Iglesia y Sociedad

De teologías y automóviles

29 Mar , 2011  

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Para Javier Sicilia, con dolorida solidaridad

Hacer teología es una labor que se antoja imposible. ¿Cómo hablar de aquello que no puede pronunciarse? ¿Cómo acercar la mente y la palabra a quien es Misterio, así con mayúsculas? Esta convicción era la que hacía decir a Erasmo de Rotterdam: “Tengo en tal consideración a la ciencia teológica que acostumbro reservar solamente para ella el nombre de ciencia. Respeto y venero tanto al orden de los teólogos, que es el único en el que me gustaría inscribirme, aunque el pudor me impide arrogarme un título tan eminente, pues no ignoro que las dotes de erudición y de vida están ligadas al nombre de teólogo. Existe algo de sobrehumano en la profesión de teólogo”. De manera parecida, René Descartes declaraba: “Si yo quisiera hacer teología, necesitaría ser algo más que un hombre”.

Y no obstante, hacer teología es inevitable, imprescindible para quien cree. No tenemos más remedio que usar el lenguaje con el que contamos, partir de los moldes culturales en los que pensamos y vivimos, usar las categorías que nuestro tiempo nos ofrece, para hacer ese intento, a la vez sublime y frágil, de pronunciar a Dios, de arañar con nuestras pobres palabras su misterio insondable. Esto incluye, desde luego, a la teología académica, pero no se agota en ella.

En esta tarea han invertido tiempo y esfuerzo innumerables generaciones de cristianos y cristianas. Desde Pablo de Tarso, el hombre tricultural que por primera vez intentó desentrañar el misterio de la muerte de Jesús, hasta el contemporáneo teólogo salvadoreño Jon Sobrino, que sigue hurgando en el sentido de la muerte violenta del Maestro, la teología ha intentado desentrañar el misterio de la salvación y enunciar, con las categorías de su tiempo, una explicación que sea relevante para los hombres y mujeres de su época.

Esta es quizá una de las características de la producción teológica que más importan hoy: su relevancia. Hemos pasado de una cultura que consideraba que el valor de una idea o cosa estaba en relación con la porción de eterna verdad que expresaba, a una cultura que considera todo desde el ámbito relacional. Es mucho más relevante hoy, por ejemplo, considerar al ser humano en relación con sus semejantes que mirarlo desde la perspectiva de sus componentes ontológicos. No quiere decir, desde luego, que los componentes del individuo no importen, sino que son menos relevantes que su aspecto relacional.

Con las ideas teológicas y con las prácticas pastorales que de ellas se derivan, ocurre igual. Interpretar la muerte de Jesús como “rescate” o “sacrificio” es menos pertinente actualmente que interpretarla como “entrega” o “servicio”. Cosas del tiempo y del cambio cultural. Una reinterpretación se construye sobre la otra: no la niega, sino la asume desde otro lugar. En un proceso dialéctico, verdades que fueron fundamentales para otras épocas apenas si mantienen relevancia en nuestros días.

Por eso la teología es un reto al que cada generación tiene que responder. No se trata, como a veces se piensa, simplemente de repetir o aclarar verdades únicas e inamovibles conservadas en un gran cajón de trebejos. Se trata de reconstruir, una y otra vez, la relevancia del misterio que se atisba para las personas de nuestro tiempo. Y lo que se dice de la teología, se dice también de la práctica pastoral. Si el Concilio Vaticano II fue relevante para la modernidad es precisamente porque intentó dar respuestas nuevas a los anhelos de una época convulsionada. Pero también, al mismo tiempo, porque logró la revisión de la práctica pastoral, generó el prodigio de comunidades de fe más vivas, devolvió la Escritura al pueblo, reconceptualizó la liturgia, permitió un énfasis mayor en la dimensión social de la religión. Teología y acción pastoral suelen ir de la mano.

Y en estas cosas, como en otras, si uno no termina viviendo como piensa, termina pensando como vive. El abandono de la teología conciliar se refleja en liturgias cada vez más inmóviles y anquilosadas, en la vuelta a la ponderación de la asistencia social por encima de una pastoral social integral, en la represión de la libertad de pensamiento y conciencia, en una fe cada vez más espiritualista y con ribetes de superstición.

La muestra más reciente de esta tendencia es la visita del automóvil que usara el Papa Juan Pablo II y la alharaca que se ha hecho en torno a ella. En un abuso de lenguaje que se traduce en fetichismo simple y llano, se llama al papamóvil “santa reliquia”. Grave responsabilidad la de poner la fuerza de convocación de la fe al servicio de tan polémica acción. Si esta acción fuera justipreciada como muestra de nuestra creatividad pastoral, saldríamos irremediablemente reprobados, aunque tratemos de revestirla de piedad popular. Y todavía pretendemos que los cristianos de otras denominaciones no hagan escarnio de nuestras costumbres. ¡Existen límites, por favor…! Ojalá no nos hagamos responsables de una irrelevancia aún mayor de la experiencia de fe para las nuevas generaciones.

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3 Responses

  1. ITO dice:

    Escribe tu comentario aqui

    HOLA HERMANO:
    TOTALMENTE DE ACUERDO, ES UNA VERDADERA VERGUENZA MANIPULAR A LA GENTE DE ESA MANERA.

  2. Marcelo Euan dice:

    Muy de acuerdo con sus observaciones, pocas veces como hoy me siento indentificado con sus palabras, en gran parte me hace sentir que escribio lo que yo iba a pensar, agradablemente sorprendido con este punto en comun. En verdad otros grupos cristianos se mofan del la veneración a un automovil, bueno en mi epoca de estudiante el mas atractivo era el corvette.

  3. Ma. Eugenia Noguez dice:

    Eso es precisamente lo que ustedes teólogos hacen : » reconstruir, una y otra vez, la relevancia del misterio que se atisba para las personas de nuestro tiempo». Por favor, sígalo haciendo y gracias.

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