramado de medidas entre las que destacan la labor educativa, pero también por la construcción de medidas legales para que las consecuencias de la discriminación no queden en la impunidad. No es, pues, una tarea simple. El cuento “La Estrella de Julia”, sin embargo, llama la atención sobre una realidad que no puede soslayarse: toda discriminación se incuba en el corazón de la persona, en su herencia educativa, en la alimentación de sus miedos.

Vengo a este foro con una doble representación: soy ministro de un culto cristiano, el culto católico romano, pero soy también, al mismo tiempo, activista de derechos humanos en una organización de la sociedad civil. En esta última faceta, el equipo Indignación A.C., al que me honro de pertenecer, ha trabajado con perseverancia para obligar al Estado, en sus distintos niveles de gobierno, a adoptar medidas que reviertan el fenómeno discriminatorio, particularmente en los temas en que dicho fenómeno se manifiesta en nuestra sociedad local: la discriminación a los mayas, a las mujeres y a las personas homosexuales, es decir, el racismo, el sistema patriarcal que deriva en la violencia de género y la homofobia.

En el camino nos hemos topado con la ceguera y cerrazón de muchas autoridades políticas. Llevamos meses con varios casos de mujeres abusadas y explotadas por sus propios maridos, sin que los poderes responsables hagan justicia. En el campo de la discriminación al pueblo maya, la más reciente respuesta de las autoridades ha sido levantar un monumento al racismo y a la ignominia, que ahora preside la vía más conocida de nuestra ciudad. Y ni qué decir del Poder Legislativo que, olvidando su obligación de legislar para todos los ciudadanos y ciudadanas sin distinción, ha hecho leyes que pretenden restringir a las personas homosexuales derechos contemplados para todos y todas en nuestra Carta Magna y en el derecho internacional. Todo esto nos recuerda que el camino hacia un Estado democrático y tolerante está todavía por recorrerse.

La erradicación de la discriminación, sin embargo, requiere no solamente de leyes. La discriminación es una enfermedad social, un cáncer que corroe nuestra convivencia comunitaria. A veces da la impresión que todos llevamos un discriminador en nuestro interior, que solamente espera la oportunidad para salir de su letargo y envenenar el ambiente social en el que nos desenvolvemos. Y es que la discriminación está basada en prejuicios que sostienen un trato de menosprecio a ciertos tipos de personas que vienen consideradas no sólo distintas, sino inferiores. Dichos prejuicios, desde luego, no son reconocidos como tales, sino que son adoptados por quien discrimina como si fueran verdades naturales e incuestionables. Esto es lo que se conoce como “falacia discriminatoria”, que induce a concebir las desigualdades como resultado de la naturaleza (¡o de Dios!) y no como lo que en realidad son: una construcción cultural. Es ésta la vía por la cual la discriminación encuentra su aceptación y su legitimidad. La mentalidad discriminatoria no sólo busca aislar o marginar a quien considera diferente, sino que, en la medida en que lo distinto parece representar una amenaza para sus propios valores y certidumbres, puede llegar al deseo de su aniquilamiento.

Y aquí entra la segunda faceta de mi persona y mi trabajo. Soy, sí, ministro de un culto religioso. Y me duele, y me avergüenza, que haya veces en que las religiones, concebidas como instrumento de concordia por sus fundadores, alimenten y promuevan la mentalidad discriminatoria. No importa de cuál religión estemos hablando: son muchas las ocasiones, más de las que desearíamos, en que las religiones, olvidando su tarea esencial de construir una comunidad humana en paz, se han dedicado a exacerbar las diferencias y a convertirlas en ocasión de conflicto en vez de posibilidad de enriquecimiento. Quizá el campo en que esto se ha manifestado más recientemente sea el caso de la homofobia y del mantenimiento del sistema patriarcal, pero ha sido también factor determinante, y en esto las comunidades cristianas compartimos una responsabilidad que tenemos que asumir, en el antisemitismo.

