Iglesia y Sociedad

Morir a manos de la policía

5 Nov , 2020  

El horror, aunque uno se acostumbre a él, no deja de ser horror. Las decenas de películas sobre todo lo que puede ocurrir en una cárcel, quedan pequeñas ante esa muerte que nadie sabe explicar, ante un suicidio que no acaba de convencer a nadie, ante una “parasitosis” que termina dejando huella de golpes en el cuerpo.

Hace ya mucho tiempo que la tortura se ha revelado como inadmisible en el marco de una sociedad que respeta los derechos humanos. Hace más de 30 años, el 10 de diciembre de 1984, se aprobaba la resolución 39/46 en la que se aprobaba y se ponía a disposición de las naciones para su firma y ratificación, la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos y Degradantes.

No es casual que la Convención fuera aprobada en el Día de los Derechos Humanos, efeméride que recuerda el día de la adopción, por parte de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948. Y no es casual porque el origen de la ONU es, precisamente, el horror de los campos de concentración en la Alemania nazi. Miles, millones de personas recluidas en centros de detención disfrazados de lugares de trabajo, bajo la custodia de personal del ejército nazi, grupos humanos entre los que destacaban judíos, polacos, homosexuales y Testigos de Jehová, encontraron la muerte en esos lugares de reclusión. Bajo la tutela del Estado nazi, caminaron hacia la muerte. Así que tortura y muerte en lugares de prisión son dos motivaciones fundamentales que subyacen a la formación de la asamblea de naciones.

Lo recordaba en un emblemático poema (Hombre preso que mira a su hijo) el uruguayo Benedetti: “todas estas llagas, hinchazones y heridas, que tus ojos redondos miran hipnotizados, son durísimo golpes, son botas en la cara, demasiado dolor para que te lo oculte, demasiado suplicio para que se me borre…” Y cuando, a diferencia del poema, la tortura termina arrancando la vida de la persona torturada, ese error de cálculo termina desnudando toda la empresa.

Conscientes de que el horror de la tortura no desaparece por decreto, sino que implica un largo y hondo trabajo de transformación de mentalidades y estructuras de manejo de poder, el inicio del nuevo milenio vio aparecer el Manual de Investigación y Documentación Efectiva sobre Tortura, Castigos y Tratamientos Crueles, Inhumanos o Degradantes, más conocido como el Protocolo de Estambul, primer conjunto de normas internacionales para documentar la tortura y sus consecuencias.

Pero todos estos avances chocan con una terca realidad: la tortura sigue siendo el modus operandi de muchos cuerpos policíacos. Y no hablo en esta ocasión de la Alemania nazi, ni tampoco del horror de Guantánamo en el delirio imperial de los Estados Unidos, ni las cárceles turcas de la película “Expreso de Medianoche”. Hablo de realidades con menos propaganda, de cosas que pasan “en casa”. Hablo del calabozo de Oxkutzcab, de la cárcel de Tekax, de las patrullas de la Secretaría de Seguridad Pública del Gobierno del Estado de Yucatán.

Yucatán es un estado singular. La policía tiene mala suerte. Algo pasa que los detenidos se les mueren en las patrullas y los calabozos. Y no pasa solo en gobiernos de un determinado partido. La alternancia en el poder parece no haber afectado en nada es extraña singularidad yucateca.

Ayer coincidieron dos hechos: un hombre de 31 años fue aprehendido por la policía yucateca en un puesto de control en el tramo Chicxulub – Telchac Puerto. Estando bajo la custodia de los agentes del orden, el hombre “falleció” mientras era trasladado para ser presentado ante las autoridades ministeriales. Le pasó lo mismo que le había pasado antes a Gaspar Sulub Cimé, de Progreso, y antes a José Santiago Medina Naal, en Sisal, y hace todavía más tiempo a Robert Tzab Ek, en una celda de Tekax.

El otro hecho fue la renuncia del Fiscal General del Estado de Yucatán. Pero no, no piense usted que fue por vergüenza ante la negligencia que revela el hecho de que, después de que en 2003 haya sido aprobada y promulgada la “Ley para Prevenir y Sancionar la Tortura en el Estado de Yucatán”, nunca, ni una sola vez, se haya clasificado bajo tortura las actividades de violencia de parte de la policía, ni tampoco esté ningún policía en la cárcel por alguna de esas sospechosas muertes en cárceles y/o vehículos policiacos. No, fueron otras razones que ni siquiera conocemos, porque los halagos con los que fue despedido por el titular del ejecutivo estatal dejan ver que tenía en muy alta estima el trabajo del funcionario renunciante.

Esta larga historia de horror tiene que acabar. No podemos acostumbrarnos a estas tragedias. Mañana podemos ser tú o yo.

Les comparto ahora el comunicado del equipo de derechos humanos, Indignación AC, equipo desde el cual se ha dado una larga, pero hasta ahora infructuosa batalla, contra este flagelo.

Citar a autoridades y crear comisión sobre tortura, exige Indignación al Congreso

·      ¡Ya Basta! Toda muerte bajo custodia policíaca implica responsabilidad del Estado

·      Gobernador, Fiscal y Jefe policíaco de Yucatán tendrían que comparecer ante legislatura y rendir cuentas

·      Erradicar la tortura, crear protocolo y mecanismos para detectarla, investigarla y sancionarla, exigencia ignorada por Mauricio Vila

Comunicado del Equipo Indignación A.C.

La grave crisis en materia de derechos humanos que enfrenta Yucatán tiene una de sus expresiones más visibles y dolorosas en la persistencia de la tortura, así como en la tolerancia, silencio o encubrimiento hacia ese crimen. Son inaceptables las muertes ocurridas bajo custodia policial en el Estado y el silencio y las omisiones que han seguido a ellas.

El fallecimiento de una persona que se encuentra bajo custodia policial implica responsabilidad del Estado y debe seguirse un protocolo para descartar tortura y para fincar responsabilidades. El Estado es responsable de la vida, salud y seguridad de quienes se encuentran detenidos. Sin embargo, a pesar del número de personas fallecidas en cárceles en Yucatán o en el traslado después de una detención y a pesar de reiterados llamados ante la Secretaría de Gobierno de Yucatán, no se ha establecido este protocolo en Yucatán y se encuentran impunes todos los casos.

De hecho, el mecanismo que se activa ante el fallecimiento de una persona que se encuentra bajo custodia policial, es el encubrimiento y la única respuesta ha sido el silencio. Las autoridades de Yucatán e incluso la Codhey han contribuido a la impunidad, a la “normalización” de crímenes inaceptables y a la persistencia de ominosas prácticas como las detenciones violentas, arbitrarias, los tratos crueles e incluso, es imposible no considerarlo, tortura.

En el caso de Gaspar Sulub, quien “falleció” después de ser detenido en Progreso en febrero de este año, los familiares cuentan con un dictamen forense independiente que indicaría que fue sometido a tortura, dictamen que contradice el dictamen oficial. A pesar de eso, ni el gobernador, ni el jefe de la policía ni el Fiscal han dado explicaciones. Las muertes de Ronald Richmond, cuyo cuerpo fue encontrado en abril en la carretera Xoy – Chaksinkín, y de José Santiago Medina Naal, detenido en Mérida hace unas semanas y cuyo cuerpo fue encontrado en la carretera Hunucmá – Sisal, exhiben el horror, la impunidad y el silencio.

El Congreso del estado tiene la facultad de crear comisiones y de citar a comparecer a autoridades ante situaciones que así lo requieran. El fracaso de quienes tienen la obligación de investigar y sancionar les obliga a actuar. La posible tortura y ciertamente las muertes de personas bajo custodia policial, así como la impunidad que ha seguido a ellas obligan al Congreso a citar al Fiscal, al Secretario de Seguridad Pública y también al Gobernador de Yucatán, que ha sido incapaz de enfrentar este flagelo y realizar las acciones necesarias para detectar, investigar y erradicar la tortura en el estado. Casos denunciados han sido sistemáticamente bloqueados por la ahora fiscalía y entonces Procuraduría, como el caso de Roberth Tzab Ek, cerrado reiteradamente y reabierto únicamente a través de amparos desde hace 10 años.

Lamentablemente, de la Comisión de Derechos Humanos se puede esperar dentro de varios meses, seguramente más de dieciocho, un tibia recomendación en la que no figurará la palabra tortura y que no irá más allá de sugerir capacitaciones inútiles a los policías. Inútiles si no van acompañadas de los mecanismos necesarios para detectar, investigar y sancionar para erradicarla.

En 2016, al menos dos personas murieron por “infarto” en Mérida mientras estaban bajo custodia de la policía estatal. Una de ellas, en mayo, en los separos de la S.S.P. Otra, en diciembre, en una patrulla de la S.S.P., durante su traslado. Ese mismo año, en Temax, un joven murió en la cárcel. El dictamen forense señaló “parasitosis”.

En 2018 un joven murió en Teabo, en la cárcel municipal, y en 2019 otro joven falleció en Oxkutxzcab. Estas son sólo algunas de las muchas muertes en cárceles, centros de detención y unidades policiacas en Yucatán.

En febrero señalamos en una carta abierta al Gobernador: Desde Indignación, en reiteradas ocasiones, hemos exigido un protocolo que obligue a descartar tortura cuando un fallecimiento ocurra en un centro de detención, tal como establece la legislación internacional de derechos humanos, lo cual incluye peritajes forenses independientes, investigación pronta, independiente e imparcial, sanción a los responsables y garantías de no repetición.

 Con rabia, con Indignación, reiteramos la exigencia.

Ya Basta.

Chablekal, Yucatán, 4 de noviembre de 2020

Iglesia y Sociedad

Doña Tran, AMLO y el Tren Fonatur

1 Sep , 2020  

La risa de doña Tránsita resuena como canto de chinchinbacal. Dice que en realidad su nombre es Tránsito, no Tránsita, pero que desde chica toda la familia la llama así, en femenino. Su abuela le contaba que su nombre lo agarraron de un libro viejo de oraciones que llamaba, a la Asunción de la Virgen María, Nuestra Señora del Tránsito. Que, según esto, el nombre viene de tradición vasca. Así que a doña Tránsita, que por un pelito y nacía el día de la Asunción (nació, en realidad el 16 de agosto) le pusieron ese nombre. Pero todos en el pueblo le dicen doña Tran. Y a ella le gusta.

Acaba de entrar a los 80 años, así que doña Tran conoce a Indignación prácticamente desde sus inicios. Su marido fue de los campesinos golpeados en la Plaza Grande cuando protestaban por el desmantelamiento del ejido. Eran los tiempos de la gobernadora Dulce María. Desde entonces nos conoció. Estaban bien ts’irises, nos dice, quién iba a decir que iban ustedes a tardar tanto en estos menjurjes políticos.

Cuando me avisaron que doña Tran quería verme, me imaginé cuál era la causa. Doña Tran votó por López Obrador y suele ver –no todos los días, porque a veces es muy fastidioso, me dice haciendo un mohín gracioso– las conferencias matutinas del presidente. Así que la mañanera del viernes 28 debe haberla dejado inquieta.

El fin de semana había sido, en efecto, muy agitado. En su conferencia de prensa, el presidente citó una nota de prensa en la que se acusaba a Indignación, junto con otras organizaciones de la sociedad civil que han acompañado a personas y pueblos que se oponen al tren turístico en el que AMLO está empeñado, de recibir dinero del extranjero dedicado expresamente a torpedear el proyecto estrella de su sexenio. Si doña Tran, asidua a las mañaneras, había escuchado eso, debía estar preocupada.

La risa de doña Tran cuando me recibió en su casa disipó mis temores. Ustedes tranquilos –me dijo– nosotros les conocemos. Dile a las muchachas que los mismos que votamos por el presidente sabemos también quiénes son ustedes y cuál es el trabajo que hacen. Así que no se angustien. Miren, el presidente escucha lo que quiere escuchar. Yo sigo pensando que es un hombre bueno, pero lo ganan a veces sus caprichos y sus pleitos. Porque es muy pleitista, eso ni quien se lo quite. ¡Si por eso lo elegimos, porque nunca dejó de pelearse con los ricos! Creo que lo que nadie le ha dicho –una sonrisa burlona se dibuja en su cara llena de arrugas– ni los de su partido, es que los únicos beneficiados con su tren de turistas serán los ricos con los que se peleó durante tanto tiempo.

