Iglesia y Sociedad

Reflexiones sobre la libertad

10 Jun , 2014  

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Para aquellos/as que han hecho de U Yits Ka’an, una escuela de libertad ecológica.
En reconocimiento a sus esfuerzos de tantos años.

Desde las montañas de la selva lacandona se escucha el ruido sonoro: ¡libertad, libertad, libertad! Es la concentración más exacta del espíritu zapatista.

No obstante, nos recuerda Marc Plana (Agenda Latinoamericana 2014 p.90), desde Cataluña, en España, “algo deberíamos sospechar cuando el concepto libertad es un término tan aceptado hoy por todo tipo de ideologías”. Y creo que tiene razón. Han reclamado libertad tanto los jóvenes del 68 como Thatcher y Reagan, los presos políticos como los comerciantes neoliberales. Se hace necesario, pues, encontrar los límites para potenciar la libertad entendida como medio para conseguir una vida más humana para todas y todos, y no ceder al embrujo de la defensa absoluta de una libertad sin límites. Ya Victoria Camps escribía con acierto: “No se predica el autogobierno como un valor en sí, ni de nadie que carezca de criterio para autoconducirse. Se predica de los humanos. ¿Por qué y para qué? Para que realicen su humanidad. La autonomía es, sin duda, condición de humanidad. El ser que vive bajo constricciones, esclavizado, no es plenamente un ser humano. Pero tampoco lo es… quien usa su facultad de autogobierno solo para ejercer la violencia o dominar al otro…” Pero ¿cómo definir el uso “humano” de la libertad? ¿Quién impone los límites?

Y no se trata de una discusión puramente metafísica, que pudiera solucionarse a partir de la aceptación de algunos principios (con todo y que los principios sean muy importantes) como el que la libertad es para el bien y no para el mal, etcétera. Se trata, sí, de encontrar para nuestra acción colectiva un pacto común de esos límites, en un diálogo abierto, plural y democrático. Eso que ha venido haciendo lo que llamamos el “discurso de los derechos humanos”.

La defensa a ultranza de la libertad como un derecho absoluto trae consigo riesgos muy graves, porque legitima la desaparición de todo tipo de criterios. Quizá por eso es la demanda número uno del comercio neoliberal: la libertad (de comprar y de vender, de convertir todo en mercancía). Como dijera Tzvetan Todorov, no podemos defender la libertad del zorro en el gallinero. Marc Plana termina su reflexión diciendo: “La libertad no puede ser una palabra usada acríticamente para justificar cualquier acción. Nuestra dignidad depende de ello. Pico della Mirandola dijo que la libertad nos puede convertir en dioses o en animales. Seamos conscientes cuando la exigencia de libertad sirva para justificar la descohesión social, para invisibilizar la necesidad del otro, o para instrumentalizar nuestras acciones a favor de intereses ajenos al bien común… Exijamos libertad, sí, pero exijamos libertad para hacernos más humanos».

Quizá uno de los terrenos en que la libertad, entendida como ausencia de todo límite, ha causado más daño es en el cuidado del medio ambiente. Pensar la libertad desde la perspectiva de la Tierra como un planeta vivo tiene muchas implicaciones. El sistema de mercado, que ha impuesto su lógica de tratar todo como mercancía, ha fortalecido la concepción antropocéntrica: el ser humano es el centro de toda la naturaleza y todos los demás seres vivos con “cosas” cuya existencia adquiere valor solamente en la medida en que son útiles a los humanos. Superar este pensamiento antropocéntrico asociado a la lógica del mercado, es uno de los grandes retos de nuestro siglo. Si se conserva con esta misma fuerza en dos o tres generaciones más, el planeta estará en riesgo grave de extinción (si no el planeta, sí la especie humana).

A eso se refiere la UNESCO en la Carta de la Tierra, aprobada en el año 2000 cuando habla de “comunidad de vida” para referirse a la enorme y compleja red de seres vivos que tiene el planeta. Tiene razón Pedro A. Ribeiro de Oliveira (Agenda Latinoamericana 2014, p 102) cuando señala que no hay comunidad posible de vida entre señor y esclavos. “Al tratar a las otras especies como cosas a las que negamos su libertad, nuestra especie se coloca en la posición de dueña del mundo, como un monarca solitario dominando a sus súbditos con mano de hierro”.

Y ya sabemos cuáles son las consecuencias de un pensamiento así: las constatamos cada día con el proceso de deforestación, abuso de energías contaminantes y sobrecalentamiento mundial. Pensar, en cambio, la Tierra como un ser libre es pensarla como capaz de decidir su propio futuro, y eso se da por medio de la especie que ella engendró en su madurez: la especie humana. Tiene razón Leonardo Boff cuando señala que nosotros, los seres humanos, somos la Tierra que en su evolucionar ha llegado a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Somos la Tierra misma que siente, piensa, ama y venera.

En fin, que entender que la libertad nos es dada, no para dominar la tierra, sino para que escojamos los caminos más adecuados al pleno desarrollo de la “comunidad de vida” de la Tierra, es la primera condición para el ejercicio de la libertad en dimensión planetaria. Y es uno de los retos a los que estamos llamados a dar respuesta en este siglo de depredación continuada y de destrucción medio ambiental.

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