Nelson Mandela, sin duda, un hombre singular, empeñado en acabar con la discriminación en su país natal, Sudáfrica, luchó durante muchos años contra el sistema de segregación racial conocido como el “apartheid” y padeció por ello muchos años de cárcel. Cuentan que, una vez que salió de prisión y fue elegido presidente de su país, Nelson Mandela fue invitado a inaugurar una escuela recién construida. Al llegar allí dirigió uno de sus más conmovedores discursos. En un momento determinado, con lágrimas en los ojos, dijo a los niños que, junto con sus maestros, se habían congregado para escucharlo: ‘Alguna vez yo estuve sentado en un aula como ésta, pero las diferencias son varias. En primer lugar, mi escuela era solamente para negros, porque nos estaba prohibido mezclarnos con los blancos. Veo ahora con alegría que aquí hay niños y niñas de todas clases y colores. Pero lo que es más importante: cuando yo estudié en un aula como ésta, los maestros me enseñaron, con la Biblia en la mano, que Dios quería que los negros vivieran apartados de los blancos. Me enseñaron que el origen del apartheid se encontraba en la Biblia. Hoy, en esta escuela –dijo mientras se le quebraba la voz de la emoción– se enseñará que todos somos iguales y que tenemos la misma dignidad. Y eso también puede enseñarse con la Biblia en la mano’.

La reflexión de Nelson Mandela plantea dos cuestiones. La primera es que la lectura de la Biblia y la interpretación que de ella se hace, depende mucho del lugar social del que se lee. No es lo mismo leer la Biblia desde la elegante silla del blanco dominador, que de la barraca inmunda del negro oprimido. La lectura de la cualquier texto sagrado no es aséptica ni totalmente objetiva: está siempre cargada de intereses que el lector lleva en el corazón. Algunos de esos intereses, sin embargo, pueden estar muy lejos de aquellos que originaron la religión de la persona que lee. En tal caso, la lectura que hagamos de la Biblia o de cualquier otra escritura sagrada, por muy piadosa que sea, estará muy lejos del corazón misericordioso de Dios.

La segunda cuestión la planteo como católico. Soy discípulo de un profeta judío, Jesús de Nazaret. La cuestión de la que hablo es si Jesús, la más alta y definitiva revelación de Dios para los cristianos/as, discriminó alguna vez a alguna persona. La pregunta no es banal, ni simple de abordar. En efecto, la religión a la que Jesús pertenecía, especialmente en su interpretación más extendida en su época, era una religión que propiciaba y mantenía innumerables exclusiones. Basta con leer algunas de las prescripciones del libro del Levítico (Lev 20-22; Lev 11) para darnos cuenta de todas las normas cuyo cumplimiento dividía a Israel en dos grandes bandos: personas puras y personas impuras. Jesús se topó con un mundo construido bajo esas medidas. Los grandes grupos expresamente rechazados por esta mentalidad eran los enfermos (particularmente los leprosos), las mujeres, ciertos oficios despreciados (cobradores de impuestos, curtidores de pieles, pastores), los pecadores (particularmente las adúlteras y prostitutas) y los extranjeros.

No hay, sin embargo, ninguna sombra de discriminación en las actitudes de Jesús tal como aparecen en los evangelios. El banquete del Reino de Dios que Él anunció estaba abierto a quienes antes habían sido excluidos de él. Este espíritu gigante del profeta de Nazaret, que borró todo tipo de exclusión, sobre todo las exclusiones debidas a motivaciones religiosas, encontró en los guardianes de las buenas costumbres sus enemigos fundamentales, aquellos que lo llevaron a una muerte violenta y desgarradora. Pero los cristianos creemos que Dios lo arrancó de la muerte y reivindicó su actuación y su vida entera.

Hoy nos convoca una muerte similar, la de Johanna: similar porque es también una muerte injusta, prematura, cruel, injustificable. Ojalá que, como en el caso de Jesús de Nazaret, la muerte de Johanna sea ocasión para una resurrección, una toma de conciencia colectiva de los males que la discriminación conlleva y de la necesidad que tenemos, como humanidad, de poner un freno a la barbarie y de construir un mundo en el que todos podamos vivir como hermanos y hermanas. Si nos empeñamos en esto, la muerte de Jesús, y la de Johanna, habrán valido la pena.

Colofón: La muerte de don Samuel todavía duele. Es preciso todavía guardar silencio. Su reciente paso al Padre no deja por ello de ser, contra lo que sus enemigos de dentro y fuera de la iglesia suponen, una inyección de energía para quienes creemos y construimos otra manera de ser iglesia. Fecunda como pocas, la vida de JTatik… Una vida como la suya es evangelización pura y simple.