Le cuento a doña Tran que durante el fin de semana recibimos una enorme cantidad de manifestaciones de afecto y solidaridad. Que no estamos angustiados. Que lo único que nos enoja es que el presidente y sus mañas hagan invisible la lucha de muchos pueblos. No solo los que no quieren el tren. También los pueblos que no quieren las megagranjas de cochinos, los milperos que no quieren los transgénicos, los campesinos que no quieren el glifosato, los pueblos que no quieren que otras personas vengan a decirles cómo deben vivir.

Me mira enternecida y suelta el nudo de la hamaca que pende sobre nuestras cabezas. Siéntate, me dice, quiero decirte algo. El presidente no sabe quiénes son ustedes. Perdónenlo. Lo que nosotros no le perdonamos a él es que piense que solo porque ustedes vienen a escucharnos y nos ayudan con los trámites de las leyes, es por eso que no queremos su tren o nos oponemos a sus proyectos de desarrollo. ¡Cómo si no tuviéramos cabeza propia para pensar! Con eso del desarrollo nos han chingado durante años. Ya es hora de que sepa, el presidente y toda su camarilla, que el desarrollo que nosotros queremos, nosotros lo tenemos que decidir.

Doña Tran se mece en su hamaca. ¿Te acuerdas de aquella lucha por los chamacos adolescentes que no tenían familia y a los que llevaban a la correccional que porque no tenían otro lado dónde llevarlos? Creo que fue allá por el 2001 o 2002… ¿te acuerdas cuántos años duró ese pleito que ustedes llevaron adelante? ¡Tardó como ocho años! Pero, al final, aquella señora Martel, que era el vivísimo demonio, salió derrotada. Ya también ahí les atacaba el gobierno. Pero nosotros, desde lejos, desde esta comisaría del sur, sabíamos que ustedes tenían la razón. Y terminaron ganando. Y lo mismo con don Ricardo Ucán. A veces ganan y a veces no, como con aquel señor de Oxkutzcab al que mataron los policías en la cárcel y que nunca se pudo aclarar… ¡Qué va a saber el presidente de lo que ustedes hacen si la única vez que sale con gente como nosotros es cuando le echan incienso los falsos j-menes en sus inauguraciones!

Comprendo, termina doña Tran, que los huaches estén preocupados por ustedes. Tienen razón en estarlo. Yo veo en la tele las cosas que pasan en Guerrero y en Morelos y me erizo de solo mirarlo. Si ustedes fueran de allá, esta acusación del presidente sería casi su sentencia de muerte. Por eso, sus amigos de afuera creen que aquí pueden ustedes estar en peligro. El presidente les tiró, he escuchado que digan, al foso de los leones. Pero no tengan miedo. Aquí no hay leones. Los que quieren poner la granja de cochinos en Homún tienen periódicos, pero no son matones. Además, dicen que son muy católicos, aunque yo lo dudo: en ese diario en el que les atacaron, siempre salen mujeres desnudas…

La carcajada de doña Tran estalla. Su resonancia termina por ahuyentar mis fantasmas. Me toma por los hombros y me dice: ¿Te acuerdas de aquel obispo de El Salvador, que ahora es santo, y al que tú le hacías la novena antes de que lo hicieran santo porque querías que lo conociéramos? Él dijo una vez: “con este pueblo, no cuesta trabajo ser pastor”. Bueno, pues dile a las muchachas y a los licenciados que aquí estamos nosotros, que si el presidente les sigue tirando miarda desde la televisión, que volteen a vernos a nosotros, que confiamos en ustedes. El presidente es buena gente, pero se pelea con los que no debe pelearse y no se pelea con los que sí debería… A ver qué nos dice mañana en su informe.

Cuando salí de la casa, el sol estaba ya poniéndose, en su fulgor rosáceo siempre inédito. Recordé la frase del poeta: ‘la sorpresa casi cotidiana del atardecer’. Cuando la brisa acarició mi rostro, la casa de doña Tran se perdía en el horizonte. El corazón me ardía.

Iglesia y Sociedad

Sembrado en la tierra roja

18 Ago , 2020  

Pedro Casaldáliga, in memoriam

He vuelto de nuevo a ver Descalzo sobre la Tierra Roja, la película sobre Pedro Casaldáliga. La he visto junto con decenas de presbíteros mientras hacíamos juntos ejercicios espirituales en Sisoguichi, en la Sierra Tarahumara. El contexto de la reciente muerte del obispo p(r)o(f)eta ha hecho aún más emotivo el momento.

A este coleccionista de orfandades se le ha hecho un hueco profundo en el corazón. Dom Pedro no fue solamente una figura señera del pensamiento y la teología latinoamericana, aunque bebí a raudales sus textos y reflexiones y esperaba, cada año, la Agenda Latinoamericana para soñar junto con él caminos nuevos para nuestro continente.

Tampoco fue solamente el magistral poeta, de alma sensible y tierna, aunque llevo impresos en la memoria algunos de sus más hermosos versos.

Pedro Casaldáliga fue para mí mucho más: fue mi padre, mi referente permanente, el obispo por quien valía la pena seguir en esta iglesia, la voz de la pobreza hecha opción irrenunciable. Lo miraba de lejos, con amor y con vergüenza. ¡Cuánto hubiera querido compartir su pobreza!

En los más aciagos tiempos de mi vida ministerial, pude mantenerme a flote con solo pensar que allá lejos, en San Félix de Araguaia, permanecía firme, en pie de testimonio, Dom Pedro Casaldáliga. El 18 de diciembre pasado perdí a mi madre, cercana ya a los 98 años, con un rosario en las manos. Esta semana se fue Dom Pedro, también a los 98, con su pobreza incólume. Cada vez tengo menos asideros.

Sus ansias de martirio fueron “castigadas” por Dios con una larga vida. Los beneficiarios fuimos nosotros, que pudimos contar por muchos años con la certeza de su lúcida mente, dentro de un cuerpo cada vez más delgado y débil.

Quien fuera promotor de la fiesta de los «Mártires de la Caminada», preocupado siempre porque la iglesia no olvidara a sus muertos, a sus testigos, porque no se echara tierra sobre la memoria de quienes por fidelidad al evangelio y a la justicia terminaron pagando el precio de su propia vida, se une ahora a esa larga caravana.

Nunca el texto del Apocalipsis tuvo mayor resonancia: Ahí va Dom Pedro Casaldáliga, a unirse a la caravana de los vestidos de blanco, encontrándose ahora con tantos hombres y mujeres, profetas todos, que le antecedieron. “Esos que visten de blanco, dime Señor quiénes son, dime de dónde han venido…”

Casaldáliga ha llegado al fin de su camino: viene de san Félix de Araguaia, de esa tierra pobre que ha abierto los brazos para abrigar sus huesos y que él nos hizo amar a distancia. Alguien, desde Maní, no dejará nunca de recordarte, pastor de las causas grandes de la América toda.

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Quedará, perdurable, tu recuerdo

En el alzado puño de las plazas,

Bandera rojinegra en nuestras huelgas,

Jirón de dignidad en el silencio.

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No te fuiste, se quedan tus sandalias,

Tus manos y tus pies, tu voz de Reino,

Tu testimonio como agua cristalina

Tu origen catalán y tu Araguaia.

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Con pies descalzos sobre tierra roja

Se quedará impregnada tu memoria

En el dolor de todo el continente.

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Te abre los brazos san Romero, alegre.

Van marchándose todos, sólo queda

Tu lucidez, Raúl y nuestros pueblos.

Iglesia y Sociedad

Una arzobispa para Lyon

26 Jul , 2020  

Desde el 18 de marzo de 2019 el Cardenal Philippe Barbarin se apartó temporal y voluntariamente del arzobispado de Lyon, donde ejerció el episcopado desde el 16 de julio de 2002. Terminaba 17 años de conducir la iglesia de Lyon envuelto en el escándalo debido a acusaciones vertidas en su contra por haber encubierto los abusos sexuales del sacerdote Bernard Preynet, quien ha aceptado los delitos que se le imputan y está a la espera de sentencia.

Un mes antes de su retiro, Barbarin había sido condenado a seis meses bajo libertad condicional y, tras una apelación, fue finalmente absuelto de todos los cargos por un tribunal de la Corte Penal de Lyon el 30 de enero de 2020. El 6 de marzo de 2020, el Vaticano aceptó la dimisión formal del Cardenal francés, de 69 años de edad. Desde ese momento, la sede de la arquidiócesis de Lyon está formalmente vacante.

El pasado 25 de mayo la teóloga Anne Soupa, de 73 años, ha presentado ante el Nuncio del Papa en Francia su candidatura formal a ocupar el arzobispado de Lyon. Sabe que sus posibilidades son mínimas, por no decir nulas, de ocupar ese cargo. La legislación de la iglesia, el famoso Derecho Canónico, no contempla esta posibilidad, y ya se sabe que para muchos jerarcas el Derecho Canónico puede llegar a estar a la altura misma, si no es que más alto aún, del Evangelio. A pesar de todo, esta mujer católica, casada, biblista y escritora, ha decidido desafiar la normalidad intraeclesiástica con este gesto novedoso.

Después de tres obispos que decidieron permanecer ciegos ante los abusos contra niños, cometidos por el presbítero y pederasta Bernard Preynet durante diez años, sin que ninguno de ellos interviniera (Preynet abusó de decenas de scouts de 1971 a 1991), la apuesta por una mujer suena mejor que nunca porque es como una bola de billar en la mesa de carambola: un solo golpe de bola deja en evidencia muchas problemáticas que a veces no queremos ver.

La primera es el hecho de que la iglesia a la que pertenecemos, la iglesia católica, es una de las pocas instituciones de orden mundial que permanece, contumaz, manteniendo en la exclusión a las mujeres, especialmente en el ámbito de las tomas de decisiones. Los sínodos o reuniones episcopales son un magnífico retrato de la manera como se conduce la iglesia en su gobierno interno: una reunión exclusiva de varones célibes. De repente, en algún rincón, descuella una mujer, religiosa o laica, y cuando uno está a punto de alegrarse de este minúsculo signo de inclusión viene a enterarse de que las mujeres tendrán voz, pero no voto, en la asamblea eclesiástica. Esta conformación exclusivamente masculina de los órganos de conducción en la iglesia es una mala noticia en los tiempos que vivimos. Una institución que insiste en mantenerse gerontocrática y machista está condenada a vaciarse de sentido.

La segunda problemática que pone de manifiesto la irrupción de Anne Soupa y su candidatura es el hecho de que, no solo en el plano eclesiástico, las mujeres siguen situadas en un ámbito de desventaja ante los varones. Muchas veces la discusión sobre la capacidad de una persona para desempeñar un cargo, sea cual sea su género, es imposible de darse porque las mujeres resultan eliminadas precisamente por ser mujeres –por default, diríamos en lenguaje deportivo. Valorar con mesura si Anne Soupa puede garantizar una conducción más evangélica de la iglesia de Lyon es imposible, si no se quiebra primero el esquema de desigualdad que, ya con argumentos sociológicos o con argumentos espirituales, seguimos sosteniendo en la iglesia y en la sociedad.

En una reciente entrevista concedida a la periodista Franciska Broich, de la agencia alemana de noticias KNA, Anne Soupa pone el dedo en la llaga: “El Papa Francisco, dice, pidió más medidas en la lucha contra el clericalismo. También pidió una mejor distinción entre funciones administrativas y sacramentales. El liderazgo de una diócesis también incluye tareas espirituales. Estas también pueden ser realizados por laicos, hombres o mujeres. La Iglesia en Francia, hasta ahora, no ha tomado ninguna medida contra el clericalismo. Nuestra iglesia simplemente sigue con el mismo modelo, a pesar de que no funciona”.

Las palabras de la teóloga y biblista podrían extenderse a otras geografías. Episcopados de todos los países se pronuncian contra el clericalismo… pero no mueven un dedo por acabarlo. La contumacia llega al grado que, incluso en campos donde el laicado tiene, en función de su misión propia, una palabra indispensable, las decisiones siguen siendo tomadas por el clero. Pongamos, por ejemplo, la pastoral social. Hace cerca de tres años que colaboro en la dimensión de fe y compromiso social de la comisión de pastoral social de la arquidiócesis de Yucatán. En las juntas mensuales en las que se toman las decisiones el número de laicos es exiguo en relación con el número de presbíteros. ¿Mujeres? Llevo tres años. Hasta hoy no he visto a ninguna.

