Iglesia y Sociedad

¡AY GUATEMALA…!

13 Sep , 1993  

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Están aquí, muy cerca de nosotros. Son nuestros vecinos y valen tanto como los vecinos del norte. Su historia está plagada de fuego y de lluvia fresca, de batalla y de resistencia, de odio y amor, de muerte y vida, de dictadores y y de mártires, de guerra y de anhelos de paz.
Guatemala es una herida abierta en el cuerpo y el corazón de América Central y de todo el continente. Su sangre india es roja y mancha nuestros vestidos y nuestras conciencias. Su causa, que tendría que ser la nuestra, la causa de la paz y la justicia, del respeto al distinto y de la autodeterminación, ha dado al mundo uno de los premios nobel de la paz más significativos: Rigoberta Menchú; uno de los escritores más críticos y prolíficos: Luis Cardoza y Aragón; uno de los pintores de mayor colorido y expresividad: Carlos Mérida y, lo que es más importante, la causa de Guatemala nos ha legado un pueblo indígena orgulloso de sus raíces, heroico en la resistencia, valiente delante de los poderosos: un pueblo que merece vivir.
ARTURO: «De los hijos que tengo cuatro son míos y cinco recibí. Cuando me preguntan de quién los recibí, les contesto que de la comunidad. Es que nos han matado a muchos compañeros y sus hijos no pueden quedarse al garete. Cada uno de nosotros está levantando varios chamaquitos que se quedaron huérfanos por la guerra. Los niños son todos nuestros hijos, hijos del pueblo, hijos de la comunidad…»
MANUEL: «Esa noche la llevo grabada en el recuerdo. Llegué a la casa después de trabajar en el campo. El ejército había estado rondando desde la noche anterior, y todos estábamos muy preocupados y asustados. Los militares no se andan con cuentos: están adiestrados para matar y lo hacen con la mano en la cintura. Cuando entré en la casa me di cuenta de lo que había pasado: allí, tirados en un charco de sangre, estaban mi mujer y mis hijos, mi amor y mi tesoro más valioso, mi alegría y mis razones de vivir. Fui recogiendo uno a uno sus pedazos y tratando de reconocer en sus rostros desfigurados las sonrisas de mi esposa y de mis hijos. De pronto me di cuenta de que en el suelo, al lado de los cadáveres, estaba el arma asesina: un gigante machete ensangrentado. En ese momento sentí que la sangre se me subió a la cabeza. Tomé el machete y salí corriendo a buscar a los asesinos de mi familia; corrí más de una hora sin poder darles alcance. De repente, me detuve en seco: buscaba a los asesinos para descuartizarlos con el machete que llevaba en las manos. Entonces sentí vergüenza: empezaba yo a ser igual que ellos. Solté el machete y regresé a mi casa. Después de enterrar a mis familiares huí del país. En México estoy rehaciendo mi vida, mientras puedo retornar y aprendo a perdonar de corazón».
JUANITA: «Tuve ocho hijos. Cuando nos quemaron las casas para expulsarnos de nuestra tierra, tuvimos que venirnos para México. En el camino se me murieron tres varones y una mujercita. Al llegar a México ya tenía nueve hijos: a cambio de los cuatro muertos recibí cinco cuyos padres habían sido quemados por los soldados. Los recogí en el camino; no podemos dejar que ni uno solo de nuestros hijos muera, porque cada vida es importante y cada memoria ayuda a que recordemos todo lo que tuvimos que pasar cuando, ya otra vez en nuestras tierras, comencemos a construir la patria que merecemos todos…»
Están aquí, muy cerca de nosotros. Son nuestros vecinos y valen tanto como los vecinos del norte. Viven en Campeche y Chiapas. Por elemental sentido de humanidad, tenemos que sentir como nuestra su historia ensangrentada, tenemos que grabarnos en la carne sus sufrimientos y su esperanza. Tenemos que decirles, con Monseñor Casaldáliga, el obispo poeta, «amigos, hermanos de Guatemala, sean lúcidos, sean firmes, sobre todo, estén unidos. Sepan que el continente entero les acompaña. Son ustedes para nosotros como una señal, testigos de la liberación que se conquista, prueba de que nuestro Dios es verdaderamente un Dios liberador que sabe librar de la muerte…»

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