Iglesia y Sociedad

Preguntas y divagaciones

16 Nov , 2011  

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Olvido

¿Cómo funciona el olvido? ¿Por qué dejamos de recordar cosas que nos interesan y que hubiéramos querido tener presentes? ¿Cuánto de funcionamiento neuronal y cuánto de tretas del inconsciente existe en cada acto de olvido?

Se va imponiendo cada vez más una clasificación de los diferentes tipos de olvido. Se distingue olvido traumático o amnesia, producido por algún golpe; o el olvido psicológico, causado por alguna alteración del funcionamiento psíquico; o el olvido fisiológico, provocado por problemas de desarrollo en alguna parte del cerebro. A esta variedad de significados se refiere la Real Academia Española cuando define el olvido como: “Cesación de la memoria / Cesación del afecto que se tenía (De donde vendría, supongo, la petición del enamorado: ¡No me olvides!) / Descuido de algo que se debía tener presente”.

Sin duda conocemos hoy del funcionamiento del cerebro mucho más de lo que conocíamos hace apenas unos pocos años. La vastedad de funciones cerebrales que quedan fuera de nuestro alcance es de tal manera abrumadora, que yo espero con religiosa puntualidad, y con el ya acostumbrado asombro, la aparición del artículo mensual de Roger Bartra en la revista mensual Letras Libres, para aventurarme a mundos que me dan miedo: la relación entre el funcionamiento del cerebro y las decisiones morales, entre funcionamiento del cerebro y el enamoramiento, entre funcionamiento del cerebro y simpatías o antipatías… todo un universo de decisiones que puede ser analizado desde el punto de vista de segregaciones químicas u operaciones complejas de un sector del cerebro y que da al traste con esa aparente ilusión que llamamos libre albedrío.

Muchos psicólogos, atentos observadores de la conducta de sus pacientes, intentan explicar el olvido menos materialistamente, a partir de complejos mecanismos de defensa del inconsciente. Olvidamos, sostienen, lo que no queremos recordar. Me temo que esta propuesta funcione para muchos casos de olvido, pero no me parece lo suficientemente comprehensiva para dar respuesta a toda clase de olvido. Cuando se les explica que uno es capaz de distinguir las cosas que quisiera olvidar, recurren siempre a calificar los otros olvidos como estratagemas del inconsciente, es decir, uno cree que quiere recordar las cosas, pero en realidad no quiere recordarlas. Ya se ve que con esta clase de argumentos es casi imposible ir más allá en la discusión.

Yo confío en que una problemática tan compleja como la del olvido merezca una explicación mucho más amplia. Confío también en que los avances en el estudio del cerebro, con su componente físico y sus psiquiátricas interpretaciones, aporte más claves que ayuden a que tal explicación responda a la complejidad del tema. Aunque la definición de la palabra olvido tenga que tener más matices de los que propone la Academia de la Lengua.

Es martes 15 de noviembre de 2011. Son las 6.20 de la mañana. El despertador suena. Después de darme un baño y meditar algunos salmos, preparo mis cosas para salir rumbo a la oficina. Como relámpago me cae de algún lugar ignoto la conciencia de que es martes, y que el domingo y el lunes pasaron sin que yo pudiera recordar la elaboración de esta columna. ¿A quién debo culpar de mi olvido? ¿Al cerebro y sus intrincadas y complejísimas funciones? ¿A la segregación (o ausencia de segregación) de algún misterioso componente químico producido en algún rincón subyacente a la región occipital o parietal del cráneo? ¿Al miedo que me produce, semana tras semana desde hace más de quince años, la página en blanco del domingo por la noche? ¿A un inconsciente deseo de olvidarme de mis escasos lectores y lectoras y mandar esta columna al cajón de los trebejos inservibles?

Justicia

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) acaba de calificar como improcedente un recurso interpuesto ante ella por Rafael Rodríguez Castañeda, director de la revista Proceso. El director del semanario entabló una querella ante la CIDH debido a la violación cometida por el Estado mexicano en contra de su derecho a la información. Rodríguez Castañeda realizó todas las acciones pertinentes para acceder a las boletas electorales de la controvertida elección de 2006 y no pudo conseguir dicho acceso. Cumplidas todas las formalidades, el periodista recurrió a la CIDH.