Una tercera problemática que saca a la luz la candidatura de Anne Soupa es la distinción entre gobierno y orden sagrado. Regularmente justificamos la exclusión de las mujeres del ámbito de la toma de decisiones en la iglesia porque sostenemos que tal función está intrínsecamente ligada al sacramento del orden sacerdotal. Como el ministerio ordenado es algo vedado a las mujeres, luego entonces su exclusión del ámbito de gobierno y del servicio de la conducción queda divinamente establecida. Así reza el Derecho Canónico.

No es Anne Soupa, desde luego, la primera teóloga que se opone a esta invención justificadora, aunque es ella quien la expresa con puntual nitidez: “Si mi candidatura está prohibida por el Derecho Canónico es simplemente porque soy una mujer, y las mujeres no pueden ser sacerdotes. Y, según el Derecho, solo los sacerdotes, cuando se convierten en obispos, pueden dirigir la iglesia católica”. Esta falacia ha sido rebasada ya, en la práctica, aunque nos resistimos a aceptar el calado de las audaces vanguardias eclesiásticas. No solamente hay parroquias que cuentan con una mujer al frente, me refiero a párrocas con nombramiento oficial, aquí mismo en México y en países de misión, sino que la diócesis de san Cristóbal de Las Casas, desde tiempos de don Samuel Ruiz, JTatic Samuel, tiene al frente de la cancillería diocesana a una mujer.

Anne Soupa no quiere ser ministra ordenada. Quiere participar en la conducción de la iglesia y en el nivel de toma de decisión que ha sido sistemáticamente negado a las mujeres. En esta posición conciliadora, en la que los ministros ordenados retienen las funciones sacramentales, Anne deja sin argumentos a quienes se cierran a la inclusión de las mujeres en el gobierno de la iglesia escudándose en que ellas no pueden ser presbíteras. No me extiendo más en este punto porque ella misma lo explica en su declaración oficial que viene al final de estas líneas.

La decisión de Anne Soupa me parece un grito profético y una bocanada de aire fresco. El pasado 22 de junio celebramos la fiesta de santa María Magdalena. Fue el día escogido por un grupo de mujeres que, asumiendo el reto planteado por Anne Soupa, han hecho una declaración que sacude la estructura eclesial europea. Puede consultarse en: https://www.religiondigital.org/mundo/mujeres-postulan-iglesia-apertura-igualdad-nuncia-obispa-sacerdotes-vaticano_0_2252174768.html

El debate está abierto. ¿Participaremos en él con entusiasmo? ¿Habrá posicionamientos más locales y menos eurocéntricos en las iglesias de nuestro continente? ¿Es esta la (¿última?) oportunidad para que bautizados y bautizadas revisemos creativamente el lugar de las mujeres en la iglesia? Preguntas que lanza al viento una mujer de 73 años, en la lejana Francia, pero que llegan al corazón de una iglesia que se rehúsa a renunciar a su estructura patriarcal.

Les dejo aquí la declaración oficial de Anne Soupa. Al final pongo el texto original en francés, no sea que mi traducción termine siendo traición.

¿Por qué me estoy postulando para Arzobispa de Lyon?

Constatando que en 2020, en la iglesia católica, ninguna mujer conduce una diócesis, ninguna mujer ha sido ordenada sacerdote, ninguna mujer es diaconisa, ninguna mujer vota en las decisiones de los sínodos,

Considerando que excluir a la mitad de la humanidad es, no solamente contrario al mensaje de Jesucristo, sino que es también dañino para la iglesia, porque mantiene un ambiente propicio para la comisión de abusos

Considerando que no soy una extraña, ni un aparato para adornar corredores, sino que he estado actuando en mi iglesia por más de 35 años, trabajando en el campo como biblista, teóloga, periodista, escritora, presidenta durante ocho años de la Conferencia de los Bautizados y bautizadas, y actualmente presidenta del Comité de las Faldas,

Todo ese me autoriza como capaz para presentar mi candidatura al título de Obispa. Todo lo anterior me legitima. Todo eso me lo prohíbe también.

Si mi candidatura está prohibida por el Derecho Canónico es simplemente porque soy una mujer, y las mujeres no pueden ser sacerdotes. Y, según el Derecho, solo los sacerdotes, cuando se convierten en obispos, pueden dirigir la iglesia católica.

Considerando que decir “no” a esta prohibición es para mí un deber, tanto ante la iglesia a la cual amo, como ante todos los católicos y católicas, de quienes soy hermana,

Considerando que es mi responsabilidad ser “servidora de la Palabra” y dar razones de la esperanza que me habita,

Me atrevo, por tanto, a postularme a un cargo de gobierno dentro de la iglesia católica.

Algunos dirán que este gesto es una locura. Pero lo que es una locura es que este gesto suene loco cuando no lo es. ¿Es que acaso hay solamente un modelo para ser obispo, el de un varón célibe y anciano y vestido de negro? ¡Ganaríamos tanto si ofreciéramos al mundo un rostro distinto!

Considerando que ser sacerdote es una cosa, y gobernar es otra, y que dos Papas han declarado ya la cuestión del acceso de las mujeres al sacerdocio como un asunto cerrado, pero que el Papa Francisco ha pedido a los teólogos hacer las debidas distinciones entre sacerdocio y gobierno, en orden de hacer un espacio de participación para las mujeres,

Constato, sin embargo, que nada se ha hecho al respecto en siete años. ¿No podría ser mi candidatura una respuesta al llamado del Papa Francisco?

Que para gobernar una diócesis se requiera que uno sea sacerdote es solamente porque el derecho Canónico lo ha decidido así. ¡Pero la función de obispo existe desde mucho antes que el Derecho Canónico! Los Doce acompañantes de Jesús no eran sacerdotes. Pedro mismo estaba casado. Desde la más remota antigüedad el obispo (el “epíscopos”) era un vigilante, un protector y supervisor que observaba y velaba por la cohesión y de la rectitud doctrinal de un conjunto de comunidades cristianas. ¿Acaso no puede una persona laica desempeñar y garantizar el cumplimiento de esa misión?

¿Qué por qué aspirar a ser obispa de Lyon? Porque en Lyon cuatro obispos sucesivos, los monseñores Decourtray, Bilé, Balland y Barbarin, han fallado en su tarea primordial, que es la protección de sus comunidades. Los pastores dejaron que los lobos entraran en el rebaño y los predadores se fueron tras los más débiles y pequeños. ¿Cómo puede restaurarse la legitimidad del cuerpo episcopal? ¿Cómo podrán los católicos de Lyon, laicos y presbíteros, que aspiran a una palabra de verdad y de libertad en una comunidad unida, volver a tener confianza?

¿Qué por qué hago esta solicitud ahora? Porque la iglesia católica continúa alimentando un clericalismo que ha sido denunciado por el Papa: abusos de todas clases, sacralización del sacerdocio, espíritu de división…

Sabiendo y considerando todas estas cosas, me postulo para la Arquidiócesis de Lyon, no por mi sola voluntad, sino porque algunas personas cercanas a mí me han animado a hacerlo.

Espero que mi enfoque sea útil para todas las mujeres, que el día de hoy se ven señaladas y restringidas en su deseo de asumir responsabilidades.

Yo las invito, por tanto, a que se postulen dondequiera que se sientan llamadas, ya sea para ser obispas o para cualquier otra responsabilidad que actualmente les esté prohibida.

ORIGINAL EN FRANCÉS

Pourquoi je suis candidate à être archevêque de Lyon ?

Constatant qu’en 2020, dans l’Église catholique, aucune femme ne dirige aucun diocèse, aucune femme n’est prêtre, aucune femme n’est diacre, aucune femme ne vote les décisions des synodes,

Considérant qu’exclure la moitié de l’humanité est non seulement contraire au message de Jésus-Christ, mais porte tort à l’Église, ainsi maintenue dans un entre soi propice aux abus,

Considérant que je ne suis ni une inconnue, ni une apparatchik de couloir, mais que j’agis dans mon Église depuis plus de 35 ans, sur le terrain, comme bibliste, théologienne, journaliste, écrivain, présidente pendant 8 ans de la Conférence des baptisé-es, et présidente actuelle du Comité de la jupe,

Tout m’autorise à me dire capable de candidater au titre d’évêque, tout me rend légitime. Or, tout me l’interdit.

Si ma candidature est interdite par le droit canon, c’est tout simplement parce que je suis une femme, que les femmes ne peuvent être prêtres et que seuls les prêtres, en devenant évêques, dirigent l’Église catholique.

Considérant que dire « non » à cette interdiction m’est un devoir, à la fois pour cette Église que j’aime et pour l’ensemble des catholiques dont je suis la sœur,

Considérant qu’il est de ma responsabilité d’être « serviteur de la Parole » et de rendre compte de l’espérance qui est en moi,

J’ose donc me porter candidate pour occuper une charge de gouvernement dans l’Église catholique.

Certains diront que ce geste est fou ; mais ce qui est fou, c’est que cela paraisse fou alors que cela ne l’est pas. N’y aurait-il qu’un seul modèle d’évêque, celui d’un homme célibataire, âgé et tout de noir vêtu ? Pourtant, quel gain ce serait d’oser offrir d’autres visages à cette fonction !

Considérant par ailleurs, qu’être prêtre est une chose, et que gouverner en est une autre, que deux papes ont déclaré close la question de l’accès des femmes au sacerdoce, mais que le pape François a demandé aux théologiens de mieux distinguer prêtrise et gouvernance afin de faire une place pour les femmes,

Je constate que rien n’a été fait en ce sens depuis 7 ans. N’y aurait-il que ma candidature à répondre à l’appel du pape ?

Gouverner un diocèse ne requiert d’être prêtre que parce que le droit canon en a décidé ainsi. Mais la fonction d’évêque existait bien avant le droit canon ! Les Douze compagnons de Jésus n’étaient pas prêtres, Pierre était même marié. Depuis la plus haute antiquité, l’évêque (l’« épiscope ») est un surveillant, un protecteur qui observe et veille sur la cohésion et la rectitude doctrinale d’un ensemble de communautés. En quoi un laïc ne pourrait-il pas assurer cette fonction ?

Pourquoi candidater à Lyon ? Parce qu’à Lyon, quatre archevêques successifs, Mgrs Decourtray, Bilé, Balland, Barbarin, ont faili dans leur tâche première, celle de protéger leurs communautés. Les bergers ont laissé les loups entrer dans la bergerie et les prédateurs s’en sont pris aux petits. Comment aujourd’hui redonner une légitimité au corps épiscopal ? Comment les catholiques du diocèse de Lyon, laïcs et prêtres, qui aspirent tous à une parole vraie, libérée, dans une communauté soudée, pourront-ils de nouveau faire confiance ?

Pourquoi candidater maintenant ? Parce que l’Église catholique continue à nourrir un cléricalisme pourtant dénoncé par le pape : abus en tous genres, sacralisation du prêtre, esprit de division

Sachant et considérant toutes ces choses, je me porte candidate à l’archevêché de Lyon, non de mon propre chef, mais parce que certains de mes proches m’y ont conduit.

Ma démarche, je l’espère, sera utile pour toutes les femmes qui, aujourd’hui, sont assignées et bridées dans leur désir de responsabilités.

Je les invite donc à candidater partout où elles se sentent appelées, que ce soit à devenir évêque ou à toute autre responsabilité qui leur est aujourd’hui interdite

Iglesia y Sociedad

James D. G. Dunn, el biblista creyente

1 Jul , 2020  

In memoriam

La Asociación de Biblistas de México renueva, cada tres años, su directiva. Por segunda ocasión, los años 2017-2019, pude prestar el servicio de secretario de la Asociación, esta vez acompañado de Benito Rivera, de Matamoros, en la presidencia y de Antonino Cepeda, de la CDMX, en la tesorería. En enero de 2019 tuvimos la última asamblea convocada y organizada por nuestro equipo de servicio, que coincidió con los 30 años de existencia de la Asociación.

Traigo esto a colación porque fue en esa asamblea de 2019 que la editorial Verbo Divino, que nos visita anualmente para promover y vender libros de cultura bíblica en el marco de esta reunión de estudiosos, nos regaló un folleto de propaganda en que aparecía a la venta la monumental obra de James Dunn denominada “El cristianismo en sus comienzos”.

