Iglesia y Sociedad

El cambio de época (1 de 3)

29 Ago , 2019  

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Con el subtítulo «Un desafío de múltiples rostros para la interpretación bíblica», he tenido la oportunidad de participar con esta intervención en una mesa de conversación sobre los desafíos que los nuevos tiempos presentan a la exégesis e interpretación bíblicas, sostenida en el marco del Congreso Bíblico Internacional que tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires del 16 al 19 de julio del presente año. Presento el contenido de mi intervención en tres partes, que serán publicadas una cada semana. Esta es la primera de tres entregas.

Hay un quiasmo de historia reciente que, de tanto repetirse, terminó por convertirse en un lugar común: “no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época”. Lo que era un cliché, sin embargo, nos ha asaltado de manera frontal en los últimos tiempos: el futuro nos ha alcanzado. No solamente contamos ahora con una serie de elementos que nos permiten distinguir con claridad cuáles son las dimensiones de este cambio epocal, sino que más de una de dichas dimensiones plantea un verdadero desafío a la tarea de la exégesis y la hermenéutica bíblica y su consecuente dimensión pastoral evangelizadora.

Lo señala, con meridiana claridad, Blanca Heredia cuando nos espeta:

Un cambio de época supone una transformación en la estructura real del mundo, pero también y sobre todo, una experiencia compartida de que la partitura básica que, hasta antes del quiebre nos permitía organizar significados y sentidos inteligibles, resulta cada vez más inútil para entender el mundo e intentar predecirlo. Una situación análoga a como si, de pronto, las notas musicales asociadas a las teclas de un piano dejaran de emitir los sonidos previsibles desde la pauta vivida como cierta: Fa cuando pulsamos la tecla Do y Sol cuando pulsamos la negrita del Fa menor. Y eso, a veces, a ratos, y a ratos otra cosa; todo desordenado, todo patas para arriba. Así es este cambio de época que estamos viviendo. A eso sabe, así se siente. Patrones, asumidos como inmutables, evaporándose. Dificultad in crescendo para construir narrativas, explicaciones, mediciones y predicciones que nos permitan entendernos y sentir que entendemos y controlamos el mundo que nos rodea (1).

Una buena parte de los documentos eclesiales de nuestros países (planes pastorales, proyectos de acción eclesial) hace referencia a esta nueva realidad. Se describe, unas veces, como una “profunda crisis antropológico-cultural (2)”, mientras que otras veces, con mayor optimismo, se nombra como “nuevo momento de la humanidad”, que trae cosas buenas y maravillosas (3). Cualquiera que sea la posición que se tome ante este cambio de época, hay una sensación de estupor que puede ser paralizante. Lo expresan así los obispos mexicanos en su nuevo Proyecto Global de Pastoral:

Estamos en una nueva época en el camino de la humanidad. El proceso de esta transformación que vivimos, trae consigo cambios, que incluso nosotros como Obispos y muchos presbíteros, no alcanzamos aún a comprender, por lo que se nos dificulta tener una respuesta adecuada y pronta ante la profundidad y rapidez con la que están sucediendo (4).

Esta mesa de conversación nos invita a plantear los desafíos para el futuro de la exégesis, no a resolverlos. Así que, aun cuando nos sintamos copartícipes de la perplejidad que nos producen las transformaciones de este cambio de época, podemos intentar descubrir los desafíos que nos plantea. Dado que el tiempo es breve, quisiera referirme solamente a tres paradigmas emergentes que han venido a cambiar radicalmente nuestra manera de percibir la realidad y que presentan retos para los estudios bíblicos.

Crisis climática y antropocentrismo. Biblia y nuevo paradigma cosmológico

Desde hace ya muchos años, el teólogo Leonardo Boff no ha dejado de insistir en las cuatro grandes amenazas que se ciernen hoy sobre la humanidad: el sobrepasamiento de la capacidad del planeta para sostener el ritmo actual de crecimiento (Earth Overshoot Day), la gran cantidad de armas escondidas en el vientre de la tierra, la cada vez mayor escasez de agua potable y la crisis climática, cuya mayor expresión es el calentamiento global. El deterioro del planeta es innegable y hay datos suficientes que confirman que tiene su fuente principal en la actividad humana, es decir, es de naturaleza antropogénica y, a decir del teólogo brasileño, “tiene su génesis en un tipo de comportamiento humano violento con la naturaleza” (Columna de Leonardo Boff 2017-03-14).