La improcedencia fue justificada por la CIDH señalando que Rodríguez Castañeda, según información proporcionada a la CIDH por el gobierno federal, tenía todavía dos instancias legales nacionales que recorrer. Ya se sabe que las instancias internacionales funcionan solamente cuando en los países de origen se ha recorrido sin resultados todos los recovecos jurídicos disponibles.

En entrevista con Carmen Aristegui, esa admirada rara avis periodística que se ocupa de este tipo de casos, Rodríguez Castañeda subrayó su inconformidad con la determinación de la CIDH debido a que dichos recursos, los que supuestamente le habría faltado explorar, están previstos en la legislación mexicana sólo en el caso de que el ciudadano promovente estuviera en desacuerdo con el resultado electoral. Este no era el caso del director de Proceso, que buscaba acceder a tal información por un interés claramente periodístico, sin que ello significara desacuerdo con los resultados.

Por eso el periodista señaló en su entrevista radiofónica que el gobierno federal se había cuidado mucho de referirse a él en sus respuestas en cuanto director de un medio de comunicación. No existiendo ninguna inconformidad de parte del director de Proceso con el resultado electoral, sino solamente el deseo legítimo de acceder a una información que es, por su propia naturaleza, pública, Rodríguez Castañeda consideró improcedente recurrir a esas instancias, lo que finalmente ofreció a un gobierno que, no es la primera ocasión, se maneja por chicanadas, la oportunidad de argumentar ante la CIDH de manera que la petición no prosperase, como de hecho sucedió.

Recordamos todavía, los que peinamos canas y fuimos parte del proceso electoral que culminó con la victoria no reconocida del Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y el ilegítimo triunfo de Carlos Salinas de Gortari, la pasión con la que el entonces legislador Diego Fernández de Cevallos argumentó en tribuna a favor de la destrucción de las boletas electorales, resguardadas en los sótanos de la propia Cámara de Diputados, entonces ataviada con la responsabilidad de ser la calificadora de la elección. El mismo escenario podrá verse ahora que, resuelto el último recurso interpuesto contra la fraudulenta elección de 2006, podrán ya quemarse las boletas que originaron aquel grito de batalla de una buena parte de la nación: “Voto por voto, casilla por casilla”.

El caso es que, salvo que algún otro ciudadano empiece otro largo proceso ante la CIDH y logre que la solicitud de acceso a la información sea admitida, estaremos condenados a no saber qué pasó realmente en las elecciones que llevaron al poder a Felipe Calderón. Este acontecimiento me trae a la memoria otra de esas preguntas sin respuesta que de cuando en cuando rondan por mi cabeza. ¿Qué se necesita para que la justicia, entendida ésta como el producto de un proceso judicial, acontezca?

Pocas naciones son tan fanáticas de los resultados judiciales como la norteamericana. Cientos de películas versan sobre procesos judiciales. Parece ser una fórmula de éxito asegurado mostrar a fiscales y defensores enfrascados en argumentaciones ante el juez. Fue precisamente en una película gringa sobre algún juicio, película cuyo nombre no alcanzo a recordar (juro que no sé cuál sea el origen de este olvido… a la mejor la edad), que un abogado reflexionaba sobre su labor de defensor y señalaba que, más allá de su confianza en el sistema judicial norteamericano (“It works…” es una de las frases más trilladas en ese tipo de filmes), su experiencia de litigio lo había convencido de que la justicia era mucho más que la aplicación de las leyes vigentes. Que, a veces, la consecución de la justicia se antoja casi un milagro, porque para que exista tiene que concurrir leyes aplicables, trabajo del litigante, una causa justa que se persiga… y de repente ¡zas! la justicia acontece.

Uno no sabe mucho cómo funciona eso, pero lograr todos los elementos se conjunten y la justicia acontezca, con el litigio bien resuelto y la reparación del daño garantizada, ha de ser uno de los más sublimes momentos para un juez o para un abogado.

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2 Responses

  1. J.Cervera dice:

    Será porque sintió feo que lo jaquearan hace unas semanas. Pero Usted síga, si es tan amable, que aunque no sé si somos pocos,sé que somos fieles:-):-**

  2. No deje esta columna en el cajón de los trebejos, porque inservible no es. Lector@s silenci@s y anónim@s le seguimos regularmente, en este inmenso espacio virtual; y nos es, semana a semana, inspirador.

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