Se trata de tres tomos, en cuatro volúmenes, que recogen la tarea de investigación del autor británico sobre los orígenes del cristianismo. El primer volumen se titula “Jesús recordado” y es una maravillosa síntesis de las pesquisas que, desde la mitad del siglo pasado, se han desarrollado en la búsqueda del Jesús histórico. El segundo tomo, titulado “Comenzando desde Jerusalén” y dividido en dos volúmenes, aborda un estudio histórico, literario y teológico de la primera generación cristiana, la expansión de la Buena Noticia y la irrupción del genio paulino en el proceso de evangelización. Finalmente, el tercer tomo, titulado “Ni judío ni griego”, aborda la última parte de los comienzos cristianos; a partir de la destrucción de Jerusalén en el año 70, Dunn va desmenuzando la construcción de la identidad cristiana retratada en los escritos cristianos de finales del siglo I e inicios del siglo II.

Lo monumental de la obra puede apreciarse desde diversos ángulos. Si de dimensiones hablamos, un primer signo de su monumentalidad es que cada uno de los volúmenes consta de alrededor de 1,000 páginas y que su aparato crítico es un repaso de prácticamente todas las investigaciones realizadas sobre el tema en todo el siglo pasado y lo que va de éste. Si al tiempo de composición nos referimos, los dos primeros tomos fueron escritos entre los años 2003 y 2009, mientras que el último salió a la luz en 2015. Más de diez años de trabajo continuo.

Para nuestra fortuna, la editorial Verbo Divino se encargó de la pulcra traducción de los tres tomos, encomendándola a Serafín Fernández Martínez. En 2009 se tradujo el primer tomo, en 2012 el segundo y, ya hacia fines del año 2018 quedaba lista, con la traducción del tercer tomo, la colección completa en castellano. Así que la oferta de toda la colección completa en enero de 2019 era una primicia que los representantes de Verbo Divino ofrecían a la ABM en su 30º Asamblea.

Yo conocía el trabajo de Dunn solamente por alguna consulta que debí realizar en el abordaje de una de sus grandes pasiones: la persona y teología del Apóstol de los Gentiles. Mirar el catálogo de Verbo Divino con el anuncio de sus tres tomos ya traducidos y sentir que se me hacía agua la boca fue una sola y misma cosa. No contaré aquí los avatares por los que tuvo que pasar la compra de la obra; sólo apunto que, entre juntar el dinero y poder acceder los libros, me llegó el mes de octubre de 2019 y tuve necesidad de la intervención de amigos queridos temporalmente avecindados en la CDMX. Pero una vez con la obra en las manos, fue mi propósito de año nuevo abordar, apenas comenzado el 2020, la lectura y estudio de la obra más importante de James Dunn.

La pandemia del coronavirus me ofreció la insospechada posibilidad de meterme al estudio del primer tomo. Quedé agradablemente sorprendido. Aunque la obra de John Meier “Un Judío Marginal. Nueva visión del Jesús histórico”, con sus cuatro tomos henchidos de sabrosas notas a pie de página, me había gustado mucho, el encuentro con Dunn fue un deslumbramiento. Por primera vez, después de mucho tiempo, reencontraba el lugar de la fe en medio de la inmensa avalancha de obras relativas al Jesús histórico. La sensatez de Dunn, su diálogo mesurado y crítico con las aportaciones de sus colegas, la hondura de su aproximación a la persona de Jesús, me enamoraron. Durante el mes de marzo anduve buscando una manera de comunicarme con él. Sentía la necesidad de decirle lo que su lectura había despertado en la trayectoria de mi propia búsqueda.

Lamentablemente, google no es todopoderoso como parece. A pesar de muchos esfuerzos no pude encontrar la manera de hacerle saber al autor mi opinión sobre su obra.

En el prólogo del último tomo de su trilogía, Dunn comentó de una crisis de salud que hizo que, junto con su esposa, tuviera que dejar Durheim, donde enseñó durante muchos años hasta su jubilación, y trasladarse a la costa meridional inglesa. Ese cambio lo obligó a reducir su biblioteca de 7,000 a 3,000 volúmenes. Fue solamente su tesón y las conexiones con el King’s College de Londres y con la Universidad de Oxford lo que le permitieron desarrollar la última parte de su trabajo. Anunciaba finalmente, en el prólogo de referencia, su retiro de la investigación con estas palabras: “quiero decir adiós a las grandes empresas de mi investigación y dedicarme más a mis responsabilidades y placeres como marido, padre y abuelo. Eso sin olvidar los goces de la amistad y las oportunidades y retos de algunas predicaciones y conferencias… los trabajos manuales y la jardinería en casa. ¡Y luego están todas esas novelas que he comprado a lo largo de los años y que tengo aún por leer!”.

Ayer por la mañana me sorprendió una dolorosa noticia: James D. G. Dunn falleció el 26 de junio pasado, a la edad de 81 años. Lo anunció Xabier Pikaza en su blog. Nunca pude decirle cuánto lo admiraba y todo lo que su obra, en fechas recientes, había impactado en mí. Esto me confirma que he llegado ya a la edad en que las orfandades se acumulan sin tregua.

Iglesia y Sociedad

Pentecostés judío, Pentecostés cristiano

30 May , 2020  

La fiesta de Pentecostés clausura el tiempo pascual. Los cincuenta días de pascua, con la fiesta de pentecostés incluida, son considerados por las iglesias cristianas, desde antiguo, como una sola fiesta, una sola jornada festiva, “el día en el que actuó el Señor”. Esta fiesta es de tal importancia, que la liturgia de la iglesia católica mantiene dos celebraciones: la vigilia pascual, que es la misa que se realiza la tarde del sábado previo a pentecostés, y la misa del día propiamente dicha.

La fiesta de pentecostés tiene antecedentes en el Antiguo Testamento. Es, en su origen, una fiesta judía que celebraba la entrega de las primicias de la cosecha en el Templo de Jerusalén, según viene descrito en Lev 23,9-22. Es conocida también como la “fiesta de las semanas” porque se celebra siete semanas después de la fiesta de la Pascua. En el judaísmo del Segundo Templo, esta festividad incluyó el recuerdo festivo del momento en que Dios entregó a Moisés, en las alturas del monte Sinaí, su santa Ley, la Torah de los judíos, equivalente a los cinco primeros libros de la Biblia, el Pentateuco. Por eso la entrega del Espíritu Santo, que es lo que celebra el Pentecostés cristiano, está narrado por san Lucas con los mismos signos que acompañaron la entrega de la Ley a Moisés: viento huracanado, truenos sonoros y fuego.

La liturgia de la iglesia católica sugiere como primera lectura para la Vigilia de Pentecostés, cuatro textos del Antiguo Testamento, entre los cuales el celebrante escogerá sólo uno para la Misa. Quiero compartir con ustedes algunos comentarios a esos cuatro pasajes: Génesis 11,1-9; Éxodo 13,3-8.16-20; Ezequiel 37,1-14 y Joel 3,1-5 y su relación con la fiesta del pentecostés cristiano. Recomiendo vivamente, desde luego, la lectura de los textos bíblicos.

Gn 11,1-9

Los capítulos del Génesis que nos traen los relatos de los orígenes (1-11) llegan a su final con este relato que ha fascinado a los lectores a través de los siglos, el relato de la torre de Babel. En esta ocasión, lo leemos como contrapunto a la fiesta que celebramos, Pentecostés, porque seguramente el autor de Hech 2 lo tenía en mente al componer el relato de la venida del Espíritu Santo. Los objetivos que tuvo el autor sagrado al redactar este pasaje pueden haber sido varios: explicar el origen de la multiplicidad de lenguas; interpretar los vestigios arqueológicos de una torre (zigurat) que estaba en Babilonia y que era comúnmente vista como una obra incompleta, que no se había terminado de construir; evocar una antigua leyenda en la que los titanes se rebelaron contra el dios Marduk e intentaron escalar hasta el cielo; mostrar la bondad de la cultura rural por encima de la construcción de ciudades… Todos estos motivos pudieron estar al origen de esta narración y quizá por eso fascina a los lectores.

En el marco de las narraciones de origen, el relato de Babel es la última vuelta de una espiral que ha ido creciendo: a partir del mal uso de su libertad y de su pretendida autonomía absoluta de Dios, el ser humano no ha hecho más que sembrar caos en su entorno, comenzando por el asesinato de Abel y pasando por la degradación social que llevó a Dios a hacer llover sobre la tierra 40 días y noches en el diluvio. A partir del capítulo 3 del Génesis se ha venido narrando la historia de la decadencia humana: el primer pecado, el primer homicidio, el diluvio como acción purificadora de Dios ante el crecimiento del mal, etc. Ese camino culmina, en el capítulo 11, con el relato de Babel: una ciudad construida a espaldas de Dios y una torre signo del orgullo humano. El Señor los dispersa, confundiendo sus lenguas.

Construir una ciudad a espaldas de Dios es la acción más soberbia del ser humano. Significa querer desaparecerlo, desplazarlo de su lugar, convertirlo en algo intrascendente y superfluo. Esta acción tiene su consecuencia: la división de las lenguas y la dispersión de las personas. El intento de destronar a Dios fracasa. Lejos de Dios, los seres humanos no pueden sino alejarse los unos de los otros. La diversidad se convierte en causa de división y de separación.

No es casual que la misa de la vigilia de Pentecostés contenga entre sus lecturas el texto de la Torre de Babel. Para quien conoce la tradición del Antiguo Testamento es imposible no caer en la cuenta de las relaciones existentes entre este pasaje y la fiesta de Pentecostés. El relato, justificación etiológica del surgimiento de la variedad de idiomas, se sitúa en el tiempo mítico en que ‘la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras’ (Gen 11,1). En Babel, la dispersión es causada por el pecado de orgullo, por construir el camino de desarrollo humano al margen del querer de Dios. Dispersión por el mundo (migración) y confusión de las lenguas (diversidad) aparecen aquí como acciones punitivas, castigos de Dios.

Hoy también hay tendencias que apuntan a la uniformidad monolítica: gente que piense de la misma manera, que vista de la misma manera, que use la misma clase de perfume y beba la misma clase de gaseosa, que lleve el mismo corte de pelo y consuma la misma marca de tenis. Un mundo unicolor, unipolar, unidimensional. La consecuencia lógica es la promoción y justificación de las exclusiones: “éste no, porque no es de los nuestros”.

La fiesta de Pentecostés celebra todo lo contrario. No solamente que a Dios le gusta la diversidad, sino que la diversidad es obra suya, obra de su Espíritu, “que reparte sus dones a cada uno como Él quiere” (1Cor 12,11). La fiesta del Espíritu Santo nos recuerda que las diversidades no son obstáculos para la unidad, sino elementos que la constituyen y la enriquecen. En Babel, la diversidad es vista como fuente de desunión y división. El Espíritu Santo viene a revertir lo ocurrido en Babel para producir, con su acción, la unidad en la diversidad.

Éxodo 19,3-8.16-20

Un segundo acontecimiento del Antiguo Testamento que nos ayuda a comprender la hondura del misterio que celebramos en Pentecostés es la teofanía narrada en Ex 19. El pueblo de Dios ha sido sacado de la casa de la esclavitud, Egipto, y ha atravesado el Mar Rojo para entrar a un camino de libertad. Después de unos pocos acontecimientos que ponen a prueba al pueblo en su peregrinar a la tierra prometida, se llega al momento crucial, al acontecimiento que da sentido a la salida de Egipto: en las faldas del Monte Sinaí, Dios establecerá con el pueblo una alianza.

Los hebreos no serán ya más una serie de tribus unidas solamente por un pasado común de opresión. Comenzarán, a partir de ahora, a ser un verdadero pueblo. Esta transformación, de ‘no pueblo’ a ‘pueblo’, será lograda por la benevolencia de Dios que los hará pueblo de su propiedad. Es aquí donde el pueblo recibirá de Dios la oferta de la alianza: para ser el especial tesoro de Dios entre los pueblos y constituir la nación consagrada que Dios quiere para sí, el pueblo deberá aceptar las cláusulas de la alianza, la Ley de Moisés, y encontrar en ella su gozo. Esta propuesta tiene como mediador a Moisés, el libertador, el que habla cara a cara con Dios y manifiesta su voluntad al pueblo reunido en el Sinaí. La alianza convertirá al pueblo en propiedad de Dios, comunidad consagrada a su servicio. Las palabras de Dios son cariñosas en extremo: el pueblo será su “especial tesoro”.

