Iglesia y Sociedad

Pluralidad Religiosa en México. Cifras y Proyecciones

27 Feb , 2013  

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Presentación del libro
Pluralidad Religiosa en México. Cifras y Proyecciones
De Elio Masferrer Kan
(Libros de la Araucaria S.A., Buenos Aires, 2011, pp. 256)

Reza la enciclopedia que la Estadística “es una ciencia formal que estudia la recolección, análisis e interpretación de datos de una muestra representativa, ya sea para ayudar en la toma de decisiones o para explicar condiciones regulares o irregulares de algún fenómeno o estudio aplicado, de ocurrencia en forma aleatoria o condicional. Sin embargo, la estadística es más que eso, es decir, es el vehículo que permite llevar a cabo el proceso relacionado con la investigación científica”.

Hasta aquí la definición. Nadie tendría ningún problema con ella. Pero hay algunos que practicamos la sospecha como si fuera un deporte. Seguramente en gente como nosotros tuvo su origen aquel refrán que aquí en Yucatán escuchamos desde niños (y practicamos con religiosa obediencia): “piensa mal y acertarás”. Así que ante las encuestas y sondeos de opinión, hay gente que dudamos, que preguntamos, que no nos tragamos la píldora.

El problema es que los sospechosistas somos cada vez más. Cunde por todas partes la percepción de que el conocimiento estadístico, las encuestas y su interpretación, pues, son intencionadas y frecuentemente usadas para llevar agua al molino de alguien. Es decir, que los datos brutos que arroja algún sondeo pueden ser interpretados de muchas maneras y hay la posibilidad cierta de favorecer algunos intereses si se opta por una interpretación o por otra. Las encuestas en las campañas políticas son el mejor ejemplo de cómo los datos pueden presentarse para favorecer a un determinado candidato o candidata. El escándalo de las encuestas organizadas y/o financiadas por Milenio en la elección presidencial próxima pasada, por poner solo un ejemplo, muestra cómo se puede hacer campaña con las estadísticas y cómo la confiabilidad de un medio de comunicación se ve seriamente dañada cuando el engaño es puesto al descubierto por la terca realidad.

Quizá es ese creciente escepticismo el que llevó a Benjamín Disraeli a decir que “hay tres tipos de mentiras: mentiras pequeñas, mentiras grandes y estadísticas”. No se trata, muchas veces, del falseamiento de los datos, sino de una presentación con sesgos intencionados de parte de quien realiza las encuestas o de quien las interpreta. En algunos casos, dicho sesgo intencionado puede constituir un verdadero fraude social. Esto ha llevado a muchos especialistas a ser muy cuidadosos en las metodologías que las instituciones encuestadoras utilizan y a no aceptar cheques en blanco en cuestión de estadísticas. Recordamos aquí que ya en 1909 el Decano de la Universidad de Harvard, Lawrence Lowel, escribía que “las estadísticas, como algunos pasteles, son buenas si se sabe quién las hizo y se está seguro de los ingredientes”. Si a esto le aunamos el uso que los medios de comunicación hacen de los resultados estadísticos, simplificando informaciones, ya podemos imaginar el crecimiento de la desconfianza social respecto de estos ejercicios. Y aunque a la mayor parte de la gente las estadísticas las dejen sin cuidado y les hagan lo que el viento a Juárez, a veces –como cuando uno tiene que presentar un comentario sobre un libro que lo que hace es precisamente analizar las estadísticas, como es ahora mi caso– uno tiene que ocuparse de ellas, así sea para volver a enterrarlas, más pronto que tarde, en el cajón de escritorio de algún especialista.

Elio Masferrer Kan, además de un estudioso del fenómeno religioso, es un sospechosista de primera. No he podido averiguar si Santiago Creel inventó el término inspirado justamente en su persona. Y creo que nunca lo averiguaré dado que, con los escandalazos que Carmen Aristegui saca cada día en su noticiero matutino acerca de los casinos en nuestro país, Santiago Creel, católico de nacimiento y educado en su primaria por Hermanos Lasallistas, debe andar escondido porque fue él, que no se nos olvide, el que aprobó en mayo de 2005, en tan solo cinco días, siendo secretario de gobernación del sexenio foxista, 432 centros de apuestas remotas y salas de sorteo a un grupo de acaudalados empresarios mexicanos, entre ellos algunos relacionados con los medios de comunicación como Emilio Azcárraga Jean, de Televisa; Olegario Vázquez Raña del Grupo Imagen, y Carlos Enrique Abraham Mafud, entonces concesionario de TV Azteca en Yucatán.

