Se busca un culpable
La muerte de Jesús no fue algo casual. No murió en la cama de un hospital. No pudo disfrutar de una vejez honrosa, como era el ideal judío de su tiempo. Su muerte no es tampoco fruto de ningún accidente. Jesús murió antes de tiempo. Lo mataron en plena madurez y con una violencia que quería ser ejemplar. La muerte de Jesús, que los cristianos y cristianas celebramos con mucha enjundia durante la semana santa, plantea un interrogante insoslayable: ¿quién lo mató? ¿por qué lo mataron? ¿qué dijo o hizo que provocó contra él un odio tan visceral que acabó llevándolo a una muerte ignominiosa? ¿quién se sintió amenazado por su predicación y su actuación?
Hacer estas preguntas no tiene nada de irreverente. En el nivel de la reflexión teológica cristiana el sentido salvífico de la muerte de Jesús puede estar claro. No es éste el asunto sobre el que versan estas líneas. Si Jesús murió o no por nuestros pecados, si su muerte fue o no fue un sacrificio, si obedecía a un proyecto divino o no, son cuestiones que se plantean en otro nivel de reflexión. El asunto que aquí expongo es más pedestre, más de este mundo. ¿Podemos saber, a partir del texto de los evangelios, cuáles fueron las causas por las que Jesús fue condenado a muerte y quiénes fueron sus verdugos o, lo que hoy llamaríamos, los autores intelectuales de su ejecución?
Imposible responder a estas preguntas en el marco breve de un artículo de opinión. Presuponiendo una visión medianamente ilustrada sobre la manera como se estudian modernamente los textos bíblicos, quisiera solamente proponer a la reflexión de los lectores y lectoras tres niveles institucionales que, me parece, fueron amenazados de alguna forma por la predicación y actuación de Jesús. Pido de antemano perdón por las simplificaciones a que quedo obligado en este espacio.
Los fariseos o la imagen del otro Dios posible
Presentados como los principales enemigos de la predicación de Jesús, los fariseos gozan de muy mala reputación. Son acusados de hipócritas y malvados, preocupados por minucias, ansiosos de reconocimiento social y orgullosos de su santidad. Aunque estas acusaciones reflejan mucho más el conflicto entre fariseísmo y cristianismo al momento de la redacción de los evangelios, es incontestable que Jesús mantuvo algunas discusiones y altercados con los farieseos.
El anuncio del reino de Dios que Jesús traía debe haber interesado mucho a este grupo, aunque seguramente los desconcertó. Mientras más lo escuchaban, más discrepaban de él. La libertad de Jesús ante la Ley de Moisés (es decir, ante la Palabra oficial de Dios) debió preocuparlos. Jesús hablaba con autoridad propia, sin atender a lo que enseñaban otros maestros. Lo decisivo para Jesús no era observar la Ley, sino escuchar la llamada de Dios a “entrar” en su reino. Lo absoluto para Jesús no era la Torah, sino la irrupción de Dios que está transformando de raíz la convivencia humana promoviendo una vida más plena para todos y todas, especialmente para los marginados. La principal dificultad de los fariseos parece ser la acogida incondicional de Jesús hacia los pecadores, su mesa abierta a todos, incluyendo a quienes viven fuera de la Alianza y no dan signos de arrepentimiento. Esta actitud reiterada de Jesús debe haber ofendido a quienes consideraban que era preciso exigir a esta clase de gente la penitencia y los sacrificios a que obligaba la Ley.
¿Era esto suficiente para que los fariseos buscaran la muerte de Jesús? Se sabe que los fariseos discutían mucho, que eran apasionados en sus debates… ¿pero matarían a alguien por no compartir su propia visión?
Las autoridades religiosas o la amenaza al culto del templo
Una minoría de ricos conformaban la aristocracia de Jerusalén. Destacaban entre ellos los sacerdotes del alto clero. Sector poderoso y corrupto, dominaban el sanedrín, órgano de impartición de justicia y controlaban los diezmos, tasas y donaciones que llegaban al templo. Llegaron a arrancar a fuerza de golpes los diezmos a los sacerdotes del clero bajo y sus archivos fueron quemados en la revuelta del año 66 para impedir el cobro de deudas atrasadas, según cuenta Flavio Josefo. Eran una instancia de poder con la que contaba el gobernante romano. Muchos de ellos eran del partido de los saduceos
Jesús se colocaba, en su predicación y su acción, al margen del sistema sacrificial del templo. Esto debía irritarlos sobremanera. El desprecio de Jesús por el templo, sus curaciones y exorcismos que atentaban contra el poder de estas autoridades religiosas de ser los intermediarios exclusivos del perdón y la salvación de Dios para su pueblo, seguramente fueron causa de gran preocupación para ellos. Jesús se esmeró en criticarlos en la parábola de los viñadores homicidas (Mc 12,1-8) y en su lamento sobre Jerusalén (Lc 13,34-35). Hay antecedentes, recordados por el mismo Jesús, de cómo la insolencia de los gobernantes religiosos había sido la causa eficiente del asesinato de muchos profetas.