Leer este pasaje en el marco de la fiesta de Pentecostés establece un vínculo entre ambos acontecimientos. En el Monte Sinaí Dios baja a la cumbre para entregar su Ley, prenda de la alianza que quiere establecer con el pueblo. La entrega de la Ley a Moisés está precedida por esta manifestación de Dios que combina, entre sus elementos, vientos fuertes, fuego abrasador, truenos y relámpagos, de manera que todo el monte humeaba ‘pues el Señor descendió en medio de ellos’. Estos signos son los mismos que se repiten en Pentecostés: fuego ardiente, ruido de viento impetuoso, temblor de tierra. Es imposible no reparar en la extrema coincidencia: en Jerusalén, el día de Pentecostés, están presentes todos los signos de la bajada de Dios en el Sinaí para entregar a Moisés las tablas de la Ley.

Si se mira la totalidad del Antiguo Testamento, a pesar de la buena respuesta del pueblo en el Sinaí (“haremos cuanto ha dicho el Señor”), el lector sabe que el pueblo no permaneció fiel a la alianza, defraudó la confianza de Dios y no pudo cumplir con sus leyes. Pudo más su debilidad que sus buenas intenciones. Pentecostés nos muestra ahora la otra cara de la medalla: Dios ha decidido convocar a su nuevo pueblo pero le dará ahora, en lugar de una larga lista de mandamientos, la fuerza del Espíritu Santo para que pueda mantenerse como pueblo de la alianza. Por la acción del Espíritu somos nosotros el pueblo consagrado, propiedad de Dios, elegidos por Él.

Hemos dicho ya que la fiesta de Pentecostés (o ‘fiesta de las semanas’) tiene un origen campesino: es la fiesta del inicio de las cosechas y de la entrega de las primicias. Ya para tiempos de Jesús, sin embargo, había adquirido un nuevo sentido: era la fiesta de la entrega de la Ley, que Dios hizo a Moisés para garantizarle al pueblo un sendero por el que pudiera caminar en justicia y libertad. Nosotros los cristianos, le ponemos un tercer significado: es la fiesta del don del Espíritu Santo, de esa ley del amor que ya no viene escrita en tablas de piedra, sino en los corazones. Como los hijos e hijas de Israel nosotros también le decimos hoy al Señor: ‘haremos cuanto ha dicho el Señor’.

Ezequiel 37,1-14

Los capítulos 33-37 del libro de Joel contienen oráculos de esperanza y consolación. Esta página de Ezequiel es una de las más famosas visiones del profeta. Habiéndose posado sobre él la mano de Dios y trasladado su espíritu hasta un valle, el vidente se encuentra en medio de una escena dantesca: miles de huesos secos lo rodean. El primer actor de esta visión son estos huesos áridos, calcinados, listos para convertirse en polvo. Junto a este primer actor se planta el segundo: la palabra del Señor que le ordena al profeta hablarle a los huesos secos. La voz de Dios apunta al sentido último de la visión: se trata de la vida, de revitalizar esos huesos secos a través de un tercer elemento: el viento, aliento de vida.

El profeta, en obediencia a las indicaciones de Dios, convoca a los huesos que, en medio de un temblor de tierra se van juntando los unos con los otros. Una imagen casi macabra centra la atención del vidente: los huesos juntos comienzan a llenarse de nervios y se van cubriendo de carne. Pero les falta algo: el aliento de la vida. De nuevo es el profeta el que convoca a los vientos desde los cuatro puntos cardinales. Los huesos dejan de serlo y se convierten en seres vivientes. La acción creadora del soplo divino rememora aquel aliento que dio vida al primer ser humano, hecho del barro de la tierra (Gn 2,7). El resultado es una multitud de personas, allí donde antes solamente hubo huesos. La escena ha sido sobrecogedora. El proceso de revitalización de los huesos se lleva a cabo en presencia del profeta, quien ha sido testigo de cómo el Espíritu llena de nuevo los huesos de carne y nervios. Son ahora personas vivientes.

El profeta nos comparte, además de la visión de los huesos vivificados, la interpretación que alcanza a descubrir en el momento que le toca vivir. El año 587 había sido la destrucción de Jerusalén y la culminación del proceso de destierro de los líderes del pueblo. Israel quedó convertido en una colonia insignificante del imperio babilónico. ¿Podrá volver a levantarse de sus cenizas?

Los huesos de la visión son la casa de Israel, secos por el castigo del destierro, recobrarán la vida para iniciar un nuevo éxodo: el retorno a su tierra. El símbolo, sin embargo, tiene una virtualidad mayor y queda abierto para sucesivas reinterpretaciones. Una de ellas es mirar en el aliento de vida la presencia del Espíritu Santo, fuerza que llena de vida plena al nuevo pueblo de Dios, la iglesia. Para los cristianos, se trata de un texto de profundas resonancias pascuales, que nos habla del don del Espíritu, fruto del misterio pascual.

Los cristianos y cristianas confesamos que somos el nuevo Pueblo de Dios. La acción del Espíritu Santo nos ha constituido en pueblo de la nueva alianza. A veces, sin embargo, vamos por la vida como si estuviéramos muertos y sin esperanza. La fiesta de Pentecostés nos hace recordar que es la acción del Espíritu, y no nuestras leyes y normas internas, la que nos hace iglesia. Somos iglesia del Espíritu, iglesia de la esperanza: no tenemos permiso para el desaliento.

Joel 3,1-5

Profeta que desempeñó su ministerio entre los años 400 y 350 a.C., Joel es conocido como el profeta “del Día del Señor”, tema central en el que se concentran sus cuatro capítulos. La efusión del Espíritu, anunciada en el pasaje que nos toca escuchar, se realiza a través de medios diferentes: profecías, visiones, sueños. A esto tiende la profecía: a subrayar que todo el pueblo recibirá el Espíritu y será capaz de conocer a Dios.

Hay un texto, del libro de los Números 11,27-29, que es una buena referencia para comprender a fondo el anuncio del profeta Joel. Moisés acaba de hablar con Dios y el soplo o aliento de Dios fue compartido, además de a Moisés, a setenta jefes elegidos por Dios. Dos de ellos recibieron el soplo divino aunque no estaban presentes en el campamento. Esto enojó a Josué, hijo de Nun, que vio que el Espíritu se derramó a través de un medio no convencional, fuera de la norma. Entonces, lleno de celos, pidió a Moisés que a aquellos dos jefes les fuera prohibido profetizar. Moisés le responde con una frase que quedó grabada en el corazón de Israel: ¡Ojalá Dios derramara su Espíritu sobre todo el pueblo y que todas las personas profetizaran!

Deuteronomio 19,18 es otra referencia que nos ayuda a entender el texto de Joel: Dios promete a Israel levantar en medio de Israel a un profeta, distinto y superior a los otros profetas, que comunicará al pueblo la palabra del Señor. El deseo de Moisés no llegará a su cumplimiento definitivo sino hasta la aparición del Mesías, ‘el profeta’ por excelencia.

Bajo estas dos referencias, la palabra de Joel resuena poderosa: ese tiempo anunciado llegará a su cumplimiento. El Señor derramará su Espíritu sobre toda carne y todas las personas, sin diferencias de edad, clase social o género, llenas del aliento de Dios, podrán ser profetas. Aunque la venida del Espíritu del Señor ocurre entre signos catastróficos (el sol se oscurece, la luna se tiñe de sangre, hay fuego y columnas de humo), este texto fue citado por el apóstol Pedro en el discurso después de Pentecostés, según el libro de los Hechos 2, porque contiene algunas ideas que pueden servir para comprender mejor el misterio de Pentecostés y muestra cómo la entrega del Espíritu está en la línea del cumplimiento de las promesas antiguas.

En primer lugar, que el Espíritu se derrame ‘sobre toda carne’ es, para el Nuevo Testamento, el anuncio de que las fronteras de Israel ya no son diques para la acción de Dios. Las fronteras del pueblo de Dios no tienen ya que ver con la adscripción racial, sino con la fe en la presencia del Resucitado. También las manifestaciones extraordinarias (sueños, visiones, etc.) formaron parte del ambiente de las primeras comunidades cristianas. El Espíritu Santo es la fuerza que convoca y reúne a la nueva familia de las hijas e hijos de Dios. En la iglesia, deberemos abolir cualquier división basada en la edad, el género, la lengua, la orientación sexual o la clase social. El Espíritu Santo es principio de una vida (y una sociedad) totalmente reconciliada, donde todos tienen cabida.

Iglesia y Sociedad

Leonardo Boff y la nueva “normalidad”

7 May , 2020  

Los escasos lectores de este espacio saben de mi admiración por Leonardo Boff y su obra. Es el teólogo de la liberación que inspiró con mayor fuerza mis estudios en mis tiempos de seminario. Cuando, imberbe e ignorante en muchas cosas, estudié el primer año de teología en el Seminario Palafoxiano de Puebla, me solicitaron una exposición final en la ceremonia de clausura del curso 1978-1979. El Papa Juan Pablo II, recientemente nombrado Obispo de Roma, había visitado el seminario en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano hacia finales de enero de 1979 y había publicado el 4 de marzo de ese mismo año, ni tardo ni perezoso, la primera de las catorce encíclicas que habría de escribir durante su largo pontificado.

Así que yo decidí hacer la exposición de fin de curso sobre el contenido de dicha encíclica. Al terminar la exposición, el Seminario me hizo un obsequio. El libro que me regalaron era de Leonardo Boff y se llamaba “Gracia y Liberación del Hombre”. Como se ve por el título, estaba aún lejos el momento en que el lenguaje inclusivo se hiciera algo común. El libro, sin embargo, fue una revelación y entré con él –como los hebreos en el Mar Rojo, a pie enjuto– en el conocimiento de este teólogo brasileño.

Es cierto que Gustavo Gutiérrez fue el iniciador de la teología de la liberación. También que la agudeza metodológica de Clodovis, hermano de Leonardo, fue celebrada en todo el mundo teológico. Es cierto también que Juan Luis Segundo fue quien más nutrió mi amor por los estudios bíblicos, la especialidad a la que después habría de dedicarme durante muchos años, mientras se pudo. Todos ellos –y muchos teólogos más– fueron inspiradores. Pero Leonardo Boff es el único teólogo cuyos textos no costaba trabajo estudiar, porque su claridad de exposición era proverbial y sus letras alcanzaban a veces a rozar la poesía.

Entre 1982 y 2005 se desarrolló, desde las oficinas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una cruzada para salvaguardar la pureza de la doctrina. Decenas de teólogos de todo el mundo fueron juzgados y sancionados. Leonardo Boff fue uno de ellos. Sufrió con entereza un largo proceso de persecución intraeclesial para terminar convirtiéndose en un símbolo de resiliencia dentro de la iglesia. La carta con la que anunció su renuncia al ministerio sacerdotal el 2 de julio de 1992 aún me estremece: “Hay momentos en la vida en que una persona, para ser fiel a sí misma, tiene que cambiar. Yo he cambiado. No de batalla, sino de trinchera. Dejo el ministerio presbiteral, pero no la iglesia. Me alejo de la Orden Franciscana, pero no del sueño tierno y fraterno de san Francisco de Asís. Continúo y seré siempre teólogo, de matriz católica y, a partir de los pobres, contra su pobreza, y a favor de su liberación”. No aquilataría en mi experiencia personal el peso de estas palabras y la hondura de la experiencia de Boff sino hasta la década siguiente.

El caminar de Leonardo Boff, como el de la teología de la liberación misma, se desdobló en una multiplicidad de campos. Pero la llegada de su reflexión aguda al campo de la ecología y del respeto al medio ambiente ha sido una de las buenas noticias que nos deparó el fin del siglo pasado y el inicio del que ahora vivimos. Nunca su voz fue más profética ni su influencia más decisiva.

Ahora que pasamos por esta inédita emergencia y el confinamiento que de ella se deriva, Leonardo Boff no ha dejado de advertir, más allá de alarmismos momentáneos o de teorías conspiratorias que serían cómicas de no ser por lo perverso de sus resultados, la profundidad de los cambios que este momento demanda. Cuando algunos países comienzan a salir del pico más alto de la epidemia de COVID 19 y comenzamos a replantearnos globalmente a qué tipo de “normalidad” queremos regresar, la voz de Leonardo apela a la sensatez e invita a la creación de nuevos paradigmas de relación entre los seres humanos y la Tierra, considerada como un ser vivo, cuya voz se escucha, para quien quiera oírla, a través de esta pandemia, la primera de dimensiones planetarias.

