Iglesia y Sociedad

Tierra y agricultura en la literatura bíblica

2 May , 2012  

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Reflexiones bíblicas para el Día de la Tierra.

Israel, un pueblo agrícola

La agricultura aparece por primera vez en la Biblia en el segundo relato de la creación (Gn 2,4-25). “Yahvé tomó, pues, al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara”. Los verbos hebreos que usa el texto son ‘ABAD y SHAMAR para decir cultivar y cuidar. Son verbos que, en éste y en otros contextos, tienen significado de “servir” (de donde ‘EBED, siervo) y cuidar vigilando, como en el caso de los pastores con sus ovejas. Ya el uso de estos verbos indica de qué tipo será la relación que establece la Biblia entre el ser humano y la tierra: no es dominio, sino servicio y cuidado.

La tarea de cultivar la tierra es tan antigua en Israel, que llena muchas de sus páginas. Ya en el relato de Caín y Abel, los hijos de las primera pareja humana, uno de ellos se dedicaba a las tareas del cultivo de la tierra (Caín) y el otro a las tareas del pastoreo de ganado menor (Abel), las dos ocupaciones más antiguas en Israel.

Cuando el pueblo lucha contra el faraón bajo la conducción de Moisés y salen de la esclavitud, después de vagar errantes por el desierto, llegan a la tierra prometida, y la primera acción que toman para comenzar a ser un pueblo distinto de los demás es la repartición de la tierra. A cada familia un pedazo de tierra, para que nadie se quede sin sustento. De esta manera, la agricultura une estrechamente a las personas al suelo que le da el alimento.

Pero el pueblo de Israel sabía que la tierra no le pertenece a nadie, sino a Dios. Dios es el único dueño de la tierra porque él es quien la creó al mero principio del mundo. Por eso Dios tiene un derecho absoluto sobre la tierra, dispone de ella, establece las normas para cultivarla, ordena cómo ha de ser su distribución. Por eso Israel proclama en sus oraciones el dominio de Dios sobre la tierra: “Tú, Señor, haces brotar vertientes en los cerros, que corren por el valle… desde lo alto riegas las montañas y se llena la tierra de frutos, que son obra tuya. Tú haces brotar el pasto para el ganado y las plantas que le sirven a las personas, para que de la tierra obtengan su alimento…” (Sal 104,10-14).

Por eso se establecieron en Israel algunas leyes para la distribución y el cultivo de la tierra. Se estableció, por ejemplo, que la tierra se dividiera en partes equitativas para cada tribu (Nm. 26,52-56); Solamente la tribu sacerdotal no podía recibir tierras (Dt 18,1-8). Además, la tierra no podía venderse porque es de Dios (Lv 25,23). Y si por alguna necesidad o urgencia hubiera que venderla, debía hacerse en primer lugar entre la propia tribu, para que la tierra no saliera del dominio tribal y se conservaba siempre el derecho de rescate, según lo establecido en la ley del goelato y el jubileo (Lv 25,11ss; Dt 15,1ss): cada cincuenta años las tierras regresaban a sus auténticos dueños.

La distribución de la tierra no estaba ajena a la igualdad social. Por el contrario, cultivar la tierra pensando solamente en uno mismo y olvidando a los pobres, era una ofensa grave a Dios (Dt 14,28-29; Dt 24,19-22).

También tenían problemas: El principal enemigo de la agricultura era la sequía (Gn 12,10; 26,1; 41,50-57) a la que se hacía frente con la construcción de cisternas y acueductos. Otro azote era la langosta. Las principales semillas de cereal que se cultivaban eran el trigo y la cebada. El trigo era el cereal más importante de Palestina, cereal de invierno que se cosecha en junio o julio. Se tomaba cocido en pan, tortas y obleas, pero también como granos tiernos y secos. Se usaba para la ofrenda de la comida y es uno de los siete dones con los que se bendijo la tierra prometida (Lev 2,14; 23,14; 1Sam 25,18; 2Re 34,42).

La cebada, planta gramínea semejante al trigo, fue también muy cultivada en Palestina, que es llamada ‘tierra de trigo y cebada’ (Dt 8,8) y aparece citada frecuentemente tanto en el A.T. como en el N.T. Se empleaba sobre todo como alimento para caballos. El pan de cebada era alimento de pobres. Se comía el grano tostado. Cereal de invierno, que se cosecha en marzo: Necesita una mayor sequedad que el trigo (Ex 9,31; Nm 5,15; Job 31,40).

La técnica más común de sembrado era al voleo. De ordinario, los cereales se sembraban a voleo con la mano derecha, llevando la semilla colgada en un saco en el hombro izquierdo. Como no conocían el rastrillado propiamente dicho, se pasaba ligeramente el arado o un haz de espinas. Con la siembra a voleo y un rastrillado deficiente, se entiende que una parte de la semilla cayese fuera (Mt 13,3).