Para estos gobernantes de origen religioso, pero que ejercían un poder que iba mucho más allá de la religión, Jesús abría un camino nuevo, más allá del poder religioso del templo, minando así la autoridad que ellos esgrimían como venida del mismo Dios.
El imperio romano o las consecuencias políticas de la predicación de Jesús
Jesús aparece predicando el reino de Dios. El término griego que usa el NT es “basileia” y sólo se empleaba en el siglo I para referirse al imperio de Roma. Jesús, en cambio, aparece anunciando el imperio de Dios. Oír hablar de un “imperio” que no es el del César, que con sus legiones de soldados establecía la “pax romana”, imponiendo su justicia al mundo entero y exigiendo a cambio de su protección agobiantes tributos a la población, oír hablar de otro “imperio”, repito, aunque se le llame “imperio de Dios” no podía ser muy tranquilizante para gobernantes que veían complots contra Roma en todas partes.
Hay recientes investigaciones que conceden un alto significado político a la actividad exorcista de Jesús. “Si yo expulso a los demonios con el dedo de Dios, es señal de que ha llegado a ustedes el imperio de Dios” (Lc 11,20) podría haber sonado, a los oídos de la gente sencilla de Galilea, que estaba ya pronta la derrota de los romanos, porque en muchas reflexiones judías de la época el imperio romano aparece como la concretización de fuerzas sobrehumanas hostiles a Israel: si Dios controla la historia, ¿cómo es que Israel vive sometido a los dioses de Roma? Si, según la predicación de Jesús, Dios está ya venciendo a Satán, los días de los romanos están contados.
La manera como Jesús sorteó la trampa sobre el impuesto al César (Mc 12,13-17), aun en medio de su ambigüedad, deja clara la resistencia de Jesús al imperio romano y el reconocimiento absoluto de que las personas, particularmente los pobres, le pertenecen a Dios y nadie ha de abusar de ellos. Ni el César. No sabemos si el representante de las autoridades romanas haya dado crédito a las acusaciones contra Jesús, de que andaba “prohibiendo pagar tributos al César” (Lc 23,2), pero el profeta del imperio de Dios resultó seguramente incómodo para quienes sostenían la presencia del imperio romano y se beneficiaban de él: la aristocracia del templo, las familias herodianas y el entorno de los representantes del César.
¿Conclusión?
Difícilmente pueda sacarse una conclusión definitiva de unas cuantas notas pergeñadas con tanta simplificación. Muchos de los datos están tomados de la más reciente, extraordinaria síntesis de descubrimientos sobre el Jesús histórico publicada por José Antonio Pagola. Ahí podrá encontrarse una exposición más detallada. Lo cierto es que la muerte de Jesús no se comprende a fondo si no se toma en cuenta el entresijo histórico que la produjo. Esta cuestión es relevante, no solamente para la construcción de cualquier teología que quiera explicar el fenómeno en otro plano, lo cual precisa tomar en cuenta el acontecimiento histórico de origen, sino para quienes hoy nos situamos como discípulos y discípulas del maestro de Nazaret.
¿Es nuestra predicación y, sobre todo, nuestro testimonio, una herida clavada en el costado de los nuevos imperios de nuestra época o mantenemos una imagen edulcorada de un conflicto que tuvo un desenlace tan cruento que sólo con la simbolización teológica somos capaces de soportar? ¿Somos fieles al perturbador mensaje de Jesús o nos hemos convertido en los sostenedores de una práctica religiosa que resulta inocua y, como decimos en lenguaje común, no mata ni a una mosca? ¿Cómo ilumina esta discusión el testimonio de los mártires de nuestro tiempo y las razones por las cuales los mataron: Monseñor Romero, las hermanas Mirabal, los jesuitas de la UCA, Harvey Milk y Martin Luther King?