Y aunque la preocupación por la ecología es relativamente reciente, la pertinencia de su discurso se ha confirmado a una velocidad vertiginosa: lo que hasta hace unos treinta años era considerado el pasatiempo de unos ricos excéntricos ocupados en salvar ballenas, se ha convertido en preocupación de todos los días y ha introducido innumerables cambios en nuestras existencias cotidianas.

Considero que hay dos momentos claves en la reflexión sobre este fenómeno y la búsqueda de alternativas globales. El primero ha sido la aprobación de la Carta de la Tierra, que habiendo comenzado como una iniciativa de las Naciones Unidas, terminó publicándose el 29 de junio de 2000 en La Haya, Holanda, como producto del proceso más inclusivo y participativo que se conozca en la elaboración de un documento de carácter internacional. Esta declaración de principios éticos, que goza de unas altísima legitimidad como marco del necesario cambio de paradigma en las relaciones seres humanos – naturaleza, se fortalece día con día. Aunque su enfoque es primordialmente ecológico, la Carta de la Tierra no deja de lado las interrelaciones que existen entre preservación del medio ambiente, pobreza, justicia, derechos humanos, paz y democracia.

La segunda desembocadura reflexiva de alcance internacional en este esfuerzo por enfrentar la crisis planetaria ha sido, sin duda, la Encíclica Laudato Si’ del papa Francisco, un hito fundamental en la reflexión ecológica de índole religiosa. Esta sola encíclica, con su visión sobre la ecología integral, hubiera sido suficiente para que el papado de Francisco dejara una huella definitiva en la iglesia y en el mundo.

Nuestra lectura de la Biblia se ha caracterizado por una perspectiva antropocéntrica. No podría ser de otro modo: no solamente los relatos de origen, contenidos en el libro del Génesis, mantenían esa impronta, sino que a través de los siglos ha habido muchas relecturas de esos textos que, usadas como argumento justificador, favorecieron prácticas que contribuyeron a la devastación del medio ambiente.

El capítulo II de la Encíclica Laudato Si’ avanza algunas perspectivas hermenéuticas en la búsqueda de revertir el paradigma antropocéntrico: atender más a las relaciones entre seres humanos y el resto de la creación, considerar que la ruptura provocada por el pecado afectó también las relaciones de los seres humanos con la tierra, comprender que la tierra nos precede y nos ha sido dada (Nosotros somos tierra, LS 2), rescatar el sentido de las normas bíblicas sobre animales y plantas, reconocer el valor propio de todo ser creado, independientemente de su utilidad, partir del conocimiento de la naturaleza con el corazón (razón emocional), etc.

Pero el esfuerzo por dejar atrás esta perspectiva antropocéntrica no tiene posibilidades de éxito si no enfrentamos también otro desafío que le subyace: la superación del paradigma cosmológico. No sólo los textos de la Escritura, sino también el cúmulo de reflexiones teológicas que ha alimentado la fe de las iglesias cristianas, está basado en la concepción de un mundo en dos niveles: el cielo arriba, donde Dios habita; y abajo el mundo como escenario de la vida humana, con tiempo y espacio. Desde el cielo, Dios gobierna la tierra según su voluntad, que el ser humano desconoce. Esta concepción no funciona más. Si ya la irrupción de la modernidad había echado abajo la pretensión racionalista de poseer un conocimiento directo de la realidad y el avance de las ciencias había ido mostrando la naturaleza relativa de todos nuestros conocimientos, los adelantos de la física moderna y todo lo que ahora sabemos del universo, del surgimiento del planeta y, en él, la aparición de nuestra especie, ponen en crisis el modelo cosmológico que manejamos y sobre el cual basamos, por poner un ejemplo, nuestras plegarias para pedirle a Dios ‘un buen tiempo para nuestras cosechas’.