Sentido religioso de las siembras

Las tres fiestas más importantes del calendario hebreo tienen un origen estrictamente agrícola. La pascua, era la fiesta de la primavera: se acababa el frío del invierno y podría comenzar a prepararse la tierra para cultivarla. Se celebraba con un banquete familiar. Después de salir de Egipto se convirtió en una fiesta que recordaba la liberación de la esclavitud. Se comía durante una semana pan sin levadura. (Ex 23,14-15)

La fiesta de las semanas (Pentecostés) era la fiesta de la siega o cosecha. Se recolectan los primeros frutos del trabajo (cereales, sobre todo) y se ofrecen las primicias. Se celebraba siete semanas después de la fiesta de la pascua, por lo que era llamada Pentecostés. (Ex 23,16). Finalmente, estaba la fiesta de los tabernáculos (Tiendas) que se celebraba cuando se terminaba la estación de las frutas. Se llamaba fiesta de las tiendas, porque la gente hacía unas chozas con ramas y se colgaban de ellas los frutos, como suele hacerse en los pasel mayas. Más tarde, esta fiesta comenzó a recordar también los 40 años pasados por el pueblo en el desierto (Ex 23,16; Dt 16,13-15)

Los hijos e hijas de Israel ligaban la fidelidad a Dios con el éxito de las cosechas (Lv 26,3-12). Una práctica común era la ofrenda de las primicias (Dt 14,22ss). Siempre hubo una relación entre el cultivo de la tierra y el resto de la vida. Siendo campesinos y campesinas, los miembros del pueblo de Israel no se olvidaban de su pasado, ni del proyecto de sociedad que estaban llamados a construir. De hecho, ligaban las actividades y fiestas agrícolas con su historia como pueblo. Por eso, después de presentar sus primicias, recitaban un compendio de su historia, para que la memoria mantuviera su resistencia (Dt 25,19 – 26,17).

La siembra de la semilla tomó muy pronto rasgos simbólicos. Por una parte, se ligó a la bendición de Dios, que restaura a su pueblo después de los sufrimientos. Se hizo símbolo de una siembra de personas y de animales con la cual Dios restaurará la desolación de Israel (Jer 31,27), y como símbolo de la penitencia de corazón (Jer 4,3; Os 10,12).

La Biblia conoce también la metáfora de la siembra para designar las consecuencias felices o desgraciadas que, cual cosecha merecida, siguen a la siembra de actos buenos o malos del ser humano (Prov 11,18). La tristeza del sembrador contrapuesta al gozo de los cosechadores es imagen del esfuerzo de quien trabaja con esperanza (Sal 126,5; Is 9,3). Hasta san Pablo ha usado esta imagen para hablar de la resurrección (1Cor 15,35-38).

Jesús y la siembra

Son muchas las ocasiones en que Jesús usa, en el Nuevo Testamento, la imagen de la siembra y la cosecha. Hasta para hablar de su propia persona menciona que él es el árbol y nosotros somos las ramas (vid y sarmientos Jn 15). Pero quizá las parábolas más conocidas en este campo sean la parábola del sembrador (Mt 13,1-9) y la parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29).

En la parábola del sembrador, además de la reflexión que se hace sobre la clase de tierra que recibe la semilla, hay que atender a la clase de sembrador que es Dios: un sembrador que parece incansable, que siembra a tiempo y a destiempo, que lanza la semilla incluso sabiendo que algunas de ellas caerán en terreno impropio. Dios es un sembrador apasionado. Su trabajo es sembrar siempre y en todo lugar.

La parábola de la semilla que crece por sí sola trae una hermosa enseñanza sobre la paciencia histórica. La semilla tiene dentro de ella un ritmo que Dios le ha puesto. Los campesinos y campesinas tomamos la semilla, la depositamos en la tierra, la cuidamos y regamos, pero en realidad lo que le ocurre a la semilla dentro de la tierra no es hechura nuestra, sino que es una fuerza que Dios le ha puesto y que está dentro de la misma semilla. Y tenemos que respetar los tiempos de Dios. Aunque estuviéramos presentes día y noche ante la tierra y viéramos despuntar las primeras hojitas, de nada serviría jalarla con fuerza para que crezca más rápido. Eso sería muy tonto, porque terminaríamos lastimando a la planta recién nacida. Como la siembra, las cosas de Dios y de nuestra historia tienen su propio ritmo y debemos aprender a conocerlo y respetarlo.