Colofón: La cita bibliográfica completa es PAGOLA José Antonio, “Jesús. Aproximación histórica” (PPS, Madrid 2007).
Para Ariel Valdés, en muchos campos colega
El texto de la adúltera perdonada fue leído este domingo en todas las iglesias católicas del mundo. Es un texto raro en el marco de la tradición de Juan. Acostumbrados al lenguaje simbólico y altamente cargado de connotaciones teológicas que tiene el cuarto evangelio, nos asombra encontrar un texto en el que se usa este lenguaje tan simple. En efecto, si leemos el evangelio de corrido, uno encontrará que el texto de la adúltera perdonada es una especie de interrupción entre los elaborados discursos de Jesús sobre el símbolo del agua (Jn 7,37-49) y de la luz (Jn 8,12-20). Algunos especialistas se atreven a hablar de este texto como una especie de aerolito del cielo de Lucas caído por equivocación en el suelo juánico. Como quiera que sea, este texto nos da una luz especial sobre la relación de Jesús con esta mujer sorprendida en adulterio y, en general, sobre la manipulación de la religión para hacer sufrir a los más débiles. Quiero compartir algunas anotaciones con la intención humilde de que pueden ayudarnos a comprender mejor algunos ángulos del pasaje.
La escena nos presenta a Jesús sentado, enseñando en el Templo de Jerusalén, después de una corta estancia en el Monte de los Olivos, donde acostumbraba ir a orar. Son los escribas y los fariseos quienes le presentan a Jesús una mujer sorprendida en adulterio y le preguntan si deben apedrearla, cumpliendo la Ley de Moisés, o no. El evangelista no deja de subrayar que la intención de esta pregunta era ponerle una trampa a Jesús para poder acusarlo. Después de una extraña reacción (‘se puso a hacer dibujos con el dedo en la tierra’) Jesús revierte la situación, avergüenza a los acusadores y despide a la mujer después de perdonarla.
Sobre la pena de lapidación
En el Primer o Antiguo Testamento se castiga el adulterio. Este pecado está incluido en las prohibiciones de los diez mandamientos entregados por Dios a Moisés (Ex 20,14). En una sociedad que consideraba a la mujer como un objeto perteneciente al marido, el adulterio era castigado en virtud de la violación del derecho del otro hombre, con cuya mujer se acostaba el adúltero. Por ello, el pecado de adulterio, tanto si la mujer era ya esposa de hecho, como si era prometida o ‘desposada’, se castigaba con la muerte de ambos adúlteros: “Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte” (Lev 20,10). Aunque ni este texto, ni Lev 22,22 que citaremos más adelante, especifican qué forma de muerte debía aplicarse a los trasgresores, ya el profeta Ezequiel, al hablar en forma simbólica del pueblo de Israel como una esposa adúltera, sabía que la pena era la lapidación (Ez 16,32-40), lo mismo que en el texto de Juan que estamos comentando. Este castigo horrendo solamente encontraba atenuantes en el caso de que la mujer infiel fuese una esclava. (Lev 19,20-22), porque entonces no se consideraba propiamente adulterio. Pero, precisamente porque la pena era tan grave, no bastaba la sospecha o la convergencia de indicios que hicieran suponerlo: era necesario que los culpables hubieran sido sorprendidos y que los testigos se presentaran ante los tribunales. Es probable que la aplicación de esta pena fuese más bien rara por diversos factores, entre ellos la dificultad de establecer una comprobación plena del hecho y, sobre todo, la posibilidad de que el marido pudiera divorciarse de su esposa, según lo establecido por la Ley (Dt 24,1), lo que ofrecía al marido una salida airosa que dejaba oculta su deshonra.
