Iglesia y Sociedad

La renuncia de Benedicto y la reforma de la iglesia

14 Feb , 2013  

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El lunes pasado se hizo pública la decisión de Benedicto XVI de dimitir (¿renunciar? ¿abdicar?) a su función de Obispo de Roma y Papa de la iglesia católica el próximo 28 de febrero, día a partir del cual la sede petrina quedará vacante y comenzarán los preparativos para el cónclave que elegirá al nuevo sucesor de san Pedro.

La decisión del Papa puede leerse desde muchos y diferentes enfoques. Ha habido manifestaciones públicas que saludan el gesto del Papa como “innovador” y subrayan las difíciles situaciones que Benedicto debió enfrentar en su pontificado, como la apertura del caso del pederasta fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, o la más reciente filtración de informaciones privadas en lo que los medios dieron en llamar el “Vati-leaks”. En efecto, las filtraciones en El Vaticano dieron una muestra de la división y las pugnas de poder que rodean al papado. Mostraban al mundo, como en una grieta abierta a una fortaleza antes inexpugnable, los intereses encontrados y las facciones que, dentro de los muros del más pequeño de los Estados, combatían ferozmente –y con medios nada evangélicos– por el control de parcelas de poder. Las palabras con las que Benedicto se refirió al tema en aquel momento estaban llenas de tristeza. No es gratuito sospechar que, detrás de la renuncia del Papa no haya solamente cansancio físico propio de la edad y de la enfermedad, sino también fatiga por este tipo de intrigas intramuros.

La mayor parte de los comunicados oficiales de las jerarquías católicas, sin embargo, prefieren prudentemente manifestar solamente su estupor por lo inédito de la decisión y piden oraciones por el Papa y la iglesia. Algunos colectivos, más osados, han intentado hacer un balance del ejercicio ministerial de Benedicto XVI, subrayando los retos que el próximo Papa tendrá que enfrentar, tal es el caso del Observatorio Eclesial, que acaba de publicar una durísima evaluación del pontificado que se extingue.

La mayor parte de los medios, en cambio, han enfilado ya sus baterías, a la rumorología acerca de los principales aspirantes a ocupar la sede que pronto quedará vacante: que si el cardenal fulanito de tal, que si es hora de que vuelva a ser papa un italiano, y boberas de esas. Siempre me han parecido insustanciales tales discusiones, no sólo porque se basan en puras especulaciones, sino porque evaden, desde mi punto de vista, las cuestiones centrales. A propósito de este tipo de quinielas, Juan Arias, en el periódico español “El País”, revela con cierta sorna lo siguiente:

“En el cónclave en el que sería elegido Papa el polaco Karol Wojtyla, en octubre de 1978, este diario llevaba poco más de dos años en la calle. Yo era su corresponsal en Italia y en el Vaticano. La dirección del periódico me pidió que preparara un reportaje, hablando con algunos cardenales residentes en Roma, para tener una idea acerca del nombre del candidato más barajado para sustituir al Papa relámpago, Juan Pablo I, que solo vivió 30 días de oscuro pontificado. Empecé con un cardenal de la Curia ya anciano. Me recibió en su palacio a dos pasos del Vaticano. Una monjita tímida me sirvió un café. El cardenal se arrellanó en su sillón de terciopelo rojo dispuesto a responder a mis preguntas. Al explicarle el motivo de mi reportaje, me dijo, con esa elegancia que reviste a los cardenales italianos que conservan todos un halo del renacimiento, que desistiera de mi propósito. ‘Tiene que entender una cosa, hijo mío’, me explicó paternalmente, ‘y es que ningún cardenal le va a pronunciar el nombre de otro como posible papable, por la sencilla razón de que cada uno de nosotros piensa en su fuero íntimo que es el mejor candidato. Se llega a cardenal soñando con el papado’. Y siguió en su confesión al joven periodista: ‘Si acaso, nos podemos reunir algunos cardenales más afines, para evitar que alguno que no nos gusta, pueda convertirse en papable, nada más”.

