Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

Cuento para vivir la navidad

27 Dic , 2011  

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Diego Facundo Sánchez Campoo es un entrañable amigo argentino, cristiano a carta cabal, lo que quiere decir también, aunque suene tautológico, revolucionario y anticapitalista. Diego, a quien cariñosamente llamamos Yiyo, ha escrito recientemente un cuento que parafrasea el texto de los caminantes de Emaús de Lucas 24,13-35. Me pareció un buen regalo navideño para ofrecerles a ustedes, pacientes lectores y lectoras de esta columna que me han honrado con su lectura durante este año 2011.
La próxima semana, ya año nuevo, nos veremos en esta página. Ojalá sigan premiándome con su atención durante el año que comienza.

Por el doble camino de Emaús
Lucas 24,13-35
Diego SÁNCHEZ CAMPOO

Aquel día de enero, caminaba con mi compañera por las calles de Cochabamba. Estábamos de vacaciones y nuestra intención era llegar hasta La Higuera. Era la tercera vez que pisaba suelo boliviano y sin embargo… por diversos motivos, nunca había podido llegar hasta el sagrado calvario latinoamericano. Hablábamos de todo lo que ocurría en nuestro continente en aquellos difíciles años en donde la guerra de guerrillas parecía el único camino para derrotar tiranías más que ‘evidentes y prolongadas’ y para sacar de la miseria y la explotación a los pueblos y a su gente. Recordábamos también a aquel hombre, que habiendo conocido la gloria, dejó tierra y familia, casa y arado…para emprender una vez más el dificultoso camino de la revolución. Finalmente y con dolor, pensábamos como habría sido el momento de tan vil asesinato… momento en donde semejante hombre hacía de su propia vida la ofrenda final.

Queríamos estar allí, respirando el aire de esa escuelita que había sido testigo de ese viernes santo de pasión y de muerte. Teníamos poco tiempo y triste fue la noticia de enterarnos que las intensas lluvias de verano habían bloqueado el camino. Nos miramos y caímos en la cuenta de que no habría próxima estación. Quedamos entristecidos. Resignados, decidimos salir a conocer la ciudad antes de emprender el regreso.

Así estábamos cuando de repente, en la plaza central, un hombre pequeño pero mayor se nos acercó tímidamente. – Ustedes deben ser argentinos ¿no?
– Sí, sí…
– Me di cuenta por el mate, nos dijo sonriendo.
– Ah, claro; eso nos identifica siempre… dijo mi compañera con cierto desgano.
– ¿Y de que estaban hablando? ¿Porque andan así medio entristecidos? (el hombre se había dado de lo evidente)
– Nada… de que quizás nunca más podremos volver a La Higuera, usted sabe, no se vuelve a Bolivia todos los días. ¿comprende?, le dije.
– No… ¿me explican?
– ¡Hablábamos de nuestro paisano hombre! del Che Guevara y del lugar donde lo mataron. Queríamos ir allí pero no hay camino.
– ¿El lugar donde lo mataron? ¿Qué no hay camino? ¿Cómo que no hay camino a la Higuera?, dijo sonriendo. Vieron, yo sabía. Por eso me acerqué a ustedes.

Nos mirábamos desconcertados pensando en quién sería este hombre. De repente, sacó de su morral un pequeñísimo libro. – Tomen esto les va a interesar, sugirió.
Nos llamó la atención el nombre: ‘Estuve junto al Che. No sabía quién era el Che’. Agradecidos por el gesto, le preguntamos qué significaba el titulo.

Con la serenidad que caracteriza a los hombres del altiplano se sentó a nuestro lado y comenzó: – Yo fui guerrillero del Che. Fue mi comandante, pero yo no sabía quién era él. Para mí siempre fue ‘el comandante Ramón’.
– ¿Cómo fue eso? ¡Cuéntenos un poco más por favor! , le pedimos.
– Claro que sí, lo haré gustoso, dijo el hombre y continuó: mi nombre es Eusebio y soy campesino de origen aymara. Con 17 años y sin hablar bien el castellano me involucré en la militancia Comunista (PCB). Al poco tiempo fui escogido para cumplir una tarea revolucionaria con la que yo mismo había soñado: luchar y combatir para terminar con la dominación de mi pueblo. Y es que eran tiempos de extrema pobreza, y mi Bolivia estaba sometida a la miseria, al analfabetismo y a la ignorancia…