Sobre la acusación
Llama poderosamente la atención en el pasaje que los escribas y fariseos queden al desnudo en una interpretación maliciosa de la Biblia que se cebaba en las mujeres, haciendo caer solamente sobre ella el peso de la sanción. En efecto, nos avisa el texto que los fariseos apelan a la ley de Moisés para justificar su acción punitiva. Castigarán a la mujer adúltera porque así lo manda la ley de Dios. Los fariseos hacen referencia implícita al texto de Dt. 22,22: “Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos: el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti”. Como se ve, el texto conmina a dar muerte a los dos trasgresores. La sorpresa de Jesús no podría ser mayor: el texto declara que los dos deben morir, ¡pero solamente le traen a la mujer! El dolo de los fariseos queda al descubierto en su misma petición: “La ley de Moisés ordena que mujeres como éstas mueran apedreadas”. Esta es, al menos, una media verdad, y las medias verdades suelen ser las más grandes mentiras. La Ley de Moisés no mandaba que las mujeres fueran apedreadas, sino que ambos transgresores sufrieran la misma pena. La argumentación farisea excluye de culpabilidad al trasgresor varón. Con este tipo de argumentaciones e interpretaciones sesgadas, los fariseos hacían lo que hoy llamaríamos una ‘interpretación sexista o de género’ de la norma mosaica.
Por eso resulta también importante que en el relato los acusadores hayan dicho con claridad que la mujer había sido sorprendida ‘en flagrante adulterio’, es decir, en la realización concreta del acto sexual. ¿Cómo habrá hecho el varón implicado para escapar de los descubridores? ¿No sabrían, los que llevaron el caso ante los tribunales religiosos, quién era el hombre involucrado en esta relación sancionada por la Ley de Moisés? Ante esta clara, dolosa, maliciosa manipulación de la Ley divina, Jesús no puede sino quedar anonadado. Hay quienes sostienen que el acto de ponerse a escribir sobre la tierra manifiesta, precisamente, la incapacidad de Jesús de soportar una hipocresía tan evidente, su estupefacción ante la bajeza de una interpretación de la Escritura que, arropada tras el aparente cumplimiento de la voluntad divina, termina descargando el castigo solamente en la parte más débil.
Sobre el desenlace del episodio
Jesús reta a los escribas y fariseos a lanzar la primera piedra si es que ellos están libres de pecado. La respuesta de Jesús alude a una de las cosas que Jesús criticó con mayor énfasis: la hipocresía. No nos extraña, pues, que el relato nos diga que cuando fueron retirándose los acusadores fueron haciéndolo ‘comenzando por los más ancianos’, como trayendo a la memoria aquel relato de los ancianos que pretendieron aprovecharse de Susana en el libro de Daniel (Dn 13), y a quienes el joven profeta llama ‘envejecidos en años y en crímenes’.
Jesús se queda solo con la mujer. No hay en su mirada ni en su actitud acusación ninguna. La constatación de que no queda nadie que la condene hace que la mujer levante la mirada: ‘Tampoco yo te condeno’, le dice Jesús antes de despedirla. Se cumple así en la práctica aquella palabra de Jesús: “pues no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 17). Este acto de perdón salvífico, es también un acto reivindicatorio de la mujer. Jesús completa su acción cuando le recomienda ‘desde ahora, ya no peques más’. Ella tiene derecho a una vida nueva. Ante las artimañas de un poder manejado por varones, y que descarga la fuerza de la ley en el cuerpo de las mujeres, Jesús se muestra como el Maestro que perdona, que libera, y que regenera a las mujeres, ofreciéndoles una nueva posibilidad de vida.
Una posibilidad de actualización del texto
La acción misericordiosa de Jesús está directamente dirigida a la defensa de la mujer, la parte más vulnerable de la errada interpretación de la ley divina que ofrecían los fariseos. Nunca más, después de esto, deberá usarse la Palabra de Dios para santificar o justificar los ataques en contra de la mujer. En la comunidad nueva fundada por Jesús, todos, hombres y mujeres, somos responsables ante Dios de nuestros actos, pero la acción de la justicia humana debe también ser equitativa, sin descargar su peso en los más débiles. No son pocos los temas actualmente en discusión en las iglesias cristianas en los que tenemos que estar alerta para no usar los textos bíblicos para aumentar el sufrimiento de algunas categorías de personas.
