Iglesia y Sociedad

Villaurrutia y los pecados capitales

21 Jun , 2011  

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La configuración de los pecados capitales es producto de una reflexión muy antigua que se remonta al siglo IV y es atribuida, por primera vez, a Evagrio el Póntico, un asceta conocido también como “El Solitario”. Fue él quien fijó las ocho pasiones humanas que conducen a la mayoría de los pecados: soberbia, ira, envidia, avaricia, lujuria, gula, pereza y cobardía. Un siglo más tarde, san Juan Casiano habría de reducir estas ocho pasiones a solamente siete, eliminando de ellas la cobardía. Ya en el siglo VI, san Gregorio Magno haría prácticamente oficial el listado de los siete pecados capitales, que más tarde se convertiría en un punto de partida para numerosas reflexiones teológicas durante toda la Edad Media.

Contra lo que muchos suponen, el término ‘capital’ no tiene que ver con la gravedad del pecado, como si éstos siete fueran los más graves, sino con su cualidad de cabeza (del latín ‘capitis’) y son definidos así por santo Tomás de Aquino: “un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable de manera tal que en su deseo una persona comete muchos pecados todos los cuales, se dice, son originados en aquel vicio como su fuente principal”. Emparentados con la doctrina del pecado original, los pecados capitales aparecen como fruto de la concupiscencia, es decir, de la insubordinación de los deseos a la razón producto de la caída original y de ese apetito desordenado hacia aquello que la imaginación presenta como placentero.

Xavier Villaurrutia (1903-1950) me parece un poeta mexicano fundamental. Tres años después de su muerte, el Fondo de Cultura Económica publicó por primera vez el libro Nostalgia de la Muerte que recoge la mayor parte de su obra poética y su dramaturgia. Este libro ha bastado para hacer de este integrante del grupo Los Contemporáneos, una voz única e inconfundible en el panorama de la poesía de lengua castellana. Quizá sean sus Nocturnos las piezas más recordadas de su poesía, donde la noche y la muerte hacen una dupla que se vuelve entrañable, como en Nocturno de la Alcoba, cuando dice:

Los dos sabemos que la muerte toma
la forma de la alcoba, y que en la alcoba
es el espacio frío el que levanta
entre los dos un muro, un cristal, un silencio.

Entonces sólo yo sé que la muerte
es el hueco que dejas en el lecho
cuando de pronto y sin razón alguna
te incorporas o te pones de pie.

No obstante, es el poema Amor condusse noi ad una morte, cuyo título hace referencia a la Divina Comedia de Dante, el que sin duda es el más leído y recordado. Bastaría con que se pusiera ‘Villaurrutia poemas’ en cualquier buscador de la red para encontrar, casi a la primera, el texto de este poema. Construido en precisos endecasílabos, el poema intenta describir con multitud de metáforas lo que es el amor. Pues bien, entre sus conjuntos de cuatro y cinco versos, sobresalen tres conjuntos de solamente dos pies de verso, en los que el autor hace referencia a los pecados capitales:

1. Amar es una cólera secreta,
Una helada y diabólica soberbia.

2. Amar es una envidia verde y muda,
Una sutil y lúcida avaricia

3. Amar es una insólita lujuria
Y una gula voraz, siempre desierta.

La estructura del poema en su conjunto es fácilmente comprensible: antes de cada uno de estos singulares pareados, hay dos o tres conjuntos de cuatro o cinco pies de verso que parecen explicar, cada uno de ellos, uno de los pecados que serán después enunciados. Así, por ejemplo, sucede con la gula:

Amar es una sed, la de la llaga
Que arde sin consumirse ni cerrarse,
Y el hambre de una boca atormentada
Que pide más y más y no se sacia.

Como el avezado lector o lectora habrá podido ya descubrir, hace falta un pecado capital en la lista de Villaurrutia. Se llama uno a engaño cuando piensa que el poeta mexicano, atribuyéndose la misma autoridad de san Juan Casiano, habría reducido el número de los pecados capitales, ahora a seis. La verdad es que, sin llamarlo por su nombre, a este pecado dedica el poeta el último conjunto de cinco versos:

Pero amar es también cerrar los ojos.
Dejar que el sueño invada nuestro cuerpo
Como un río de olvido y de tinieblas,
Y navegar sin rumbo, a la deriva:
Porque amar es, al fin, una indolencia.

El Diccionario de la Academia Española define así el adjetivo indolente: “que no se afecta o conmueve; flojo, perezoso; insensible, que no siente el dolor”, de donde viene el sustantivo indolencia… ¿habrá mejor solución retórica que la de Villaurrutia para unir la pereza con el amor?

Villaurrutia me gusta más cuanto más lo releo. Incluso sus juegos sonoros (Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro / cae mi voz / y mi voz que madura / y mi voz quemadura / y mi bosque madura / y mi voz quema dura…) no dejan de parecerme ingeniosos. A dos años de celebrar el aniversario 110 de su nacimiento, lo recuerdo en esta columna y le agradezco a Evagrio el Póntico y a san Juan Casiano la maravillosa invención de los pecados capitales, cuyo destino más afortunado ha sido, sin duda, servir de pretexto u ocasión para este retrato del amor que nos legara el poeta capitalino que perfumó este mundo durante la primera mitad del siglo XX.

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One Response

  1. neftis dice:

    me encanto.

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