Iglesia y Sociedad

Noticias de última ira… y dolor

13 May , 2014  

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Andrés Carrasco. In memóriam

Hay ocasiones en que la vida se parece a esas olas que te arrastran y parecen no querer dejarte ir. Como cuando de niño, en Progreso vespertino, te metías al mar y, a pesar de las recomendaciones de la tía en cuya casa pernoctabas en fin de semana, porque ni tú ni tu familia nuclear tuvieron nunca una casa de playa donde pasar la temporada veraniega…

(que ahora resulta, al decir de algún articulista a destajo, que “la temporada” es un fenómeno, patrimonio de todos los yucatecos y yucatecas y, por si fuera poco, costumbre constructora de la paz social… ¡sí! No muestra del clasismo y la desigualdad que nos agobian, no, sino encomiable tradición a la mano de los habitantes de, supongo, Xoy y Chacsinkín, por mencionar dos comunidades que el articulista seguramente recuerda… ¡cosas veredes, añorado seminario interdiocesano de Tehuacán!)

… la ola te arrastraba y tú, viendo a la Parca a un tiro de piedra –o de alga– jurabas que nunca más te portarías mal y que si Dios te concedía salir con vida de ese marítimo trance ayunarías todos los viernes y renunciarías a los pecaminosos libros que absorbían las tardes de tu infancia: los Tres Mosqueteros, Los relatos de Sherlock Holmes, Los Miserables, el viejo libro de cuentos que tu abuela te regaló y hasta la Biblia Nácar – Colunga de pasta caqui.

Hay ocasiones, como la semana pasada, que las olas te arrastraron y no pudiste ni siquiera visitar este espacio para dejar la acostumbrada columna semanal, porque a la carga de trabajo, producto de tu incorregible manía de decir sí a todo lo que te pidan, sea encuentros de diversidad sexual, charlas con desconocidos angustiados o visitas a hospitales, se le juntó pérdidas sensibles y ataques del mal gobierno… y a los ya mencionados agobios se añadió la perspectiva de la ausencia temporal de tus dos pilares de confianza sólida, siempre ahí, firmes en la batalla…

(es curioso como el desasosiego no acude de la misma manera cuando el que deja la patria eres tú, que ves parar un avión y te subes, pero que te sabes y reconoces siempre anclado, porque ellas están ahí… pero cuando ellas se van, no eres sino un huérfano necesitado de amarres que, siguiendo la metáfora marina, puedes ser zarandeado por las olas, Dios no lo permita, sin tener de donde asirte…)

Así que no quieres que pase otra semana más sin escribir en tu espacio y exorcizar en él tus congojas. Y escoges, entre ellas, las dos que te causan más desazón.

1. Es noviembre de 2013 y es la preaudiencia del Tribunal Permanente de los Pueblos en la Escuela de Agricultura Ecológica de Maní, Yucatán. Por inmerecido honor he sido invitado a ser dictaminador. El trabajo es arduo porque, a más de escuchar los casos presentados, habrá que redactar el dictamen y todo ello en un tiempo muy medido. Pero el trabajo se hace menos pesado porque la compañía es excelente: las y los demás dictaminadores nombrados tienen el oído y el corazón abiertos. Entre ellos, hombre cargado de sabiduría, está Andrés Carrasco. Viene con su esposa. Uno no se imaginaría, al verlo, que está frente a unos de los científicos más comprometidos con la causa de los pueblos y la defensa de las semillas nativas. Su  argentina sencillez (lo que se supondría oxímoron) hace que su muerte duela. Sus descubrimientos sobre los daños irreversibles que causa a la salud de personas y pueblos el uso del glifosato han sido de indudable ayuda para impulsar la conservación de las semillas criollas y para descubrir el mundo de codicia neoliberal que se esconde detrás de las compañías que, como Monsanto, viven de sembrar muerte. Descanse en Paz.
2. Lo que pasó en La Realidad no tiene nombre. O bueno, sí lo tiene: se llama traición y alevosía, se llama provocación y muerte. El deceso de Galeano, maestro de la “Escuelita de la Libertad según los/as zapatistas” no es una muerte más. Es un ominoso signo de guerra. La descripción del Sup en el comunicado del ezetaelene es estremecedora:

Lo que sucedió con el compañero Galeano es estremecedor: él no cayó en la emboscada, lo rodearon 15 o 20 paramilitares (sí, lo son, sus tácticas son de paramilitares); el compa Galeano los retó a luchar mano a mano, sin armas de fuego; lo garrotearon y él brincaba de un lado a otro esquivando los golpes y desarmando a sus oponentes.
Al ver que no podían con él, le dispararon y una bala en la pierna lo derribó. Después de eso fue la barbarie: se fueron sobre de él, lo golpearon y lo machetearon. Otra bala en el pecho lo puso moribundo. Siguieron golpeándolo. Y al ver que aún respiraba, un cobarde le dio un tiro en la cabeza.
Tres tiros a mansalva recibió. Y los 3 cuando estaba rodeado, desarmado y sin rendirse. Su cuerpo fue arrastrado por sus asesinos como unos 80 metros y lo dejaron botado.
Quedó solo el compañero Galeano. Su cuerpo tirado en mitad de lo que antes fue territorio de los campamentistas, hombres y mujeres de todo el mundo que llegaban al llamado “campamento de paz” en La Realidad. Y fueron las compañeras, las mujeres zapatistas de La Realidad quienes desafiaron el miedo y fueron a levantar el cuerpo.

Quienes valoramos la dignidad zapatista y nos sentimos honrados de que las y los zapatistas nos permitan caminar a su lado, nos hemos comprometido a no dejarlos solos. La postdata del Sup es clara: “Si me piden que resuma nuestro trabajoso andar en pocas palabras serían: nuestros esfuerzos son por la paz, los esfuerzos de ellos son por la guerra”.

Las y los zapatistas han apostado por la paz. Lo han demostrado a lo largo de los años y está a la vista de todos lo que han logrado en los municipios autónomos a través de las Juntas de Buen Gobierno, que nos enseñan que mandar obedeciendo es mucho más que una consigna. Los que gobiernan y sus secuaces (autonombrados, estos últimos, gobernantes) han apostado por la guerra. Que olvide quien quiera y pueda. Yo ni quiero, ni puedo. He deseado siempre ser constructor de paz. A eso me llama el evangelio. Y eso puede hacerse, para asombro de muchos, aún en medio de una guerra. Las sombras de la tierna furia saben de qué lado late mi corazón en esta lucha.

Es cuanto.

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