La inequidad de género en los tribunales siga siendo una constante aún en países declaradamente cristianos. Como en tiempos de Jesús, también ahora, nuevos escribas y fariseos, se esfuerzan por exculpar a quienes, por ser varones, pareciera que tuvieran permiso de ser violentos en contra de las mujeres. Basta darse una vuelta por las agencias del ministerio público dedicadas a delitos sexuales. Las mujeres casi tienen que traer al violador confeso para que su demanda corra con suerte. La policía judicial parece coaligarse en contra del testimonio de la mujer. Suele preguntarse a las víctimas cómo iban vestidas, si no fueron provocativas, si no subieron ellas solas al coche donde fueron violadas, etc. El resultado final de muchos de los procesos judiciales en el que las mujeres denuncian violencia es que las víctimas terminan siendo las culpables del delito… ¡aunque usted no lo crea! Si no, véase lo que ocurrió en el caso de la absolución por parte del Tribunal Supremo de un hombre madrileño que había violado a su sobrina de 14 años. Las exculpaciones son de antología: alegó el tribunal exculpatorio que no hubo situación de superioridad y explicó que “la menor pertenece a la etnia gitana que tiene como una de sus costumbres la precocidad en sus relaciones de noviazgo y matrimonio”. La Sala Penal anuló así la condena a dos años y cuatro meses que había sido dictada antes por delito de estupro. Al anunciar la sentencia el Juez añadió otra justificación: que se había comprobado que desde hacía seis meses la joven ¡tenía un novio!
Y esto no sucedió en un perdido país africano o en un subdesarrollado país latinoamericano. Ocurrió en España, en las Cortes de Madrid, y es contado por Nuria Varela, en un valiente libro que lleva por nombre “Íbamos a ser reinas” y que analiza las mentiras y justificaciones con que se pretende justificar la violencia contra las mujeres. Buscar un trato justo y equitativo para las mujeres en los tribunales judiciales de nuestros países es una de las tareas a la que nos invita este texto de la adúltera perdonada.
Los dolores
Las revelaciones sobre la vida personal de Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, han venido saliendo a la luz desde 1997. Pero las primeras acusaciones presentadas ante instancias eclesiásticas datan de 1956. Se necesitaron veinte años para que las víctimas procesaran su dolor y se atrevieran a hablar públicamente. Han pasado ya más de diez años desde 1997 y las revelaciones no cesan. A los testimonios sobre la pedofilia del sacerdote han venido a añadirse nuevas víctimas: al menos dos mujeres engañadas y varios hijos no reconocidos. Este es el dolor primero: las víctimas directas. Son la deuda mayor de la Legión de Cristo, de la Iglesia Católica, de todos los bautizados y bautizadas.
En el camino hay otra clase de víctimas: los testigos, algunos ex legionarios, que primero fueron desoídos y más tarde públicamente descalificados. También Alberto Athié, presbítero católico que asumió como deber de conciencia buscar justicia para las víctimas de Maciel y tocó todas las puertas que tuvo a su alcance, comenzando por la puerta de su arzobispo, el Cardenal de la ciudad de México. Y todas las puertas las encontró cerradas. Víctimas han sido también algunos trabajadores de la comunicación que se atrevieron a desafiar el poderío de la Legión y su influencia sobre los dueños del duopolio televisivo, para informar sobre el caso Maciel y por ello fueron desacreditados y despedidos de sus trabajos.
Alrededor de Maciel y sus fechorías se estableció una confabulación de silencio. Silencio de quienes, teniendo autoridad sobre el fundador de la Legión, debieron haber tomado cartas en el asunto. Silencio obligado de quienes, bajo una legislación opuesta al evangelio, tenían prohibido hablar de lo que veían o sabían. Silencio de las más altas instancias vaticanas, que tuvieron conocimiento de las denuncias y omitieron hacer la investigación pertinente. Los mismos que ensalzan a voz en cuello a la familia permitieron el sufrimiento de numerosos niños. Este es el segundo dolor: la complicidad. Y venida justamente de quienes ondean la bandera de la verdad y la usan como arma para callar disidentes, pero que fueron incapaces de usarla para investigar al delincuente. Los cómplices tienen nombres y apellidos y han sido públicamente exhibidos en las últimas semanas. La gran mayoría de ellos se mantiene impenitente.
El silencio ha sido roto. Ante las públicas evidencias, diversos niveles de iglesia se han pronunciado. Se habla de un complot contra la Iglesia Católica, orquestado por sus tradicionales enemigos. Se dice que Maciel es sólo un pretexto para desacreditar a la única institución que goza de confianza popular. Se acepta a regañadientes la existencia de los delitos del Fundador, pero se pretende un corte quirúrgico que exculpa a todas las instancias que, de manera cómplice, sostuvieron al delincuente. Nadie parece recordar que el culto a la personalidad de Maciel, su presentación como hombre santo, formaba parte de una estrategia promovida a sabiendas de las acusaciones que circulaban en su contra. Este es el tercer dolor: la ceguera, la contumaz dureza de corazón de quienes, con argumentos religiosos, siguen restándole importancia a un escándalo que ha causado (y seguirá causando) un grave daño a la comunidad cristiana. Mientras usemos subterfugios para no asumir la responsabilidad que nos toca como Iglesia, será difícil que levantemos cabeza.