Es cierto que, ya desde hace años, ha habido un esfuerzo por relacionar la descripción bíblica con la teoría de la evolución de las especies, del que la introducción al libro del Génesis en la Biblia Latinoamericana es un magnífico ejemplo, insistiendo en la dimensión simbólica de los textos antiguos y la cosmología oriental sobre la que están basados, pero también es cierto que esos tímidos acercamientos no han bajado a la predicación y la catequesis y todavía hace unos meses, los fieles de una parroquia vecina a la que trabajo, me contaban que una catequista había sido relevada de sus funciones porque había comentado con los niños algo sobre el Big Bang… ¡que los niños escuchan ahora ya desde la primaria! Pero que le había parecido al párroco razón suficiente para la expulsión de la catequista.

Ya hace varios años, la Agenda Latinoamericana proponía una mirada al año cósmico (5): señalaba que en 1997, el telescopio Hubble había situado la edad del universo en torno a 15.000 millones de años, y mediciones más rigurosas venidas de una sonda de la NASA, situaron en 2006 las mediciones más aproximadas hasta el momento: 13,700 millones de años, con una incertidumbre de 200 millones de años. Lo que significa que hasta hace muy poco habíamos vivido en una total ignorancia de las dimensiones y los elementos del cosmos y también sobre los orígenes del planeta en el que habitamos.

La ciencia siempre camina, dirán algunos. Y sí. Antes, sin embargo, el caminar científico era asunto de unos pocos académicos enterados. Hoy, con los medios de comunicación que poseemos y la cantidad de información a la que libremente puede accederse desde las plataformas digitales, no hay reflexión que haga relación con la cosmología y la historia humana que no tenga que confrontarse con estos nuevos conocimientos, al alcance de cualquier persona que posea la plataforma Netflix o haya leído Sapiens. A brief history of humankind, de Yuval Noah Harari, por cierto uno de los mayores éxitos de ventas en librerías de todo el mundo (Traducido al castellano como “De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad”).

Tenemos, pues, que confrontarnos con este desafío porque, como bien señalaba lúcidamente Jose Comblin en una de sus últimas reflexiones:

…En la religión de las masas esta cosmología tenía un papel importante. Era como el fundamento intelectual de la religión. Era lo que justificaba todas las prácticas de la vida religiosa cristiana, así como justificaba las antiguas religiones paganas. Una vez que se produjo la ruina de esa cosmología los jóvenes tuvieron la convicción de que la religión no tenía fundamentos intelectuales, era pura imaginación sin relación con la realidad. (6)

Como señala Bruno Latour, las herramientas occidentales nos impiden aprehender el mundo. La Naturaleza conocida por la ciencia, o la Creación conocida por la religión, deben poder hacer lugar a “otras maneras de ser en el mundo” (7). ¿Podremos encontrar la fórmula hermenéutica para que la dimensión constitutiva de la revelación bíblica respecto a la creación del mundo y de la especie humana no haga caso omiso de los conocimientos cosmológicos con los que ahora contamos gracias a los avances científicos? ¿Cómo haremos para conservar la dimensión simbólica del mensaje de los relatos bíblicos de origen más allá de su forma histórica y su cosmología de origen? Un desafío que exigirá de una capacidad imaginativa enorme.

NOTAS

  1. Heredia, “Cambio de época” 1
  2. Conferencia del Episcopado Mexicano, Hacia el Encuentro, 20
  3. Ib, No. 25
  4. Ib. No. 23
  5. Sagan, Los dragones del Edén, 119
  6. Vigil, ”La crisis” 80
  7. Latour, Cara a cara, 242

BIBLIOGRAFÍA

Conferencia del Episcopado Mexicano, Hacia el Encuentro de Jesucristo Redentor, bajo la mirada amorosa de Santa María de Guadalupe. Proyecto Global de Pastoral. México 2018

Heredia B., “Cambio de época ¿Qué significa?” https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/blanca-heredia/cambio-de-epoca-que-significa.

[consulta 24/06/2019]

Latour B., Cara a cara con el planeta, Buenos Aires 2017

Sagan C., Los dragones del Edén  Barcelona 1993

Vigil J.M., “La crisis de la religión en el pensamiento último de José Comblin” VOICES Vol XXXV No. 2012/1 (2012) 76-84

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