Iglesia y Sociedad

Una tarde en Wembley

12 Nov , 2018  

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La vida de un estudiante en el extranjero está lejos de ser lo romántica que nos imaginamos. De 1982 a 1986 yo anduve de estudios en Europa y, la estabilidad que da el ser un estudiante eclesiástico, es decir, cubierto en sus necesidades fundamentales por la iglesia diocesana que te envía, era un dato cierto –para quienes habitábamos en el Colegio Mexicano, una especie de gigantesco hotel construido por los Obispos mexicanos para albergar a los presbíteros que estudiaban en Roma– solamente durante los meses del curso escolar. De manera que los tiempos vacacionales (julio, agosto y septiembre, dado que en Roma las clases inician en el mes de octubre) eran esperados con más miedo que alegría por aquellos alumnos que, por nuestra condición económica familiar, no contábamos con muchos recursos económicos.

El asunto es que el Colegio Mexicano cerraba el 30 de junio y reabría el 1 de septiembre. Así que cada alumno debía buscar qué hacer durante el tiempo de vacaciones. Las opciones eran cuatro: A) Podías dedicarte esos dos meses a pasear y a conocer algunos otros países europeos. B) Podías trabajar en Alemania, que ofrecía puestos de trabajo temporales en la Mercedes Benz durante ocho o doce semanas. C) Podías, si eras ya presbítero ordenado, ir a trabajar a alguna parroquia italiana donde el sacerdote tomara vacaciones. D) Finalmente, podías emplear las vacaciones para conseguir una beca de estudios en alguna lengua extranjera: inglés, francés o alemán. El problema es que, para tomar la decisión por alguna de estas cuatro opciones, se necesitaba un triple consenso: tenían que estar de acuerdo el estudiante, su obispo y el rector del Colegio Mexicano. El rector, en la mayor parte de los casos, solamente daba su aprobación al acuerdo entre el estudiante y su obispo.

Para no hacerles largo el asunto, yo me fui el primer verano a estudiar alemán a Bonn, la capital entonces de la Alemania Federal (eran tiempos en que todavía funcionaba el muro de Berlín). El segundo año, por una amable excepción del Kreuzberg Institut, regresé de nuevo a Alemania para un curso de perfeccionamiento de la lengua. Como la licenciatura era de tres años, había yo resuelto ya mi problema veraniego, puesto que podía regresarme a México durante el tercer verano. No obstante, algo modificó mis expectativas: apliqué para una beca de postgraduados que nos permitía pasar un año más de estudios en la ciudad de Jerusalén, en el Studium Biblicum Franciscanum. Una vez aprobada la extensión de mis estudios en Israel por el entonces Arzobispo de Yucatán, me enfrenté con el último problema: qué hacer en el verano de 1985.

Pensando que en Israel me iba a ser muy útil el inglés, solicité trabajar en una parroquia londinense, apoyando al sacerdote en las labores pastorales. Dos mexicanos fuimos aceptados: Jenaro Aviña, de la diócesis de Tlalnepantla, y un servidor. Ambos habpíamos sido aceptados para la extensión de nuestros estudios en Israel, así que nos convenía ir a aprender y practicar el inglés. Fuimos destinados a una pequeña parroquia en la periferia de Londres, Saint Joseph, en Harrow Road, justo enfrente de un rudo pero divertido Pub inglés llamado The Corner House, y apenas a unas cuantas cuadras del emblemático Estadio de Wembley. Era una pequeña parroquia católica sembrada en un barrio casi totalmente habitado por inmigrantes de la India. El párroco, viendo que nuestros fondos para pagar una escuela veraniega de inglés para extranjeros se nos agotaron en la primera semana, optó por enviarnos cada día, en punto de las cinco de la tarde, a la casa de alguna familia perteneciente a la parroquia para tomar el té con ellos, de manera que pudiéramos practicar nuestro pobre inglés con personas londinenses que hacían la caridad de recibir a dos imberbes sacerdotes procedentes del Tercer Mundo y conversar con ellos.

Fueron tres meses (julio, agosto y septiembre de 1985) bastante divertidos. No solamente conocimos a muchas familias que hicieron el favor de recibirnos en sus casas y, con paciencia, luchaban por librarnos del acento gringo del inglés que manejábamos, sino que también suplimos a los sacerdotes en algunas celebraciones y nos hicimos de un  buen grupo de amigos extranjeros, estudiantes todos, con quienes habíamos compartido una sola semana en aquella escuela que ya no pudimos pagar más, pero que tenían un ansia de diversión que sobrepasaba sus ganas de aprender el inglés británico. Así que salimos mucho con ellos a conocer algunos lugares de Londres, incluyendo algunos no muy santos.