La esperanza
No basta con decir que la Iglesia perdurará para siempre porque está asistida por el Espíritu Santo para que esto acontezca de manera automática. La promesa de Jesús (Mt 28,20) debe ser leída junto con la advertencia, dirigida no solamente al Israel histórico, sino también a sus discípulos y discípulas: “¿Qué hará el dueño de la viña? Irá, acabará con los labradores y entregará la viña a otros” (Mc 12,1-12).
En lugar de cortes quirúrgicos, hemos de emprender una limpieza de toda la casa. Tal limpieza ha de incluir, no solamente la investigación y castigo de quienes cometen delitos contra la niñez, sino la revisión de algunas prácticas que nos han alejado del evangelio. Detrás de los delitos sexuales, los más llamativos mediáticamente hablando, se encuentra la idolatría del poder y del dinero, con mucho una desviación mayor que las caídas individuales de algunos ministros. La influencia de Maciel y su congregación no se explica sin las cantidades inmensas de dinero que maneja. En la Iglesia, hay que reconocerlo, hemos olvidado muchas veces que no se puede servir a Dios y al dinero y que no hay riqueza mayor en nuestra tradición cristiana que servir a los más pobres y testimoniar nuestra solidaridad con ellos viviendo en una austeridad congruente.
El ansia de poder, criticada duramente por Jesús (Mt 20,20-28), ha generado monstruosidades en la Iglesia. No de otra manera se explica el afán de control de las mentes y el uso tiránico de una autoridad que fue dada como servicio. La obsesión por el poder y el dinero, que rebasa con creces el ámbito de la Legión de Cristo y doblega a no pocos miembros de la jerarquía eclesiástica, ha sido el caldo de cultivo en el que germinó y creció el poder de Marcial Maciel. Todos tenemos que hacernos responsables de esto.
La esperanza, única débil luz en el final de este túnel, es que los cristianos y cristianas encontramos en estos acontecimientos una llamada vigorosa a la reforma. Para iniciar un camino de difícil recuperación de la confianza perdida, en la Iglesia Católica tenemos que revisar, con humildad, muchas de nuestras prácticas, no solamente en materia de transparencia, sino todo lo que, institucionalmente hablando, nos convierte en la única institución monárquica absoluta sobreviviente en estos tiempos.
Al Vaticano II llegamos debido a una fuerte inquietud que tuvo, en sus inicios, fuertes connotaciones litúrgicas. El concilio fue mucho más allá. Nadie se imaginó que de las tímidas aspiraciones litúrgicas surgiera el vigoroso ímpetu de reforma que atravesó a la iglesia en la década de los sesenta. Después de cerca de treinta años de caminar en sentido inverso al espíritu conciliar, quizá el escándalo de Maciel (al que se ha añadido revelaciones de pederastia en Irlanda y Alemania) nos esté presentando una oportunidad providencial de retomar y profundizar las reformas conciliares. Lo cierto es que en cada vez más corazones crece el clamor: reforma, reforma, reforma. Escuchar este clamor puede hacer la diferencia y convertir este tiempo de dolores en tiempo de gracia.
Escribo esta columna desde la Misión de Guadalupe, una misión interreligiosa situada en Comitán, Chiapas y sustentada desde hace 50 años por la congregación de los Hermanos Maristas. Ésta es la razón por la cual esta entrega no hizo su aparición el día de ayer, en el que apenas estaba yo viajando hacia este destino.
El equipo de la Misión de Guadalupe, acorde con la tendencia de los tiempos actuales, es un equipo predominantemente laico. Tres hermanos maristas y una religiosa conviven y trabajan junto con cerca de 15 laicos y laicas dedicados al acompañamiento de 105 comunidades católicas repartidas en nueve zonas pastorales, con 10 o 12 comunidades cada una de ellas.
Las comunidades están situadas en la montaña de Las Margaritas, en la región sureste de la diócesis de san Cristóbal de Las Casas. La gran mayoría de ellas están conformadas por integrantes del pueblo tojolabal, de lengua y costumbres propias y dificultosa intercomunicación geográfica. El nombre de los tojolabales, pueblo de raíz mayense, les viene de la lengua que hablan, el tojolabal, y viene de las raíces “tojol”, legítimo, y “abal”, palabra: son el pueblo de la palabra legítima o verdadera.