Leonardo Boff mantiene una columna semanal. Les dejo ahora con su más reciente reflexión, inusualmente larga –siempre escribe una página– debido a la complejidad del tema que aborda. A mí, su reflexión me siembra un montón de inquietudes, ya como habitante de este planeta, ya como seguidor del Maestro de Nazaret. Por eso se las comparto desde este espacio. Les invito a que ponderemos sus palabras y nos nutramos de la esperanza que despiertan.

Volver a la «normalidad» sería autocondenarse

Cuando pase la pandemia del coronavirus no nos estará permitido volver a la «normalidad» anterior. Sería, en primer lugar, un desprecio a los miles de personas que han muerto asfixiadas por el virus, y una falta de solidaridad con sus familiares y amigos. En segundo lugar, sería la demostración de que no hemos aprendido el mensaje de lo que, más que una crisis, es un llamado urgente a cambiar nuestra forma de vivir en nuestra única Casa Común. Se trata de un llamamiento de la propia Tierra viva, ese superorganismo autorregulado del que somos su parte inteligente y consciente.

El sistema actual pone en peligro las bases de la Vida

Volver a la anterior configuración del mundo, hegemonizado por el capitalismo neoliberal, incapaz de resolver sus contradicciones internas –y cuyo ADN es su voracidad por un crecimiento ilimitado a costa de la sobreexplotación de la naturaleza y la indiferencia ante la pobreza y la miseria de la gran mayoría de la humanidad producida por ella–, es olvidar que dicha configuración está sacudiendo los cimientos ecológicos que sostienen toda la Vida en el planeta. Volver a la “normalidad” anterior (business as usual) sería prolongar una situación que podría implicar nuestra propia destrucción.

Si no hacemos una «conversión ecológica radical», en palabras del Papa Francisco, la Tierra viva podrá reaccionar y contraatacar con virus aún más violentos, capaces de hacer desaparecer a la especie humana. Ésta no es una opinión meramente personal, sino la opinión de muchos biólogos, cosmólogos y ecologistas que están estudiando sistemáticamente la creciente degradación de los sistemas-Vida y del sistema-Tierra. Hace diez años (2010), como resultado de mis investigaciones en cosmología y en el nuevo paradigma ecológico, escribí el libro Cuidar la Tierra-proteger la vida: cómo evitar el fin del mundo (Dabar, México). Los pronósticos que adelantaba han sido confirmados plenamente por la situación actual.

El proyecto capitalista y neoliberal ha sido rechazado

Una de las lecciones que hemos aprendido de la pandemia es la siguiente: si se hubieran seguido los ideales del capitalismo neoliberal –competencia, acumulación privada, individualismo, primacía del mercado sobre la vida y minimización del Estado– la mayoría de la humanidad estaría perdida. Lo que nos ha salvado ha sido la cooperación, la interdependencia de todos con todos, la solidaridad y un Estado suficientemente equipado para ofrecer la posibilidad universal de tratamiento del coronavirus, en el caso del Brasil, el Sistema Único de Salud (SUS).

Hemos hecho algunos descubrimientos: necesitamos un «contrato social mundial», porque seguimos siendo rehenes del obsoleto soberanismo de cada país. Los problemas mundiales requieren una solución mundial, acordada entre todos los países. Hemos visto el desastre en la Comunidad Europea, en la que cada país tenía su plan, sin considerar la necesaria cooperación con otros países. Ha sido una devastación generalizada en Italia, en España y últimamente en Estados Unidos, donde la medicina está totalmente privatizada.

Otro descubrimiento ha sido la «urgencia de un centro plural de Gobierno Mundial» para asegurar a toda la comunidad de Vida (no sólo la vida humana sino la de todos los Seres Vivos) lo suficiente y decente para vivir. Los bienes y servicios naturales son escasos y muchos de ellos no son renovables. Con ellos debemos satisfacer las demandas básicas del sistema-vida, pensando también en las generaciones futuras. Es el momento oportuno para crear una renta mínima universal para todos, la persistente prédica del valiente y digno político Eduardo Suplicy.

Una comunidad de destino compartido

Los chinos han visto claramente esta exigencia al promover una comunidad de destino compartido para toda la humanidad, texto incorporado en el renovado artículo 35 de la Constitución china. Esta vez, o nos salvamos todos, o engrosaremos la procesión de los que se dirigen a la fosa común. Por eso, debemos cambiar urgentemente nuestra forma de relacionarnos con la Naturaleza y con la Tierra, no como señores, montados sobre ella, dilapidándola… sino como partes conscientes y responsables, poniéndonos junto a ella y a sus pies, cuidadores de toda la Vida.

A la famosa TINA (There Is No Alternative), «no hay alternativa» de la cultura del capital, debemos confrontar una TIaNA (There Is a New Alternative), «hay una nueva alternativa». Si hasta ahora la centralidad estaba ocupada por el beneficio, el mercado y la dominación de la naturaleza y de los otros (imperialismo), en esta segunda será la vida en su gran diversidad, también la humana con sus muchas culturas y tradiciones la que organizará la nueva forma de habitar la Casa Común. Esto es imperativo, y está dentro de las posibilidades humanas: tenemos la ciencia y la tecnología, tenemos una acumulación fantástica de riqueza monetaria, pero falta a la gran mayoría de la humanidad y, lo que es peor, a los Jefes de Estado, conciencia de esta necesidad y voluntad política de implementarla. Tal vez, ante el riesgo real de nuestra desaparición como especie, por haber llegado a límites insoportables para la Tierra, el instinto de supervivencia nos haga a todos sociables, fraternos, colaboradores y solidarios unos con otros. El tiempo de la competencia ha pasado. Ahora es el tiempo de la cooperación.

La inauguración de una civilización biocentrada

Creo que inauguraremos una civilización biocentrada, cuidadosa y amiga de la Vida, como algunos dicen, “la tierra de la buena esperanza”. Se podrá realizar el «bien vivir y convivir» de los pueblos indígenas andinos: la armonía de todos con todos, en la familia, en la sociedad, con los demás seres de la naturaleza, con las aguas, con las montañas y hasta con las estrellas del firmamento.

Como el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz ha dicho con razón: “tendremos una ciencia no al servicio del mercado, sino el mercado al servicio de la ciencia”, y yo añadiría: y la ciencia al servicio de la Vida.

No saldremos de la pandemia de coronavirus como entramos. Seguramente habrá cambios significativos, tal vez incluso estructurales. El conocido líder indígena, Ailton Krenak, del valle do Rio Doce (del Río Dulce, en Brasil), ha dicho acertadamente: «No sé si saldremos de esta experiencia de la misma manera que entramos. Es como una sacudida para ver lo que realmente importa; el futuro está aquí y es ahora, puede que mañana ya no estemos vivos; ojalá que no volvamos a la normalidad» (O Globo, 01/05/2020, B 6).

Lógicamente, no podemos imaginar que las transformaciones se produzcan de un día a otro. Es comprensible que las fábricas y las cadenas de producción quieran volver a la lógica anterior. Pero ya no serán aceptables. Deberán someterse a un proceso de reconversión en el que todo el aparato de producción industrial y agroindustrial deberá incorporar el factor ecológico como elemento esencial. La responsabilidad social de las empresas no es suficiente. Se impondrá la responsabilidad socio-ecológica.

Se buscará energías alternativas a las fósiles, menos impactantes para los ecosistemas. Se tendrá más cuidado con la atmósfera, las aguas y los bosques. La protección de la biodiversidad será fundamental para el futuro de la vida y de la alimentación, humana y de toda la comunidad de la Vida.

¿Qué tipo de Tierra habitada queremos para el futuro?

Seguramente habrá una gran discusión de ideas sobre qué futuro queremos, y qué tipo de Tierra queremos habitar. Cuál será la configuración más adecuada a la fase actual de la Tierra y de la propia humanidad, la fase de planetización y de la percepción cada vez más clara de que no tenemos otra casa común para habitar que ésta. Y que tenemos un destino común, feliz o trágico. Para que sea feliz, debemos cuidarla para que todos podamos caber dentro, incluida la naturaleza.

Existe el riesgo real de polarización de modelos binarios: por un lado los movimientos de integración, de cooperación general; y, por otro, la reafirmación de las soberanías nacionales con su proteccionismo. Por un lado el capitalismo «natural» y verde, y por otro el comunismo reinventado de tercera generación como pronostican Alain Badiou y Slavoy Zizek.

Otros temen un proceso de brutalización radical por parte de los “dueños del poder económico y militar”, para asegurar sus privilegios y sus capitales. Sería un despotismo de forma diferente, porque se basaría en los medios cibernéticos y en la inteligencia artificial, con sus complejos algoritmos, un sistema de vigilancia sobre todas las personas del planeta. La vida social y las libertades estarían permanentemente amenazadas. Pero a todo poder le surgirá siempre un contrapoder. Habría grandes enfrentamientos y conflictos a causa de la exclusión y la miseria de millones de personas que, a pesar de la vigilancia, no se conformarán con las migajas que caen de las mesas de los ricos epulones.

No pocos proponen una glocalización, es decir que el acento se ponga en lo local, en la región, con su especificidad geológica, física, ecológica y cultural, pero abierta a lo global, que involucra a todos. Con este «biorregionalismo» se podría lograr un verdadero desarrollo sostenible, que aprovechara los bienes y servicios locales. Prácticamente todo se realizará en la región, con empresas más pequeñas, con una producción agroecológica, sin necesidad de largos transportes, que consumen energía y contaminan. La cultura, las artes y las tradiciones serán revividas como una parte importante de la vida social. La gobernanza será participativa, reduciendo las desigualdades y haciendo que la pobreza sea menor, siempre posible, en las sociedades complejas. Es la tesis que el cosmólogo Mark Hathaway y yo defendemos en nuestro libro común El Tao de la Liberación (Trotta, 2010) que fue bien acogida en el ambiente científico y entre los ecologistas hasta el punto de que Fritjof Capra se ofreció a hacer un interesante prólogo.

Otros ven la posibilidad de un ecosocialismo planetario, capaz de lograr lo que el capitalismo, por su esencia competitiva y excluyente, es incapaz de hacer: un contrato social mundial, igualitario e inclusivo, respetuoso de la naturaleza, en el que el nosotros (lo comunitario y societario) y no el yo (individualismo) será el eje estructurador de las sociedades y de la comunidad mundial. El ecosocialismo planetario encontró en el franco-brasileño Michael Löwy su más brillante formulador (O que é ecossocialismo?, disponible en la red). Tendremos, como reafirma la Carta de la Tierra, así como la encíclica del Papa Francisco «sobre el cuidado de la Casa Común», un modo de vida verdaderamente sostenible, y no sólo un «desarrollo» sostenible.

Al final, pasaremos de una sociedad industrial/consumista a una sociedad de sustentación de toda la vida con un consumo sobrio y solidario; de una cultura de acumulación de bienes materiales, a una cultura humanístico-espiritual en la que los bienes intangibles como la solidaridad, la justicia social, la cooperación, los lazos afectivos, y no en última instancia la amorosidad y la logique du coeur (la lógica del corazón), estarán en sus cimientos.

No sabemos qué tendencia predominará. El ser humano es complejo, indescifrable, y se mueve por la benevolencia, pero también por la brutalidad. Está completo pero aún no está totalmente (terminado). Aprenderá, a través de errores y aciertos, que la mejor configuración para la coexistencia humana con todos los demás seres de la Madre Tierra debe estar guiada por la lógica del propio universo: éste está estructurado –como nos dicen notables cosmólogos y físicos cuánticos– según complejas redes de inter-retro-relaciones. Todo es relación. No existe nada fuera de la relación. Todo se ayuda «mutuamente» para seguir existiendo y poder co-evolucionar. El propio ser humano es un rizoma (bulbo de raíces) de relaciones en todas las direcciones.

Tiempos de crisis como el nuestro, de paso de un tipo de mundo a otro, son también tiempos de grandes sueños y utopías. Ellas son las que nos mueven hacia el futuro, incorporando el pasado pero dejando nuestra propia huella en el suelo de la vida. Es fácil pisar la huella dejada por otros, pero ella no nos lleva a ningún camino esperanzador. Debemos hacer nuestra propia huella, marcada por la inagotable esperanza de la victoria de la vida, porque el camino se hace caminando y soñando. Así pues, caminemos. 