Llego ya a lo que quería contarles. Me tocó, pues, estar en esa parroquia cuando se celebró el célebre concierto Live Aid for Africa, para combatir la hambruna en Etiopía, el 13 de julio de 1985. Concebido como un concierto a realizarse en dos sedes distintas simultáneamente, el Estadio John F. Kennedy de la ciudad de Filadelfia, en los Estados Unidos, y el Estadio Wembley, en la ciudad de Londres, la expectativa de la presentación de los más famosos cantantes y grupos musicales hizo de este espectáculo uno de los acontecimientos más esperados de la época. Los tres curas de la parroquia londinense en la que estábamos dispusieron la sala de televisión para que, desde antes de que el concierto iniciara, estuviéramos al pendiente.

En la televisión íbamos siguiendo los pormenores del evento y escuchábamos a un agitado Bob Geldof solicitando donativos para combatir la hambruna africana. Sólo en dos momentos dejamos la televisión y salimos a las puertas de la iglesia: cuando avisaron que estaba a punto de pasar el automóvil que llevaba al heredero al trono inglés y su esposa, Lady Diana (recuerdo aún el estupor de los padres cuando les decíamos que queríamos ver si avistábamos a Lady Di, que nosotros pronunciábamos Leididi y que ellos no comprendían, hasta que uno de ellos, el único inteligente, entendió que nos referíamos a Leididai , y nosotros también lo comprendimos) y el momento en que se anunció que pasaría, justo frente a nuestra iglesia, el carro que trasladaba a Queen.

Las aceras estaban llenas de gente. Que la iglesia estuviera al borde de la calle donde el carro pasaría, nos animó a salir. Entre el gentío pude escuchar los gritos mientras el carro se acercaba. Algunos artistas habían decidido llegar al estadio el helicóptero. Otros, como Queen, prefirieron hacerlo en automóvil. Esa decisión hizo que la vida, como milagro inesperado, le concediera a un joven curita yucateco perdido en Londres, la oportunidad de ver de lejos a Freddie Mercury. Todavía el año anterior, en la edición del Festival de San Remo de 1984, Queen había estado en la ciudad de Roma. Ahí los escuché cantar Radio Gaga mientras estaba sentado frente al televisor. Estar ahora cerca de ver en vivo al legendario grupo, así fuera sólo de pasada, henchía mi corazón de emoción.

El concierto Live Aid no decepcionó a nadie. Miguel Ángel Bargueño lo reseñó de manera genial en El País, cuando el concierto cumplió 30 años de haberse realizado: “Todavía no había caído la noche en Londres. Emergieron desde un lado del escenario, con urgencia, conscientes de que tenían poco más de 15 minutos. Brian May y Freddie Mercury, los jefes, al frente, los dos con sus Adidas blancas con las tres rayas negras. Freddie con unos tejanos decolorados Wrangler subidos casi hasta el ombligo y su estrechísima camiseta de tirantes blanca, lo que estilizaba su todavía fibrosa figura, esa que el sida consumiría años después. Tenía 38 años aquella tarde-noche de hace tres décadas.

“Cuando alcanza el borde del escenario, mueve el brazo para agitar a los 74.000 espectadores que abarrotan Wembley. Se sienta al piano, toca unas notas breves de calentamiento y ataca la melodía de Bohemian Rhapsody. El público estalla. Cuando comienza a cantar y se hincha su vena del cuello parece que lleva una hora en el escenario y está interpretando los bises. Pero no, el concierto acaba de comenzar. Se empezaban a cimentar unos de los minutos más decisivos de la historia de rock sobre un escenario.

“Posiblemente ningún otro concierto, ni disco, película o serie de televisión resumió mejor lo que fueron los ochenta que Live Aid, el evento musical que se celebró el 13 de julio de 1985, hace ahora 30 años, para combatir el hambre en Etiopía. En la década del glamour de las estrellas del pop, allí estaban todas. En los años del culto a lo excesivo, nada hubo más grande: dos macroconciertos simultáneos en Londres y Filadelfia, en enormes recintos deportivos, transmitido en 72 países y con una audiencia de 1.500 millones de espectadores (según The New York Times; 1.900 millones según la CNN) en directo por televisión. De aquel derroche de medios no es extraño que saliera la que muchos consideran la mejor actuación de la historia; y la protagonizó Queen…”

Acabo de ver la película Bohemian Rhapsody. He revivido, conmovido, este pedazo de mi vida. Antes que los miles de espectadores quedaran atónitos con la presentación de Queen en el escenario del estadio, yo había visto a lo lejos el brazalete de Freddie Mercury mientras saludaba, en las afueras de una pequeña iglesia católica enclavada en un barrio habitado por familias de la India. Por alguna inexplicable y, acaso, estúpida razón, he sentido desde entonces que fui parte de un relevante trozo de historia.

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