Pero volvamos a lo nuestro. Elio Masferrer, que estudia el comportamiento religioso en México y América Latina desde hace muchos años, comenzó a sospechar de los censos realizados por el INEGI. Algo parecía no cuadrarle. La diversidad religiosa de nuestro país no le parecía bien reflejada en las cifras de los censos decenales. No solamente porque no percibía en los resultados censales la crisis de disminución que experimentaba la iglesia católica, sino porque la enorme cantidad de entidades religiosas, particularmente de la corriente evangélica pentecostal, no se distinguían en las cifras finales de los censos.

Entonces decidió realizar una investigación sobre las cifras que arrojan los censos del México independiente en torno a la pregunta “Religión”. El resultado es el libro que estamos presentando, fruto del trabajo de varios años de Masferrer y su equipo de colaboradores. Al análisis de los resultados censales, a través de los cuales demuestra la inconsistencia de las distintas metodologías que ha adoptado el INEGI a lo largo de los años y lo incompleto y sesgado de sus resultados, añade algunas hipótesis para explicar el fenómeno de la diversidad religiosa.

En la investigación que este libro reporta, el equipo de estudiosos, dirigido por Elio Masferrer, cuestiona la metodología utilizada en la recolección de datos censales sobre religión, analiza el crecimiento de lo que el libro llama “disidencias” religiosas (sobre todo evangélicos y pentecostales) –y que yo preferiría llamar minorías religiosas– y estudia los datos que quedan clasificados bajo los ambiguas categorías “sin religión” o “religiones no especificadas” ponderando, en base a estos datos, la significación de los errores o inexactitudes censales.

Destaco algunos elementos de la investigación que me parecen útiles e incontrovertibles:
1. La disección de los datos censales realizada por el equipo de Masferrer tiene la virtud de complejizar el panorama religioso. Este resultado me parece oportuno para la sana convivencia en la actual pluralidad religiosa, porque no solamente nos ayuda a no mirar un panorama de blancos y negros, mayorías y minorías, ortodoxos y disidentes, sino que muestra la vigencia de decenas de factores que explican el crecimiento de las religiones minoritarias y las transformaciones que ha venido sufriendo la religión mayoritaria.
2. Las metodologías usadas para la elaboración de los cuestionarios censales en materia de religión son ambiguas, disparejas, no aportan luz sobre la diversidad religiosa en nuestro país y pueden esconder sesgos que desorientan al ciudadano de a pie y favorecen a una religión sobre las otras. Hay un sobredimensionamiento de los católicos romanos en los resultados censales, producto de múltiples factores.
3. La elaboración de las preguntas censales en materia religiosa encuentran una explicación amplia y una clave de interpretación en las relaciones que las distintas iglesias, especialmente la católica romana, tienen o han tenido con el poder político y económico. No tomar esto en consideración es ingenuo.
4. La diversificación religiosa en el campo protestante (iglesias históricas, pentecostales, cristianas o de nuevo cuño) no se refleja convenientemente en los resultados de los censos, aunque no hayamos de atribuir esto solamente a las preguntas que realizan los encuestadores o a la metodología que utilizan los censos, sino también a que, más allá de las macroidentidades, la diversificación evangélica es un maremágnum un tanto caótico para quien la mira de fuera y, me temo, hasta los que lo hacen desde dentro.

Aceptar el sobredimensionamiento de los católicos en los datos censales y la subvaloración de la pluralidad religiosa y del crecimiento de las minorías cristianas y bíblicas no evangélicas, no significa tener que estar de acuerdo en todos los aspectos de las hipótesis que el autor del libro plantea a lo largo de sus páginas. Y como el sospechosismo ha sido altamente valorado a lo largo de esta exposición, me permito también expresar las sospechas que despiertan en mí algunas insistencias del autor que pueden revelar un sesgo en el análisis de los datos.

Me parece respirar a lo largo de toda la investigación algo que puede terminar constituyendo un prejuicio en la valoración de los datos: que el concepto de pluralidad religiosa, para ser tal, exigiera la destrucción de las mayorías y las paridades numéricas. Los católicos, que aun en la más audaz de las consideraciones numéricas, continúan siendo una sólida mayoría religiosa, parecen no entrar en el panorama de la pluralidad sino como un obstáculo. Algo equivalente a decir que la transición democrática requiriera, para ser llamada tal, la desaparición del partido que representa el sistema autoritario que se pretende dejar atrás: No habrá democracia hasta que el PRI desaparezca. Y espero que nadie diga mañana que estoy comparando a la iglesia católica con el PRI (aunque lo esté haciendo… pero esto queda en confianza). Esto se manifiesta también en las numerosas veces que el abandono de la iglesia católica es identificado en el libro como reflejando la incapacidad de dicha institución de dar respuesta “a los desafíos de la postomodernidad”, lo cual puede ser cierto desde muchos puntos de vista, pero las conversiones de una denominación protestante a otra nunca se explican de esa manera. Es decir, para no ahondar más en este sesgo autoral (sobre todo si el autor está presente), considero que no es pecado mortal sospechar que en muchas partes del texto que comentamos, el autor desliza de manera perceptible una valoración siempre negativa de la institución católica romana con la que puede estarse o no de acuerdo, pero que arriesga comprometer la imparcialidad de todo el estudio.