Así, y con la generosidad y ternura que ‘a veces’ dan los años, Eusebio nos compartió gran parte de su vida. De cómo el también estaba cansado de tanta injusticia y muerte y de cómo nunca se sintió vencido, aun en los tiempos más difíciles en donde perdieron compañeros, pasaron hambre extremo e incluso fueron detenidos y apresados por largos años. Nos recordó como ese Comandante desconocido, con el que compartió largas tardes, le enseñó, no siempre con la mejor de las pedagogías, a endurecerse sin perder la ternura y a sentir en lo más hondo del alma cualquier injusticia cometida en cualquier parte del mundo. – Era un hombre diferente el Che ¡era el héroe de la revolución cubana! y sin embargo se comportó siempre como si fuera uno más de nosotros, relató emocionado Eusebio quien agregó que para cuando al Che lo mataron el ya se encontraba prisionero desde hacía un tiempo. Recién con el paso del tiempo pude saber quien fue realmente mi comandante. Llevo más de 40 años aprendiendo sobre él, sobre su pensamiento y su acción y eso es lo que siempre he tratado de transmitir…por eso he luchado, agregó.

Nos mirábamos con mi compañera como sorprendidos por lo que estaba ocurriendo. La tarde transcurría entre el mejor de los aromas, el de la palabra generosa y compartida. En ese clima de respetuoso encuentro nosotros también le contamos sobre nuestra Argentina. Juntos y como si nos conociéramos desde siempre, hicimos MEMORIA de la historia ‘sagrada’ de nuestro continente. De los dolores de parto y de las esperanzas en flor. Recordamos a ‘otros Ernestos’, los suyos y los nuestros…los de toda la Patria Grande. Los recordamos a Tupac Katari y a Juan Chalimín, a Bartolina Sisa y a Juana Azurduy, a José de San Martin y a Simón Bolívar, al Padre Luis Espinal y a Carlos Mugica, recordamos a los Camilos, los Romeros; a los Sandinos y a los Zapatas, a las Madres de la Plaza y a las Ramonas; a los Evos, a las Dilmas y a tantos otros… tantas otras. Como decía el gran Rodolfo Walsh , unimos los sueños y las luchas y las hicimos UNA SOLA. Para no tener que volver a empezar siempre, como si cada batalla por la liberación comenzara de cero.

Así, la tarde cayó.

Eusebio hizo ademán de seguir viaje, el tampoco era de allí.
– Quédese a cenar con nosotros, le dijimos, ¡tenemos tanto que hablar todavía!…

Aceptó. Caminamos hasta La Cancha y cenamos con él. En eso estábamos, compartiendo el pan y el vino -un rico vino de Tarija- cuando Eusebio con voz entrecortada nos hizo una confesión: – Creo, sin embargo, que fue la muerte del Che la que recién abrió mis ojos. Ahí supe por fin quien era. Esa mirada final y esos brazos como en cruz me recordaron a otro anterior y allí pude reconocerlo vivo para siempre. Y es que quien vive de esa forma ya no muere más ¿no?

Nos miramos con mi compañera y asentimos. Habíamos percibido con claridad cuál era la razón de su esperanza. Y sentimos que de esa mañana de tristeza ya nada quedaba. Por el contrario, ardía de amor nuestro corazón.

Para cuando quisimos darnos cuenta la comida estaba concluyendo. Brindamos, nos levantamos y nos abrazamos. Eusebio partió. En eso estábamos, contemplando la partida del pequeño-gran-hombre cuando este giró su cabeza y preguntó: – ¡¿Siguen creyendo que no hay caminos a la Higuera?!
– ¡Claro que sí! Gritamos sonriendo. CLARO QUE LOS HAY.

Quedamos en silencio y una vez más nos miramos, esta vez con alegría. Por lo visto y oído.
Eso es lo que a nuestra tierra volvimos a contar.
Que los caminos de la resurrección están abiertos. Y que siempre hay testigos de ello.
Que hay otro mundo posible que ya-esta-siendo-entre-nosotros.
Y que sólo se trata de de reconocerNOS en él.
Porque se trata…tan sólo…de reconocerLO entre nosotros.

Diego Sánchez Campoo
Mendoza, Argentina

Inspirado en el encuentro con Eusebio Tapia Aruni, único guerrillero boliviano y compañero del Che, que aún vive.
Este cuento ha resultado premiado por la Agenda Latinoamericana y puede leerse también en servicioskoinonia.org/neobiblicas

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3 Responses

  1. Genial Yiyin realmente hermoso.

  2. muy bonito y motivador!!!!

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