Iglesia y Sociedad

Cumpleaños renovador

29 May , 2012  

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A pesar de estar rodeados de cariño y afecto del bueno, los excesos en el comer y el beber terminan por cobrarse la factura.

El día no lucía bien: un cumpleaños más, cincuenta y cuatro años, lo cual, como uno puede imaginarse, no trae consigo una gran carga de ánimo. Los cincuenta, en mi experiencia, marcan el comienzo del declive: nuevas enfermedades, trastornos que “nunca antes” habían aparecido, procesos depresivos más recientes… ahora, dice la sabia voz que me acompaña en mis insomnios, los muertos ya no son muertos de los otros, sino nuestros, personas que conocimos y quisimos, con quienes nos tocó compartir largos trechos de la vida y que ya no estarán más a nuestro lado… Cincuenta y cuatro años significa también, entre otras cosas, llorar de manera cada vez más frecuente la partida de los amigos y amigas…

No obstante, intento bajar de la hamaca con el pie derecho: que la depresión no encuentre tan libre el paso. Dicen que estrenar ropa es un buen antídoto contra la tristeza. Me enfundo una colorida camiseta que la sacristana de la capilla de san José Obrero, doña Lupita, me regalara unos días antes. La mañana comienza con la celebración de la Eucaristía en el entrañable marco de la comunidad del monasterio de Santa María del Monte Carmelo y el opíparo desayuno compartido con las monjas carmelitas descalzas que me son tan queridas.

El resto del día no iría tan bien: agobios de trabajo en la oficina, la comida familiar plena de afecto, pero con sus inevitables excesos en la comida, un pantalón que me aprieta cada vez más, cierta indisposición estomacal y el asomo de un dolor de cabeza… hasta la camiseta nueva me parece incómoda. Lo único que quiero es irme a casa a gozar una larga, reparadora siesta.

Recuerdo entonces que justo en el día de mi cumpleaños ha sido convocada una concentración en la Plaza Grande. Se trata del movimiento estudiantil “Yo soy el 132”. Cualquier lector/a, más o menos sensato/a, me habría recomendado seguramente ir a descansar. ¿Qué puede hacer un hombre de 54 años en una manifestación de jóvenes que no alcanzan la treintena… y algunos ni siquiera los veintes?

Gana, sin embargo, mi espíritu sesentaiochesco y enderezo la guía hacia el centro. Con esto de los jóvenes nunca se sabe. Las noticias de otras partes del país son alentadoras: el rechazo a las candidaturas impuestas por los poderes fácticos, la enérgica exigencia del respeto al derecho a la información, la conciencia cada vez más clara de la basura que se nos ofrece en la mayor parte de los programas abiertos de la pantalla chica, todo pintaba como una promesa que valdría la pena ver de cerca.

La sorpresa no pudo ser más grata. Centenas de estudiantes, de las más variadas procedencias, hacían presencia avasallante, tumultuaria, contestataria, en la Plaza Grande. Para los setenteros, como yo, ser estudiante y ser rebelde eran una sola y misma cosa. Viejos recuerdos se agolpan en la mente cuando me refiero a mi pasado estudiantil: la desaparición del Charras, la constitución de los comités de lucha, el descubrimiento del marxismo, la experiencia de la represión autoritaria en la balacera contra el edificio de la Universidad… y la tristeza, para qué negarlo, que despertaban en mí los miles de estudiantes apáticos de los años más recientes, esclavos de las modernas tecnologías, con los audífonos tapándoles permanentemente los oídos… un mundo de enajenados. Sólo la marcha anti Bush de hace algunos años me hizo cobrar ciertas esperanzas, pero la juventud hubiera sido en ese entonces una minoría casi imperceptible, de no haber sido porque los que resultaron encarcelados a causa de la marcha fueron, precisamente, jóvenes.

Pero este 23 de mayo cambié radicalmente de opinión. La energía presente, llenando la Plaza Grande y –después habríamos de enterarnos por los medios independientes y hasta por la prensa tradicional, en muchas otras ciudades del país– era desbordante. Cierto dejo, muy sano y gratificante, de antipeñanietismo, la exigencia sin cortapisas de información veraz y objetiva, la creatividad desbordante de las pancartas y carteles, y una pasión que imaginaba ausente en esta franja generacional han terminado por convencerme que los avances tecnológicos no han sido necesariamente alienantes, que el féis y el tuit pueden también servir para la construcción de movimientos sociales potentes y transformadores.

Y en medio de la multitud de rostros sin arrugas, perdidos aquí y allá entre la muchedumbre, los viejos/as luchadores/as de siempre, con rejuvenecidos rostros entre los cabellos plateados. Como regalo especial, la insólita presencia de mi querido amigo, Melchor Trejo, entre la algarabía juvenil… Todo gracias a este derroche de energía juvenil renovadora.

Sólo el tiempo nos mostrará hacia dónde apunta este despertar estudiantil. Sólo el paso de los días develará su potencialidad indignada. Por el momento, ha sido chubasco de agua fresca en una tierra agrietada y agostada. Y estoy feliz de que todo esto haya ocurrido el día de un cumpleaños que se antojaba depresivo.

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One Response

  1. Maru Noguez dice:

    Solo para decirle que me alegra mucho que haya recibido ese regalo de cumpleaños .¡ Felicidades! que Dios nos lo conserve por muchos años.
    Desearía que toda la juventud se contagie de ese espíritu que parece verse;
    aquí por mi UNAM a veces es muy deseperanzante

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