Para realizar su trabajo, los miembros de la Misión de Guadalupe se han organizado en tres grandes ministerios: el ministerio pastoral, encargado de acompañar los procesos evangelizadores en vías a la construcción de una iglesia autóctona. En palabras de Don Samuel Ruiz, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, la necesidad y conveniencia de construir una iglesia autóctona brota del mandato del Concilio Vaticano II, que afirma que “la iglesia, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación y la vida traída por Dios, debe insertarse en todos los pueblos con el mismo afecto con que Cristo se unió por su encarnación a las determinadas condiciones sociales y culturales de las personas con las que convivió” (Ad Gentes 22), de manera que –sostiene Don Samuel– las iglesias poco a poco deben irse configurando según las tradiciones, doctrinas, espiritualidad e instituciones propias de los pueblos.
Efectivamente, la historia nos enseña que la iglesia, que nació judía entre los judíos, tuvo la capacidad de hacerse más tarde griega con los griegos y romana con los romanos. Desafortunadamente, la connivencia con el imperio romano hizo que la iglesia perdiera esta dimensión de su acción misionera al imponer el modelo romano a las nuevas iglesias que se fueron conformando. La iglesia renunció así, durante mucho tiempo, a encarnarse en las nuevas realidades culturales con las que entraba en contacto.
Es hasta el Vaticano II, como decíamos, que la iglesia como conjunto redescubrió esta dimensión encarnacional de su vocación evangelizadora. Animada por el testimonio de evangelizadores de la talla de Mateo Ricci, la iglesia, no sin tener que vencer ciertas resistencias, se puso de nuevo en la senda de una acción evangelizadora respetuosa de las culturas a las que había de llevar la buena noticia del evangelio. Entre las iglesias latinoamericanas, la de san Cristóbal de Las Casas es una de las que con mayor fervor y decisión han llevado adelante estar tarea de construcción de una iglesia autóctona. En México es la única que ha asumido este reto seriamente.
Y es que comprometerse con la construcción de una iglesia autóctona significa, entre otras cosas, procurar caminos de formación en que los ministros, ordenados o no, no tengan que renunciar a su identidad indígena, sino que interioricen cada vez más efectiva y vivencialmente la riqueza de su propia cultura. Esto implica buscar caminos de formación que no tengan el alto costo de la transculturación. Y no basta con que una iglesia tenga clero propio para que sea autóctona: es necesario obedecer a lo que los obispos mandaron en la Conferencia de Puebla cuando afirmaban “que las iglesias particulares se esmeren en adaptarse, realizando el esfuerzo de un trasvasamiento del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en que se insertan” (DP 404).
Los otros dos ministerios de la Misión de Guadalupe son, el ministerio de educación, que lleva adelante una propuesta educativa de formación de promotores y escuelas populares, y el ministerio de mejoramiento comunitario, que promueve el uso de tecnologías apropiadas para ayudar al “mejor vivir” de las comunidades, en campos como el de la agroecología, la conservación de los bosques, el uso racional del agua, etc.
Esta descripción sucinta del trabajo desarrollado por la Misión de Guadalupe que he querido compartir con los amables lectores y lectoras de esta columna quiere cumplir con dos objetivos. El primero es presumirles el honor de haber sido invitado por la Misión a acompañarles en el proceso de ‘reflexión y unión del espíritu y del pensamiento’, como ellos le llaman, con el fin de rescatar y sistematizar su práctica, de suerte que continúen firmes en la opción por los pobres que comparten con toda la diócesis de san Cristóbal de Las Casas y que ha sido vigorosamente reafirmada por su actual obispo, don Felipe Arizmendi, y dirijan su acción para dar más y mejores pasos en la construcción de una iglesia autóctona. Estaré con ellos en diversos momentos para prestarles el servicio de la animación bíblica de su proceso reflexivo.
El segundo objetivo es animar con estas líneas a quienes se sienten escandalizados por la revelación de otros delitos cometidos por el fundador de los Legionarios de Cristo. Aunque trataré expresamente el próxima entrega, quisiera que estos datos sobre la Misión de Guadalupe y su encomiable trabajo sean una buena noticia en medio del dolor que ha causado y sigue causando a muchos el caso Marcial Maciel y la red de complicidades que ha puesto en evidencia
Bajo del automóvil totalmente cubierto: bufanda, guantes, gorro y un grueso abrigo son las defensas en contra del clima. Siento el golpe del frío en el rostro; miro la blancura de la nieve mientras finos copos, como plumas diminutas, se posan sobre el abrigo azul que me han prestado para la ocasión.