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9 Responses

  1. Regina dice:

    Disculpen, al leer el artìculo entendí que Raúl hablaba del temor a las personas diferentes como parte de un instinto de autoprotecciôn,creo que me salté la parte en donde habla del temor de Dios. Creo que Dios odia que la gente crea que hay que temerle, por eso prefiero decir que lo amo y que creo en él. De todas formas, mi tonto comentario anterior tan fuera de contexto, se referìa al temor humano, al miedo, a lo diferente. Nunca mencionè a Dios. Saludos!!

  2. Marcelo Euan dice:

    Intentando mostrar mi desacuerdo con el uso de la palabra temor que Regina hace es su escrito, espero me permitan transcribir parte del libro de los Salmos
    111:10 El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría:
    son prudentes los que lo practican.
    ¡El Señor es digno de alabanza eternamente!

    SALMO 112 (111)
    Dichoso el que honra al Señor
    112:1 ¡Aleluya!
    Feliz el hombre que teme al Señor
    y se complace en sus mandamientos.

    Debemos enseñar a nuestros hijos el temor a Jehova, y luchar por que no tengan temor al hombre Regina.

  3. Regina dice:

    Antes de enseñar a nuestros hijos a temer, creo que debemos enseñarles a amar y amar con locura la diversidad.
    Gracias.

  4. Ricardo Pech George dice:

    Hey, Raul, gracias por seguir ahi. A veces no tengo mucho tiempo de escribirte, pero no dejo de leer tus reflexiones. Vi las fotos de San Aelredo, y solo me alcanza a decirte gracias!

  5. Douglas Canul dice:

    Hola Raul… El discurso me parece muy claro e ilustrativo. Gracias por compartirlo. Un abrazo.

  6. fernanda fitzmaurice dice:

    Hace mucho que no te leia .. hoy recorde porque me gusta tanto.. gracias……..

  7. Gracias padre raúl, por siempre mantener en nuestras reflexiones el camino verdadero hacia jesus, pero lo que más le agradezco, es que lo haga con suma franqueza y sin azucar. la verdad siempre.
    reciba un cordial saludo.

  8. Marcelo Euan dice:

    Definitivamente estoy de acuerdo en que la descriminación tiene su origen en la autoprotección y la autodefensa de uno en lo personal de los seres que uno quiere, ese no es un fin malo, de hecho me atrevo a decir que es bueno. yo que tengo dos hijos menores, me gustaria que aquellos que ven la promiscuidad sexual como algo divertido, esten un poco lejos de mis hijos y en especial de mi hija, y aquellos que consumen drogas y la venden no se acerquen a mi querubin en la escuela, eso es descriminario yo creo que si, pero yo voy a seguir descriminando en ese aspecto principalmente por que veo a mis hijos vulnerables. es por eso que se puede defender muchas veces la discriminación, en los hospitales se da por cuestiones de sanidad, nosotros mismos lo hacemos en el trabajo y en la casa, tambien por salud, cuando no hemos separados a nuestros hijos por estar enfermos y tratado diferente al enfermo y al sano, el caso de gripe porcina en mexico fue un claro ejemplo de discriminación a nivel nacional, y pudieramos seguir con miles de ejemplos, en problema esta en definir que esta bien y que esta mal, y si la biblia no nos puede ayudar, entonces si estamos en problemas, por que como alguien hace mucho tiempo dijo, «porque concilios y papas a cada rato se contradicen» cambiandolo a la historia actual, cortes internacionales y grandes eruditos a cada rato cambian de opinion como vamos a quedar, como ahora ya hay muchos que dicen que la prisión es discriminación y no deberian existir pues hay que enderlos tambien aquellos que hacen cosas diferentes a las que nosotros llamamos buenas.

    EL CAOS SE ACERCA, Es lo que podemos decir ahora muy diferente a lo que decia Juan el Bautista Arrepientanse por que el Reino de los cielos se ha acercado

  9. ANGELICA ARANDA dice:

    QUERIDO AMIGO: COMO SIEMPRE, NOS PERMITES INICIAR LA SEMANA CON UN CORAZON EN REFLEXION
    ANGELICA Y LAURA

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