Iglesia y Sociedad

Pregón Pascual 2020

15 Abr , 2020  

En medio del destierro, a las orillas / del Tigris y del Éufrates, gemelos / ríos que bañan a la Mesopotamia, / el pueblo desgranaba sus dolores: / “Lejos estamos de la tierra nuestra. / ¿Cómo cantar una canción folklórica / sin sentir que se llenan las entrañas / de una bilis amarga y de unas locas / ganas de blasfemar y de incordiarnos?”

Este COVID es como aquel destierro / que al reino de Judá desnudó el alma / dejándola vacía y en silencio, / sin sacerdotes, templo o sacrificios / que mitigaran su dolor, su rabia. / ¿Cómo cantar, en medio del desastre? / La esperanza parece sofocada, / la vida languidece en cuarentena, / como a Judá nos duelen las entrañas / y se acelera el pánico en las calles. / Y no hay aquí más Ciro a quien gritarle / “bendito sea el que viene”, porque el alma / se trasvena ante la gris pantalla / llena de cifras escalofriantes: / tantos han muerto hoy, tantos esperan / la muerte en el silencio de sus camas, / tantos han ya perdido sus trabajos, / sus ganas de vivir, sus ilusiones, / tantos doctores fueron apedreados / y tantas enfermeras ninguneadas, / tantos ancianos parten sin remedio / y tantos fiambres se escoran en los huecos, / trincheras de derrota, / del lejano Ecuador hasta los parques / de una Nueva York indescriptible.

Y, sin embargo, el canto del destierro / trasvasó su dolor y se hizo salmo / –quizá el más hondo de todo el salterio– / en base a la memoria de los gozos / sentidos otros tiempos. / Hoy nos toca a nosotros la encomienda / de recordar, en medio del encierro / los gozos primitivos: el del tacto / acariciando pieles sudorosas, / o el gozo de la copa que entrechoca / su néctar de delicia en el ensueño / de repartir salud, bien y  alegría, / o el sabor de una boca en la mejilla / una, dos o tres veces, según sea / la geografía lejana de aquel beso…

Por eso suena hoy en lontananza / un anuncio vital, la profecía / que puede sacudir nuestros encierros / con el dulce sabor de la esperanza: / el sepulcro, mis hermanas y hermanos, / ya no tiene cadáver. / Aquél que recorrió con pies morenos / los valles de la antigua Palestina / más vivo está que jamás lo estuviera, / más presente que nunca / y su brisa de abril, su primavera, / es capaz de sembrar vida en la muerte / y corazón do se cosechan piedras.

Les anuncio la Pascua porque dentro / de la semipenumbra del futuro / se agazapa también la sierpe antigua: / salir de la corona más mezquinos, / más ávidos de amparos religiosos / y menos de Evangelio, más seguros / y menos despojados de certezas, / para decirlo pronto: más pasado, / en lugar que el COVID haya servido / de bautismo de fuego y de una nueva / creación, y de un tenaz renacimiento / que termine con el antropoceno / y lo destierre por fin hasta el abismo / negro del basurero de la historia.

Basta apuntar certero, entre los signos / de dolor y de miedo, el flamígero / dedo que marca la ruta del mañana: / más convicción de fe y menos adornos / de torpe religión supersticiosa, / más generosidad, menos olvido / de los pobres, y más benevolencia / hacia la Madre Tierra, nuestra hermana, / más compasión y más misericordia, / más cuidado común que justiprecie / nuestra razón sentiente. Sólo somos / Tierra que piensa y ama, humus de luz.

¡Jesús resucitó! Y eso nos basta / para ser adelanto del abrazo, / para llenar de luces la tormenta / y de flor colorida, el tapabocas.

(La disposición del texto en verso -a la forma métrica y su representación gráfica me refiero- no pude hacerla en este espacio. Rebasa con mucho mi casi analfabetismo cibernético. Se la dejo de tarea… Coloco aquí abajo la única representación que me permite este medio… o la única que alcancé a descubrir, que no es lo mismo, pero es igual -Silvio dixit-)

En medio del destierro, a las orillas

del Tigris y del Éufrates, gemelos

ríos que bañan a la Mesopotamia,

el pueblo desgranaba sus dolores:

“lejos estamos de la tierra nuestra

¿cómo cantar una canción folklórica

sin sentir que se llenan las entrañas

de una bilis amarga y de unas locas

ganas de blasfemar y de incordiarnos?”

Este COVID es como aquel destierro

que al reino de Judá desnudó el alma

dejándola vacía y en silencio,

sin sacerdotes, templo o sacrificios

que mitigaran su dolor, su rabia.

¿Cómo cantar, en medio del desastre?

La esperanza parece sofocada,

la vida languidece en cuarentena,

como a Judá nos duelen las entrañas

y se acelera el pánico en las calles.

Y no hay aquí más Ciro a quien gritarle

“bendito sea el que viene”, porque el alma

se trasvena ante la gris pantalla

llena de cifras escalofriantes:

tantos han muerto hoy, tantos esperan

la muerte en el silencio de sus camas,

tantos han ya perdido sus trabajos,

sus ganas de vivir, sus ilusiones,

tantos doctores fueron apedreados

y tantas enfermeras ninguneadas,

tantos ancianos parten sin remedio

y tantos fiambres se escoran en los huecos,

trincheras de derrota,

del lejano Ecuador hasta los parques

de una Nueva York indescriptible

Y, sin embargo, el canto del destierro

trasvasó su dolor y se hizo salmo

–quizá el más hondo de todo el salterio–

en base a la memoria de los gozos

sentidos otros tiempos.

Hoy nos toca a nosotros la encomienda

de recordar, en medio del encierro

los gozos primitivos: el del tacto

acariciando pieles sudorosas,

o el gozo de la copa que entrechoca

su néctar de delicia en el ensueño

de repartir salud, bien y  alegría,

o el sabor de una boca en la mejilla

una, dos o tres veces, según sea

la geografía lejana de aquel beso…

Por eso suena hoy en lontananza

un anuncio vital, la profecía

que puede sacudir nuestros encierros

con el dulce sabor de la esperanza:

el sepulcro, mis hermanas y hermanos,

ya no tiene cadáver.

Aquél que recorrió con pies morenos

los valles de la antigua Palestina

más vivo está que jamás lo estuviera,

más presente que nunca

y su brisa de abril, su primavera,

es capaz de sembrar vida en la muerte

y corazón do se cosechan piedras.

Les anuncio la Pascua porque dentro

de la semipenumbra del futuro

se agazapa también la sierpe antigua:

salir de la corona más mezquinos,

más ávidos de amparos religiosos

y menos de Evangelio, más seguros

y menos despojados de certezas,

para decirlo pronto: más pasado,

en lugar que el COVID haya servido

de bautismo de fuego y de una nueva

creación, y de un tenaz renacimiento

que termine con el antropoceno

y lo destierre por fin hasta el abismo

negro del basurero de la historia.

Basta apuntar certero, entre los signos

de dolor y de miedo, el flamígero

dedo que marca la ruta del mañana:

más convicción de fe y menos adornos

de torpe religión supersticiosa,

más generosidad, menos olvido

de los pobres, y más benevolencia

hacia la Madre Tierra, nuestra hermana,

más compasión y más misericordia,

más cuidado común que justiprecie

nuestra razón sentiente. Sólo somos

Tierra que piensa y ama, humus de luz.

¡Jesús resucitó! Y eso nos basta

para ser adelanto del abrazo,

para llenar de luces la tormenta

y de flor colorida, el tapabocas.

Iglesia y Sociedad

Biblia, religión y COVID 19

7 Abr , 2020  

Entre la avalancha de memes y de mensajes que recibimos en relación con la pandemia COVID 19 han llegado algunos que relacionan textos bíblicos con sucesos aparentemente extraordinarios. Por lo que he podido revisar, los hay de dos clases: los que tienen que ver con fechas (“¡Qué casualidad! ¡Qué grande es nuestro Dios! El gobierno arregló el cierre el 26 de marzo de 2020 y el versículo bíblico Isaías 26,20 dice: ve a casa, pueblo mío, y cierra las puertas. Escóndete un poco hasta que pase la ira… ¿no es sorprendente?…) y los que son acrósticos (la palabra COVID y junto a cada letra mayúscula se pone una palabra que forma al final una frase bíblica).

Sería fácil, usando la simple lógica, evidenciar la ingenuidad de tales propuestas de interpretación bíblica. En el primer caso, el de las fechas, ¿por qué Isaías y no otro libro que tenga también la cita 26,20? ¿No tendría, además, que ser la cita 26,2020? El segundo caso es más evidente aún: el acróstico está formado de manera arbitraria, de manera que casi cada versículo de la Biblia podría servir para ello, bastaría que tuviera entre sus palabras algunas que comenzaran con C-O-V-I-D. Son lecturas mágicas, descontextualizadas, ingenuas… Sí, aunque sea un padre o un pastor el que las hubiera mandado. Estas líneas quieren ser también un llamado a la sensatez teológica y espiritual.

Pero no es mi propósito solamente desmentir estos mensajes que, seguramente con buena intención, intentan presentar como extraordinario algo que es una simple ocurrencia. Más bien quiero aprovechar para comentar un primer elemento que nos puedan dar garantía de que una determinada lectura o uso de la Escritura merece nuestra atención y/o podemos considerarla legítima. El desmantelamiento de una lectura ingenua, poco crítica, puede servir para que nuestra fe salga un poco más adulta de esta emergencia sanitaria que estamos enfrentando.

Una primera cosa que debemos recordar siempre es que los libros de la Sagrada Escritura no fueron escritos en español. Lo que nosotros tenemos en nuestras Biblias son traducciones hechas desde las lenguas originales: hebreo, griego y arameo. Y por muy bonita y cuidadosa que nos parezca una determinada traducción (hay decenas de traducciones de la Biblia al castellano), no hay que olvidar nunca que el texto original es el que da legitimidad última a cualquier traducción. Aún más, tal texto no puede ser traducido ni interpretado adecuadamente sin que el análisis de sus giros, accidentes y sintaxis de la época permitan que el texto original exprese su propia voz. Un texto histórico, nos recuerda James Dunn, “es como una planta; su sentido llano no puede ser sacado del texto olvidando que está arraigado al contexto en el que se generó.”

Es por eso que siempre que citamos un texto antiguo (y la Biblia es literatura antigua) tenemos que preguntarnos algunas cosas sencillas para intentar comprender su sentido. No son los textos bíblicos aerolitos caídos del cielo o salidos directamente de la boca de Dios. Por eso tenemos que preguntarnos: ¿Quién lo escribió? ¿Por qué lo escribió? ¿Para quién lo escribió? ¿Qué tipo de lenguaje usa? Y no es que las respuestas a estas preguntas nos arrojen inmediata o automáticamente el significado que el texto quiere transmitir. La Biblia es literatura antigua, sí, pero no solamente eso. Es también una palabra que tiene sentidos que se prolongan en el tiempo, mensajes válidos para todas las épocas. Es cierto. Pero también es cierto que es el texto histórico, comprendido en el contexto de su época, el límite más allá del cual las lecturas posteriores pueden volverse inverosímiles o ilegítimas.

Pero no hay que angustiarse. Eso no quiere decir que solamente las personas que dominan el hebreo y el griego antiguos puedan comprender la Biblia. Afortunadamente, los equipos de traducción que están detrás de casi todas las Biblias que pueden conseguirse en las librerías religiosas, han hecho un valioso trabajo de investigación para ofrecernos una traducción que respeta el sentido del texto original y su contexto. Y cuando no pueden hacerlo en el texto mismo, incluyen alguna nota explicativa que nos lo aclara a pie de página. Pero debe quedar claro que es del todo ilegítimo andar tomando uno u otro versículo de la Biblia para afirmar que es una revelación que tiene que ver con el COVID 19 y que fue escrito justamente para explicar un suceso que está ocurriendo hoy. Eso es ignorar las normas básicas de la interpretación y sólo favorece una fe infantil y supersticiosa.

Para comprender el mensaje de Isaías 26,20, volviendo a nuestro ejemplo inicial, es indispensable situarlo en la sección del libro profético al que pertenece: el apocalipsis de Isaías (caps. 24,1 al 27,13), que es una serie de oráculos e himnos que se refieren a acontecimientos de los siglos V y IV a.C. (¡no al coronavirus!) y que insisten en la infidelidad del pueblo, la acción de los enemigos de Israel y cómo el pueblo encuentra su salvación solamente cuando pone su confianza en el Señor. Is 26,20 no puede leerse como un verso aislado, sino como parte de este conjunto que, por cierto, continúa con la reparación de las culpas del pueblo y la proclamación de la reivindicación que realizará Dios: “Vienen días en que Jacob echará raíces, Israel florecerá, producirá frutos y sus productos llenarán el mundo” (Is 27,6). No es, pues, un mensaje de condena o de castigo, sino una experiencia del pueblo antiguo de Dios de la que también nosotros podemos sacar una enseñanza.