Propongo algunos ejemplos que, me parece, muestran a lo que me refiero. En la página 46 se hace la afirmación: “Muchos disidentes tienen temor a las presiones institucionales y gubernamentales, porque están conscientes de que su preferencia religiosa puede ser causa de agresión y no sólo no será sancionada, sino que contará con el respaldo gubernamental de los grupos de poder local e incluso federal”. Aunque no es esta una experiencia común en nuestro estado uno puede entender que sea una afirmación creíble y comprobable. El problema es cuando, para justificar dicha afirmación, la nota reza: “Sirve para formular esta hipótesis la postura que adoptó la Secretaría de Gobernación cuando declaró que el cardenal Sandoval no había violado la Constitución al afirmar que el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México había maiceado (sobornado) a los ministros de la Suprema Corte de Justicia, ni que había discriminado a alguien al opinar que a nadie le gustaría ser adoptado por dos maricones”…

Entiéndase lo que digo: a mí también me parece que las opiniones del entonces Cardenal de Guadalajara son patéticas, y que la declaración del Secretario de Gobernación en su favor fue vergonzosa (a pesar de la loable declaración de la CONAPRED que tomó la posición contraria respecto a lo dicho sobre las personas homosexuales, registrada también por la nota). Pero proponer estos ejemplos como corroboración de la hipótesis de que los disidentes religiosos sabrían que las agresiones en su contra por ser minorías religiosas no serán sancionadas me parece cuando menos excesivo. Es una prueba que no prueba nada, salvo que se extienda arbitrariamente. Algo así como lo que a propósito he hecho yo al principio de esta intervención, al recordar que el católico Creel aprobó los casinos que tantos dolores de cabeza nos causan hoy en día, sin que tenga nada que ver con el tema que estamos tratando, sino sólo para explicar el sospechosismo del autor y para concederme el placer, ese sí, casi pecaminoso, de recordar cada vez que puedo esta incongruencia del panista (que podría, desde luego, ser admirado por otras acciones… pero no por ésta).

Lo mismo podría decir sobre algunos otros sesgos, como la desestimación del priismo tradicional de los protestantismos (al menos de los históricos), la subvaloración de la teoría de la conspiración en el caso de los intereses del gobierno de los Estados Unidos en la difusión de las denominaciones de origen norteamericano (que comparto) en la página 40, pero la afirmación, solo una página antes, de que “En 1950… tanto Manuel Ávila Camacho como Miguel Alemán (que) eran católicos estaban interesados en revertir las tensiones con la iglesia católica…” y por eso habrían definido preguntas censales cargadas –como los dados– hacia un solo lado, suena también a teoría conspiratoria.

Lo bueno es que, aun cuando estos sesgos pudieran ser discutidos y hasta comprobados, no hacen menoscabo alguno en las sólidamente probadas inconsistencias de los resultados censales reveladas en el libro y en las consecuencias que esto reporta en la caracterización de la complejidad religiosa del México contemporáneo. El trabajo de Masferrer y su equipo son un aporte insustituible para los especialistas en estudios de la religiosidad en México y para cualquier lector o lectora que quiera acercarse con datos críticamente valorados al fenómeno de la pluralidad religiosa en nuestro país.

No puedo terminar sin una nota regionalista. Los datos sobre Yucatán nos dejan, por así decirlo, bien parados. A la consolidación de la presencia evangélica en el estado (p 49), atestiguada incluso por los resultados censales a pesar de sus insuficiencias metodológicas, se corresponde una disminución del fenómeno de la intolerancia, según las encuestas sobre discriminación realizadas por la CONAPRED (p 66), lo que hace que el autor posicione a Yucatán entre las entidades de “pluralidad consolidada”. Enhorabuena. Lástima que ese respeto de los yucatecos a la pluralidad religiosa no se extienda, por ejemplo, a la diversidad sexual. Yucatán es el tercer estado en crímenes de odio por homofobia. Y a la conservación y perpetuación de esta mentalidad discriminatoria contribuyen a mi parecer, desafortunadamente, tanto mayorías como minorías religiosas. Pero esa es otra discusión.

No me resta sino invitar a la audiencia a echarle una ojeada a la obra que hoy presentamos. Es una temática que interesa sobre todo a quienes se ocupan desde el ámbito de su trabajo de la situación religiosa mexicana pero que, como bien sostiene la presentación, “su estructura ágil permite que sea leído por un público amplio y diverso”.

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