Algunas conclusiones

1. Una primera enseñanza de esta lectura de pasajes bíblicos es que el espíritu del pueblo de Israel es muy parecido al nuestro. Como ellos, nosotros sentimos que la tierra es nuestra madre, que no la poseemos, sino que solamente la administramos, porque la tierra es de Dios.
2. Sabemos que todos los frutos de la tierra vienen de Dios: él manda las lluvias y permite que haya abundante cosecha.
3. De la tierra sacamos nuestra subsistencia. Dios nos bendice con los frutos de la tierra si nosotros seguimos sus palabras y trabajamos por hacer realidad el proyecto de justicia y hermandad que él tiene para todos los seres humanos.
4. Alejarse del proyecto de Dios lleva consigo males para la tierra y para el trabajo del campo. Creer que somos los dueños de la tierra es lo que nos ha llevado a explotarla sin medida, a deforestarla, a usarla como si fuera una mercancía. Una buena parte de los desastres naturales, fruto de nuestra inadecuada relación con la naturaleza, manifiestan que Dios maldice la explotación desmedida de la tierra.
5. El trabajo de la tierra tiene una profunda dimensión religiosa. Así lo entendieron los judíos cuando celebraban sus fiestas agrícolas, así lo entendemos nosotros cuando hacemos los rezos de las primicias, pedimos permiso a la tierra para trabajar, o cuando hacemos repartición de comida durante la cosecha.
6. La siembra y la cosecha tienen también una dimensión simbólica. Sirven para expresar otras cosas: como la necesidad de “sembrar” la justicia para que el fruto sea la paz. El mismo amor entre los esposos es visto como una siembra cuando hablamos de los hijos como “frutos” del matrimonio.
7. Hay muchas maneras de organizar la tenencia de la tierra. Israel nos enseña que en cualquier organización que tengamos, no nos olvidemos de los pobres. Tratar la tierra como mercancía, olvidando que es fuente de vida para todos y todas, hace que aumenten los pobres y hambrientos. Ninguna ganancia comercial está por encima del bienestar de nuestros pueblos y comunidades.
8. Saber que Dios es el único dueño de la tierra nos ayuda a darnos cuenta de las malas intenciones de los que quieren que vendamos nuestras tierras. En realidad, solamente quieren hacernos esclavos. Permanecer unidos a la tierra es una cosa muy importante para nuestra resistencia. A esta luz tenemos que juzgar la bondad o maldad de algunos programas de gobierno que nos invitan a vender nuestras tierras.
9. No podemos permitir que el sentido religioso de la agricultura se pierda. Es bueno que usemos nuevas tecnologías, que aprendamos a cómo producir más y mejor, pero también es cierto que si abandonamos el sentido religioso de las siembras nos quedaremos sin una fuente importante de alimento para nuestra resistencia. Las grandes organizaciones de los ricos por eso están muchas veces en contra de nuestros ritos y nuestros relatos antiguos, porque mientras mantengamos esa relación religiosa con la tierra, no podrán convencernos de abandonarla y venderla para irnos a trabajar en sus construcciones y en sus fábricas.
10. Finalmente, el trabajo de la tierra tiene muchas enseñanzas para nosotros: conocer y respetar los tiempos, tener la sabiduría de resistir, saber que a pesar de las inclemencias, la tierra volverá a producir su fruto, etc. También tenemos que recordar que un país que no cuida su agricultura, que no trabaja la tierra, que no produce su alimento, muy pronto comienza a ser dependiente de otros países. Tenemos que trabajar por la soberanía alimentaria.

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8 Responses

  1. Jorge Molano dice:

    Muy buen artículo, recordemos que al haber 10 tribus dispersas es porque El ETERNO las sembró en el resto del mundo para que llevemos luz a las naciones, esa luz no es religión sino la capacidad de reconocer que ÉL es quien nos da todo y quiere lo mejor para todos los seres humanos.

  2. Muy pertinentes y adecuadas las reflexiones biblicas historiograficas,, por estos tiempos de hambruna generalizada.

  3. Hay que masificar la publicacion de este tipo de comentario. Son uy pedagogicos, especialmente para aquella gente que ama su parcela y tambien para los depredadores de nuestra madre tierra.

  4. ¿Tienen algun grupo de fb? donde compartan sobre agricultura y la biblia?

  5. ojala y esto lo comprendieran los comuneros de tetlama,que están ofertando a nuestro pueblo como si de verdad no tuvieran para comer,avaros traidores.

  6. LINDO Y MUY EXCELENTE COMENTARIO, MUY CLARO Y CONCISO.

  7. Alma Valencia Arana dice:

    Que lejos estamos de este concepto. ¿También de Dios?

  8. Creo que es necesario ver la iluminación bíblica de este texto para que nuestro actuar sea justo; no podemos olvidar la equidad de la repartición de la tierra, pero sobre todo la alimentaria; no debemos causar dolor, hambre, injusticia, etc. con una actitud indiferente hacia el prójimo… pues la intepelación del Señor acusa a nuestra concencia: "tuve hambre y no me diste de comer…"

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