Iglesia y Sociedad

De ciencia económica y economistas

10 Sep , 2013  

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Durante una buena parte de mi infancia deseé entrar al seminario. El ejemplo de mi párroco me inspiró tal deseo. Llegó, sin embargo, la adolescencia, con todas sus dudas y quebrantos. La preparatoria me inició, en tiempos del movimiento estudiantil y popular surgido a partir del secuestro y asesinato de Efraín Calderón Lara, el Charras, en el interés por la política. Después de esa vorágine que me llevó a ser testigo presencial del ataque armado de las fuerzas de la policía contra el edificio central de la Universidad de Yucatán, pensé que era mejor dedicar mi vida a la lucha social. Por un momento, el seminario dejó de ser mi primera opción. El curso 74-75 era mi último año en la preparatoria, por lo que debía decidir qué carrera me permitiría dedicarme a cambiar la sociedad.

Enseguida pensé en la facultad de economía. No obstante mi falta de afición por los números, el plan de estudios y la vida interna de esa facultad universitaria era lo que más se acercaba a lo que yo quería… Ha llovido mucho desde entonces. El estudio de la economía, poco tiempo después, se transformó de manera radical. Los vientos de Harvard y Yale comenzaron a encumbrar en los puestos públicos a economistas ligados a la llamada línea neoclásica en su derivación neoliberal. Yo decidí, finalmente, entrar al seminario y la vida me ahorró la posibilidad de ingresar al selecto grupo de los Chicago Boys que han construido altares a lo que llaman el libre mercado.

Los economistas de hoy, salvo raras excepciones, se enojan cuando se les habla de ética económica. Dicen que lo científico de su disciplina consiste, justamente, en moverse por los hechos y la fuerza del análisis y no por la imposición de afirmaciones morales que se erigen como argumentos de autoridad. Objetivizan de tal manera a las fuerzas económicas que se refieren, como si fueran entes independientes de la voluntad humana, a las fuerzas del mercado: los mercados “se ponen nerviosos”, afirman de manera que raya en la ridiculez.

Jorge Arturo Chaves (así, con ese), economista de Heredia, Costa Rica, ha llamado a la refundación de la economía (Agenda Latinoamericana 2013, pp. 154-155). Su razonamiento pone bajo juicio la manera actual de abordar los problemas económicos. Reconoce la razón que tienen los economistas al rechazar la injerencia de discursos ideológicos para determinar las decisiones económicas, como si se pudiera determinar qué es lo que hay que producir, establecer los precios de los productos o determinar el tipo de puestos de trabajo que habría que crear. En esto, sostiene Chaves, los economistas tienen razón porque la economía, como ciencia, ha de regularse por un método propio en un esfuerzo por conocer las realidades con las que trata.

Sin embargo, afirma el costarricense, hay dimensiones de la economía que los profesionales no alcanzan a ver por el rígido esquema en que han sido formados. La economía no fue concebida como una ciencia únicamente para resolver los problemas técnicos que puedan surgir del funcionamiento económico, sino que su estatuto científico surgió de la preocupación por definir dos preguntas claves: para qué y para quiénes funciona la economía, y para qué y para quiénes se resuelven sus problemas de una manera o de otra. Al decir de Chaves “la primera pregunta define la dimensión técnica o ingenieril de la economía, mientras que los otros dos interrogantes expresan el carácter ético y político que tiene toda actividad económica”.

La actual funcionalidad de la ciencia económica al dictado de los poderosos de este mundo (eficiencia monetaria, recortes presupuestales, desprecio a las necesidades de la población, consagración de los procesos de acumulación de capitales y del despojo) surge precisamente del abandono de una de las dimensiones fundamentales de la economía en cuanto ciencia: el reconocimiento de que todas las políticas económicas, las medidas gubernamentales o empresariales siempre llevan a construir un determinado tipo de economía y a favorecer a determinados grupos, aunque no se diga o se trate de ocultar bajo razonamientos de aparente cientificidad.

Los ejemplos del abandono de esta dimensión, que brota de la misma racionalidad de la ciencia económica y no de dictados externos, los podemos ver en la crisis europea, reflejo de la crisis norteamericana y mundial: se pospone el apoyo a los desempleados y a las familias que perdieron sus viviendas, por fortalecer, en cambio, a los grupos financieros que fueron, paradójicamente, los responsables principales de la crisis. Es como si a todos los países les estuviera llegando la hora de su Fobaproa y su rescate de carreteras. Soluciones económicas que huelen más a latrocinio que a ciencia objetiva.

La propuesta de Jorge Arturo Chaves es desafiante: en una sociedad marcada por la desigualdad y a exclusión, la ciencia económica ha de recuperar su vocación original de ciencia de la producción y distribución de bienes y servicios para responder a las necesidades de las personas en convivencia y en razonable relación con el resto del planeta, entendiendo por planeta no solo los países y la especie humana, sino las posibilidades limitadas del entorno medioambiental.

Democracia económica, le llaman algunos, aludiendo al control social que los ciudadanos y ciudadanas tendrían que ejercer en torno al cumplimiento de la vocación original de la economía. Chaves prefiere llamarla “refundación de la economía” porque implica la recuperación del carácter humano de la vocación originaria de la ciencia económica, la única manera de garantizar la supervivencia de la sociedad actual y la vida en el planeta.

Esta refundación, advertimos, tendrá que hacerse a contrapelo de los teóricos que legitiman una dinámica económica que beneficia de manera desproporcionada a pequeños grupos de gran poder. Los poderosos y sus legitimadores van a oponerse con todas sus fuerzas a que la economía cambie y regrese a lo que estaba llamada a ser desde sus mismos orígenes. Ese es uno de los campos de batalla en que se juega la construcción del otro mundo posible o la inviabilidad de la convivencia pacífica en este planeta, según la posición que se tome.

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