Queremos que la Biblia, en especial el evangelio, siga siendo para nosotros alimento de vida plena. Es posible superar estas lecturas ingenuas y acercarnos con una mirada más crítica y menos mágica a los textos bíblicos. Tenemos que permitirle al texto que nos hable, con toda su riqueza de contenido, y en esa actitud de escucha profunda podremos entablar con él un diálogo que enriquezca nuestras vidas y les dé un nuevo sentido. Pero es un diálogo que solo será posible si estudiamos un poco el texto, si nos acercamos a él con mirada crítica, si nos disponemos para aprender de la sabiduría antigua sin pretender manipularla. Provocar ese diálogo integral tendría que ser la tarea de la pastoral bíblica, es decir, de todo acompañamiento que se pueda ofrecer al pueblo de Dios para una la lectura bíblica más completa.

Esta reflexión nos lleva a plantear también un problema más amplio, espinoso, pero de abordaje indispensable. Se trata del papel mismo de la religión ante contingencias como la que estamos viviendo. Hasta los no creyentes estarían dispuestos a aceptar que ciertas ideas religiosas pueden ser eficaces para apuntalar actitudes constructivas. Se supone, por decir algo, que una persona religiosa tendría que estar más proclive a las acciones de solidaridad humana, que tendría una actitud permanente de cuidado hacia sus semejantes y hacia la naturaleza… pero ya sabemos que no siempre es así.

A nuestra fe cristiana le hace falta evangelio, le hace falta aprender de la osadía de Jesús frente a la religión de su época. Ya al principio de la pandemia, cuando la iglesia tomó la decisión de dar la comunión en la mano, como acto de prevención contra el contagio, pudimos encontrarnos con algunos grupos, afortunadamente minoritarios, que por un falso sentido de respeto se negaban a recibir la comunión de esa manera. Hay quienes prefirieron, incluso, dejar de recibir el sacramento por conservar una costumbre litúrgica de menor importancia. Más tarde, ya con las disposiciones de reclusión obligatoria en las casas, se han difundido a través de la red mensajes religiosos que revelan una concepción de la enfermedad que Jesús mismo había declarado superada: que la enfermedad es una especie de castigo por los pecados (Jn 9,2-3). Entiendo que en el fondo de tales discursos se encuentre un deseo de aprovechar la enfermedad para promover un cambio de vida, pero eso no deja de desnudar que todavía creemos en un Dios que, desde el cielo y lleno de ira, reparte enfermedades al por mayor y se regocija en mandar pestes y desgracias. Un Dios muy lejano al Dios de amor que Jesucristo anunció en el evangelio.

Quizá por eso me gustó tanto la manera como Leonardo Boff, se refirió a la función de la espiritualidad en su artículo más reciente: “Somos seres con espiritualidad. Descubrimos la fuerza del mundo espiritual que constituye nuestro estrato más profundo, donde se elaboran los grandes sueños, se hacen las preguntas últimas sobre el significado de nuestra vida y donde sentimos que debe existir una Energía amorosa y poderosa que impregna todo, sostiene el cielo estrellado y nuestra propia vida, sobre la cual no tenemos todo el control. Podemos abrirnos a Ella, acogerla, como en una apuesta, confiar en que Ella nos sostiene en la palma de su mano y que, a pesar de todas las confrontaciones, garantiza un buen final para nuestro universo, para nuestra historia, a la vez sapiente y demente, y para cada uno de nosotros. Cultivando este mundo espiritual nos sentimos más fuertes, más cuidadores, más amorosos, en fin, más humanos.”

Si la religión sirve para esto, para hacernos más cuidadores y más amorosos, sea bienvenida. Si, en cambio, sirve solamente para infundir miedo y reforzar nuestras actitudes discriminatorias, sirve para muy poco y más le valdría ser barrida de la historia. No lo olvidemos: no es cualquier Dios en el que creemos, sino en el Dios de aquel judío de Nazaret al que llamamos mesías y salvador.

Iglesia y Sociedad

Coronavirus: una mirada desde U Yits Ka’an

22 Mar , 2020  

Llevamos ya cerca de 25 años de haber sido sembrados en estas tierras del sur de Yucatán. Hemos apostado por la agroecología como el vértice que puede permitirnos a todos, especialmente a los pueblos mayas de Yucatán, alcanzar un cierto grado de soberanía alimentaria y contribuir así al cuidado de la Casa Común y a una agricultura más ética, más sana, más sustentable.

A partir de muchas experiencias distintas hemos llegado a constatar que el modo de vida del pueblo maya, su resistencia a las múltiples opresiones y desprecios contra los que tiene que luchar, es un buen norte en nuestra navegación hacia el Buen Vivir. Insistimos, junto con muchos especialistas en el campo de las ciencias biológicas y agroecológicas, en que mostrarán mayor resiliencia aquellas comunidades y grupos humanos que cumplan con tres requerimientos importantes: tener la habilidad de cultivar su propia comida, usar la menor cantidad posible de energías no renovables y mantener un fuerte tejido social. Creemos que estas tres características pueden permitir al Sapiens sobrevivir en medio de la catástrofe ambiental que ha creado con su modo de vida.

Recientemente, el enfrentamiento de la pandemia de COVID 19 ha sido ocasión de reflexión para nosotros. Queremos compartirles, desde la dirección de U Yits Ka’an, nuestro pensamiento para abonar la discusión que tenemos que seguir manteniendo en la búsqueda de mejores condiciones de vida para nosotros y para el planeta. Nuestras reflexiones están alimentadas e iluminadas por la carta magna de la ecología integral, la Carta Encíclica del Papa Francisco sobre el Cuidado de la Casa Común, conocida con el nombre de Laudato Si’ (en adelante LS)

Nuestras reflexiones

Lo primero que notamos es que, por vez primera, estamos constatando que vivimos en una aldea global y comenzamos a descubrirnos como parte de un todo que nos rebasa. Seguir manteniendo el antropocentrismo, denunciado por LS 115-136, es negar una de las verdades que ha alcanzado a comprender ya la ciencia: que la especie humana, con su peculiaridad de razón, libertad e inteligencia emocional, no es un factor externo al conjunto o que pueda desarrollarse con independencia. La naturaleza toda –dentro de la cual hemos de mirar a la especie humana–, con sus ciclos y sus ritmos, tiene una sabiduría inscrita en su misma estructura. Ignorar que en la naturaleza todo está interconectado y que nuestras acciones tienen consecuencias en muchos ámbitos fuera de lo humano, es fuente de un modelo de conducta que aleja al ser humano de su vocación fundamental: ser guardián y custodio, administrador responsable de los bienes que Dios ha creado para todas y todos.

Un segundo elemento que consideramos importante es el reconocimiento de que hemos traspasado todos los límites. Nos rehusamos a admitir que la Tierra es un ser vivo. Recordemos la sabiduría de las y los campesinos mayas que saben muy bien que, para que la tierra pueda darnos la comida que necesitamos, ella también necesita ser alimentada por nosotros. No se trata solamente de la teoría de James Lovelock: la situación actual nos recuerda hasta qué punto es esencial que recuperemos la mirada de la Tierra como un ente que busca también sobrevivir y que, a través de sus propios mecanismos, se deshace de aquello que le estorba o le impide la continuación de la vida.

Un tercer punto es que la crisis ocasionada por la aparición del COVID 19, apunta el rumbo más acelerado del deterioro de la vida humana no a partir de elementos externos (diluvios, asteroides que chocan contra la tierra, catástrofes hollywoodenses) sino de elementos microscópicos, invisibles al ojo humano, pero capaces de causar muerte y destrucción aceleradas como producto del modelo de vida que llevamos. Estamos generando nuestra propia destrucción. Pensamos que crisis de este tipo anticipan las predicciones de los científicos que sostienen que a partir del 2030 comenzaremos a resentir poderosamente las consecuencias del deterioro del medio ambiente. Nuestra falta de escucha y la pobreza de las medidas acordadas para resolver el problema ambiental, ha ido acelerando el deterioro de nuestra calidad de vida y pone en riesgo la supervivencia de nuestra especie.

Un cuarto elemento a considerar, situado en el centro de nuestro interés como organización agroecológica, es el del sistema alimentario. Está ya comprobada la inviabilidad del actual sistema que favorece y privilegia los monocultivos y los traslados de productos desde largas distancias. No solamente favorece las emisiones de CO2 que incentivan la crisis climática, sino que nos aleja de la fuente de nuestra alimentación, desplaza los productos que se cultivan de manera respetuosa con el medio ambiente y concentra el dominio de los alimentos en manos de las empresas transnacionales. La perversidad de este sistema de producción alimentaria mundial radica en la consideración de la alimentación como un negocio y no como un derecho humano.

Si el coronavirus se mira solamente como una enfermedad más a combatir, aun cuando establezca medidas sanitarias y modifique algunos patrones de interacción humana, dejará intacta la realidad estructural que lo permitió. Es cierto que la pandemia ha sido ocasión para actos de humanidad que nos conmueven: médicos/as y enfermeros/as en los hospitales, artistas cantando en sus balcones, héroes y heroínas anónimas… pero lamentablemente se necesita mucho más que heroísmos individuales. Consideramos que lo que está ocurriendo es una buena oportunidad de plantearnos la problemática de conjunto y tomar decisiones que favorezcan un verdadero cambio de rumbo.

¿Es posible tal cambio de rumbo? En U Yits Ka’an apostamos por tal posibilidad, aunque lo hacemos desde un realismo que puede a veces parecer pesimista. Este modelo de desarrollo basado en la actual relación ser humano – planeta, está condenado al fracaso. Solamente con un esfuerzo conjunto podremos responder a este desafío. Esto significa un auténtico cambio de paradigma que implica una verdadera conversión ecológica, la modificación de patrones de producción y de políticas públicas, y decisiones encaminadas al cambio individual pero también al estructural de la sociedad. Llevamos bastante tiempo acostumbrados a vivir en medio de desechos, de aguas contaminadas, de aire enrarecido. Y no hacemos nada para cambiar. En U Yits Ka’an estamos convencidos que nuestra especie humana, con todos sus defectos, merece darse una nueva oportunidad. Esa oportunidad pasa por comenzar a considerarnos cada vez más como partes de un todo, implica superar la idolatría del dinero y los capitalismos de signos diversos, por construir una ciudadanía más planetaria en la que los derechos de la especie humana y de la madre tierra sean respetados.

¿Quién dijo que todo está perdido? En U Yits Ka’an continuaremos en el terco empeño de construir, desde la sabiduría del pueblo maya, un nuevo equilibrio planetario, que respete la sabiduría de los ciclos naturales y devuelva a la producción y consumo de alimentos su dimensión humana y ecológica. La tradición judía proponía el descanso sabático como elemento fundamental para la plenitud humana e incluía en tal descanso a la tierra entera. En la espiritualidad maya, el Chikín es el rumbo del tiempo que evoca el descanso y la regeneración. La pandemia del coronavirus nos ofrece la oportunidad de reconsiderar la importancia de respetar los ciclos regenerativos de la Madre Tierra y dejar de someterlos a nuestro arbitrio, siempre hambriento de lucro. La tierra, el planeta entero está cansado: la especie humana tiene que parar su frenética carrera y regresar al respeto de los ritmos propios del planeta.

Queremos terminar con las palabras de Jürgen Moltmann, un teólogo que nos impactó en nuestros tiempos juveniles y que hoy, a sus 93 años, con extraordinaria lucidez, acaba de decirnos: “Si sabemos que no vamos a sobrevivir, seguramente no haremos nada. Si tenemos la certeza de que vamos a sobrevivir a pesar de todo, tampoco haremos nada. Solo cuando consideramos que el futuro está abierto a ambas posibilidades, tendremos la fuerza para hacer lo que debemos hacer… El eterno SÍ de Dios a la creación terminará por reafirmar nuestra existencia, incluso a pesar de nosotros mismos”. (The Tablet, 21 de marzo de 2020: disponible en www.thetablet.co.uk)

Atilano Ceballos Loeza, director

Raúl Lugo Rodríguez, secretario