La decisión de Benedicto XVI tiene un sesgo de buena noticia. Independientemente de las razones que lo llevaron a anunciar su retiro, la renuncia del Papa rompe un mito. A partir de ahora ya sabemos que un Papa puede renunciar y que esto no significa ni la ruina de la iglesia, ni el fin del mundo, ni el cumplimiento de ninguna profecía catastrófica producto de alguna aparición mariana. Es simplemente una decisión tomada en conciencia y de acuerdo con la noción, suficientemente clara en nuestros días, de que la edad y las enfermedades suelen disminuir las capacidades de las personas y ponen en riesgo el cumplimiento de responsabilidades importantes. La exhibición del Beato Juan Pablo II en sus últimos años de pontificado no sólo se fue haciendo cada vez más grotesca, sino que alimentó las dudas de muchos fieles sobre quiénes eran los que estuvieron gobernando a la iglesia en esos últimos, dolorosos tiempos del Papa Wojtyla. La renuncia del Papa Benedicto es, en este sentido, una muestra de sensatez.

Por otro lado, la decisión del Papa aparece, a los ojos de algunos, como una decisión incompleta. Tiene la audacia de romper el mito, pero no deja los mecanismos para enfrentar situaciones parecidas en el futuro. Los avances de la ciencia permiten una prolongación cada vez más amplia de la vida, pero no han logrado suprimir las consecuencias del paso de los años en las personas sobrevivientes. Este ángulo no es menor, porque nos enfrenta con los cambios estructurales que la iglesia tendrá que encarar pronto y muestra la mayor de sus debilidades. Me refiero a lo que el teólogo Hans Küng llamara, desde hace muchos años, el ‘absolutismo romano’, una forma de gobierno que ha terminado por concentrar todos los poderes en el Obispo de Roma que, de presidente de la caridad de todas las iglesias, se ha convertido en un monarca absoluto, en una estructura eclesiástica que aparece muy alejada de los ideales evangélicos.

La renuncia del Papa ofrece una oportunidad de mirar de frente los retos a los que la iglesia se presenta, con la humildad de quien intenta interpretar los signos de los tiempos. No hay, al menos no en el Occidente, una institución tan reacia a las prácticas democráticas en su interior como la iglesia católica. Los millones de fieles, mujeres y hombres bautizados, no tienen el más mínimo espacio de participación en la elección de sus dirigentes. La exclusión de las mujeres de todos los ámbitos de decisión dentro de la iglesia es escandalosa, en un tiempo en que la igualdad de género se va convirtiendo en un signo que mide el grado de humanización de una sociedad.

Estos son sólo algunos de los retos a los que la iglesia, tarde o temprano, tendrá que responder en su estructuración interna. No puede la iglesia constituirse en paladín y defensora de los derechos humanos de las personas, si no aplica ese mismo respeto hacia dentro de sus estructuras eclesiales. Y eso, me temo, no se resuelve con el gesto del Papa Benedicto, por muy valiente y audaz que sea. Requiere una auténtica reforma. Y ya es hora de que, sin miedo, vayamos pensándola y conversándola en nuestras comunidades.

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4 Responses

  1. A mi parecer, un gesto atronador para una Iglesia tan mal acostumbrada al ejercicio vitalicio del poder.

  2. Es un placer leer su columna.

  3. Paola Giovine dice:

    gracias Raúl, como siempre, claro e iluminante. un abrazo con mucho cariño.

  4. Raúl Ibáñez Martínez dice:

    La incertidumbre mayor en estos momentos no es solo quien será el próximo Papa sino si en la dimisión de Benedicto ha influido el episodio doloroso de la filtración de documentos por parte de su mayordomo personal. El caso que se ha denominado Vaticanleaks, que intentaba forzar al Vaticano a virar hacia el tradicionalismo frente a la actual política aperturista y dialogante del Cardenal Bertone, debe haber hecho que el Papa tomase conciencia de la necesidad de un relevo

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