Es mucho lo que hay que caminar para llegar desde el estacionamiento hasta el edificio universitario donde tendremos la reunión. Son pocos los jóvenes que, caminando de prisa, atraviesan los campos nevados entre un edificio y otro. La Universidad de Notre Dame parece darme otra vez la bienvenida y mientras miro pasar a una valiente joven que, con shorts, hace su ejercicio matutino, pienso en lo hermoso que ha de ser este campus universitario en otoño, con una colorida belleza, muy distinta de esta blancura que, aunque también es hermosa, no permite disfrutar del todo los amplios espacios de esta universidad católica.
Es en el “Institute for Latino Studies” de la Universidad de Notre Dame donde el Instituto Cultural de Liderazgo del Medio Oeste (ICLM) tiene su sede. Se trata de un equipo itinerante formado por seis elementos, entre los cuales están un sacerdote jesuita y una laica consagrada de la comunidad del Verbo Encarnado, que visitan a los agentes de pastoral hispana de más de cuatro diócesis, dispersos en sus parroquias, para ofrecerles un proceso de preparación para el ejercicio del liderazgo y la coordinación en sus respectivas comunidades parroquiales. Al terminar las dos primeras fases del programa formativo, aquellos que así lo deciden, entran al programa avanzado “Vayan y hagan discípulos” que, con el aval de la Universidad de Notre Dame, deja a los alumnos listos para prestar diversos servicios ministeriales en sus parroquias.
A este programa pertenece el taller titulado “La iglesia: raíces, realidad y esperanza. De los orígenes bíblicos a las comunidades hispanas en Estados Unidos”, que he venido a facilitar. El taller iba a ser llevado adelante, al alimón, con el Obispo Daniel Flores, quien era auxiliar de Detroit. Unas semanas antes, sin embargo, el Obispo Flores fue nombrado obispo titular de Brownsville, Texas, de suerte que su cambio modificó los planes del ICLM. La participación del obispo Flores fue suplida por Alejandro Aguilera, director del Comité de Asuntos Hispanos de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. A mi cargo quedaron las secciones del taller en que estudiamos juntos la conformación de las iglesias cristianas primitivas según los textos del Nuevo Testamento, mientras que Alejandro condujo la reflexión sobre el desarrollo de las comunidades hispanas en los Estados Unidos.
Ya he comentado en otras ocasiones cuánto me impresiona la vitalidad de las comunidades católicas hispanas de los Estados Unidos. Dentro de muy pocos años, la configuración social y eclesial de la Unión Americana no tendrá ya más una mayoría sajona. Son cada vez más las parroquias norteamericanas que tienen servicios bilingües y/o misas en español para la creciente comunidad hispana. Se han multiplicado también los ministerios y grupos apostólicos predominantemente hispanos en las iglesias.
Quizá la explicación de tal efervescencia sea que, en un país en el que –paradójicamente, debido a su origen multicutural– los inmigrantes no son bienvenidos, las comunidades eclesiales se han convertido en lugares de identificación social, espacios de conservación y regeneración de la cultura, casas abiertas para aquellos que no existen socialmente, sino sólo para realizar los trabajos que la población nativa no está dispuesta a realizar.
Es la misma situación migratoria la que permite a los miembros de las comunidades hispanas leer con tanta fecundidad los textos de las iglesias cristianas primitivas. Es asombroso mirar cómo la Biblia se convierte en un espejo en el que ellos pueden mirar sus propias vidas. Repiten, por así decirlo, la experiencia de las comunidades destinatarias de la Primera de Pedro, que de la clasificación “forasteros y peregrinos” hacen, no solamente la descripción sociológica de su situación, sino la presentación simbólica de su realidad espiritual.
En fin, que este lunes no he podido más que escribir de lo que estoy viviendo. Ya pronto, espero, regresaré a Mérida. Ojalá que, en medio del calor reparador, no me olvide yo de la extraordinaria experiencia vivida en estos rumbos. El futuro de la iglesia y de la sociedad está, estoy seguro, en el cruce de culturas. La endogamia nos ha hecho mucho mal.
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